Capítulo 4
El martes de la prueba de vestuario y la degustación amaneció con una lluvia fina que Madrid solo saca cuando quiere recordarte que octubre existe de verdad, y yo llegué a La Percha a las ocho de la mañana para cargar el coche de Marta con seis vestidos protegidos en fundas, una caja de complementos y una lista de nombres de damas de honor que había memorizado la noche anterior como si me fuera a examinar de ella.
Carla, Sofía, Marina, Julieta y Nuria. Cinco mujeres a las que no conocía de nada y que en unas horas iban a estar desnudándose y vistiéndose delante de mí mientras yo intentaba adivinar, solo con mirarlas, qué corte les sentaría mejor sin que ninguna se sintiera juzgada.
Es un trabajo raro, el mío. Íntimo de una manera que la gente no espera cuando piensa en “trabajar en una tienda de ropa”.
—¿Has dormido? —me preguntó Marta, mirándome por el retrovisor mientras conducía hacia la finca donde se iba a celebrar la boda, un caserón restaurado a las afueras con jardines que salían en la carpeta de fotos que Inés nos había mandado como quien enseña las joyas de la familia.
—Poco. Estaba repasando los nombres.
—No hacía falta, te los sabes de sobra, llevas toda la semana con la lista pegada al espejo del baño.
—Prefiero no equivocarme delante de gente que probablemente cuesta más el bolso que llevan que mi sueldo de un mes.
Marta se rio, sin apartar la vista de la carretera.
—Ese es justo el motivo por el que te llevo a estas cosas y no me llevo a mí misma. Yo insultaría a alguien sin querer antes del mediodía.
—Eso no es del todo cierto, tú tienes mucho más tacto del que finges tener.
—Tengo el tacto justo para venderle un vestido a alguien y ni un gramo más. Tú tienes la parte de verdad, la de hacer que la gente se sienta bien consigo misma. Por eso funcionamos.
Llegamos a la finca a las nueve y media.
El caserón era de piedra, con una fachada cubierta de una enredadera que ya empezaba a teñirse de los colores del otoño, y dentro nos esperaba una sala enorme con espejos de cuerpo entero, luz natural entrando por unos ventanales altísimos y, en el otro extremo, una mesa larga con manteles blancos que unos camareros de Bocado estaban preparando para la degustación de después.
Vi a Rodrigo antes de que él me viera a mí. Estaba dando instrucciones a su equipo con esa autoridad tranquila que siempre había tenido, la que en su día me pareció atractiva y que ahora, viéndola desde fuera de la relación, se parecía más a un hombre acostumbrado a que nadie le lleve la contraria.
—Buenos días —dijo, acercándose en cuanto nos vio entrar—. Celia. Marta.
—Rodrigo.
—¿Necesitáis ayuda con algo?
—Podemos solas, gracias.
Se quedó un segundo más de lo necesario, con esa media sonrisa que ya empezaba a resultarme repetitiva de puro previsible, y volvió con su equipo.
Instalamos la ropa en una sala contigua, colgamos los vestidos por orden, sacamos los zapatos y los complementos, y a las diez en punto empezaron a llegar las damas de honor, cinco mujeres que resultaron ser mucho más simpáticas de lo que había temido, con la excepción de Sofía, que se pasó los primeros veinte minutos repitiendo que ella “normalmente” solo llevaba ropa de dos marcas muy concretas y que esperaba que “esto no fuera muy raro”.
No fue raro. Fue, de hecho, uno de esos días buenos de mi trabajo, de los que me recuerdan por qué elegí este oficio en lugar de terminar la carrera de Económicas que empecé y abandoné a los dos años: ver a Julieta, que había llegado convencida de que odiaba los vestidos con manga larga, mirarse en el espejo con uno verde botella y quedarse callada, de esa manera en la que la gente se queda callada cuando de verdad le gusta algo.
Ver a Marina reírse hasta llorar cuando Nuria se probó un sombrero que no tenía nada que ver con la boda solo por diversión.
Ver incluso a Sofía suavizarse, poco a poco, hasta admitir que el vestido lila que le habíamos preparado era “sorprendentemente bonito, la verdad”.
—¿Cómo sabías que este me quedaría bien? —me preguntó Carla, la más callada del grupo, mirándose en el espejo con un vestido color champán que le sentaba como si lo hubieran hecho a medida.
