32 Grayson
No tengo muy claro en qué momento accedí a esto.
Estoy sentado en una sala de espera que huele a desinfectante, tinta y café requemado, con una revista de hace tres días entre las manos y los idiotas de mis amigos riéndose de mí.
—Tienes la cara de un condenado a muerte —dice Easton, estirado en el sofá como si estuviera en el salón de su casa.
—Tiene peor cara que cuando el entrenador nos ponía a hacer flexiones después de perder un partido —responde Theo.
—No me recordéis eso —bromeo, aunque mi sonrisa flaquea un poco.
La ausencia del entrenador aún sigue teniendo ese efecto. Aparece en cualquier conversación, incluso en las bromas, y durante un instante el mundo se detiene.
Easton carraspea.
—Bueno... tampoco puede gritarte porque has dejado los calcetines tirados en el vestuario.
—Eso sí lo echo de menos.
—Mentiroso.
—Vale, no lo echo de menos.
Los tres soltamos una carcajada. Y ahí está otra vez: la normalidad mezclada con el regusto amargo del duelo.
Miro alrededor del estudio de tatuajes.
Las paredes están cubiertas de diseños que van desde los dragones más excéntricos hasta las calaveras más tétricas.
Nunca pensé que acabaría aquí. Si hace un año alguien me hubiera dicho que me iba a tatuar, me habría reído en su cara.
La puerta del fondo se abre.
—¿Para el tatuaje conjunto? —pregunta un chico con los brazos cubiertos de tinta y el pelo teñido de azul eléctrico.
Los tres levantamos la mano al mismo tiempo.
—Pasad.
Theodore me da un codazo.
—Todavía puedes salir corriendo, gallina.
—Podría.
—Pero no lo harás.
—No.
—Porque eres un hombre.
—No —resoplo—. Porque me prometisteis que pagabais vosotros.
Cuando entramos al estudio principal, una melodía baja de rock clásico nos recibe y, a decir verdad, todo parece mucho menos intimidante de lo que me imaginaba.
El tatuador sonríe.
—¿Los tres vais a haceros el mismo, no?
Asentimos mientras él saca el diseño. Se trata de tres palos de hockey entrelazados en el centro mientras un cuarto palo los atraviesa por el medio.
Es simple, pero con mucho significado. Tres palos por nosotros, y un último por él.
Por Hotchner. Por el hombre que decía que los partidos se olvidan, pero las personas se quedan.
Qué irónico que él se fuera primero.
—¿Dónde lo queréis? —pregunta el tatuador.
Le indicamos que en el antebrazo, y yo voy primero.
Me acomodo en la camilla y estiro el brazo. Cuando la aguja empieza a vibrar, apenas le presto atención al dolor. Después de todo lo que he pasado, unas cuantas líneas de tinta son lo de menos.
Lo único que puedo pensar es que, de alguna manera, esto me hace sentir bien. En paz.
Llevar a Hotchner grabado en la piel es una forma de asegurarme de que seguirá conmigo. De que cada vez que mire mi antebrazo recordaré todo lo que nos enseñó, las veces que creyó en nosotros incluso cuando ni nosotros mismos lo hacíamos.
Él siempre decía que lo importante no era ganar partidos, sino las personas con las que los jugabas.
Supongo que tenía razón. Porque hoy no me estoy tatuando por un deporte, me estoy tatuando por la persona que cambió nuestras vidas.
Y, por primera vez desde que se fue, siento que no estoy intentando aferrarme al pasado, sino que estoy aprendiendo a llevarlo conmigo.