28 Mackenzie
Grayson siguió pidiéndome perdón a lo largo de la semana, aunque no siempre con palabras.
El lunes, por ejemplo, no lo dijo en voz alta, pero en cuanto llegó al despacho pasó por mi mesa y dejó un chocolate caliente. En el vaso de cartón, escrito con rotulador morado, ponía: «Buena suerte, cerebrito».
Luego lo vi hablando con Natalie y, como la curiosidad me pudo, le pregunté de qué. Ella me dijo que también se había disculpado con ella.
El resto del día, Grayson se centró en su trabajo y, durante los descansos, se dedicó a escribir en su diario. Lo observé desde lejos sin poder evitarlo. Lo primero que noté fueron sus ojeras, muy marcadas, como si apenas hubiera dormido.
Quise acercarme a hablar con él, preguntarle sobre su padre, pero el trabajo no me pareció el mejor lugar para tener esa conversación.
El martes no fui a las prácticas. Tuve dos exámenes complicados: uno por la mañana, de tres horas, que me dejó completamente drenada, y otro por la tarde, aún más largo y tedioso que el primero.
Llegué a casa casi a las siete, comí los restos de la ensalada de pasta que había preparado Hailee y caí rendida en la cama.
Hoy es miércoles por la noche y estoy en un karaoke cerca del campus con Alex, Hailee y Montana, esperando nuestra segunda ronda de nachos con guacamole.
Todos los miércoles, el karaoke organiza Sing and Dip , un evento en el que por cada canción que cantas te llevas una ronda gratis de nachos. La primera fue cortesía de Hailee, que se vino arriba con «We Are Never Getting Back Together». La segunda, Alex nos sorprendió cantando un rap en alemán.
—Creo que me sangran los oídos —dice, tapándose las orejas con las manos y haciendo una mueca exagerada.
Montana contiene la risa.
—No seas malo —replica Hailee, lanzándole un nacho. Su camiseta verde lima brilla bajo las luces y sus ojos azules brillan de diversión—. Están haciendo lo que pueden.
—Son tremendamente malos, Hails —añade Montana, mirando a la pareja desafinar.
Alex asiente entre risas, apoyando los codos sobre la mesa, mientras las luces parpadeantes del techo dibujan destellos de colores sobre su rostro.
—Ofensivo para Adele, sinceramente.
Mi móvil vibra de repente.
Grayson:
Creo que estoy a punto de hacer algo vergonzoso.
No puedo evitar sonreír.
Mackenzie:
¿Vergonzoso tipo tropezarte en público o tipo tatuarte algo en latín que luego esté mal escrito?
Tarda unos segundos en contestar.
Grayson:
Tipo karaoke.
Me quedo quieta, como si el mundo entero se hubiera detenido. No puede ser que esté hablando del mismo karaoke en el que estoy yo.
Mackenzie:
No te creo. ¿Grayson Abbott cantando karaoke?
Grayson:
Yo tampoco me lo creo, pero Ronan y Finn han decidido arrastrarme.
Suelto una risa suave al imaginarme a sus antiguos compañeros de piso intentando traerlo hasta aquí.
Mackenzie:
¡Suerte!
Grayson:
Voy a necesitarla.
Levanto la vista del móvil justo cuando la puerta del bar se abre.
Grayson entra con varios chicos del equipo de hockey. Tiene el pelo desordenado y la chaqueta algo húmeda por la lluvia. Se sacude el agua mientras cruza el umbral.
—Oh, Dios mío —murmura Montana a mi lado—. ¿Ese es...?
Alex se gira con los ojos muy abiertos.
—¡No me jodas! —exclama—. ¿Ese es Grayson Abbott? ¿En un karaoke?
—Bueno —interviene Montana, cruzándose de brazos—, creo que es momento de contarles a Alex y a Hailee qué hacía Grayson, completamente borracho, durmiendo el domingo en tu cama.
—No hay nada qué contar —replico, aunque siento el calor subiéndome por el cuello—. No pasó nada.
Alex se inclina hacia delante con una sonrisa juguetona, claramente divertido con la situación.
Hailee simplemente me mira boquiabierta.
Todos saben lo que pasó entre nosotros hace un año, en Halloween, ese dichoso polvo borrachos, pero no saben que hemos retomado el contacto. Ni que hemos vuelto a vernos. A menudo.
