Capítulo 3
La reunión era un jueves a las cinco de la tarde en un ático de Salamanca que, según Marta, pertenecía a la organizadora del evento, una mujer llamada Inés que hablaba con las manos como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible y que nos recibió con una bandeja de canapés que nadie tocó porque todos estábamos demasiado ocupados fingiendo que aquello era una reunión de trabajo normal.
No lo era.
Pasé la mañana entera cambiándome de ropa tres veces, cosa que nunca me pasa, porque normalmente me visto en cinco minutos con lo primero que encuentro decente en el armario y salgo de casa sin mirar atrás.
Ese jueves, en cambio, me probé una blusa, la descarté por “demasiado formal”, me probé otra, la descarté por “demasiado informal para una reunión con gente que probablemente tiene mayordomo”, y terminé eligiendo, después de veinte minutos perdidos, exactamente la primera que me había probado, lo cual me pareció, ya vestida y camino al metro, una metáfora bastante clara de mi estado mental en general.
Llegué diez minutos tarde porque el metro decidió, en un alarde de mal timing digno de esta historia, tener una incidencia justo en mi línea, y cuando entré en el salón ya estaban todos sentados alrededor de una mesa de cristal: Inés al frente con una tablet, Marta a su derecha con la carpeta de las telas, un chico rubio con pinta de becario tomando notas con una concentración que sugería que aquel era, probablemente, su primer trabajo de verdad, y, al otro lado de la mesa, Hugo.
Y, junto a Hugo, de espaldas a la puerta, Rodrigo.
Reconocería esa nuca en cualquier parte del mundo.
Ocho meses de relación dejan huella hasta en los detalles más absurdos: la manera en que se le riza el pelo en la nuca cuando hace calor, el gesto que hace con los hombros cuando está a punto de decir algo que sabe que va a sonar arrogante, el perfume que llevaba siempre, uno con notas de madera que todavía, cuando lo huelo por accidente en algún desconocido, me hace tensarme un segundo entero antes de recordar que ya no significa nada.
—Celia, siéntate, ya casi empezamos —dijo Inés, señalando la única silla libre, que estaba, por supuesto, justo enfrente de Rodrigo.
Me senté. Rodrigo levantó la vista de sus papeles y su cara hizo ese recorrido que hacen las caras cuando procesan algo inesperado: sorpresa, un segundo de duda, y después esa sonrisa suya de siempre, la que en su día me pareció encantadora y que ahora me parecía sobre todo cansada, la sonrisa de alguien acostumbrado a que su presencia sea siempre una buena noticia.
—Celia. Vaya.
—Rodrigo.
—No sabía que ibas a estar en esto.
—Yo tampoco sabía que ibas a estar tú, así que estamos empatados en sorpresas.
Hugo, sentado a su lado, nos miró a los dos con una expresión que pasó de la confusión a algo parecido al entendimiento en cuestión de segundos.
Le vi hacer el cálculo mental: la cara que puse cuando Marta mencionó Bocado por teléfono, mi tono al escribir “desconocido con buen gusto que desaparecía para siempre”, el hecho de que ahora estaba sentada frente a un chef que me miraba como si acabara de encontrar algo que había perdido y no estaba seguro de querer recuperar.
—Vale —dijo Hugo, en voz baja, casi para sí mismo—. Esto tiene más sentido ahora.
—¿Os conocéis? —preguntó Inés, mirando alternativamente a Rodrigo y a mí, ajena por completo a la tensión que se había instalado en la mesa como un invitado no deseado.
—Salimos juntos —dijo Rodrigo, con una naturalidad que me sacó de quicio—. Hace un par de años.
—Qué pequeño es el mundo —dijo Inés, y volvió a su tablet como si acabara de comentar el tiempo.
Pequeño no. Diminuto. Asfixiante, incluso.
La reunión avanzó a pesar de todo, porque Inés tenía la habilidad de esas personas que llevan bodas para vivir, de ignorar cualquier drama humano en favor del cronograma.
Hablamos de colores, de la paleta que quería Carmen para las mesas —un tono verde salvia que, según Inés, “evocaba la elegancia atemporal de las villas toscanas”, aunque nadie se atrevió a preguntar qué tenían que ver exactamente las villas toscanas con una boda en las afueras de Madrid—, de si el vestuario de las damas de honor debía coordinar con los manteles o simplemente complementarlos, de si el menú de Rodrigo incluiría opción vegetariana además de la de siempre.
—Podríamos hacer un menú completamente flexible —dijo Rodrigo, en el tono didáctico que usaba siempre que hablaba de comida, como si estuviera dando una clase magistral a alumnos que no habían estudiado lo suficiente—.
Una base que funcione con o sin proteína animal, jugando con las texturas en lugar de depender del ingrediente principal.
—Suena bien —dijo Hugo, sin mirarlo, ocupado en tomar notas en su propia libreta, una libreta de tapas negras que sacaba y guardaba con la meticulosidad de alguien que no confiaba del todo en su memoria ni en la de nadie más.
