C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2)
© inepub.com
Capítulo 1
Hay días que empiezan mal y días que empiezan directamente como una advertencia del universo.
El mío empezó con un sujetador atascado en la cremallera del vestido, un taxi que canceló la carrera cuando ya lo veía llegar por la calle y un mensaje de mi jefa que decía, textualmente: “Necesito que estés aquí en veinte minutos o esto se convierte en tu problema para siempre.”
Nada bueno empieza con la palabra “para siempre” en un mensaje de trabajo.
Me llamo Celia Roldán, tengo veintinueve años, trabajo en La Percha, una tienda de ropa vintage en el barrio de Malasaña que mi jefa insiste en llamar “concept store” cada vez que hay un cliente delante, y en ese momento estaba de pie en mitad de mi habitación, medio vestida, con un brazo atrapado dentro de una manga y el otro intentando desatascar la cremallera sin arrancarla de cuajo.
Lo conseguí a los tres minutos, que en la escala Celia de catástrofes personales es un tiempo récord.
Mi récord anterior lo tenía una mañana en la que se me rompió el tacón bajando las escaleras del metro y llegué a una entrevista de trabajo cojeando con un zapato en la mano, como una Cenicienta con muy mala suerte y ningún príncipe a la vista.
Bajé las escaleras de mi piso de dos en dos, salí a la calle sujetando los tacones en la mano porque caminar con ellos antes de las nueve de la mañana me parece un acto de violencia contra mí misma, y corrí las seis manzanas que separaban mi portal de la tienda con la elegancia de alguien que huye de algo, que en realidad era exactamente lo que estaba haciendo.
Vivo en un tercero sin ascensor en una calle estrecha donde los vecinos se conocen todos entre ellos menos a mí, que llevo cuatro años allí y sigo siendo “la chica del tercero” para la señora del segundo, que me saluda con la misma cara de sospecha con la que saluda a los repartidores.
La calle huele por las mañanas a pan recién hecho de la panadería de la esquina y a la basura que todavía no ha pasado a recoger el camión, una mezcla que después de tanto tiempo ya ni siquiera noto, salvo en días como aquel, en los que corría lo bastante rápido como para que el olor me golpeara en oleadas.
Llegué con el pelo hecho un desastre, sin aliento y con un tacón en cada mano, y me encontré la persiana de La Percha todavía bajada.
Miré el móvil. Las nueve y dieciocho.
Marta, mi jefa, no había llegado.
Marta, que me había amenazado con las consecuencias del fin del mundo si no llegaba en veinte minutos, no estaba.
Me senté en el escalón de la puerta, me puse los tacones porque total ya daba igual, y esperé mientras el barrio se despertaba a mi alrededor: el del bar de la esquina subiendo la persiana, una mujer paseando a un perro que se paraba cada dos metros a inspeccionar el mundo con la seriedad de un inspector de aduanas, un tipo con traje gris hablando por teléfono en un tono que solo había escuchado antes en gente a punto de despedir a alguien.
Pensé, mientras esperaba, en lo raro que es este oficio mío.
Llevo tres años en La Percha y todavía hay mañanas en las que me pregunto cómo terminé aquí, vendiendo la ropa de gente que ya no existe a gente que busca, sin saberlo del todo, un pedazo de una vida que no es la suya.
Empecé en la tienda casi de casualidad, cubriendo un verano a una amiga de Marta que se había ido de viaje, y me quedé porque descubrí que se me daba bien algo que no sabía que se me podía dar bien: entender lo que la gente necesita antes de que ellos mismos lo sepan.
Un vestido no es solo un vestido. Es una versión de ti que todavía no has probado.
El tipo del traje gris se acercó.
Se paró justo delante de mí, sin colgar el teléfono, y señaló la puerta cerrada de la tienda con la cabeza, como preguntando si aquello estaba abierto.
Negué.
Siguió mirándome un segundo de más, colgó la llamada y dijo:
—¿Sabes si van a tardar mucho?
—Ni idea. Llevo aquí quince minutos fingiendo que esto es una situación normal.
Sonrió con esa sonrisa de la gente que no sonríe muy a menudo, como si no estuviera del todo segura de cómo se hacía.
Fue un gesto breve, casi tímido, que contrastaba de una manera curiosa con el traje impecable y la seguridad con la que sujetaba el móvil, como si esa sonrisa fuera un idioma que hablaba peor de lo que le gustaría admitir.
—¿Trabajas aquí?
—Depende del día. Hoy no estoy del todo segura.
Volvió a mirar el escaparate, luego el reloj, luego a mí.