—Mackenzie, cariño, eso es exactamente lo que diría alguien cuando sí pasó algo —dice Alex, apartándose un mechón pelirrojo rebelde de los ojos.
—Que no —insisto, aunque me es imposible no sonreír.
—¿Seguro? —añade Hailee, divertida—. Porque yo recuerdo cierta tensión sexual no resuelta.
—Cállate —gruño.
—Yo solo digo —continúa Montana—, que quiero conocer los detalles. Porque esta vez sí te acordarás, ¿no?
Alex levanta la mano con dramatismo.
—Yo también quiero saberlo. Dicen que los calladitos son los que más...
—Sois insoportables —bufo, y ellos estallan en carcajadas.
Al otro lado del local, Grayson se sienta con el equipo en una mesa larga. Habla con ellos, pero su mirada recorre todo el bar... hasta que me encuentra. Entonces se queda ahí, mirándome durante un instante que dura demasiado. Luego uno de sus amigos le da un codazo y rompe el momento.
—Vale, basta de cotilleo —dice Montana—. Alex, vamos. Es nuestro turno.
Alex se levanta de un salto, rebosante de carisma y confianza.
—Por fin. Voy a salvar este karaoke.
—Eso quiero verlo —murmura Hailee.
—Preparaos para el espectáculo, chicas.
Suben al escenario y, en cuanto empieza la música, Alex se transforma.
Tiene presencia, eso sin duda, y su voz suena mucho mejor que la del dúo anterior.
Montana lo sigue, riendo entre verso y verso, más caótica y desafinada, pero igual de entregada.
Las luces parpadeantes crean un efecto de mini discoteca y los coros de multitud hacen vibrar el local.
Hailee se levanta de repente.
—Voy a por bebidas. ¿Quieres algo?
—Una cerveza —digo.
Asiente y se marcha, dejándome sola en la mesa. Pero no pasan ni dos minutos antes de que alguien se siente a mi lado.
—Hola.
Giro la cabeza y me encuentro con Grayson. Así tan cerca, las ojeras se le notan aún más, pero sigue estando increíblemente guapo. Su chaqueta roja contrasta con la camiseta gris y con los vaqueros oscuros desgastados.
—Hola —respondo.
Se pasa una mano por el pelo, ligeramente incómodo, aunque sus ojos no se apartan de los míos.
—¿Qué tal los exámenes? Esta mañana apenas pudimos hablar.
—Bien —digo—. Creo. Si los suspendo, me mudaré a otro país y empezaré una nueva vida.
Él suelta una risa baja.
—Suena a plan sólido.
—¿Y tú? —añado, inclinándome un poco—. ¿En un karaoke?
Niega con la cabeza.
—Te juro que he sido obligado.
—Claro, seguro que alguien te arrastró físicamente.
—No subestimes a McGarry.
Ambos reímos. Hay un pequeño silencio después, pero no me resulta incómodo.
—Oye —dice él finalmente—. Sobre lo del domingo...
—No te preocupes —lo corto suavemente—. En serio. Ya me has pedido perdón lo suficiente.
Asiente despacio. Y entonces, sin previo aviso, su mano roza mi muslo por debajo de la mesa.
Me tenso al instante.
Su pulgar traza círculos suaves sobre la tela de mis vaqueros y el calor se extiende por mi piel como fuego líquido. Mi respiración se vuelve más irregular y mis pensamientos se disuelven.
—Grayson... —murmuro, incapaz de apartar la mirada de sus ojos oscuros.
Él se inclina un poco hacia delante, midiendo mi reacción, mientras su pulgar sigue dibujando círculos sobre mi muslo con una calma casi dolorosa.
—¿Quieres que siga? —susurra.
Me planteo mandarlo todo a la mierda y decirle que sí, suplicarle que me toque delante de todo el mundo. Porque me da igual. Porque lo echo de menos.
Pero la cordura hace acto de presencia en el último momento.
—Estamos en público... —jadeo.
—Mejor —replica en un susurro en mi oído—. Más excitante.
Me muerdo el labio inferior cuando desabrocha el botón de mis pantalones. Entonces, Montana y Alex bajan del escenario, riendo y chocando las manos.
