30 Mackenzie
—Enséñamela otra vez —me pide Montana al otro lado de la videollamada.
Sonrío y niego con la cabeza.
—Te la he enseñado como cincuenta veces.
Aun así, me levanto de la cama, camino hasta la estantería y cojo la medalla. Cuando se la enseño, sus ojos brillan como la si fuera la primera vez.
—Primer puesto —dice, casi en un susurro, observando el oro reluciente—. ¡Aún no me lo creo! —añade, dando palmaditas.
—Yo sí que no me lo creo.
—Eres increíble, Kenzie. ¿Lo sabías?
Sonrío, pero bajo la mirada hacia la medalla.
Justo así me sentí el día que gané el oro en el Mundial. Ariana casi se desmaya. Y creo que yo también. No sé cómo fui capaz de subir al podio sin que me temblaran las piernas.
—Mis padres quieren ponerla en una vitrina, en plan museo y todo.
—Secundo la idea.
—Estáis locos.
Aunque, en el fondo, no puedo culparlos. He estado en muchos mundiales, pero nunca había pasado de un tercer puesto, y ahora que por fin lo he hecho... Supongo que tienen derecho a celebrarlo por todo lo alto.
Solo hay una persona con la que no he podido compartirlo. Y cada vez que lo recuerdo, la felicidad del momento se empaña momentáneamente.
«No, no, no. Ni se te ocurra colarte en mi mente otra vez».
—¿Aún nada, eh? —pregunta Montana, como si pudiera leerme el pensamiento.
—Nada —respondo en voz baja—. Pero esas cosas llevan tiempo. Mírame a mí, todavía sigo sanando.
Montana asiente despacio, pero no dice nada más. Sabe que es un tema delicado.
—El sábado tenéis el concierto, ¿no? —pregunta enseguida, cambiando de tema. Y se lo agradezco—. ¡Qué envidia! Ojalá poder ir...
—Podrías... —canturreo, aunque ya sé la respuesta.
Niega con la cabeza.
Alex, que según él jamás saldría con músicos, ingenieros o deportistas, lleva desde abril en una relación sorprendentemente estable con Billy, un chico que conoció la noche del karaoke.
Billy es músico, vive cerca de Fairbanks y tiene una banda.
El sábado tocan en un pub del centro y Alex nos ha invitado a Hailee y a mí.
No tengo muy claro qué esperar, pero nuestro amigo lo describió como «indie alternativo con vibes raras».
—Sabes que no puedo ir. Son casi seis horas de coche desde Anchorage —me recuerda—. Y tengo que trabajar este fin de semana. Jane necesita que le cubra el turno.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿No se lo cubriste ya la semana pasada?
—Porque su perro se puso enfermo.
—¿Y ahora?
—Creo que viene su sobrina a visitarla.
La miro en silencio un segundo.
—¿Hay gente que decide pasar tiempo con esa mujer voluntariamente?
Montana se encoge de hombros, jugueteando con la punta su trenza.
—Este es el verano que me espera —suspira—. Mejor ir asumiéndolo. De hecho... —se levanta y coloca el portátil frente al armario— empiezo en veinte minutos. Y voy tardísimo.
Sin ningún pudor (porque así es Montana) empieza a cambiarse delante de la cámara.
—Con este uniforme parezco una stripper —bufa, apartándose un mechón de la cara—. Y de las baratas.
Se me escapa una risa.
—No está tan mal.
—Kenze, ni en Hooters enseñan tanto.
Ahora se pelea con los cordones de sus Converse mientras yo intento mantener la compostura.
El uniforme es un vestido pin-up, corto (ridículamente corto), verde pastel, con un delantal blanco atado a la cintura. Los bolsillos deberían ser para guardar pedidos, pero Montana guarda de todo: chicles, gomas del pelo... La semana pasada encontró un pintalabios que jura que no es suyo.
—El máster no se va a pagar solo —murmura ahora, luchando con las horquillas con las que quiere recogerse el pelo—. Pero el día que sea una ilustradora famosa y nade en dinero, no volveré a pisar un diner . Nunca.
—Me parece bien.
—¿Y tú? —pregunta, aplicándose brillo de labios—. ¿Qué harás este verano?
—Nada. Y lo necesito. —Me encojo de hombros—. Voy a descansar. Y quizá haga algún viaje. Mis padres van a cerrar la pescadería una semana en agosto.
—Llevadme con vosotros —dice al instante, cogiendo el bolso—. Por favor. Sacadme de aquí. Adoptadme.
—¿Tú y yo como hermanas? —Arqueo una ceja—. Peligroso.
Se ríe, y justo entonces suena la alarma de su móvil.
—Me tengo que ir ya. Deséame suerte.
—La vas a necesitar.
Le lanzo un beso que atrapa en el aire antes de colgar.
Miro a mi alrededor y suelto un bufido.
Mi habitación es un desastre porque esta mañana saqué toda la ropa de invierno del armario para cambiarla por la de verano. No es que en Alaska las temperaturas aumenten demasiado en verano, pero al menos puedo despedirme de abrigos, gorros y bufandas por un tiempo.
Me pongo manos a la obra y empiezo a organizarlo todo.
Doblo camisetas, cuelgo vestidos y dejo un par de chaquetas y mis botas de lluvia por si acaso.
Los patines los guardo al fondo del armario porque la temporada no empieza hasta septiembre.
Además, me he prometido tomarme el verano para mí, relajarme y desconectar del hielo.
Aunque sé que acabaré pasando por la pista. Siempre lo hago.
