C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Las dos semanas siguientes fueron, sin exagerar demasiado, de las más felices que recordaba en mucho tiempo.

Hugo y yo nos veíamos siempre que los horarios lo permitían, que no era tanto como cualquiera de los dos hubiera querido, pero sí lo suficiente como para que las cenas de trabajo relacionadas con la boda de Carmen empezaran a mezclarse, cada vez con más frecuencia, con cenas que no tenían nada que ver con manteles verde salvia ni con listas de invitados.

Descubrí, en esas dos semanas, un montón de cosas pequeñas sobre él que no encajaban del todo con la primera impresión que me había dado aquel jueves de traje gris frente a la tienda: que tarareaba sin darse cuenta cuando estaba concentrado en algo, siempre canciones que no sabía identificar del todo; que era incapaz de dormir sin al menos una ventana entreabierta, incluso en las noches más frías de octubre; que tenía una risa distinta cuando algo le hacía gracia de verdad, más ronca y menos controlada que la risa educada que usaba en las reuniones de trabajo, y que yo, sin proponérmelo, había empezado a buscar esa risa concreta en cada conversación, como quien persigue una nota musical que solo suena en determinadas condiciones.

Un martes cualquiera, sin ninguna ocasión especial, apareció en la tienda a la hora de cerrar con dos cafés para llevar y una bolsa de churros que había comprado en una churrería que, según él, “no tenía ningún sentido racional” preferir a las demás, pero que llevaba visitando desde niño y a la que le tenía un cariño que no admitía discusión lógica.

Nos sentamos en el suelo de la trastienda, entre cajas de zapatos y percheros a medio ordenar, comiendo churros mientras Marta fingía no estar tan contenta como estaba de vernos ahí, sentados como dos adolescentes, riéndonos de cualquier tontería.

También hubo una noche, un miércoles cualquiera, en la que Hugo llegó a mi piso después de una reunión especialmente agotadora con el consejo de administración de la empresa, con la corbata ya aflojada y una expresión de cansancio que no le había visto hasta entonces, y en lugar de hablar de trabajo o de la boda, nos sentamos en mi sofá diminuto a ver una película mala de la que ninguno de los dos recordaría el título al día siguiente, comiendo palomitas quemadas porque se me había olvidado vigilar el microondas, riéndonos de lo malísima que era la película y de lo malísimas que estaban las palomitas a partes iguales, hasta que en algún momento Hugo se quedó dormido con la cabeza apoyada en mi hombro, y yo me quedé un rato despierta, sin atreverme a moverme, disfrutando de la sensación extraña y bonita de tener a alguien durmiendo tranquilo a mi lado después de una semana difícil.

Otro día, un domingo por la mañana, me llevó a un mercadillo de antigüedades en las afueras que, según él, tenía “vendedores que sabían de verdad, no como los turísticos del centro”, y me pasé la mañana entera rebuscando entre cajas de botones antiguos y broches de los años cuarenta mientras Hugo, sin que se lo pidiera, se convertía poco a poco en un ayudante entusiasta, cargando las bolsas y regateando con un vendedor de pañuelos de seda con una seriedad que resultaba, sinceramente, adorable.

—No tenías que regatear tanto por un pañuelo de diez euros —le dije, mientras nos alejábamos del puesto con el pañuelo ya envuelto en papel de seda.

—Es una cuestión de principios. El vendedor pedía quince, y quince es un precio de turista, no de conocedor.

—¿Y tú eres un conocedor de pañuelos vintage ahora?

—Llevo toda la mañana rodeado de una experta, algo se me habrá pegado.

Encontré, en uno de los últimos puestos antes de irnos, una caja entera de broches art déco que el vendedor, un hombre mayor con manos llenas de manchas de la edad y una memoria portentosa para el origen de cada pieza, me explicó procedían de la colección de una modista que había trabajado, según contaba, para varias familias importantes de Madrid en los años treinta.

Compré media docena, calculando ya mentalmente en qué prendas de la tienda quedarían mejor, y Hugo, mientras yo regateaba a mi vez con una determinación que él observó con una mezcla de diversión y admiración, se limitó a sostener las bolsas y a comentar, de vez en cuando, que “esto es más entretenido que cualquier reunión del consejo de administración a la que haya asistido nunca”.

—¿En serio prefieres esto a una reunión de trabajo?

—Prefiero esto a casi cualquier cosa que haya hecho en los últimos cuatro años, la verdad.

Aquella frase se me quedó rondando el resto de la mañana, mientras tomábamos un café en una terraza cercana al mercadillo, disfrutando del sol tibio de un domingo de finales de octubre, hablando de nada en concreto y de todo a la vez, con esa facilidad que ya empezaba a caracterizar nuestras conversaciones, como si lleváramos mucho más tiempo conociéndonos del que en realidad llevábamos.