Grayson retira la mano rápidamente, con una sonrisa ladeada que me deja deseando que no lo hubiera hecho nunca.
—¡Lo hemos bordado! —anuncia Alex, dejando escapar una carcajada.
—Claramente —dice Grayson, todavía mirándome.
Montana nos observa, divertida.
—Vaya, vaya... tú en un karaoke. Lo nunca visto.
—Culpable.
—Deberías cantar algo, Abbott —propone Alex.
—Ni de coña.
—Cobarde —bufa Montana.
—Realista —corrige Grayson—. Si canto, seguro que acaban expulsándome.
Hailee vuelve con las bebidas.
—¿Me he perdido algo?
—Sí —responde Alex—. Gray es un rajado y no quiere herir su frágil ego masculino, así que vosotras tres —nos señala a Hailee, Montana y a mí— vais a cantar las Spice Girls.
—¿Qué? —protesto—. No. Ni hablar.
—Sí —dicen los tres al unísono.
Estoy a punto de volver a protestar cuando el móvil de Hailee suena dentro del bolsillo de su chaqueta. Lo saca con una sonrisa.
—Seguro que es Easton —canturreo.
Asiente, divertida, antes de aceptar la llamada.
—Ahora vuelvo.
Se aleja unos pasos, buscando un rincón donde el ruido del bar no se coma la conversación.
La observo apenas un instante antes de volver a centrar mi atención en la maldita discusión sobre quién va a subir al escenario.
Alex sigue insistiendo, Montana se pone de su parte, y yo sigo negándome.
Entonces, sin saber muy bien por qué, vuelvo a buscar a Hailee con la mirada.
Está de espaldas a nosotros, con una mano tapándose la otra oreja para escuchar mejor. Niega con la cabeza un par de veces, hasta que, de pronto, deja de hacerlo. Sus hombros, que hace apenas unos segundos estaban relajados, se tensan poco a poco.
Siento un cosquilleo incómodo en la boca del estómago, porque aunque no alcanzo a oír lo que dice, sí distingo la forma en la que sus labios pronuncian un «no» completamente rotundo.
Me llevo una mano al pecho, ansiosa, al tiempo que ella se queda completamente inmóvil, como si acabara de olvidarse de respirar.
Justo entonces, suena otro teléfono: el de Grayson.
Él frunce ligeramente el ceño al mirar la pantalla. Durante un segundo, parece dudar si contestar o no, pero termina levantándose de la silla.
—Ya vuelvo. —Su voz suena extrañamente seria.
Cruza el bar mientras desliza el dedo por la pantalla y se lleva el móvil a la oreja.
Lo sigo con la mirada casi por inercia.
No sé qué pasa y, sin embargo, una sensación desagradable empieza a instalárseme en el pecho.
Grayson se detiene cerca de la entrada. Solo escucha y asiente, pero no habla.
Su expresión cambia tan despacio que apenas soy consciente del momento exacto en el que ocurre. El color desaparece de su cara, tensa la mandíbula y aprieta el móvil con tanta fuerza que me sorprende que siga entero.
Traga saliva, levanta la vista y, entonces, busca a Hailee. Ella ya lo está mirando.
Hay varios metros entre los dos, el bar sigue lleno de risas, música y gente hablando, pero durante unos segundos todo parece desaparecer.
Mientras se sostienen la mirada, ella niega muy despacio con la cabeza.
Sé que algo va mal. Todavía no sé el qué, pero lo noto. Lo noto en la forma en que a Hailee le cuesta respirar, en el brillo de sus ojos, que empieza a empañarse tras las lágrimas.
En la manera en que Grayson cierra los ojos apenas un instante, como si estuviera intentando convencerse de que ha escuchado mal.
—¿Qué pasa? —pregunto, sin apartar la vista de ninguno de los dos. Nadie me responde.
Alex y Montana también han dejado de hablar.
—Tengo un mal presentimiento...
Hailee permanece inmóvil unos segundos más, con el teléfono todavía pegado a la oreja. Tiene la mirada perdida en algún punto del suelo, como si hubiera desconectado de la realidad.
Poco a poco, baja el móvil.
Se limpia una lágrima con el dorso de la mano, pero enseguida otra ocupa su lugar.
