Capítulo 5
Bea no me dejó dormir hasta las doce y media de la noche, ni con el argumento de que al día siguiente tenía que abrir la tienda, ni con el de que ya le había contado todo lo importante, ni siquiera con el más desesperado de todos, que fue fingir un bostezo tan exagerado que en cualquier otra conversación habría bastado para que me dejara en paz.
—Una pregunta más —dijo, por cuarta vez—. Y ya está, te lo juro.
—Llevas diciendo eso desde las diez.
—Esta va en serio. ¿Vas a volver a verlo fuera del trabajo o vais a quedaros los dos fingiendo que lo del porche no ha pasado hasta que la boda termine y perdáis la excusa para hablar?
—No hay ningún “lo del porche”. Hubo un paraguas y una conversación sobre un roce de pies que él negó que fuera intencionado.
—Celia.
—Bea.
—Vas a dejar que esto se enfríe otra vez, ¿verdad? Como con el chico del gimnasio.
—El chico del gimnasio no cuenta, apenas hablamos tres veces y una de ellas fue para pedirle que me pasara una mancuerna.
—Cuenta como ejemplo de patrón. Tienes un patrón, Celia. Conoces a alguien, hay chispa, y en cuanto la chispa empieza a parecer algo real, te apartas antes de que pueda quemar nada.
—No es tan simple, Bea.
—Nunca es tan simple, esa es la excusa de todo el mundo. La pregunta es si vas a dejar que la complejidad te frene o si vas a intentarlo de todos modos.
—¿Desde cuándo eres tan sabia a la una de la mañana?
—Desde que llevo ocho años viéndote elegir la opción segura en todo lo que tiene que ver con el corazón, mientras que en el trabajo, en la tienda, con Marta, eres capaz de tomar riesgos constantemente.
Abriste esa sección de vintage de los setenta cuando Marta ni siquiera estaba convencida de que fuera buena idea, y mira lo bien que ha funcionado.
¿Por qué no puedes aplicar ese mismo instinto a esto?
—Porque un vestido no me puede romper el corazón con un audio de cuarenta y tres segundos.
—Touché. Pero tampoco te puede dar lo que un buen chico como este, por lo que cuentas, parece capaz de darte.
—No sabes si es un buen chico, Bea. Lo has conocido a través de mi versión resumida de una mañana caótica.
—Tengo instinto para estas cosas. Y mi instinto me dice que este merece que le des una oportunidad de verdad, no la versión a medias que sueles dar cuando tienes miedo.
No le contesté, porque tenía razón, y porque a esas horas de la noche ya no me quedaba energía para fingir que no la tenía.
Colgamos poco después, con la promesa de seguir hablando al día siguiente, y me quedé un rato despierta, mirando el techo de mi habitación, pensando en la manera en que Hugo se había quedado callado en la cafetería improvisada cuando mencionó “un sentido de la culpa muy específico”, y en las ganas que tenía, ya entonces, de saber qué escondía esa frase.
La semana siguiente fue de las que en La Percha llamamos “semanas de locos”, porque además de la boda de Carmen teníamos dos encargos más pequeños que no podíamos permitirnos rechazar —una madrina de boda que necesitaba un vestido de última hora y un cliente habitual que quería renovar el vestuario de su restaurante de temática años cincuenta— y Marta y yo pasamos los siguientes cinco días haciendo malabares entre los tres proyectos con la coordinación de dos personas que llevan trabajando juntas el tiempo suficiente como para no necesitar explicarse cada paso.
La madrina se llamaba Pilar, tenía sesenta y dos años y una energía que ya me habría gustado tener yo a esa edad, y llegó a la tienda el lunes por la mañana con una única exigencia clara: “no quiero parecer disfrazada, quiero parecer yo misma, solo que un poco más arreglada”.
Es, con diferencia, la petición más sensata que había escuchado en meses, y me pasé la mañana entera sacándole vestidos de los setenta y de los ochenta hasta que dimos con uno de terciopelo azul noche que le sentaba como si lo hubieran cosido pensando en ella, con un escote discreto y una caída que disimulaba justo lo que ella quería disimular sin que pareciera que estábamos disimulando nada.
—Esto —dijo, mirándose en el espejo con una expresión que reconocí enseguida, la de la gente que se encuentra con una versión de sí misma que llevaba tiempo sin ver—. Esto es exactamente lo que quería decir con “yo misma, un poco más arreglada”.
—Se nota que sabe lo que quiere.
—A mi edad, cielo, o sabes lo que quieres o te pasas la vida entera poniéndote lo que otros deciden por ti.
Yo ya hice esa parte hace treinta años, con mi primer marido, que me vestía prácticamente él, con la excusa de que “tenía mejor gusto que yo”.
Ahora me visto yo, y si me equivoco, al menos me equivoco a mi manera.
