31 Mackenzie
Después de hacer el vago un rato más en la cama, de hablar de todo y de nada, de ponernos al día sobre los últimos meses y de reírnos por tonterías que seguramente mañana ya no tendrán ninguna gracia, decidí llevar a Grayson a uno de mis lugares favoritos.
Es un pequeño mirador a pocos minutos de casa.
No tiene nada de especial, al menos para cualquiera que no sea yo.
Pero llevo subiendo allí desde que era pequeña.
Cuando necesito pensar, cuando quiero estar sola o cuando simplemente me apetece ver cómo el cielo cambia de color.
En junio el sol se empeña en salir cuando el resto del mundo todavía duerme, y el amanecer, aunque el aire siga siendo fresco, siempre consigue que merezca la pena madrugar.
Estamos sentados sobre la hierba, con nuestras piernas rozándose y el bosque despertando poco a poco a nuestro alrededor. El silencio entre nosotros resulta tan cómodo que, por una vez, no siento la necesidad de llenarlo con palabras.
—¿Sabes qué? —murmura Grayson—. Aún recuerdo la primera vez que coincidimos en una clase.
Fue en segundo, aunque tú acababas de empezar primero.
Levantaste la mano para responder la misma pregunta que yo, y desde ese momento, supe que eras diferente.
La forma en que me desafiaste con la mirada...
—continúa—. Y cómo sonreíste cuando el profesor te dio la palabra a ti... Me parecías insoportable, la verdad.
Suelto una risita.
—Lo sé.
—Pero solo porque... porque en el fondo te deseaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Y ahora tú —añade, mirándome fijamente— crees que yo, después de todo lo que he hecho, valgo la pena.
Me quedo en silencio, sin saber muy bien qué responder a su confesión.
Siempre creí que Grayson me detestaba, que mi sola presencia en el aula le resultaba insoportable.
Pero no que, en el fondo, sintiera algo por mí.
Algo como lo que yo sentía por él, esa corriente eléctrica que me recorría la columna cada vez que nuestras miradas se cruzaban.
—Tú también me gustabas —confieso—. Incluso aunque entonces no fuera del todo consciente... creo que siempre me gustaste. Supongo que sería tu ego descomunal.
—¿Te ponía? —me provoca, y su mirada baja directa a mis labios.
¿Que si me ponía? No tiene ni idea.
—Tengo muchas ganas de hacer algo... —murmura, inclinándose hasta rozar mi boca.
Trago saliva, con el pulso desbocado, anticipando exactamente lo que quiero que haga.
—Hazlo.
—¿Y si luego no puedo parar? —pregunta con la voz ronca.
—A lo mejor no quiero que pares.
Eso es todo lo que necesita, porque, al segundo siguiente, toma mi rostro entre sus manos y me besa.
Un gemido se me escapa sin querer cuando su lengua cálida se enreda con la mía y sus manos descienden lentamente por mi espalda hasta aferrarse a mis caderas. Por puro instinto, enredo los dedos en su pelo y tiro suavemente, arrancándole un gruñido que me hace estremecer.
Sin apartarse de mis labios, me muerde el inferior con una mezcla de dulzura y necesidad, y en un movimiento rápido y firme me coloca debajo de él, dejándome tendida sobre la hierba fresca.
Siento cómo la humedad empieza a filtrarse a través de mi ropa, empapándome la espalda y mezclándose con el calor de mi piel.
Las manos de Grayson están en todas partes. Recorren mi cintura, mi abdomen, mis muslos... y cuando rozan mis pechos por encima de la tela, aprieto las piernas sin poder evitarlo. Un jadeo se me escapa cuando deposita un beso cálido en mi cuello. Con una mano, baja la cremallera de mi chaqueta.
Lo siguiente que siento es esa misma mano deslizándose bajo mi camiseta, explorando cada centímetro de piel hasta alcanzar mis pechos.
Mis pezones están endurecidos, tanto por el frío como por la excitación, y él se aprovecha de ello, jugando con ellos, pellizcándolos con la fuerza justa para hacerme perder el control.
Quiero hacer lo mismo. Quiero tocarle, sentir cada músculo de su pecho bajo mis manos, pero el frío me detiene.
En su lugar, lo acaricio por encima de la camiseta, que se ajusta a su cuerpo como una segunda piel.