Grayson sigue junto a la entrada, con la vista clavada en la pantalla apagada. Da un paso hacia atrás y, sin mirar a nadie, se gira y sale del local.
Sin darme cuenta, echo a correr detrás de él.
El aire helado me golpea la cara en cuanto cruzo la puerta del bar. La música queda amortiguada a mi espalda, sustituida por el silencio de la noche y el crujido de la nieve bajo mis zapatos.
Al principio no lo veo.
Mi respiración se acelera mientras recorro la acera con la mirada, hasta que distingo su figura unos metros más adelante.
—¡Grayson! —No se gira. Acelero el paso—. ¡Grayson, espera!
Nada. Como si no me hubiera oído. O como si hubiera decidido no hacerlo.
Echo a correr. La nieve se hunde bajo mis pies mientras acorto la distancia que nos separa.
—¡Grayson!
Esta vez sí se detiene.
Permanece de espaldas a mí durante unos segundos que se me hacen eternos. Sus hombros suben y bajan con cada respiración irregular.
Me acerco despacio, tanteando el terreno.
—¿Qué ha pasado?
Da un paso hacia delante, como si quisiera seguir caminando. Desesperada, alargo la mano y le sujeto del brazo con suavidad.
—Gray, háblame.
Se aparta de mi contacto de un tirón.
—Vete.
—¿Qué?
—He dicho que te vayas. —Su voz sale rota, tan baja que apenas la reconozco.
Niego con la cabeza.
—No pienso irme. Dime qué ha pasado.
Él aprieta la mandíbula con fuerza.
—Mackenzie, por favor, déjame solo.
—Pero...
—¡He dicho que te vayas, coño! —Su grito rompe el silencio de la calle. Me sobresalto. Nunca me había gritado. Nunca—. Pírate, en serio. No te necesito aquí ahora.
—No te creo...
Silencio.
Me doy la vuelta, tragándome la vergüenza y deseando alejarme. Alejarme de la tensión, de los gritos y del dolor de sus palabras. Las lágrimas empiezan a empañarme la visión, pero apenas he dado un par de pasos cuando su voz me detiene.
—Está muerto.
Me giro lentamente, con el corazón rebotándome con fuerza contra el pecho. Por un segundo, parece como si todo se hubiera detenido a mi alrededor.
Miro a Grayson, completamente inmóvil, y veo en sus ojos la inconfundible sombra del dolor.
—¿Qué...? —susurro.
—Hotchner está muerto. —Sus hombros se sacuden mientras el llanto le rompe la voz.
El mundo se desmorona a mi alrededor. No puedo pensar en nada, solo sentir cómo el dolor de Grayson se funde con el mío. Veo cómo se derrumba, y no puedo hacer otra cosa que lanzarme corriendo hacia sus brazos. Lo abrazo con fuerza, tratando de transmitirle que estoy aquí, que no está solo.
Sus manos tiemblan, su respiración va y viene de manera irregular, y cada sollozo suyo me atraviesa como un cuchillo ardiendo. No entiendo cómo alguien puede sentirse tan vacío, tan roto, y al mismo tiempo tan vivo en su desesperación.
—No... no puedo... —susurra entrecortado—. No puedo... respirar...
Intento pensar, buscar algo que decirle, algo que pueda calmarlo, pero las palabras se atascan en mi garganta.
—Está muerto, Mackenzie —repite.
Cierro los ojos y trato de memorizar cada detalle: la nieve pegada a su cabello, las lágrimas congeladas en sus mejillas y la manera en que su cuerpo se encoge, tratando de desaparecer. Lo abrazo más fuerte.
—Grayson... —murmuro, aunque sé que no puede escucharme— Shhh... tranquilo...
—Está muerto... —dice con un hilo de voz—. Esta mañana estaba bien... y ahora está muerto...
—Shhh... —lo interrumpo—. No tienes que decir nada. Solo respira.
—Está muerto...
—Estás bien. Estoy aquí. Estás bien.
—... muerto.
—Estoy aquí.
—Está muerto...
—Y yo estoy aquí.
Y así, mientras lo abrazo, entramos en un bucle infinito de dolor y desesperación. Suya por lo que ha pasado, mía por intentar que no se ahogue en ello.