Capítulo 2
Le conté lo de Hugo a Bea esa misma noche, sentadas las dos en el sofá de su piso con una bolsa de patatas fritas entre nosotras que ninguna de las dos pensaba compartir de verdad, y con una película que ninguna de las dos estaba viendo de fondo, puesta más por costumbre que por interés real.
—A ver, repíteme la parte del sujetador atascado, que esa me la he perdido.
—Bea, esa no es la parte importante de la historia.
—Para mí sí. Llevo un mes sin nada interesante que contar y tú apareces con un drama textil de primera hora de la mañana.
Bea es mi mejor amiga desde la universidad, la conocí en una clase de Historia del Arte a la que las dos íbamos porque pensábamos que sería fácil y resultó ser la asignatura que más nos hizo llorar aquel curso, y desde entonces hemos compartido piso, rupturas, un préstamo de dinero que todavía no me ha devuelto y un nivel de sinceridad que a veces raya en lo cruel.
Trabaja en una agencia de publicidad haciendo algo con nombres en inglés que nunca he terminado de entender del todo, y tiene la costumbre de analizar mi vida sentimental con la misma minuciosidad con la que analiza las campañas de sus clientes.
—El tipo del vestido —dijo, señalándome con una patata frita a modo de advertencia—. ¿Estaba bueno?
—No es la pregunta.
—Es exactamente la pregunta.
Suspiré, porque discutir con Bea sobre el orden de importancia de las cosas es una batalla que llevo perdiendo desde hace ocho años.
—Estaba bien. Serio. De los que parece que llevan un traje hasta para dormir.
—O sea que estaba buenísimo.
—Bea.
—Contesta.
—Sí, vale, estaba buenísimo, ¿contenta?
Sonrió con esa sonrisa suya de victoria absoluta y se recostó en el sofá como si acabara de ganar un juicio.
—¿Y le diste tu número?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque estaba comprando un vestido para su hermana y tenía una reunión importante y yo tenía que abrir la tienda sola porque Marta estaba discutiendo con un fontanero. No es exactamente el escenario perfecto para pedir un número de teléfono, Bea.
—Es el escenario perfecto para una comedia romántica mala, que es justo el género que estás describiendo.
No pude discutirle eso.
—Bueno —dijo, cambiando de postura y mirándome con la cara que pone cuando está a punto de decir algo que sabe que no me va a gustar—, ¿y si no vuelves a saber de él nunca más?
—Pues nada, tendré una anécdota bonita sobre un desconocido con buen gusto para el rosa palo. Bueno, para el verde esmeralda, que fue lo que compró al final.
—Qué triste.
—La vida es así, Bea. La gente entra en tu tienda, compra un vestido y desaparece para siempre.
—Eso ha sonado como una frase que dirías en tu funeral.
—Es una filosofía de vida perfectamente razonable.
—Es una filosofía de vida de alguien que lleva dos años sin salir con nadie desde lo de Rodrigo.
Ahí estaba. Bea tiene un talón de Aquiles que consiste en no saber dejar pasar una oportunidad de mencionar a Rodrigo cuando la conversación se acerca, aunque sea de lejos, a mi vida amorosa, como si su misión personal en esta vida fuera recordarme que en algún momento voy a tener que superarlo del todo, no solo fingir que ya lo he hecho.
—No tiene nada que ver con Rodrigo.
—Todo tiene que ver con Rodrigo, Celia. Llevas dos años eligiendo no fijarte en nadie porque el último tipo en el que te fijaste te rompió el corazón con un audio de whatsapp de menos de un minuto.
—Cuarenta y tres segundos.
—Ese es justo mi argumento.
No sabía entonces lo equivocada que estaba, ni lo cerca que estaba de tener que enfrentarme otra vez, y de una manera mucho más directa de lo que imaginaba, a la persona que ni siquiera nombraba en voz alta si podía evitarlo.
La llamada de Marta llegó dos días después, un miércoles por la mañana, mientras yo colocaba en el escaparate una selección de chaquetas de los ochenta que llevaban meses acumulando polvo en el almacén, esperando a que alguien con el gusto suficiente para apreciar unas hombreras como Dios manda entrara por la puerta.
—Celia, necesito que te sientes.
—Estoy de pie delante de un escaparate, Marta, no puedo sentarme sin montar un espectáculo.
—Pues finge que te sientas mentalmente, porque tengo una noticia enorme.
Marta tiene un don especial para hacer que cualquier cosa suene enorme, desde una nueva remesa de vestidos hasta el hecho de que el bar de al lado haya cambiado el proveedor de café, así que me preparé para que la noticia fuera, en realidad, bastante pequeña.
—Nos han contratado para vestir una boda entera.
Eso ya sonaba distinto.
—¿Vestir cómo?
—Vestuario de las damas de honor, complementos para las invitadas, y decoración vintage para la recepción. Es una boda grande, Celia. De las que salen en revistas.
—¿Y cómo hemos conseguido eso?
—La organizadora del evento vino la semana pasada, vio los vestidos de los setenta que tenemos en la trastienda y se enamoró. Dijo textualmente que necesitaba “algo con alma” para esta boda.
Alma. Historia. La gente que organiza bodas tiene un vocabulario muy parecido al de los hermanos con listas de doce puntos.
—¿Y quién se casa?