—No lo sabía. Lo probé porque tu manera de moverte, de estar de pie, encajaba con este tipo de corte. La gente que se mueve como tú suele sentirse cómoda con las líneas rectas.
—Eso es rarísimo y a la vez tiene todo el sentido del mundo.
—Es literalmente mi trabajo, así que me alegra que funcione.
Hugo apareció a mediodía, cuando ya habíamos terminado con casi todas las pruebas, con el pelo un poco mojado por la lluvia y un abrigo oscuro que le quedaba de una manera que debería estar prohibida en un contexto laboral.
—¿Cómo va la operación vestuario? —preguntó, asomándose a la sala.
—Cinco de cinco, todas satisfechas. Incluso Sofía, que es sin duda el logro más difícil del día.
—¿Sofía la de los comentarios sobre las marcas?
—La misma.
—Vaya. Deberían darte una medalla.
—Aceptaría un café en su lugar.
Salimos juntos a la zona donde habían montado una pequeña cafetería improvisada para el equipo, y mientras esperábamos a que nos sirvieran, Hugo se apoyó contra la pared con los brazos cruzados y me miró con esa expresión suya que ya empezaba a reconocer, la de alguien calculando si decir algo o guardárselo.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada.
—Hugo.
—Es que me hace gracia. Llevas aquí toda la mañana resolviendo crisis de vestuario de cinco mujeres que no conocías de nada, y hace un rato te vi discutiendo con un proveedor de flores porque el tono de rosa que había traído no coincidía con la muestra. Se te da muy bien esto.
—Se me da bien intentar que la gente se sienta cómoda. El resto es cuestión de práctica.
—No es solo eso. —Se quedó callado un momento, como buscando la manera de decir lo que fuera a decir sin que sonara raro—.
Tienes un don para hacer que las cosas parezcan más fáciles de lo que son.
Yo llevo toda la semana con dolor de cabeza organizando esta boda y tú pareces la única persona que se lo está pasando bien.
—Es que a mí me gusta esto. A ti te toca por obligación fraternal.
—Por obligación fraternal y por un sentido de la culpa muy específico que no te voy a explicar ahora mismo.
—¿Un sentido de la culpa? Eso suena a que tienes una historia mejor que la del audio de cuarenta y tres segundos.
—No mejor. Distinta. —Sonrió, pero fue una sonrisa más pequeña que las anteriores, como si hubiera tocado sin querer algo que prefería dejar cerrado por ahora—. Otro día, quizá.
—Vale. Anotado para cuando te toque pagar tú la próxima ronda de agravios compartidos.
Me reí, y él sonrió, y por un momento el ruido de la sala de al lado —los camareros colocando copas, alguien probando el micrófono para los discursos, Marta discutiendo amablemente con Sofía sobre el largo de un dobladillo— se quedó en un segundo plano, como si aquel rincón junto a la cafetera improvisada fuera el único sitio real de todo el caserón.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo Hugo, bajando un poco la voz.
—Depende de la pregunta.
—¿Rodrigo te está incomodando? Lo digo en serio. Si necesitas que hable con él, o que lo mantenga alejado de ti durante las reuniones, lo hago sin pensarlo.
Me sorprendió la seriedad con la que lo dijo, sin ningún rastro de la ironía que solía usar para casi todo.
—Puedo con Rodrigo —dije—. Llevo dos años practicando.
—No lo dudo. Pero eso no significa que tengas que hacerlo sola si no quieres.
No supe qué responder a eso, así que no respondí nada, y él pareció darse cuenta de que había dicho algo que pesaba más de lo que pretendía, porque cambió de tema con la misma naturalidad con la que había abierto aquel hueco.
—¿Has probado ya algo del menú?
—Todavía no. Estoy posponiendo el momento en el que tengo que sentarme en la misma mesa que mi ex y fingir que su comida no está deliciosa, porque lo estará, ese es el problema, cocina de maravilla.
—Eso es objetivamente lo peor que le puede pasar a alguien. Un ex con talento real.
—Ni te lo imaginas.
La degustación empezó media hora después, en la mesa larga de manteles blancos, con Inés presidiendo, Carmen —la novia, a la que conocí por primera vez ese día, una mujer de sonrisa fácil que se parecía a Hugo en los ojos y en poco más— sentada junto a su prometido, un hombre rubio y tranquilo llamado Álvaro que hablaba poco pero sonreía en el momento justo, Marta a mi lado, y Hugo enfrente, con Rodrigo entrando y saliendo de la cocina improvisada para presentar cada plato con una teatralidad que en su día me pareció encantadora.
