Breakaway EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Santa Mónica, California

Dos años después

Me encanta follar con Mackenzie.

Cada vez que la llevo al orgasmo, me pierdo observando cada pequeña reacción de su cuerpo, Me encanta ver cómo se deshace por mí, cómo cierra los ojos con fuerza, cómo se muerde el labio inferior para contener los gemidos, cómo me clava las uñas en la piel y, casi al instante, las retira, como si le diera miedo hacerme daño.

Ese gesto siempre me desarma. Y, justo después, cuando el placer empieza a desvanecerse, cuando ya solo quedan los últimos latidos del clímax y susurra mi nombre en un hilo de voz, siempre soy yo el que termina perdiéndose en ella por completo.

Clavo una mano en el colchón y la otra en su cadera, entierro la cara en su cuello y me dejo llevar. Todo mi cuerpo se tensa y una corriente eléctrica me recorre la columna mientras me corro.

Nos quedamos unos segundos jadeando, intentando recuperar el control.

Cuando abro los ojos, Mackenzie está sin aliento, igual que yo. Tiene las mejillas sonrojadas, la piel brillante por el sudor y el pelo pegado a la frente, y aun así (o precisamente por eso) está jodidamente preciosa.

Apoyo la frente contra la suya y le doy un beso corto en la punta de la nariz antes de dejarme caer a su lado.

Como siempre, no le doy ni un segundo para apartarse.

En cuanto noto que se mueve, la atraigo hacia mí y la acomodo sobre mi pecho, envolviéndola con el brazo.

Empecé a hacerlo casi sin darme cuenta, después de que una vez, hace tiempo, se le escapara que su ex nunca lo hacía.

Que después del sexo, a veces, se sentía vacía.

Usada. Ese día le prometí que conmigo eso no le volvería a pasar.

Y no va a pasar.

—Te quiero —murmuro, acariciándole la espalda desnuda con movimientos lentos. Sé lo mucho que le relaja—. Te quiero muchísimo.

Ella suelta una risa bajita, todavía sin recuperar del todo el aire.

—Yo también te quiero —responde, dibujando círculos distraídos sobre mi pecho con el dedo—. ¿Pero qué estás tramando?

—¿Tramando? Nada... —canturreo.

—Ya, claro.

Levanta la cabeza para mirarme. Sus mejillas, tostadas por el sol, siguen brillando a causa del sudor. Detrás de ella, la ventana abierta deja entrar la brisa del atardecer. Huele a salitre y a mar, la mezcla inconfundible del verano.

—Llevas todo el día raro —añade, entrecerrando los ojos—. Como nervioso. Te conozco demasiado bien, Gray, y ya cuando te vi en las rocas hablando con Mac... Pensé que, o habías perdido la cabeza, o te estaba dando una insolación o, efectivamente, estabas nervioso por algo.

Resoplo.

—Tengo que dejar de hablar con Mac en voz alta.

—Sí, sobre todo en público —se ríe—. Porque vi cómo una señora y sus hijos también se acercaron a preguntarte si estabas bien.

—Me molesta mucho que me conozcas tanto, Reed.

—Entonces algo te preocupa... —insiste, apoyando la barbilla en mi pecho—. ¿Es el equipo? Porque si es por la expulsión del último partido, ese idiota se merecía...

—No es eso —la interrumpo, paseando la mano por su espalda—. Creo que es que se acaba el verano. Y ya sabes, tendremos que despedirnos de la playa, del sol, de los días sin hacer nada. Yo volveré a los entrenos interminables y a los partidos fuera de casa. Y tú vas a estar ocupadísima.

—¿Por entrenar a una panda de niñas revoltosas? —dice con media sonrisa.

—Exacto. Apenas te veré.

—¿Eso es lo que te preocupa? ¿No verme lo suficiente?

—¿Suena ridículo?

—No, pero no tienes que preocuparte. El nuevo trabajo...

