C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—¿Cómo qué, por ejemplo?

—No lo sé. Una reforma. Una casa. Algo pequeño que puedas construir sin tener que dejarlo todo para hacerlo.

Hugo se quedó pensando, con una expresión que no le había visto antes, algo parecido a la esperanza, aunque todavía con el escepticismo de quien lleva mucho tiempo sin permitirse pensar en esas cosas.

—Mi madre tiene pensado reformar la casa de Asturias, la que te mencioné antes. Lleva años hablando de ello, de arreglar el tejado, de abrir el salón hacia el jardín. Podría… no sé, podría intentar diseñarlo yo, aunque solo fuera para ver si todavía se me da bien.

—Deberías hacerlo.

—¿Y si se me ha olvidado todo lo que aprendí en esos dos años?

—Entonces lo aprendes otra vez. No tiene que ser perfecto la primera vez, Hugo. Solo tiene que ser tuyo.

Me miró entonces con una expresión que no supe descifrar del todo, algo que se parecía a la gratitud pero que tenía también un componente más profundo, más difícil de nombrar, como si aquella frase hubiera abierto una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada.

—Nadie me había dicho eso nunca de esa manera —dijo, en voz baja—. Todo el mundo me dice que lo deje pasar, que ya es tarde, que tengo responsabilidades más importantes ahora. Tú eres la primera persona que me dice que simplemente lo intente.

—Puede que todos los demás se equivoquen.

—Puede que sí.

Ernesto pasó una vez más por la mesa antes de que pidiéramos la cuenta, insistiendo en que aquella conversación sobre edificios y sueños aparcados merecía, como mínimo, un postre de la casa que no aparecía en la carta oficial, una tarta de manzana caliente con un toque de canela que resultó ser, sin ninguna exageración, uno de los mejores postres que había probado en mi vida, y que comimos compartiendo el mismo plato, con dos cucharas, en un gesto tan sencillo y tan íntimo que se quedó grabado en mi memoria con más fuerza que cualquier otro detalle de la noche.

—Tienes que pedirle la receta —le dije, rebañando los últimos restos de canela del plato.

—Ernesto no da recetas ni bajo amenaza. Llevo años intentándolo.

—Entonces tendremos que volver, cuantas veces haga falta, hasta que se apiade de nosotros.

—Trato hecho.

Mientras esperábamos la cuenta, Hugo sacó una servilleta de papel y, casi sin pensarlo, empezó a trazar sobre ella unas líneas rápidas con el bolígrafo que llevaba siempre en el bolsillo interior de la chaqueta, un boceto sencillo de lo que parecía una casa con grandes ventanales abiertos hacia un jardín.

—¿Qué es eso? —le pregunté, inclinándome para verlo mejor.

—Nada, una tontería. Es lo que estaba pensando antes, lo de la casa de Asturias. Así es como me la imagino, con el salón abierto hacia el jardín, mucha luz entrando por las mañanas.

—Es precioso, Hugo. De verdad.

—Es solo un garabato en una servilleta.

—Todos los edificios importantes empezaron siendo un garabato en algo, ¿no? Una servilleta, un papel cualquiera, la parte de atrás de un sobre.

Me miró entonces con una expresión que no supe descifrar del todo, algo entre la incredulidad y la gratitud, y dobló la servilleta con cuidado antes de guardársela en el bolsillo, como quien guarda algo mucho más valioso de lo que su tamaño sugiere.

—Voy a quedarme con esto —dijo—. Por si algún día necesito recordar que alguien, una vez, me dijo que lo intentara.

Salimos del restaurante pasadas las once, con la calle de La Latina todavía animada de gente que entraba y salía de bares, y caminamos sin rumbo fijo durante un rato, sin prisa por llegar a ningún sitio, hablando de cosas cada vez más pequeñas y cada vez más íntimas a la vez.

—¿Sabes lo que más me sorprende de ti? —dijo Hugo, mientras cruzábamos una calle empedrada casi vacía, con las manos rozándose de una manera que ninguno de los dos parecía tener prisa por corregir.

—¿Qué?

—Que a pesar de todo lo que te ha pasado, lo de tu padre, lo de Rodrigo, sigues hablando de la gente con una generosidad que no debería sorprenderme tanto pero me sorprende. No te has convertido en alguien amargado, y podrías haberlo hecho, con motivos de sobra.

—Lo intenté, la verdad. Durante un tiempo, después de lo de Rodrigo, estuve bastante insoportable. Bea puede dar fe de ello, me pasé meses convencida de que todos los hombres eran básicamente iguales y que lo mejor era protegerme de antemano.

—¿Y qué cambió?

—Nada dramático. Simplemente me cansé de estar enfadada todo el tiempo.

Es agotador, ¿sabes? Mantener ese nivel de guardia constante.

En algún momento decidí que prefería arriesgarme a que me hicieran daño otra vez antes que pasarme la vida entera protegiéndome de algo que a lo mejor ni siquiera iba a pasar.

—Me alegro de que lo decidieras.

—Yo también, la verdad, ahora que lo pienso en voz alta.