—Este es un tartar de atún con mango y un toque de yuzu —anunció, colocando el primer plato delante de cada uno—. Espero que os guste.
Estaba delicioso. Por supuesto que estaba delicioso.
—Está buenísimo —dijo Carmen, y Rodrigo sonrió con esa sonrisa de quien ya sabe que ha ganado antes de que le pregunten.
Miró hacia mí, esperando el mismo veredicto.
—Está bien —dije, con la boca todavía sabiendo a mango y a yuzu y con la clara intención de no darle más satisfacción de la estrictamente necesaria.
—¿Solo bien?
—Está bien, Rodrigo.
Bajo la mesa, sin que nadie más se diera cuenta, sentí el pie de Hugo rozar el mío un segundo, un gesto tan pequeño que podría haber sido accidental si no fuera por la mirada que me lanzó justo después, una mirada que decía, con más claridad que cualquier frase, aguanta, ya casi terminamos .
Aguanté. Sonreí a cada plato con la cortesía justa, evité los ojos de Rodrigo cada vez que buscaba mi aprobación, y cuando llegó el postre —una tarta de queso con frutos rojos que sí, también estaba deliciosa, no pensaba fingir lo contrario ni siquiera por rencor— ya había recuperado el equilibrio suficiente para disfrutar del resto de la comida sin que se me notara demasiado el esfuerzo.
La reunión terminó a media tarde, con la lluvia arreciando fuera y todo el mundo despidiéndose deprisa para no mojarse en el camino al coche.
Marta se adelantó para cargar el maletero con las fundas de los vestidos, y yo me quedé un momento en el porche del caserón, esperando a que amainara un poco, cuando Hugo salió detrás de mí con dos paraguas que había pedido prestados en algún sitio.
—Toma. Por si acaso.
—¿Tenías dos de sobra?
—Tenía cero de sobra hasta hace cinco minutos, pero he sido muy persuasivo con el chico que llevaba las sillas.
Me reí, y acepté el paraguas, y nos quedamos los dos ahí un momento, bajo el alero del porche, mirando la lluvia caer sobre el jardín que en unas semanas estaría lleno de invitados vestidos de gala.
—Gracias por lo de antes —dije—. Lo del pie bajo la mesa.
—No sé de qué me hablas.
—Hugo.
—Fue un gesto completamente involuntario provocado por el mal tiempo.
—Claro.
Nos miramos un segundo de más, otra vez, ese segundo que ya iba camino de convertirse en una costumbre entre nosotros, y por primera vez tuve la sensación clara, física, de que si él daba un paso más hacia mí en ese momento, yo no me habría apartado.
No lo dio. El móvil le sonó en el bolsillo, una llamada de Inés confirmando un detalle de última hora, y el momento se deshizo tan rápido como se había formado, dejando solo la lluvia, el sonido del jardín, y la certeza incómoda de que aquel mes que había empezado como una condena se estaba complicando de una manera que no había previsto en absoluto.
—Tengo que cogerlo —dijo, señalando el móvil.
—Ve.
Se alejó unos pasos, contestando la llamada, y yo bajé hasta el coche de Marta bajo mi paraguas prestado, con el ruido de la lluvia golpeando la tela por encima de mi cabeza y una sensación en el pecho que no había sentido desde hacía mucho tiempo, algo parecido a la expectativa, aunque todavía no me atrevía a llamarlo por su nombre.
Esa noche llamé a Bea antes de las diez, sentada en la cama con el pelo todavía húmedo de la lluvia que me había alcanzado camino de casa.
—Necesito contarte algo y necesito que no digas “te lo dije” hasta que termine de hablar.
—Eso significa que voy a querer decir “te lo dije” en algún momento.
—Probablemente.
—Vale. Te escucho. Sin interrupciones. Lo prometo.
No cumplió la promesa ni dos minutos, pero para entonces yo ya había empezado a hablar, y las palabras salieron solas, sin que tuviera que esforzarme demasiado en encontrarlas, porque llevaba todo el día guardándolas, esperando el momento de soltarlas, como quien guarda un secreto que en realidad se muere por contar.