Grayson sigue besándome, jadeando contra mis labios mientras su mano continúa provocándome.
Pero entonces, un escalofrío, esta vez de frío real y no de placer, me recorre el cuerpo.
—Me estoy helando... —susurro contra su boca—. Pero no quiero parar.
Él sonríe, rozando mis labios.
—Eso tiene arreglo.
Pasa un brazo por mi cintura y nos gira hasta que queda tumbado sobre la hierba y yo sentada a horcajadas sobre él. Desde esta posición, una oleada de poder me recorre. Tener a alguien como Grayson, así de grande y fuerte, completamente a mi merced, me resulta peligrosamente excitante.
Aunque no me da mucho tiempo para pensar en ello, porque tira de mi nuca y vuelve a besarme con intensidad. Entre besos, empiezo a moverme sobre él, arrancándole jadeos entrecortados.
Nuestras respiraciones se entremezclan en el aire frío, formando pequeñas nubes de vaho que desaparecen tan rápido como llegan.
—Si sigues así, creo que me voy a correr antes de empezar —gruñe, cerrando los ojos cuando me froto con más intención contra su erección—. Y sería una pena, porque me muero por follarte.
Gimo contra sus labios. Grayson, ya completamente rendido al momento, agarra el borde de mis mallas y, sin delicadeza, movido por la urgencia, empieza a bajarlas torpemente junto con mi ropa interior.
Me incorporo para terminar de quitármelas rápido, las dejo caer a un lado sin mirar siquiera dónde aterrizan y vuelvo a sentarme a horcajadas sobre él.
El frío me muerde las piernas, erizándome la piel, pero ya apenas lo noto. Estoy demasiado excitada, demasiado empapada, demasiado consumida por él.
—Joder... —jadea Grayson, relamiéndose los labios mientras su pulgar encuentra mi clítoris, hinchado y palpitante, y empieza a acariciarlo con precisión.
Aprieto los muslos a ambos lados de su cadera y echo la cabeza hacia atrás, incapaz de contener la reacción.
—Abre la boca —me ordena, pero no espera a que lo haga. Al segundo siguiente, ya está deslizando el pulgar entre mis labios, obligándome a rodearlo con la lengua. El gesto es lento, íntimo y casi posesivo. Luego lo retira y vuelve a acariciarme de nuevo, arrancándome un suspiro tembloroso.
Le levanto la camiseta y clavo las uñas en su abdomen, sintiendo cómo se tensa bajo mi tacto.
—Me pones tanto... —dice con la voz más grave—. Joder, cómo no vas a hacerlo. —Aumenta la presión de sus caricias—. Tienes un coño precioso.
Cuando pellizca suavemente mi clítoris, el mundo estalla en pequeños destellos blancos detrás de mis párpados.
Soy plenamente consciente de que nunca he estado así de excitada, de que lo estoy empapando todo y de que el frío acabará pasándome factura mañana, pero no me importa. Ya nada me importa.
Me froto sin pudor contra su mano y, al mismo tiempo, me incorporo lo justo para bajarle el pantalón y los calzoncillos, liberando su erección.
Es grande, dura y caliente, marcada por venas que laten bajo la piel.
La rodeo con la mano, y en cuanto lo hago, Grayson se tensa, aprieta la mandíbula y cierra los ojos, conteniendo un gemido.
—Tócame... —me pide, casi suplicante—. Haz lo que quieras conmigo, Reed. —Sonríe, cediéndome el control—. Soy todo tuyo.
Lleva los brazos detrás de la cabeza, exponiéndose sin reservas. Sus bíceps se marcan bajo la ropa y sus ojos no se apartan de mí mientras empiezo a mover la mano con lentitud, saboreando cada reacción que logro provocarle.
Su respiración se vuelve irregular poco a poco. Veo cómo aprieta la mandíbula, cómo lucha por contenerse. Y saber que está así por mí me genera una sensación de placer indescriptible.
—No sabes lo que me está costando no correrme... —dice entre dientes—. Necesito follarte ya.
Se incorpora sobre los codos, claramente dispuesto a volver a colocarme debajo, pero lo detengo apoyando la palma sobre su pecho y empujándolo suavemente hacia atrás.
