C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Podría, en teoría. Pero eso significaría admitir delante de mi madre y del consejo de administración que hay partes del negocio que no quiero llevar, y llevo cuatro años evitando esa conversación.

—¿Por qué?

—Porque en cuanto empiezo a delegar una cosa, tengo la sensación de que estoy fallando a la promesa que le hice a mi padre. Sé que suena irracional dicho en voz alta.

—No suena irracional. Suena a alguien que lleva demasiado tiempo cargando solo con algo que debería compartir.

Hugo se quedó callado, mirando hacia el jardín, hacia los operarios que ya habían vuelto a su trabajo, montando estructuras que en unas semanas sostendrían las luces y las flores de la boda de su hermana.

—A veces pienso —dijo, al fin, con una voz más baja de la habitual— que si dejara ir un poco el control, si confiara en que las cosas pueden salir bien sin que yo lo supervise todo personalmente, quizá descubriría que el mundo no se derrumba.

Pero es un pensamiento que me asusta más de lo que me gustaría admitir.

—El mundo no se va a derrumbar, Hugo. Y si se derrumba un poco, seguro que entre todos los que te queremos cerca ayudamos a sostenerlo.

Me miró entonces con una expresión que no supe descifrar del todo, algo entre la sorpresa y algo más cálido, más vulnerable, y por un momento pensé que había dicho demasiado, que la palabra “queremos” había sonado más grande de lo que pretendía en una frase pensada casi como un consuelo genérico.

—Gracias —dijo, simplemente, sin pedir que aclarara nada, y aquello, esa capacidad suya de recibir las cosas sin exigir que se las explicara del todo, fue quizá lo que más me gustó de él hasta ese momento.

Cuando el sol empezó a bajar y el aire se volvió más frío, Hugo miró el reloj y soltó una maldición suave.

—Tengo que llevarte de vuelta, se me ha hecho tardísimo.

—No pasa nada, no tengo ninguna prisa.

—Yo sí tengo una cena con mi madre en media hora, y como llegue tarde me va a interrogar durante los próximos tres días sobre por qué.

—Ve. Yo puedo coger un taxi.

—Ni hablar. Te llevo yo, aunque llegue cinco minutos tarde a la cena. Total, mi madre ya sabe que voy a llegar tarde, es una tradición familiar no escrita.

El camino de vuelta fue más rápido que el de ida, con el tráfico ya más ligero y la radio subida un poco más, y cuando llegamos a la puerta de mi portal —porque insistió en llevarme hasta casa, no solo hasta la tienda—, se quedó un momento con el motor encendido, mirándome de esa manera que ya empezaba a reconocer, la que decía más de lo que él parecía dispuesto a decir en voz alta.

—Gracias por lo de hoy —dijo—. Y por escuchar lo de mi padre sin poner cara rara.

—Gracias a ti por confiar en mí para contármelo.

—Parece que se me está haciendo costumbre.

—Podría acostumbrarme a esa costumbre.

—¿Sí? —Se giró un poco hacia mí, apoyando el brazo en el respaldo de mi asiento, sin llegar a tocarme pero lo bastante cerca como para que el gesto contara igualmente—. Porque yo llevo toda la tarde intentando decidir si estoy imaginando cosas o si de verdad hay algo raro pasando entre nosotros.

—Depende de lo que entiendas por raro.

—Raro en el sentido de que llevo tres semanas encontrando excusas para verte que no tienen nada que ver con muestras de tela ni con la disposición de las mesas.

Raro en el sentido de que hoy, cuando Inés ha mencionado que la reunión de mañana la podíamos hacer por videollamada para ahorrar tiempo, he insistido en que fuera presencial sin ninguna razón que se sostenga desde un punto de vista puramente logístico.

Me reí, una risa nerviosa que no supe controlar del todo, con el corazón latiéndome de una manera que no tenía nada que ver con el frío de la tarde.

—Puede que yo también haya notado algo raro.

—¿Y qué piensas hacer al respecto?

—Todavía no lo sé. ¿Tú qué propones?

Hugo se quedó callado un momento, mirándome con una intensidad que no había visto en él hasta entonces, y por un segundo pensé, de verdad, que iba a inclinarse hacia mí ahí mismo, en el coche parado frente a mi portal.

—Propongo que no lo estropeemos yéndonos demasiado rápido. Que dejemos que pase lo que tenga que pasar sin forzarlo.

—Eso suena sospechosamente maduro para alguien que hace un momento admitía haber inventado excusas de trabajo.

—Soy una contradicción constante, qué le vamos a hacer.

Sonrió, esa sonrisa suya que cada vez me costaba menos provocar, y por un segundo pensé que iba a inclinarse hacia mí, ahí mismo, en el coche parado frente a mi portal con el motor todavía encendido, pero en lugar de eso se quedó quieto, con las manos en el volante, dejando que el momento se quedara suspendido entre los dos sin resolverse.

—Buenas noches, Celia.

—Buenas noches, Hugo. Saluda a tu madre de mi parte, aunque no me conozca.

—Se lo diré. Le va a hacer mucha gracia que la organizadora de vestuario me haya mandado saludos.

Bajé del coche, entré en el portal, y subí las escaleras de mi piso con la sensación de que algo se había movido de sitio dentro de mí, algo que llevaba mucho tiempo quieto y que ahora, sin previo aviso, había decidido empezar a caminar otra vez.