Capítulo 5 #2
—En parte. Cuando murió mi padre, le prometí a mi madre que cuidaría de Carmen, de la empresa, de todo lo que hiciera falta.
Es una promesa que hice con veintiséis años y demasiado dolor como para pensar bien lo que estaba prometiendo, pero la sigo cumpliendo cuatro años después, aunque a veces me pregunte si Carmen necesita de verdad que yo controle hasta el color de las servilletas o si es solo una manera que tengo de sentir que sigo cumpliendo mi parte.
Nos quedamos en silencio unos segundos, un silencio distinto a los anteriores, más denso, más cargado de algo que no tenía nombre todavía.
—Es raro —dije al fin—, contarle esto a alguien que conociste hace tres semanas comprando un vestido.
—Es raro que sea contigo con quien me haya salido contarlo sin pensarlo demasiado. No suelo hacerlo. Ni con la gente que me conoce desde hace años.
No supe qué decir a eso, así que dejé que el silencio se quedara un rato más, hasta que llegamos a la verja de la finca y Hugo aparcó el coche en la zona reservada para el personal, apagó el motor, y se quedó un momento con las manos todavía en el volante antes de girarse hacia mí.
—Gracias por no decir nada trascendental sobre esto —dijo—. Odio cuando la gente intenta consolarme con frases hechas.
—No tengo frases hechas preparadas. Solo tengo la sensación de que tu hermana tiene mucha suerte de tener un hermano que se toma tan en serio una promesa hecha con veintiséis años y demasiado dolor.
Hugo me miró entonces de una manera distinta a como me había mirado hasta ese momento, con algo que se parecía a la sorpresa y a la gratitud a partes iguales, y por un instante pensé que iba a decir algo más, pero en su lugar abrió la puerta del coche y salió, dejando que el aire fresco de la tarde entrara y rompiera el momento con la misma delicadeza con la que se rompe una burbuja de jabón.
El jardín, cuando llegamos hasta él, estaba mejor de lo que recordaba de la lluvia de la semana anterior: los árboles empezaban a teñirse de dorado, el césped estaba recién cortado, y en el centro se levantaba una carpa de lona blanca que los operarios estaban terminando de montar para hacer pruebas de la disposición final.
—Quería que vieras esto antes de decidir la paleta de colores definitiva de las flores —dijo Hugo, señalando hacia la carpa—.
Inés propone verde salvia por todas partes, y a mí me preocupa que con el color del jardín en esta época del año quede todo demasiado apagado.
Necesito una segunda opinión que no sea la de Inés, porque Inés diría que el verde salvia funciona hasta en un funeral.
Caminé con él entre las mesas todavía sin montar, imaginando cómo quedaría todo lleno de gente, de vestidos, de luces, y le expliqué, mientras señalaba distintos puntos del jardín, cómo un toque de terracota o de un rosa envejecido rescataría la paleta del verde salvia sin traicionar la idea de Inés del todo, solo suavizándola, dándole calidez frente al frío que ya empezaba a instalarse en las tardes de otoño.
—¿Ves? Esto es justo lo que decía antes. Tienes un don.
—No es un don, es que llevo tres años mirando cómo la luz cambia el color de la ropa según la hora del día. Es un oficio, no magia.
—Pues es un oficio que a mí se me da fatal. Yo veo una carpa blanca y un césped verde y no tengo ni idea de qué más hace falta.
—Para eso me tienes a mí.
—Para eso te tengo a ti —repitió, más despacio, como probando cómo sonaba la frase en voz alta, y algo en su tono hizo que se me acelerara el pulso de una manera que no tenía nada que ver con el paseo por el jardín.
Nos quedamos allí un rato más, hablando de detalles logísticos que fueron derivando poco a poco hacia otras cosas: su trabajo en la empresa familiar, que se dedicaba a la distribución de vinos y que él llevaba con una mezcla de orgullo y cansancio que reconocí enseguida porque era la misma mezcla con la que yo hablaba de La Percha; mi historia con la tienda, cómo había llegado casi por casualidad y se había quedado por algo que todavía no sabía nombrar del todo bien; su relación con Carmen, más cercana de lo que aparentaba en las reuniones, construida a base de bromas privadas y de una lealtad silenciosa que solo se hacía visible en los detalles.
—¿Y qué es lo que más te gusta de la empresa? —le pregunté, sentándome en uno de los bancos de piedra que rodeaban el jardín, aprovechando que los operarios habían hecho una pausa y el sitio, por un momento, se había quedado en silencio.
Hugo se sentó a mi lado, no muy cerca pero tampoco lejos, con las manos apoyadas sobre las rodillas mientras pensaba la respuesta con la seriedad de quien no quiere quedarse en un tópico fácil.
—Los viajes a las bodegas, supongo. Cuando voy a Rioja o a Ribera, y me siento con los enólogos a hablar de la cosecha, del suelo, de lo que ha hecho el clima ese año…
ahí sí siento que hay algo de verdad en lo que hago, algo que no tiene que ver con hojas de cálculo ni con reuniones con distribuidores.
Lo que menos me gusta es todo lo demás, si te soy sincero.
La parte de gestión, las negociaciones, los números.
—¿Y no puedes dedicarte más a la parte que te gusta y delegar el resto?