Me mira y enarca una ceja, divertido.
—Dijiste que podía hacer lo que quisiera, ¿no? —lo desafío—. Pues no te muevas.
Sus ojos se clavan en los míos, oscuros, atentos, casi reverentes, mientras levanto las caderas solo para dejarlas caer un segundo después sobre su erección. Le araño el pecho y ambos gemimos al unísono cuando lo siento hundirse por completo en mi interior.
Estoy tan mojada que se desliza sin ninguna resistencia.
—Joder... —gime—. Creo que nunca había sentido un coño así.
Suelto una pequeña risa entrecortada mientras empiezo a moverme despacio, dándole tiempo a mi cuerpo a adaptarse a su tamaño.
—¿Se supone que eso es cumplido?
—Es lo que tú quieras que sea —responde con los ojos cerrados—. Pero no pares.
Al principio me cuesta encontrar el ritmo, acostumbrarme a la sensación de tenerlo dentro, pero poco a poco, lo consigo. Grayson, incapaz de resistirse del todo, apoya las manos en mis caderas y me guía, marcando sutilmente el movimiento, enseñándome qué le gusta, cómo lo quiere.
—Nunca había hecho esto antes —murmuro.
—¿Follar al aire libre?
—Estar encima.
De pronto, se queda completamente quieto. Frunce el ceño, mirándome con intensidad.
—¿Nunca te has follado a un tío?
—¿Qué? No, claro que sí. No soy vir...
—No —me corta—. Sé que te han follado. Lo que quiero saber es si tú te has follado a alguno.
Me quedo en silencio unos segundos, pensando.
—No —admito al final.
Entonces suelta mis caderas, coloca los brazos detrás de la cabeza y me mira con una media sonrisa ladeada.
—Fóllame a mí.
Tardo un segundo en entenderlo. Pero cuando vuelvo a moverme y noto que, pese a lo mucho que lo desea, se contiene y me deja el control por completo, lo comprendo.
Empiezo despacio, marcando mi propio ritmo. Siento su erección entrar y salir sin prisa, profundamente, mientras cierro los ojos y llevo una mano a mi clítoris, acariciándome al mismo tiempo.
El placer crece rápido y acelero casi sin darme cuenta. Apoyo la otra mano sobre su pecho, clavando las uñas en la tela de su camiseta mientras me muevo con más intensidad.
Siento su cuerpo tensarse bajo el mío, pero aun así, no interviene. Me deja hacer. Me deja llevar el ritmo.
El aire frío me quema la piel, pero mi cuerpo está en llamas. Cada roce, cada embestida, hace que la presión en mi vientre crezca y que el placer se acumule hasta volverse insoportable.
Mis gemidos se vuelven cada vez más altos. Casi me olvido de todo, hasta que abro los ojos y veo a Grayson. Tiene el rostro contraído en una mueca, sus manos aferran la hierba a ambos lados y su cuerpo está completamente rígido.
Está al límite.
—Grayson... —gimoteo, temblando.
Él responde con un gruñido.
—Necesito tocarte.
Asiento sin dudar.
Sus manos vuelven a mis caderas. Hunde los dedos en mi carne con tanta fuerza que me hace daño, pero no me quita el control.
—Qué bien follas, Mackenzie... —murmura, subiendo una de las manos hasta mis labios.
Beso sus dedos y los lamo con la lengua cuando los introduce en mi boca. Y esa simple acción es suficiente para que todo estalle.
Grito de placer y me corro sobre él, deshaciéndome por completo mientras mi cuerpo tiembla sin parar.
Grayson pierde el control justo después. Lo noto por cómo su cuerpo se tensa aún más, por cómo aprieta los dientes y aguanta la respiración.
—Me voy a... —jadea.
Se empuja una última vez dentro de mí y, al instante siguiente, me aparta con rapidez, saliendo torpemente de mi interior. Se masturba con urgencia hasta correrse sobre su abdomen.
Cuando termina, deja caer la cabeza hacia atrás, completamente exhausto.
Intento levantarme, pero me rodea por la espalda y me tumba sobre su pecho.
—Gracias... —murmura, besándome la coronilla.
Su respiración empieza a calmarse, a sincronizarse con la mía.
—¿Por el sexo? —ironizo.
—Por todo.