Capítulo 7
La cita fue el miércoles siguiente, en un restaurante pequeño de La Latina que Hugo eligió con una excusa que sonaba más a excusa que a razón real: “conozco al dueño y siempre me guarda mesa”, aunque cuando llegamos resultó evidente, por la manera en que el camarero lo saludó, que la relación con el dueño era mucho más que una simple conocencia casual.
—¿Vienes mucho por aquí?
—Bastante. Es de los pocos sitios donde nadie sabe quién es mi familia ni le importa un pimiento, así que puedo pedir la comida sin que nadie intente impresionarme con maridajes que no he pedido.
—Qué carga tan terrible, la de que la gente intente impresionarte constantemente.
—Ríete, pero es agotador. Llevo toda la vida notando cuándo alguien me trata bien por mí y cuándo lo hace porque cree que le voy a hacer un favor algún día.
—¿Y en cuál de las dos categorías estoy yo?
Hugo levantó la vista de la carta, con una expresión que no supe descifrar del todo.
—Tú estás en una categoría que todavía no había tenido que inventar, la verdad.
Pedimos, siguiendo la recomendación del camarero, unas croquetas de jamón que Hugo juró que eran “las mejores de Madrid, y lo digo habiendo probado bastantes”, una afirmación que resultó, para mi sorpresa, bastante justificada, y unos pimientos de Padrón que llegaron con la ruleta rusa habitual de picante y que nos hicieron reír cada vez que a uno de los dos le tocaba el pimiento equivocado.
—Cuéntame algo que no le hayas contado a nadie más —dijo Hugo, en algún momento entre el segundo y el tercer plato, con esa manera suya de hacer preguntas grandes como si fueran pequeñas—. Algo tonto, no hace falta que sea profundo.
—¿Algo tonto?
—Sí. De esas cosas que a veces se nos quedan guardadas sin ninguna razón concreta.
Pensé un momento, mientras le daba vueltas a la copa de vino entre los dedos.
—Cuando tenía nueve años estaba convencida de que iba a ser cantante de ópera.
Ni siquiera me gustaba especialmente la ópera, la había visto una vez en la tele con mi abuela y decidí, sin ninguna base real, que ese era mi destino.
Me pasé un año entero cantando arias que no entendía en italiano fonético, aterrorizando a toda mi familia.
Hugo se rio con tantas ganas que un par de personas en la mesa de al lado se giraron a mirarnos.
—Necesito pruebas de esto.
—No hay pruebas, gracias a Dios. Mi hermano se encargó de borrar cualquier vídeo que pudiera existir, y se lo agradezco profundamente cada día de mi vida.
—Yo, con esa edad, estaba convencido de que iba a jugar en el Real Madrid. Entrenaba solo en el jardín de la casa de Asturias, con una portería que me había construido mi padre, y estaba seguro, absolutamente seguro, de que algún cazatalentos iba a pasar por ahí un día y a descubrirme.
—¿Y qué pasó?
—Que resultó que era malísimo. De verdad, malísimo, del tipo de malo que hace que los entrenadores empiecen a inventar excusas para no ponerte a jugar. Tardé más de lo que me gustaría admitir en aceptar que el fútbol no iba a ser mi camino.
—Menos mal que tenías un plan B con la empresa familiar.
—Un plan B que nadie me preguntó si quería, pero sí, menos mal.
El camarero trajo entonces un plato de rabo de toro estofado que Hugo había pedido sin consultarme, con la seguridad de quien sabe exactamente lo que va a gustar, y que resultó ser, en efecto, uno de los mejores platos que había probado en mucho tiempo, tierno y profundo, del tipo de comida que se sirve pensando más en el disfrute que en la presentación para redes sociales.
—¿Cómo sabías que me iba a gustar esto? —le pregunté, rebañando la salsa con un trozo de pan sin ningún pudor.
—No lo sabía con certeza. Era una apuesta.
—Una apuesta con muy buen resultado.
—Suelo tener buena intuición para estas cosas. Con la comida, al menos. Con casi todo lo demás soy bastante más torpe.
—No pareces torpe.
—Créeme, lo soy. Pregúntale a Marcos sobre mi historial con las citas de los últimos años, es bastante desastroso. Tiendo a analizar tanto las cosas que termino paralizándome antes de dar ningún paso.
—¿Y esta vez no te has paralizado?
Hugo dejó los cubiertos un momento, mirándome con una seriedad que contrastaba con la ligereza del resto de la conversación.
—Esta vez decidí que prefería arriesgarme a analizarlo hasta la parálisis. Contigo, por algún motivo, no me ha costado tanto decidirme.
Sentí que se me calentaban las mejillas, no del todo por el vino, y desvié la mirada hacia el plato un segundo antes de recuperar la compostura.
—Me alegra ser la excepción a tu regla general de parálisis analítica.
—A mí también.
El dueño del restaurante se acercó hacia el final de la cena, un hombre bajito y sonriente que se presentó como Ernesto y que, tras saludar a Hugo con un abrazo que confirmaba la relación de años que mencionaba antes, se giró hacia mí con curiosidad genuina.
—Así que tú eres la razón por la que este ha vuelto a reservar mesa para dos después de tanto tiempo viniendo solo o con Marcos.