—Es increíble —la interrumpo sin dudar—. Y estoy jodidamente orgulloso de ti.

—Lo sé —dice—. Además, sabes que lo necesitaba. Necesitaba bajar el ritmo, probar el patinaje desde otra perspectiva.

Asiento y la acerco más a mí.

—Ya, pero eso no cambia que no te quiera compartir.

Suelta una carcajada.

—Eres un egoísta.

—Mucho.

Se hace un pequeño silencio. La brisa mueve las cortinas y el sonido lejano del mar se cuela en la habitación.

Entonces, le doy un golpecito suave en la cadera.

—Venga, vamos.

—¿Adónde?

—Tenemos que ducharnos.

—¿Ahora? —Frunce el ceño—. ¿Por qué?

Sonrío.

—Porque tenemos que ir a la playa.

—¿A la playa? —Se incorpora un poco—. ¿Para qué?

—He preparado algo.

—Gray...

—Confía en mí.

Media hora más tarde, salimos de la ducha entre risas y empujones, todavía medio mojados.

Mackenzie se pone un vestido blanco, a juego con mi camisa de verano, y unas sandalias. El pelo aún le gotea un poco por la espalda.

No puedo dejar de mirarla.

—¿Qué? —dice cuando se da cuenta.

—Nada —murmuro—. Que estás preciosa.

En la planta baja, mis tíos están en la terraza, y en cuando la ven, se les ilumina la cara.

—¡Mackenzie! —dice mi tía, levantando su vaso de limonada—. Ven aquí.

Mi madre está con ella, mojito en mano, riéndose de algo que acaba de decir mi tío. Desde que se divorció, está distinta. Parece más feliz, más ligera, como si se hubiera quitado un peso de encima.

Y le ha cogido un cariño a Mackenzie que es imposible no notar.

—¿Os vais? —pregunta.

—A dar una vuelta —respondo.

—Pasadlo bien —dice mi tía—. Y cuídala —añade, señalándome con el dedo.

—Siempre.

Nos despedimos de todos y salimos a la playa.

El sol ya está poniéndose, tiñendo el cielo de naranja y rosa. El agua cristalina refleja la luz del atardecer como un espejo inmenso.

Caminamos descalzos por la orilla, dejando huellas sobre la arena húmeda.

—¿Adónde me llevas? —pregunta Mackenzie por tercera vez.

—Ya verás.

—No me gusta no saber las cosas.

—Mentira, te encantan las sorpresas.

Seguimos caminando hasta una zona más apartada, donde las rocas crean una especie de escondite natural.

—Grayson, en serio, no...

—Un segundo.

La guío con cuidado hasta el pequeño pícnic improvisado. En cuanto ve la manta, las velas, la cesta con comida, las dos copas y la botella de champán, deja de quejarse.

—¿Lo has hecho tú?

—Con ayuda —admito—. Mi tía es tú fan número uno.

—El corazón me late tan fuerte que creo que va a salírseme del pecho.

Doy un paso hacia ella—. Sé que no es perfecto —empiezo—, y que quizá no es el momento más lógico para hacer esto, pero también sé que no quiero seguir esperando más.

—Meto la mano en el bolsillo—. Escucha, Mackenzie, si algo tengo claro...

es que te quiero a mi lado en todo. En lo bueno, en lo difícil y en lo que sea que venga.

Quiero pasar el resto de mi vida contigo —murmuro.

Saco el anillo y me arrodillo—. Así que... ¿me harías el honor de casarte conmigo?

Las lágrimas le llenan los ojos al instante. Asiente antes incluso de poder hablar.

—Sí —susurra—. Sí, joder, sí.

Me levanto de golpe y la beso, riendo contra sus labios mientras le coloco el anillo.

Ya no somos dos personas rotas intentando salvarse a ciegas, sino dos almas que aprendieron a elegirse, a sanar y a avanzar.

A vivir sin miedo.