—¿Tú qué opinas, Celia? —preguntó Rodrigo, y por primera vez desde que había entrado en la sala, todas las miradas se volvieron hacia mí.
—Opino que es tu especialidad, no la mía. Yo me limito a que la gente no vaya en pantalones cortos a una boda de villa toscana.
Marta se rio, un poco más alto de lo estrictamente necesario, y aquello relajó un poco el ambiente, lo suficiente como para que la reunión siguiera avanzando sin más incidentes durante la siguiente media hora.
Yo intentaba concentrarme en las telas, en los apuntes que Marta iba tomando, en cualquier cosa que no fuera la manera en que Rodrigo seguía buscando mi mirada cada dos minutos como si esperara que yo, en algún momento, le devolviera el gesto con algo parecido a la nostalgia.
No pensaba dársela.
—¿Celia? —Inés me sacó de mis pensamientos—. ¿Podríais tener las telas listas para la próxima semana? Necesitamos hacer las pruebas con las damas de honor antes de confirmar el vestuario final.
—Sin problema.
—Perfecto. Y Rodrigo, ¿la degustación del menú la podemos hacer el mismo día?
—Claro, así aprovechamos y matamos dos pájaros de un tiro.
Odiaba esa expresión. Siempre la había odiado, en realidad, pero en ese momento la odié con una intensidad renovada, quizá porque la había usado también en aquel audio de cuarenta y tres segundos, en algún momento entre “caminos que se separan” y “espacio para crecer”, como si terminar una relación de ocho meses fuera solo cuestión de eficiencia.
La reunión terminó cuarenta minutos después, con una lista de tareas repartida entre todos y una fecha marcada en rojo en la tablet de Inés que decía “Prueba de vestuario y degustación — martes que viene”.
Salí del ático lo más rápido que la educación me permitía, bajé en el ascensor con el corazón todavía acelerado por el esfuerzo de fingir normalidad durante cuarenta minutos, y cuando las puertas se abrieron en el portal, Hugo estaba esperando el mismo ascensor, apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos.
—¿Bajas? —le pregunté, aunque era evidente que sí.
—Bajo. —Entró conmigo y pulsó el botón de la calle, aunque ya estaba pulsado—. Así que el ex.
—El ex.
—Tiene sentido lo de “algo con historia” que dijiste el otro día. Parece que tienes debilidad por la gente con pasado.
—No es debilidad, es mala suerte estadística. Solo he tenido dos relaciones serias en mi vida y las dos han sido un desastre memorable.
—¿Puedo preguntar qué pasó con él?
—Rompimos hace dos años. Con un audio de whatsapp de cuarenta y tres segundos mientras yo estaba trabajando en la boda de otra persona.
Hugo hizo una mueca, esa mueca universal de “eso es peor de lo que esperaba”.
—Cuarenta y tres segundos.
—Los conté. Varias veces. En su momento me pareció importante saber exactamente cuánto tiempo le había costado terminar conmigo.
—Es una información muy específica para no importarte ya.
—No me importa. Me importa la anécdota. Hay una diferencia.
—¿Y la anécdota funciona bien en las fiestas o la reservas para desconocidos en ascensores?
—Depende del desconocido.
—¿Y yo qué tal lo he hecho?
—Aprobado. Aunque solo porque me has traído hasta aquí sin obligarme a decir nada más incómodo.
El ascensor llegó al portal y las puertas se abrieron a la calle, donde ya estaba anocheciendo y el aire tenía ese frío afilado de las tardes de octubre en Madrid.
—Bueno —dijo Hugo, metiéndose las manos en los bolsillos del abrigo—, para que conste, si necesitas que alguien se ponga muy serio y muy incómodo cada vez que Rodrigo intente ser encantador delante de los demás, cuenta conmigo.
Se me da bastante bien poner cara de estar a punto de firmar un contrato importante.
Me reí, la primera risa de verdad de toda la tarde.
—¿Y eso por qué?
—Porque parece que vamos a pasar un mes trabajando juntos en esto, y prefiero que la persona que se sienta enfrente de mí en las reuniones no tenga que fingir que está bien cuando no lo está.
Lo miré un segundo de más, otra vez, igual que en la puerta de La Percha la semana anterior.
—Gracias —dije, y lo decía en serio.
—De nada. —Empezó a caminar hacia atrás, alejándose en dirección contraria a la mía—. Por cierto, mi hermana ama el vestido. Me ha preguntado tres veces de dónde lo saqué.
—Dile que tiene buen gusto.
—Se lo diré. Aunque el mérito es todo tuyo.
Se dio la vuelta y siguió andando calle abajo, y yo me quedé un momento parada en la acera, viendo cómo desaparecía entre la gente que volvía a casa después del trabajo, pensando que aquel mes, que había empezado como una condena, empezaba a parecerse sospechosamente a otra cosa.