—Una tal Carmen. Carmen Valdés. Por lo visto es una boda bastante conocida en ciertos círculos, la familia tiene una empresa de no sé qué, el novio trabaja en finanzas, y el hermano de la novia es el que está organizando toda la parte logística porque, cito otra vez a la organizadora, “es un obseso del control que no confía en nadie”.
Sentí que algo se me encendía en la memoria, como una luz de esas que tardan un segundo en calentar antes de iluminar del todo.
—¿Cómo se llama el hermano?
—Ni idea, no me lo dijo. ¿Por qué, lo conoces?
Estuve a punto de contarle lo del vestido, lo del sujetador, lo de Hugo, pero me pareció una locura sacar conclusiones de una coincidencia que probablemente no era ni coincidencia, solo Madrid siendo Madrid, un pañuelo de ciudad donde todo el mundo conoce a todo el mundo de una manera u otra.
—No, por nada. Sigue contándome.
—La boda es en un mes. Vamos a tener que trabajar rápido. Y hay una cosa más.
—¿Qué cosa?
—El catering lo lleva Bocado.
Se me cayó literalmente una percha de la mano.
—¿Bocado, el de Rodrigo?
—El mismo.
Bocado era, en teoría, uno de los cateringes más solicitados de Madrid, y en la práctica, la empresa de mi ex, un chef con más ego que talento —que ya es decir, porque talento tenía, eso no se lo voy a quitar— con el que salí durante ocho meses hace dos años y que rompió conmigo con un mensaje de audio de cuarenta y tres segundos mientras yo estaba en una boda ajena colocando centros de mesa, la ironía de la vida.
Todavía recuerdo el audio casi palabra por palabra, aunque llevo dos años intentando no hacerlo.
Rodrigo hablando bajo, con ese tono que usaba cuando quería sonar reflexivo, diciendo algo sobre “caminos que se separan” y “necesitar espacio para crecer”, mientras yo estaba de pie junto a una mesa llena de centros florales que no eran míos, en una boda que no era la mía, escuchando cómo terminaba una relación de ocho meses con la misma economía de palabras que usaría para cancelar una reserva de restaurante.
No lo había vuelto a ver desde entonces.
Había hecho un esfuerzo consciente y considerable por no volver a verlo, que incluía evitar tres restaurantes, dos ferias gastronómicas y un programa de televisión en el que salía todas las semanas dando su opinión sobre nada en particular con una seguridad que siempre me había parecido, como mínimo, desproporcionada.
Y ahora iba a pasar un mes entero trabajando codo con codo con él en la misma boda.
—Marta, no puedo hacer esto.
—Celia, es el trabajo más grande que hemos tenido nunca.
—Marta.
—Celia, necesito el dinero de esta boda para pagar el alquiler de la tienda hasta final de año. No es una petición, es una súplica con forma de jefa.
Ahí Marta jugó su carta más sucia y más eficaz, porque sabe, igual que yo, que La Percha no está pasando por su mejor momento económico, que llevamos meses hablando en voz baja sobre si merece la pena renovar el contrato de alquiler el año que viene, y que un encargo como este podría ser la diferencia entre seguir abiertas y no.
Cerré los ojos, respiré hondo, y pensé en todas las cosas que preferiría hacer antes que pasar un mes cerca de Rodrigo: correr una maratón sin entrenar, ver todas las temporadas de un concurso de talento sin saltarme ni un capítulo, dejarme atender una cita en el dentista sin anestesia.
Ninguna sonaba peor que la alternativa real, que era ver cerrar la única tienda en la que me había sentido de verdad buena en algo.
—Vale —dije—. Lo haré. Pero como Rodrigo intente hacerse el simpático conmigo delante de los clientes, no respondo de mis actos.
—Ese es el espíritu.
Colgué el teléfono y me quedé mirando la percha caída en el suelo, la chaqueta de los ochenta desparramada entre mis pies, pensando que si de verdad existía algún tipo de justicia poética en el universo, lo mínimo que podía pedir era que Hugo no tuviera absolutamente nada que ver con toda aquella boda.
El universo, como ya empezaba a sospechar, no estaba de mi lado esa semana.
Recogí la chaqueta, la colgué otra vez en su sitio y, justo cuando me disponía a volver al escaparate, me sonó el móvil con un mensaje de un número que no tenía guardado.
“Hola, Celia. Soy Hugo, el del vestido. Espero que no te importe que te escriba, me dio tu número la organizadora del evento de la boda de mi hermana. Al parecer vamos a trabajar juntos el mes que viene.”
Miré la pantalla durante un buen rato antes de contestar, con esa mezcla incómoda de emociones que se instala cuando dos noticias completamente distintas llegan casi a la vez y no sabes cuál de las dos merece más espacio en tu cabeza.
“No me importa. Aunque tenía la ligera esperanza de que fueras un desconocido con buen gusto que desaparecía para siempre.”
La respuesta llegó casi al instante.
“Lo siento. Parece que Madrid es más pequeño de lo que pensábamos.”
“Por lo visto tu hermana y mi ex se llevarán de maravilla en el catering”, escribí, y borré el mensaje antes de enviarlo, porque no me parecía la manera adecuada de presentar esa información.
En su lugar, escribí:
“Nos vemos en la próxima reunión, entonces.”
“Ahí estaré. Puede que con más suerte que la última vez, espero.”
Y ahí estaba yo, de pie en mitad de la tienda, con una sonrisa que no supe explicarle a Marta cuando entró un minuto después y me preguntó por qué tenía cara de haber recibido buenas noticias en pleno desastre.