Hugo sonrió, y en algún punto de aquella calle, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, nuestras manos dejaron de rozarse por accidente y empezaron a entrelazarse de verdad, un gesto tan sencillo que resultaba casi ridículo lo mucho que significaba, y seguimos caminando así, en silencio ya, disfrutando simplemente de la noche y de la compañía, hasta que llegamos a una plaza pequeña, casi vacía, con un banco bajo un árbol que ya empezaba a perder las hojas.

Nos sentamos ahí, sin necesidad real de sentarnos, solo porque el banco estaba y la noche era buena para quedarse un rato más antes de despedirse, y en algún momento, entre una frase y la siguiente, Hugo se giró hacia mí con una expresión que ya no dejaba lugar a dudas sobre lo que estaba pensando.

—Celia.

—¿Sí?

—Llevo toda la noche queriendo hacer esto.

—¿El qué?

No contestó con palabras. Se inclinó hacia mí, despacio, dándome tiempo de sobra para apartarme si quería, y cuando no lo hice, terminó de acortar la distancia y me besó, un beso que empezó suave, casi tentativo, como si todavía estuviera comprobando que aquello era real, y que se fue volviendo más seguro cuando yo le devolví el beso sin ninguna duda, con las manos buscando su cara, su pelo, mientras la plaza entera parecía quedarse en silencio a nuestro alrededor, como si el resto de Madrid hubiera decidido, por una vez, darnos un poco de intimidad.

Cuando nos separamos, los dos sonriendo de esa manera tonta y evidente que delata a la gente que acaba de besarse por primera vez, Hugo apoyó la frente contra la mía un momento, como si necesitara quedarse ahí un poco más antes de que el mundo volviera a entrar en la ecuación.

—Llevaba semanas queriendo hacer eso —dijo.

—¿Desde cuándo exactamente?

—Desde que te reíste de mí por no saber lo que era “algo con historia”.

—Eso fue el primer día.

—Ya te digo.

Me reí, y él me besó otra vez, más corto esta vez, más una confirmación que un comienzo, y nos quedamos en aquel banco un rato más, sin prisa, con el frío de la noche colándose poco a poco pero sin que ninguno de los dos tuviera muchas ganas de moverse todavía.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté, apoyando la cabeza en su hombro, con la ciudad murmurando a nuestro alrededor de esa manera constante y suave que solo tiene Madrid pasada la medianoche.

—¿Ahora mismo? Creo que deberíamos quedarnos aquí un rato más, hasta que el frío nos obligue a movernos.

—Me refiero a después. A la boda, a todo lo que viene.

Hugo se quedó callado un momento, acariciándome el pelo con una ternura que todavía me resultaba nueva, no del todo asimilada, mirando hacia las copas de los árboles que rodeaban la plaza como si buscara ahí, entre las ramas casi desnudas, las palabras exactas que quería decir.

—¿Sabes qué es lo curioso? —dijo, al fin—.

Llevo cuatro años planificando cada detalle de mi vida con la misma minuciosidad con la que estoy planificando esta boda.

Los horarios, los objetivos, las promesas que hay que cumplir.

Y contigo es la primera vez en mucho tiempo que no tengo ni idea de lo que viene después, y en lugar de darme miedo, me hace ilusión.

—A mí también me hace ilusión no saberlo.

—Después de la boda, quiero seguir viéndote. Sin excusas de trabajo, sin reuniones de por medio. Solo tú y yo, decidiendo qué es esto sin la presión de que todo el mundo lo esté observando al mismo tiempo.

—Me gusta ese plan.

—A mí también. Aunque tengo que admitir que la parte de las próximas dos semanas me da un poco de vértigo.

—¿Por la boda?

—Por tener que fingir delante de todo el mundo que esto es reciente, cuando en realidad llevo semanas sin poder dejar de pensar en ti.

—Podemos no fingir. No somos adolescentes escondiéndonos de nuestros padres.

—Cierto. Aunque mi madre puede llegar a ser bastante parecida a un padre estricto cuando se lo propone.

Me reí, y me abracé un poco más a él, disfrutando de ese momento suspendido en el tiempo, sin prisa por que llegara el día siguiente, sin miedo, por primera vez en mucho tiempo, a que algo tan bueno como aquello fuera a desaparecer tan rápido como había llegado.

Caminamos de vuelta hasta mi portal poco después, cogidos de la mano, sin hablar apenas, disfrutando simplemente del silencio compartido, y cuando llegamos a la puerta, Hugo me besó una última vez, un beso largo y tranquilo que se sintió como una promesa más que como una despedida.

—Buenas noches, Celia.

—Buenas noches, Hugo.

Subí las escaleras de mi piso flotando, literalmente flotando, con una sonrisa que no conseguí borrar ni siquiera cuando me metí en la cama, y me quedé dormida pensando en la sensación de sus labios contra los míos, en la manera en que había apoyado la frente contra la mía, en la promesa silenciosa de que aquello, fuera lo que fuera, tenía toda la intención de convertirse en algo mucho más grande.