C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

El sábado siguiente era el cumpleaños de Bea, y como cada año desde que la conozco, decidió celebrarlo con una fiesta en la azotea de un edificio en el que vivía un amigo de un amigo, una tradición que empezó hace cinco años con quince personas y una nevera portátil y que ahora, en su versión más consolidada, incluía luces colgantes, un altavoz decente y una lista de invitados que crecía cada año con gente que ninguna de las dos conocíamos del todo bien pero que Bea insistía en invitar “porque nunca se sabe”.

—¿Vas a venir? —me preguntó por teléfono, dos días antes, en un tono que no admitía muchas negativas.

—Claro que voy a ir. Es tu cumpleaños, Bea, no voy a dejarte sola rodeada de desconocidos que “nunca se sabe”.

—No estoy sola, te tengo a ti. Bueno, y a Marcos, que viene con su nueva novia, a la que todavía no conozco, y a mi prima Sole, que siempre bebe demasiado y termina llorando por algo relacionado con su ex, y a…

—Vale, entendido, va a ser una fiesta de las tuyas.

—Va a ser la mejor fiesta de mi vida, como cada año.

Pasé la tarde del sábado en mi habitación, con tres opciones de ropa extendidas sobre la cama y una indecisión que, en teoría, no debería afectar a alguien que se dedica profesionalmente a vestir a otras personas pero que, en la práctica, me atacaba siempre que se trataba de vestirme a mí misma para algo que me importaba de verdad.

“¿Vestido negro o mono verde?” , le escribí a Bea, que a esas horas ya debía de estar en pleno proceso de preparación en su propio piso.

“El verde. Siempre el verde. Te lo he dicho un millón de veces.”

“El verde me lo he puesto ya tres veces este mes.”

“Nadie se acuerda de lo que llevaste hace dos semanas, Celia, esa regla solo existe en tu cabeza de profesional de la moda. Ponte el verde.”

Me puse el verde, claro, porque Bea rara vez se equivoca en estas cosas, y mientras me maquillaba frente al espejo del baño, con la radio puesta y una copa de vino que me había servido para calmar los nervios que no debería tener por ir a una fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga, no pude evitar preguntarme si aquellos nervios tenían más que ver con la fiesta en sí o con la posibilidad, todavía lejana en mi cabeza, de que Hugo apareciera en algún momento de la noche, aunque él no me había mencionado nada al respecto y yo no tenía ninguna razón concreta para pensar que fuera a hacerlo.

Llegué el sábado sobre las diez de la noche, con una botella de vino que había elegido con más cuidado del habitual porque, desde la conversación con Hugo sobre la empresa de distribución familiar, no podía evitar fijarme en las etiquetas de una manera que antes ni se me habría ocurrido, y me encontré la azotea ya llena de gente, las luces colgantes titilando contra un cielo despejado de octubre, y a Bea en el centro de todo, con una corona de flores de plástico que alguien le había regalado y una copa en la mano que ya no era la primera de la noche.

—¡Has venido! —gritó, cruzando la azotea para abrazarme con la efusividad de quien lleva ya un par de copas de más—. Ven, ven, tengo que presentarte a alguien.

—Bea, llevo aquí quince segundos.

—Da igual, esto no puede esperar.

Me arrastró entre la gente, esquivando a un grupo que bailaba algo que sonaba vagamente a reguetón de hace diez años, hasta un rincón de la azotea donde había un pequeño grupo hablando junto a la barandilla, y ahí, con una copa en la mano y una expresión de sorpresa idéntica a la que debía tener yo en ese momento, estaba Hugo.

—¿Hugo?

—¿Celia?

Bea nos miró a los dos, alternando la vista entre uno y otro con una sonrisa que se iba ensanchando por segundos.

—¿Os conocéis? —preguntó, con un tono de inocencia tan fingida que resultaba casi cómico.

—Bea, ¿tú lo sabías?

—Puede que Marcos me haya comentado que un amigo suyo del gimnasio venía esta noche, y puede que ese amigo se llame Hugo, y puede que yo haya atado cabos hace un rato cuando has mencionado que ibas a venir, pero técnicamente no sabía nada con certeza hasta este preciso momento, así que no puedes acusarme de haberlo planeado.

—Sí puedo.

—Bueno, un poquito sí, pero solo porque llevas semanas hablando de él y me moría de ganas de comprobar si era tan mono como decías.

Hugo, que había escuchado toda la conversación con una expresión que oscilaba entre la diversión y el ligero apuro, levantó la copa hacia mí a modo de saludo.

—Para que conste, yo tampoco sabía que ibas a estar aquí. Marcos me invitó hace dos semanas y no mencionó ningún nombre.

—Marcos es amigo de Hugo del gimnasio —explicó Bea, señalando hacia el chico que en ese momento intentaba, sin mucho éxito, coordinar un brindis colectivo al otro lado de la azotea—. Van juntos desde hace un año o así.

—El mundo es pequeñísimo —dije, sin poder evitar una sonrisa.

—El mundo es Madrid —corrigió Hugo—, que es un poco más pequeño todavía cuando se trata de nosotros dos, por lo visto.

