30 Mackenzie #2
Algo se me aprieta en el pecho. Que haya estado tan ausente, y al mismo tiempo tan pendiente de mí, hace que las mariposas en mi estómago se despierten de golpe, inquietas y desordenadas. Porque yo también he estado pendiente de él, de sus avances, de sus pequeños logros, de cada paso que daba.
No directamente, pero sí a través de Hailee, que le sacaba información a Easton como si fuera un interrogatorio, o de Theodore, a quien, ahora que lo pienso, acosé bastante a preguntas.
—Así que... los Titans, ¿eh? —digo, forzando una sonrisilla para disimular todo lo demás. La sorpresa en el rostro de Gray es inmediata—. He hecho mis investigaciones.
—¿Tus investigaciones se llaman Hailee y Theodore? —Arquea una ceja, divertido.
—Puede ser.
Resopla, pero sonríe.
—Claro que estoy contento —admite—. No sabes las ganas que tengo de volver. Al hockey de verdad, digo. A los partidos, a la adrenalina, a las gradas rugiendo, a mis compañeros... A todo.
—¿Lo has escrito en tu diario?
Frunce el ceño, casi horrorizado.
—¿Pero cuánto te han contado esos bocazas?
Se me escapa una risa suave que se queda florando entre nosotros.
—Solo que seguiste escribiéndolo. Y que habías vuelto a terapia. Y a jugar. Y que...
—Todo —me corta, acomodándose entre los cojines—. Te lo han contado todo. ¿También cuántas veces voy a cagar al día?
Suelto una carcajada.
—No, eso no, aunque seguro que Theo habría sido capaz. —La risa se me apaga poco a poco mientras me pierdo en sus ojos negros—. ¿Sobre qué más has escrito?
Grayson aparta la mirada, clavándola en algún punto indeterminado de la habitación.
—Sobre Hotch —murmura al fin—. Y sobre ti... Pero léelo tú misma.
Se incorpora y se levanta de la cama, y de repente, noto frío donde antes estaba su cuerpo.
Camina hasta su sudadera, tirada a los pies de la puerta, y rebusca en el bolsillo central. Cuando vuelve, lleva en la mano un pequeño cuaderno negro que reconozco al instante.
Me lo tiende.
—Toma, todo tuyo. Pero... —esboza una media sonrisa, un poco tensa— soy yo abriéndome en canal, Reed. Ni se te ocurra juzgarme.
Lo cojo con cuidado, como si fuera algo frágil que debo proteger.
El cuaderno parece casi vivo entre mis manos. Las esquinas están algo desgastadas y las páginas ligeramente abombadas. Paso el pulgar por el borde y al pasar algunas hojas veo tachones, dibujos incompletos y una caligrafía irregular pero bonita.
—Léemelo tú —digo de pronto.
Levanto la vista y lo encuentro mirándome, sorprendido.
Me acomodo entre los cojines y doy una palmadita a mi lado, en ese hueco vacío que ansío que vuelva a ocupar.
—¿Quieres que te lo lea yo? —pregunta—. Me va a llevar toda la noche. Había pensado que te lo quedaras y...
—No —lo interrumpo—. Quédate y léemelo tú, Gray.
Grayson
Cierro el cuaderno con cuidado.
No sé en qué momento ha empezado a amanecer, pero la luz ya se cuela tímidamente a través de las cortinas, dibujando líneas pálidas sobre las sábanas. La lámpara sigue encendida, aunque ahora su calidez compite con ese azul suave de la madrugada.
He perdido la noción del tiempo.
Cuando levanto la vista, Mackenzie está mirándome. Tiene los ojos brillantes y acuosos, como si estuviera a punto de echarse a llorar en cualquier momento.
Ladeo la cabeza, observándola, y entonces veo cómo una lágrima se le escapa sin permiso y recorre su mejilla.
—¿Estás llorando? —murmuro con la voz ronca de haber leído tanto.
Se limpia la lágrima rápidamente.
—No. —Otra lágrima la traiciona—. Bueno, a lo mejor. Pero no te metas conmigo.
Dejo escapar una risa.
—No pensaba causarte tanto impacto. Son solo palabras.
Mackenzie se incorpora un poco, clavándome la mirada.
—No son solo palabras —replica—. Son tus sentimientos, Grayson.
Es tu duelo. Todo lo que has estado peleando dentro de tu cabeza.
Son también tus días malos, tus avances, tus recaídas...
todo lo que has conseguido. Todo lo que has sobrevivido.
Y yo estoy ahí —añade en un susurro—, en medio de todo eso.
No solo como un recuerdo, ¿sabes? Sino como algo que impulsaba a seguir.
¿Cómo puedes decir que son solo palabras?
Joder, el que tiene que contener las lágrimas ahora soy yo.
—Porque nunca pensé que alguien fuera a sentirlas así —admito, apoyando la espalda contra el cabecero—.
Nunca pensé que alguien fuera... a verme de esta manera.
Pero me alegro de que lo hayas hecho. —Respiro hondo—.
La verdad es que jamás me había sentido así, Reed.
Nunca había bajado todos los muros con alguien. Hasta que llegaste tú.
—Te entiendo —murmura—. Porque yo también me he sentido así.
El cuaderno sigue entre nosotros, sobre las sábanas.
—¿En serio? Porque yo pensaba en ti todos los días.
Y no lo digo como una forma de hablar, lo digo de verdad.
Era algo constante —admito—. Había días en los que no sabía dónde empezaba yo y dónde acababas tú.
Y te juro que intenté sacarte de mi sistema, asumir que seguramente habías seguido con tu vida...
Pero siempre volvías. En cada cosa. En cada puto pensamiento.
—Aprieto la mandíbula, tratando de contener el llanto—.
Estar lejos de ti ha sido lo más difícil que he hecho en mi vida.
No sé si tú me has esperado o no, si sientes lo mismo que yo o si ya es tarde para...
—No es tarde, Gray —susurra. Está tan cerca que noto su respiración rozándome los labios—.
Nunca fue tarde para ti. —Su mano busca la mía entre las sábanas y, cuando la encuentra, entrelaza nuestros dedos—.
Yo también te he esperado. Aunque no supiera cómo llamarlo.
Aunque fingiera que seguía adelante... siempre eras tú.
—No quiero volver a perderte.
—Yo tampoco.
—No quiero volver a alejarme de ti.
—Yo tampoco.
—Y quiero besarte —jadeo con la voz ronca.
—Entonces bésame.
No necesito que me lo pida dos veces.
Movido por la urgencia de volver a sentir sus labios suaves sobre los míos, me inclino hacia delante y la beso. Mackenzie responde al instante, pegándose a mi cuerpo, como si aún existiera la posibilidad de que el momento se desvaneciera, de que no fuera real.
Pero lo es. Y esta vez, no pienso dejar que se me escape.