Pilar volvió al día siguiente para la prueba final, ya con los zapatos elegidos y un bolso de los años sesenta que había encontrado ella misma en un rincón de la tienda mientras Marta y yo estábamos ocupadas con otra clienta, y se marchó tan contenta que insistió en dejarnos su número “por si alguna vez necesitáis una madrina profesional para vuestras propias bodas”, una oferta que Marta y yo aceptamos entre risas, sin saber muy bien qué hacer con ella pero agradeciendo el gesto de todos modos.
Pensé en esa frase el resto del día, mientras Marta y yo trabajábamos en el vestuario del restaurante, un local en el barrio de Chueca que quería renovar la estética de sus camareros con un aire de cafetería americana de los años cincuenta, sin caer en el disfraz de feria que tantos sitios de temática confunden con estilo de verdad.
Elegimos delantales de cintura, camisas de manga corta con un ligero aire retro y unos pañuelos al cuello que Marta insistió en anudar ella misma “porque si no, la gente los ata fatal y parece que van a ordeñar una vaca en vez de servir hamburguesas”, una frase que se convirtió, sin que ninguna de las dos lo planeara, en la broma recurrente de toda la semana.
Entre Pilar, los camareros del restaurante y las últimas pruebas del vestuario de la boda de Carmen, apenas tuve tiempo de mirar el móvil hasta el miércoles por la tarde, cuando por fin pude sentarme cinco minutos en la trastienda con una manzana a medio comer y descubrí que Hugo me escribió el miércoles, a media tarde, mientras yo estaba a cuatro patas en el almacén buscando un cinturón de los años cincuenta que Marta juraba que estaba “en la caja de los complementos marrones”, una caja que resultó no existir, o al menos no con ese nombre.
“¿Tienes un minuto? Necesito enseñarte algo del jardín de la finca antes de que confirmemos la disposición de las mesas.”
“Tengo cero minutos pero fingiré que sí. ¿Cuándo?”
“¿Mañana a las cinco? Puedo pasar a recogerte de la tienda si te viene bien.”
Me quedé mirando el mensaje un rato más del que era razonable, con el cinturón de los años cincuenta —que finalmente había encontrado, no en la caja marrón sino en una bolsa etiquetada, sin ninguna lógica aparente, como “varios azules”— colgando de mi mano.
“Me viene bien.”
Y así fue como al día siguiente, a las cinco en punto, Hugo apareció en la puerta de La Percha con un coche que claramente no era el mismo en el que había ido a la finca la semana anterior, uno más pequeño y menos formal, como si se hubiera cambiado de coche igual que se cambia de traje según la ocasión.
—¿Tienes un coche para cada tipo de reunión? —le pregunté, subiendo al asiento del copiloto.
—Tengo un coche de la empresa y un coche mío. El de la empresa es más grande porque a veces tengo que llevar a inversores, y el mío es este, que es más pequeño porque no tengo ninguna necesidad de impresionar a nadie cuando conduzco solo.
—¿Y hoy?
—Hoy no llevo a ningún inversor.
Condujo en silencio unos minutos, por las calles de Malasaña primero y luego por la M-30 en dirección a las afueras, con la radio puesta muy bajo, tan bajo que apenas se distinguía la música de fondo, y yo aproveché el silencio para observarlo un poco, algo que no había podido hacer con tanta calma hasta entonces: la manera en que sujetaba el volante con las dos manos, sin la relajación de quien conduce por costumbre sino con la atención de quien todavía, después de años haciéndolo, no se fía del todo de que nada vaya a salir mal.
—¿Siempre conduces así de concentrado?
—¿Así cómo?
—Como si el coche fuera a intentar escaparse si no lo vigilas.
Se rio, y la tensión de sus hombros bajó un poco, visible incluso desde donde yo estaba sentada.
—Es una costumbre familiar. Mi padre siempre decía que conducir distraído es la manera más tonta de arruinarlo todo. Y como con casi todo lo que decía mi padre, se me quedó grabado más de lo que me gustaría admitir.
—¿“Se quedó” en pasado?
Hugo tardó un segundo en responder, un segundo en el que sus manos se apretaron un poco más alrededor del volante.
—Murió hace cuatro años. Un infarto, muy rápido, sin previo aviso. Un día estaba discutiendo con él por teléfono sobre un contrato y a la semana siguiente estábamos organizando su funeral.
—Lo siento.
—No pasa nada. Bueno, sí pasa, pero ya no de la manera en que dolía al principio.
—Giró para tomar la salida hacia la finca, con los ojos fijos en la carretera de una manera que parecía menos sobre la conducción y más sobre evitar mirarme mientras hablaba de aquello—.
Mi madre lo llevó fatal. Todavía lo lleva fatal, la verdad, aunque ya no llora delante de nosotros como al principio.
Y Carmen entonces tenía veintitrés años y estaba en mitad de un máster en Londres, y yo tenía veintiséis y acababa de empezar a trabajar en la empresa familiar, así que de repente me tocó a mí sostener un montón de cosas que no sabía cómo sostener.
—¿Por eso lo de la boda? ¿Lo de organizarlo todo tú?