—Ernesto —dijo Hugo, con una advertencia en la voz que ya empezaba a sonarme familiar, la misma que había usado con Marcos en la fiesta de Bea.
—¿Qué? Es la verdad. Llevas meses viniendo solo, pidiendo la mesa del rincón, con esa cara de quien tiene demasiadas cosas en la cabeza. Y hoy llegas sonriendo desde la puerta. Algo ha cambiado, y no hace falta ser muy listo para adivinar qué.
Me reí, sin poder evitarlo, mientras Hugo se cubría la cara con una mano en un gesto de resignación teatral.
—Todo el mundo en tu vida parece empeñado en avergonzarte delante de mí.
—Es una conspiración. Estoy convencido de que se han puesto de acuerdo.
Ernesto se despidió poco después, no sin antes insistir en invitarnos a un chupito de licor casero “para celebrar”, y cuando por fin nos quedamos solos otra vez, Hugo levantó su copa hacia mí con una sonrisa que ya se había convertido en una de mis favoritas del mundo.
—Por las conspiraciones bienintencionadas de la gente que nos rodea —dijo.
—Por ellas —respondí, brindando, sintiendo que aquella cena, con sus croquetas y sus pimientos de Padrón, sus confesiones sobre óperas infantiles y porterías de jardín, sus dueños de restaurante entrometidos y sus copas de vino compartidas sin prisa, se estaba convirtiendo, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado del todo, en una de esas noches que una recuerda durante mucho tiempo después.
Salimos del restaurante entre platos pequeños que compartimos sin ningún tipo de ceremonia, un vino que Hugo eligió con el criterio de alguien que llevaba toda la vida rodeado de botellas y que resultó ser tan bueno que hasta yo, que no distingo mucho más allá de tinto y blanco, pude apreciar la diferencia, y conversaciones que fueron abriéndose poco a poco, capa por capa, como quien se quita ropa en una noche fría, no de golpe sino con cuidado, comprobando el frío antes de exponerse del todo.
Le hablé de mi padre, que se marchó de casa cuando yo tenía doce años y con el que apenas mantengo contacto salvo por un mensaje de felicitación de cumpleaños que llega siempre con dos o tres días de retraso; de mi madre, que se volvió a casar hace ocho años con un hombre bueno pero aburrido al que quiero sin apasionarme demasiado por él; de mi hermano mayor, que vive en Valencia y con el que hablo más por videollamada que en persona, y de la manera en que La Percha se había convertido, sin que me diera cuenta del todo, en la familia que había ido eligiendo por el camino: Marta, algunas clientas habituales que ya sentía casi como amigas, el barrio entero de Malasaña que me había acogido con la naturalidad con la que solo acoge un barrio que ha visto pasar a mucha gente distinta y ha decidido, generosamente, no juzgar a ninguna.
Hugo escuchaba con la atención que ya había notado en él desde el primer día, sin interrumpir, sin desviar la conversación hacia sí mismo antes de tiempo, solo escuchando de verdad, y cuando terminé de hablar, se quedó callado un momento, como sopesando lo que iba a decir.
—Envidio eso —dijo al fin.
—¿El qué?
—Que hayas construido tu propia familia con la gente que has ido eligiendo. Yo llevo toda la vida atrapado en la que me tocó, sin haber elegido nunca del todo mi lugar en ella.
—Puedes elegir tu lugar dentro de la familia que te tocó. No son cosas excluyentes.
—Suena más fácil decirlo que hacerlo cuando eres el hijo mayor de una empresa familiar con cien años de historia y un padre que murió esperando que siguieras exactamente sus pasos.
—¿Y es eso lo que quieres? ¿Seguir exactamente sus pasos?
Hugo se quedó callado más tiempo del habitual, girando la copa de vino entre los dedos con una concentración que no tenía nada que ver con el vino en sí.
—No lo sé. Llevo cuatro años haciéndolo porque parecía lo correcto, porque era lo que se esperaba de mí, porque mi madre necesitaba que alguien sostuviera las cosas y yo era el que estaba ahí para hacerlo.
Pero hay días, cada vez más días, en los que me pregunto qué habría hecho si nadie hubiera esperado nada de mí.
—¿Y qué crees que habrías hecho?
—Probablemente algo relacionado con la arquitectura. Estudié dos años antes de dejarlo para entrar en la empresa cuando mi padre empezó a enfermar, y todavía, a veces, dibujo edificios en los márgenes de las reuniones aburridas, como una especie de fantasma de la vida que no tuve.
—Eso es lo más triste y lo más bonito que me has contado hasta ahora.
—Bienvenida al club de las confesiones incómodas en cenas de primera cita.
Nos reímos los dos, aunque había algo agridulce en la risa, algo que reconocía porque también yo llevaba mis propios fantasmas de vidas que no había tenido, y por primera vez sentí que no estaba sola en eso, que había alguien al otro lado de la mesa que entendía exactamente esa mezcla de gratitud y pérdida que supone construir una vida sobre las decisiones de otra persona.
—¿Y si un día lo dibujas de verdad? —le pregunté, mientras el camarero retiraba los platos vacíos—. No como fantasma en los márgenes de una reunión, sino de verdad. Un edificio real.