Se lo conté a Marta un martes por la mañana, mientras colocábamos en el escaparate una nueva remesa de vestidos de los sesenta, porque llevaba días guardándome la sonrisa que se me escapaba cada vez que sonaba el móvil, y porque Marta, que lleva quince años detectando dramas ajenos antes de que se los cuenten, ya había empezado a hacer preguntas.

—Así que el del vestido verde esmeralda.

—El mismo.

—Lo sabía. Desde el primer día, cuando volviste con esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de alguien a quien le acaba de pasar algo que todavía no sabe cómo procesar. Te lo dije aquel día, ¿te acuerdas?

—Me acuerdo.

—Pues me alegro, Celia. De verdad. Después de lo de Rodrigo te mereces algo que no venga con truco.

Esa frase se me quedó grabada durante el resto del día, “algo que no venga con truco”, porque una parte de mí, la parte que llevaba dos años protegiéndose de cualquier cosa que se pareciera demasiado a la felicidad, no podía evitar esperar el truco en algún rincón, aunque todavía no supiera dónde buscarlo.

El truco, cuando llegó, no vino de donde yo esperaba.

Fue un jueves por la tarde, en una de las últimas reuniones antes de la boda, con la fecha ya a menos de dos semanas y todo el equipo trabajando a un ritmo que dejaba poco espacio para nada que no fuera resolver problemas de última hora.

Inés nos había convocado en la finca para revisar la disposición final de las mesas, y Rodrigo estaba allí, como siempre, coordinando a su equipo con la misma autoridad tranquila de todas las reuniones anteriores, pero con algo distinto en su manera de mirarme, algo que noté desde el momento en que entré en el jardín y me encontró junto a la carpa.

—Celia, ¿tienes un minuto?

—Estoy bastante ocupada, Rodrigo.

—Es rápido, te lo prometo.

Marta me hizo un gesto con la cabeza, señalando que ella podía encargarse de las mesas mientras yo hablaba con él, y aunque no tenía ningunas ganas de estar a solas con Rodrigo, tampoco quería montar una escena delante de todo el equipo por negarme a una conversación de “un minuto”, así que le seguí unos metros, hasta un rincón del jardín donde todavía no habían empezado a montar el mobiliario.

—¿Qué quieres?

—Quería hablar contigo. De verdad, no de trabajo.

—No creo que tengamos nada de qué hablar que no sea trabajo.

—Celia, sé que las cosas terminaron mal entre nosotros. Sé que lo del audio fue… una manera horrible de hacer las cosas, y llevo dos años queriendo decirte que lo siento, pero nunca encontré el momento.

—Pues has encontrado un momento pésimo, la verdad, dos semanas antes de la boda de mi actual pareja, si eso es lo que buscabas.

Algo cruzó por la cara de Rodrigo al escuchar la palabra “pareja”, algo que se parecía demasiado a la sorpresa y, más incómodamente todavía, a algo que se parecía a los celos.

—¿Estás con Hugo?

—No es asunto tuyo.

—Celia, llevamos ocho meses juntos, no hace tanto tiempo. Y verte estos días, trabajando cerca, riéndote como te reías conmigo antes… no puedo evitar pensar que quizá cometí un error.

—El error lo cometiste hace dos años, Rodrigo, con un audio de cuarenta y tres segundos. Este no es el momento de arreglarlo, ni siquiera es el lugar. Y desde luego yo no soy la persona a la que le corresponde ayudarte a resolver esa duda.

—Solo digo que lo que teníamos era bueno, antes de que se complicara todo.

—Lo que teníamos terminó con un mensaje de audio mientras yo colocaba centros de mesa en la boda de otra persona, Rodrigo. No sé qué versión de “bueno” estás recordando, pero no coincide con la mía.

—Fui un cobarde, lo sé. Debería haberte llamado, haberlo hablado cara a cara. Llevo dos años arrepintiéndome de la manera en que lo hice.

—Pues qué bien que lo hayas resuelto internamente. Yo también he tenido dos años para resolverlo, y la conclusión a la que he llegado es que estoy mucho mejor sin tener que adivinar si tus decisiones sobre mí van a llegar por audio, por mensaje o en persona.

Rodrigo se pasó una mano por el pelo, un gesto que reconocía de memoria, el que hacía siempre que se sentía acorralado en una conversación que no estaba yendo como él esperaba.

—Solo te pido que lo pienses. Que consideres si lo que tienes con él es real o si es solo… una reacción a lo nuestro. Una manera de demostrarte a ti misma que puedes seguir adelante.

Sentí que la rabia me subía por el pecho con una intensidad que hacía mucho que no experimentaba, una rabia limpia, sin la confusión que en su día acompañaba a cualquier conversación con Rodrigo.

—Lo que tengo con Hugo no tiene absolutamente nada que ver contigo.

Y el hecho de que ahora, dos años después, con tu ego un poco más golpeado de lo habitual, decidas que quizá cometiste un error, no cambia nada de lo que pasó ni de lo que siento ahora.

Así que hazme un favor: termina esta boda con la profesionalidad que se supone que tienes, y déjame en paz el resto del tiempo.