Tenía el tipo de cara que en otro contexto —uno en el que yo no llevara dieciocho minutos sentada en un escalón con los pies destrozados— me habría hecho fijarme más de la cuenta.
Pómulos serios, cejas que parecían llevar toda la vida frunciéndose ante gente que llegaba tarde, y una manera de estar quieto que resultaba, la verdad, un poco intimidante.
No era el tipo de guapo llamativo que se hace notar en cuanto entra en una habitación.
Era el tipo de guapo que se descubre poco a poco, en detalles: la forma en que se pasaba una mano por el pelo cuando algo le incomodaba, la manera en que escuchaba de verdad, con toda la atención, en lugar de esperar su turno para hablar.
—¿Y tú qué? —le pregunté, porque el silencio se estaba alargando y yo llevo mal los silencios—. ¿Buscas algo en concreto o simplemente te gusta acechar tiendas cerradas a las nueve de la mañana?
—Busco a la dueña.
—Pues yo también, así que somos dos.
Eso pareció desconcertarlo de verdad.
—¿No es tu tienda?
—Es la tienda de mi jefa. Yo solo trabajo aquí, respondo mensajes amenazantes y, por lo visto, hago guardia en la puerta cuando ella decide tomarse la mañana libre sin avisar.
—Suena a un empleo con muchas responsabilidades no remuneradas.
—Ni te imaginas. La semana pasada tuve que fingir que sabía coser un botón delante de una clienta porque Marta había salido “cinco minutos” que se convirtieron en cuarenta.
—¿Y sabías?
—Coser un botón no es tan difícil como la gente cree. Lo difícil es hacerlo con una clienta mirándote fijamente como si estuvieras desactivando una bomba.
Se rio, una risa breve pero sincera, y algo en mí se relajó un poco, la manera en que se relaja el cuerpo cuando una conversación deja de sentirse como un esfuerzo.
Justo en ese momento me vibró el móvil. Marta.
“Voy a llegar tarde, hay un tema con el fontanero de casa, ábreme tú con tu llave, está todo controlado, un beso.”
Todo controlado. Claro. Marta usa esa expresión con la misma frecuencia con la que otras personas dicen “buenos días”, y en los tres años que llevo trabajando para ella he aprendido que significa, casi siempre, exactamente lo contrario.
—Bueno —dije, sacando la llave del bolso, la que Marta me dio “solo para emergencias” y que llevo encima desde entonces porque en esta tienda las emergencias son la normalidad—, técnicamente vamos a estar abiertos. ¿Qué buscabas?
—Un vestido.
Lo miré de arriba abajo mientras levantaba la persiana con un tirón seco y una palabrota en voz baja que él fingió no escuchar. Traje gris impecable, camisa sin una sola arruga, zapatos que costaban probablemente más que mi alquiler mensual.
—¿Para ti?
—Para mi hermana. Se casa el mes que viene y necesita algo para la despedida. Dice que quiere “algo con historia” y que aquí encontraría lo que busca. —Hizo el gesto de comillas en el aire con una cara que dejaba muy claro lo que opinaba de la frase “algo con historia”.
—Tu hermana tiene buen gusto.
—Mi hermana tiene una lista de exigencias de doce puntos y me ha mandado aquí a las nueve de la mañana antes de una reunión importante porque, cito textualmente, “tú tienes buen ojo, Hugo, no me hagas repetirlo”.
Así que se llamaba Hugo.
—¿Y lo tienes? ¿Buen ojo?
—No tengo ni idea de lo que es “algo con historia” en el contexto de un vestido.
—Ven —le dije, porque total, ya que estaba, y porque una parte de mí quería ver la cara que ponía delante de una percha de vestidos de los años setenta—. Te lo explico mientras rezamos para que mi jefa aparezca antes de que se me acabe la paciencia.
Hugo dudó un segundo, miró el reloj otra vez, y después, para mi sorpresa, entró.
La tienda olía como siempre huele La Percha por las mañanas, a madera vieja y a la vela de vainilla que Marta enciende religiosamente antes de abrir, y mientras yo empezaba a sacar vestidos de la sección de los setenta, Hugo se quedó de pie en medio de la tienda con las manos en los bolsillos, mirándolo todo con la expresión de alguien que ha aterrizado en un país cuyo idioma no habla.
Se fijó en las estanterías llenas de bolsos que llevaban más años en circulación que él, en las cajas de zapatos apiladas hasta el techo en la esquina que Marta llama “el archivo” y que yo llamo “el caos organizado”, en el maniquí sin cabeza que lleva puesto desde hace un mes un abrigo de piel sintética que nadie se atreve a comprar ni a quitar de ahí.