Me lleva más de una hora ordenarlo todo, hasta que, por fin, mi habitación vuelve a parecer... habitable.
—¡Kenzie! —grita mi madre desde abajo—. ¡Tienes visita!
Me quedo quieta. Que haya dicho «tienes visita» y no «Alex o Hailee está aquí», significa que no es ninguno de ellos. Y no es que tenga muchos más amigos en Fairbanks.
El pulso me late con fuerza mientras bajo las escaleras, cautelosa, pensando en quién puede ser. Solo se me ocurre una única persona que pudiera visitarme que mis padres no conozcan...
Me detengo en seco en cuando llego al último escalón.
—¿Grayson?
—Hola, Reed.
Mi madre, plantada en medio del recibidor, nos mira a los dos, claramente entretenida. Yo no me muevo. Y Grayson tampoco entra. Es como si hubiera una línea invisible entre nosotros.
—Os dejo hablar —dice mi madre con una sonrisa—. Si necesitáis algo estaré en la cocina—. Al pasar por mi lado, me guiña un ojo y susurra—: Qué guapo...
Ruedo los ojos y le doy un codazo disimulado mientras ella se aleja por el pasillo entre risitas.
Cuando desaparece, el silencio nos aplasta de golpe.
Grayson sigue en la puerta. Lleva el pelo algo más largo que la última vez que lo vi.
Me deleito unos segundos en su piel bronceada, sin capas que la cubran, ya que acostumbrada a verlo con abrigos y bufandas, se me hace raro verlo con solo una camiseta de manga corta y unos vaqueros. Lleva una sudadera atada a la cintura.
Está aquí. En mi casa. Es real.
Y, de pronto, soy demasiado consciente de todo.
—¿Puedo pasar? —pregunta, rompiendo el trance en el que estábamos.
Trago saliva.
—Sí... claro. —Se me acelera el pulso en cuanto cruza el umbral—. ¿Qué haces aquí?
Grayson se pasa una mano por la nuca, desviando la mirada un segundo hacia el porche, como si la respuesta pudiera estar ahí fuera.
—No lo sé muy bien —admite al final, con una media sonrisa incómoda—. Quería verte y... —se encoge de hombros—. Supongo que no lo pensé demasiado.
Asiento, aunque en realidad no sé muy bien qué hacer con esa respuesta. El silencio vuelve a colarse entre nosotros.
Grayson carraspea, y da un pequeño paso hacia atrás.
—Mira, quizá no debería haber venido. Igual es mejor que me vaya.
Algo en su tono (o en la forma en la que evita mirarme) hace que reaccione antes de pensarlo demasiado.
—No. —La palabra sale más rápido de lo que esperaba. Grayson levanta la vista, sorprendido—. Quiero decir... —añado, un poco más despacio—. No tienes por qué irte. Me alegro de verte.
Y es verdad. Aunque lo complique todo de nuevo. Aunque me remueva sentimientos que creía ya enterrados.
Grayson frunce el ceño y me observa en silencio, como si intentara descifrar hasta qué punto hablo en serio.
—¿Sí?
Asiento.
—Sí. Además —digo, intentando sonar más ligera—, puedes quedarte a cenar si quieres.
Él arquea las cejas.
—¿A cenar?
—Sí., mi madre estará encantada. Te lo aseguro.
Eso le arranca una pequeña sonrisa.
—No quiero molestar.
—No molestas. —No quiero que se vaya. Todavía no—. En serio, quédate —insisto—. Ya que has venido hasta aquí...
Grayson duda un instante más, mirando de reojo hacia la calle, y luego vuelve a mirarme a mí.
—Vale.
Algo en mi pecho se afloja.
—Vale —repito, casi en un susurro. Y por primera vez desde que ha aparecido por la puerta, siento que el aire vuelve a entrar con normalidad en mis pulmones—. Vamos —añado haciéndome a un lado—. Antes de que mi madre venga a investigar.
Grayson suelta una pequeña risa por lo bajo y entra del todo en casa.
—Creo que tu madre se ha enamorado de mí.
—No me extrañaría —bromeo, girando un poco la cabeza para mirarlo—. Cuando te preguntó por tercera vez si tenías novia, yo empecé a pensar lo mismo.
Grayson deja escapar una risa baja, de esas que le vibran en el pecho.
Mi habitación está en penumbra, iluminada solo por la luz cálida de la lámpara de la mesilla. Las cortinas están corridas y fuera ya es de noche, así que todo parece más acogedor, más íntimo. Más nuestro.
Estamos tumbados sobre la cama, hombro con hombro, apoyados en un montón de cojines. No llegamos a tocarnos del todo, pero tampoco hace falta, porque la especie de electricidad que flota entre los dos lleva haciéndome cosquillas en la nuca desde que llegó.
La cena empezó siendo un desastre de miradas cruzadas y preguntas incómodas, pero en cuanto Grayson se soltó, en cuanto empezó a responder con esa mezcla suya de sinceridad y descaro, todo empezó a fluir. Incluso yo dejé de estar alerta.
—Me gustan tus padres —comenta con la vista fija en el techo—. Son...
—¿Abrumadores? —le ayudo, sonriendo.
—Auténticos —corrige, girando ligeramente la cabeza hacia mí—. Y se nota lo orgullosos que están de ti. —Hace una pequeña pausa, como si midiera lo que va a decir después—. Yo también, por cierto. Vi tu programa y estuviste increíble. No me extraña que ganaras el oro.
Parpadeo, segura de haber oído mal.
—¿Viste mi programa?
—En la tele, sí —responde con naturalidad—. No podía perdérmelo.