Marcos se acercó unos minutos después, con dos cervezas en la mano y la sonrisa fácil de alguien acostumbrado a ser el centro simpático de cualquier grupo, y le tendió una a Hugo con un gesto de complicidad que dejaba claro que llevaban tiempo siendo amigos de verdad, no solo compañeros de gimnasio.

—Así que esta es la famosa Celia —dijo, mirándome con una curiosidad nada disimulada—.

Hugo lleva semanas mencionándote en el gimnasio, ¿sabes?

Al principio pensé que hablaba de un proyecto de trabajo, hasta que me di cuenta de que la manera en que hablaba de ti no tenía nada que ver con vestuario de boda.

—Marcos —dijo Hugo, con una advertencia clara en la voz, aunque sin poder disimular una media sonrisa.

—¿Qué? Solo digo la verdad. El otro día en el gimnasio te distrajiste tanto mirando el móvil que casi te cae la barra encima.

—Eso no fue por el móvil.

—Fue exactamente por el móvil, y todos en el gimnasio lo vimos.

Me reí, sin poder evitarlo, mientras Hugo ponía los ojos en blanco con la resignación de quien sabe que discutir con Marcos sobre estas cosas es una batalla perdida de antemano.

—No le hagas caso —me dijo Hugo—. Marcos tiene tendencia a exagerar cualquier anécdota hasta convertirla en una película.

—No exagero nada, solo cuento los hechos con el dramatismo que se merecen.

Bea se unió a la conversación en ese momento, enlazando su brazo con el mío con la naturalidad de quien lleva toda la vida haciendo ese gesto, y durante un rato los cuatro nos quedamos ahí, junto a la barandilla, contando anécdotas cruzadas —una historia sobre un viaje de Bea y yo a Portugal que terminó con las dos perdidas en un pueblo sin cobertura durante tres horas, una historia de Marcos sobre la primera vez que Hugo intentó cocinar algo más complicado que una tortilla y estuvo a punto de provocar un incendio en su propia cocina— hasta que la música cambió y el grupo se fue disolviendo poco a poco, cada uno arrastrado por conversaciones distintas.

Bea, satisfecha con haber cumplido su misión de casamentera involuntaria, o quizá no tan involuntaria, se excusó para ir a atender a su prima Sole, que ya empezaba a mostrar signos de la crisis existencial anual relacionada con su ex, dejándonos a Hugo y a mí solos junto a la barandilla, con la ciudad extendiéndose abajo en un mapa de luces que siempre me ha parecido más bonito visto desde una azotea que desde cualquier otro sitio.

—¿Vienes mucho a este tipo de fiestas? —le pregunté, apoyándome en la barandilla junto a él.

—Casi nunca, la verdad. Marcos insiste cada vez que hay una excusa, y normalmente digo que no porque prefiero llegar pronto a casa entre semana. Hoy he dicho que sí sin pensarlo mucho.

—¿Y eso por qué?

—Porque necesitaba un fin de semana que no girara alrededor de la boda de mi hermana, aunque sea solo una noche.

—Bienvenido al club. Yo llevo tres semanas soñando literalmente con muestras de tela.

—¿En serio?

—Anoche soñé que Inés me hacía elegir entre dos tonos de verde salvia casi idénticos y que el destino entero de la boda dependía de mi decisión. Me desperté sudando.

—Eso es la prueba definitiva de que necesitas vacaciones.

—Necesito que pase la boda, más bien. Las vacaciones vendrán después, cuando ya no sueñe con manteles.

—¿Y qué harías, si te cogieras esas vacaciones que dices que necesitas?

Lo pensé un momento, de verdad, algo que no hacía muy a menudo porque entre la tienda y los encargos apenas me quedaba tiempo para plantearme preguntas tan abiertas como esa.

—Creo que me gustaría ir a algún sitio con mar. Llevo años sin ver el mar más de un fin de semana seguido, y siempre me pasa lo mismo, que en cuanto lo veo pienso “¿por qué no vengo más a menudo?” y luego vuelvo a Madrid y se me olvida por completo hasta el verano siguiente.

—Yo tengo una casa familiar en Asturias, cerca de la costa. Llevo sin ir dos veranos, desde que empezó todo el lío de la boda y de la empresa.

—Suena a que los dos necesitamos las mismas vacaciones y ninguno de los dos se las está dando.

—Podríamos remediarlo juntos, en teoría.

—En teoría.

Nos quedamos un rato mirándonos, con esa idea flotando entre los dos sin que ninguno se atreviera a convertirla en un plan concreto todavía, y luego se rio, y nos quedamos un rato hablando de nada en particular, de la música que sonaba, de la gente que bailaba, de una anécdota sobre Marcos que hizo que Hugo se riera de una manera más relajada de la que le había visto hasta entonces, sin el peso habitual de la boda o de la responsabilidad familiar sobre los hombros, solo él, disfrutando de una noche cualquiera de sábado.

—¿Bailas? —le pregunté, en un momento en que la música cambió a algo más lento, algo que reconocí vagamente de una película que había visto hacía años.

Hugo miró hacia la gente que se movía en el centro de la azotea, y luego a mí, con una expresión que era, por primera vez desde que lo conocía, de duda genuina.

—Se me da fatal bailar.

—A mí también. Podemos ser malos juntos.