C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Aceptó, con una sonrisa medio resignada, y nos movimos hasta el centro de la azotea, donde nos quedamos, más que bailando de verdad, meciéndonos de un lado a otro con la torpeza compartida de dos personas que claramente no habían nacido para esto, riéndonos cada vez que uno de los dos daba un paso en falso, hasta que en algún momento dejamos de reírnos y solo nos quedamos así, cerca el uno del otro, con las luces colgantes brillando sobre nuestras cabezas y la ciudad respirando abajo.

—Celia —dijo Hugo, en voz baja, casi perdida entre la música.

—¿Sí?

—Llevo semanas queriendo preguntarte una cosa y no he encontrado el momento adecuado.

—Este parece un momento tan bueno como cualquier otro.

—¿Querrías salir conmigo? No como parte de la boda, ni de las reuniones de trabajo. Solo tú y yo, en algún sitio que no tenga nada que ver con vestidos ni con menús de degustación.

El corazón me dio un vuelco tan claro que por un momento pensé que él también podría notarlo, ahí, tan cerca como estábamos.

—Me encantaría.

Sonrió, esa sonrisa completa, sin reservas, que era distinta a todas las que le había visto hasta entonces, y por un segundo pensé que iba a besarme, ahí mismo, en mitad de la azotea, con la música sonando y Bea probablemente observando desde algún rincón con una expresión de triunfo insoportable.

No lo hizo. Se contuvo, con un esfuerzo visible, y en su lugar me tomó la mano y la sostuvo un momento, un gesto pequeño pero que se sintió más significativo que cualquier otra cosa que hubiera podido hacer.

—Entonces quedamos —dijo—. Esta semana, si te viene bien.

—Me viene bien.

El resto de la noche pasó entre música, conversaciones con gente que apenas conocía, un brindis torpe de Marcos por el cumpleaños de Bea que terminó con la mitad de la azotea aplaudiendo y la otra mitad riéndose de lo mal que había estado el discurso, y momentos robados junto a la barandilla con Hugo, hablando de cosas pequeñas que, sumadas, empezaban a construir algo que ya no se podía llamar solo “trabajo compartido”.

Hacia las doce y media, tal y como Bea había predicho al principio de la noche, su prima Sole entró en su crisis anual relacionada con su ex, sentada en un rincón de la azotea con una copa que ya no debería haber bebido, llorando de esa manera exagerada y sincera a la vez que solo se llora después de las tres primeras copas de una noche larga.

—Voy a ver cómo está —le dije a Hugo, que asintió sin dudarlo, con una comprensión inmediata que agradecí, porque no todo el mundo entiende que a veces una fiesta necesita también estos momentos de cuidado entre amigas, por muy incómodos que resulten para el resto de invitados.

Me senté junto a Sole, que apenas la conocía de un par de cumpleaños anteriores, y la escuché despotricar contra su ex durante casi veinte minutos, una retahíla de quejas que iban desde “nunca me escuchaba de verdad” hasta “se quedó con nuestro perro y ni siquiera le gustaban los perros”, pasando por reflexiones más profundas sobre el miedo a estar sola que reconocí, con una punzada incómoda, como reflexiones que yo misma había tenido en algún momento de los últimos dos años.

—¿Sabes lo peor? —dijo Sole, en un momento de lucidez repentina entre lágrima y lágrima—. Que una parte de mí sabe que estoy mejor sin él. Pero la otra parte echa de menos la costumbre, ¿sabes? La costumbre de tener a alguien, aunque ese alguien no fuera lo que necesitaba.

—Lo entiendo perfectamente.

—¿Tú también has pasado por algo así?

—Hace dos años. Y sí, durante un tiempo también eché de menos la costumbre, más que a la persona en sí. Pero se pasa. No de golpe, pero se pasa.

Sole me miró con los ojos todavía llorosos pero con algo parecido al alivio en la expresión, ese alivio que se siente cuando alguien confirma que lo que estás sintiendo, por doloroso que sea, es temporal y no una condena permanente.

—Gracias por escucharme. La mayoría de la gente en estas fiestas huye en cuanto me ve empezar a llorar.

—Yo no huyo de los dramas ajenos. Es casi una especialidad profesional, la verdad, viste a gente en los momentos más vulnerables de su vida, así que estoy bastante entrenada en aguantar lágrimas sin pestañear.

Se rio, un poco, entre lágrimas todavía, y se quedó un rato más apoyada en mi hombro, hasta que Bea vino a rescatarnos a las dos con una bandeja de chupitos que, según ella, “arreglaban cualquier drama existencial en cuestión de segundos”, una afirmación que resultó, si no del todo cierta, al menos suficientemente efectiva como para que Sole terminara riéndose de verdad antes de que acabara la noche.

Bea me encontró hacia la una de la madrugada, cuando Hugo se había ido a buscar más bebidas, y me arrastró a un lado con la urgencia de quien lleva toda la noche esperando el momento.

—Vale, cuéntamelo todo, ya.

—Bea, llevas toda la noche viéndonos.

—Viéndoos no es lo mismo que que me lo cuentes tú. ¿Qué ha pasado? Os habéis puesto a bailar como dos adolescentes en su primer baile de instituto y luego os habéis quedado mirándoos como si el resto de la fiesta no existiera.

—Me ha pedido salir.

Bea soltó un chillido tan agudo que un par de personas cercanas se giraron a mirarnos, y me abrazó con una fuerza que casi me hace derramar la copa que todavía tenía en la mano.

—Lo sabía. Lo sabía desde el primer día del sujetador atascado.

—No sabías nada, Bea, en ese momento ni siquiera sabías su nombre.

—Lo sabía en un nivel espiritual, Celia. Algunas cosas se saben así.

No pude discutirle eso, no esa noche, no con la sensación todavía instalada en el pecho de que, por primera vez en mucho tiempo, algo bueno estaba pasando de verdad, sin trampa ni condena escondida detrás.

Volví a casa caminando, sola, porque Hugo se había ofrecido a acompañarme pero yo le insistí en que se quedara un rato más con Marcos, que llevaba toda la noche intentando convencerlo de quedarse hasta el final de la fiesta, y porque en el fondo quería un rato para mí, para procesar despacio todo lo que había pasado esa noche sin la distracción, agradable pero abrumadora, de tenerlo cerca.

Caminé las quince manzanas hasta mi portal con el móvil en la mano, sin escribir nada todavía, solo pensando, con el aire fresco de la noche despejándome poco a poco la cabeza llena de música y de luces colgantes, hasta que al llegar a mi calle me decidí por fin a escribirle.

“Ya en casa. Gracias por el baile, aunque los dos fuéramos malísimos.”

“Ha sido mi baile favorito en mucho tiempo, malísimo y todo.”

“¿Sigues en la fiesta?”

“Sí, Marcos se ha empeñado en que le enseñe una foto tuya a todo el mundo, así que técnicamente ahora eres un poco famosa entre desconocidos que no vas a volver a ver nunca.”

Me reí sola, en la puerta de mi portal, con una sensación cálida instalándose en el pecho que no tenía nada que ver con el vino de la noche.

“Buenas noches, Hugo.”

“Buenas noches, Celia. Hasta esta semana.”

Subí a mi piso todavía sonriendo, y me quedé despierta un rato más de lo necesario, repasando la noche entera en mi cabeza, el baile torpe, la mano de Hugo sosteniendo la mía, la promesa de una cita que ya no era una idea abstracta sino algo concreto, algo que iba a pasar de verdad esa misma semana.