—Este —dije, sacando un vestido verde esmeralda con un escote que había hecho suspirar a más de una clienta— tiene historia. Perteneció a una señora de ochenta y tres años que se lo compró para su primera cita con el que luego fue su marido durante cincuenta y un años.
Hugo lo miró con más respeto del que había mostrado hasta entonces.
—¿Y este? —Señaló uno rosa palo, sencillo, colgado un poco más allá.
—Ese no tiene historia. Ese lo compramos en un lote de saldos la semana pasada.
—Entonces no sirve.
—No según los criterios de tu hermana, no.
Se rio, una risa corta y algo sorprendida, como si no se esperara reírse tan pronto por la mañana con una desconocida despeinada y con los pies todavía doloridos por la carrera de antes.
—Vale —dijo—. Me fío de ti. El del escote.
—Ni siquiera sabes la talla de tu hermana.
—Tienes razón. —Sacó el móvil, escribió algo rápido y esperó, apoyado contra el mostrador con una naturalidad que no encajaba del todo con el traje ni con la reunión importante que decía tener—. Talla treinta y ocho.
Comprobé la etiqueta. Treinta y ocho.
—El universo está de tu parte hoy —dije, doblando el vestido sobre el mostrador con el cuidado que exige una prenda que ya ha sobrevivido a más años que yo.
—El universo lleva toda la mañana en mi contra, la verdad. Se me ha pinchado una rueda, he perdido diez minutos discutiendo con la grúa y ahora llego tarde a una reunión que llevo semanas preparando.
—Pues yo he salido de casa con el sujetador atascado en la cremallera del vestido, así que no sé si vamos a competir por quién ha tenido peor mañana o si simplemente vamos a hacer una lista conjunta de agravios.
Otra vez esa sonrisa breve, la de alguien que no está acostumbrado a que le hagan reír antes de las nueve y media.
—¿Es una oferta? —preguntó—. ¿Llevar una lista conjunta de agravios?
—Podría considerarlo. Aunque normalmente cobro por escuchar los problemas de desconocidos.
—¿Cuánto?
—Depende de lo grave que sea el problema. El de la rueda pinchada te sale barato. Si me cuentas algo sobre tu familia, ya empezamos a hablar de tarifas más altas.
—Mi hermana tiene una lista de doce puntos para un vestido de despedida de soltera. Creo que eso ya cuenta como información familiar comprometedora.
—Es un buen comienzo.
Cobré el vestido, lo metí en una de las bolsas de tela con el logo de La Percha bordado a mano —otra de las manías de Marta, que insiste en que “el packaging también vende”, aunque coser esos logos a mano le lleva más tiempo del que probablemente compensa el margen de beneficio— y se lo entregué.
—Gracias —dijo, y por un segundo pareció que iba a añadir algo más, pero el móvil le vibró en la mano y la expresión se le cerró de golpe, como una persiana bajando—. Tengo que irme.
—Ve. Salva tu reunión.
Se dio la vuelta hacia la puerta y, justo antes de salir, se paró.
—¿Cómo te llamas?
—Celia.
—Hugo.
—Ya lo sé, te lo ha delatado tu hermana con su lista de doce puntos.
Sonrió por tercera vez esa mañana —tenía que llevar la cuenta, era un fenómeno digno de estudio— y salió a la calle a paso rápido, con la bolsa de La Percha golpeándole contra la pierna.
Marta llegó doce minutos después, sin aliento, con una excusa larguísima sobre el fontanero que no llegué a escuchar entera porque estaba demasiado ocupada mirando por el escaparate hacia la calle por la que había desaparecido Hugo, preguntándome por qué me había quedado con ganas de preguntarle una cosa más.
—¿Se puede saber qué te pasa? —me preguntó Marta, dejando el bolso sobre el mostrador y mirándome con esa expresión suya de quien lleva quince años detectando dramas ajenos antes de que se los cuenten.
—Nada. He vendido el vestido verde esmeralda de la señora del cincuenta y ocho.
—¿El de la historia bonita?
—Ese mismo.
—¿Y por eso tienes esa cara?
—¿Qué cara?
—Esa. La de alguien a quien le acaba de pasar algo que todavía no sabe cómo procesar.
No le contesté, porque no tenía una respuesta que no sonara ridícula, y Marta, que me conoce lo suficiente como para saber cuándo insistir y cuándo dejarlo pasar, se encogió de hombros y empezó a organizar la caja registradora sin preguntar más.
Nunca me imaginé que esa pregunta tendría respuesta tres semanas después, en la boda de su hermana, cuando descubrí que el catering de aquella boda era el mismo que yo llevaba meses intentando evitar por todos los medios posibles.
Pero eso, todavía, no lo sabía.