29 Grayson
Nunca imaginé que volvería a reunirme con el equipo para un funeral. Y mucho menos para el de Hotchner. No sé por qué, pero en mi cabeza jamás existió la posibilidad de perderlo. No tan pronto. No así.
Hemos venido todos, los que ya nos graduamos y los que aún siguen aquí.
Mientras recorro la sala del tanatorio con la mirada, reconozco también a su exmujer, Linda, a su nuevo marido, a sus amigos de toda la vida y a varios profesores de la universidad.
Entre ellos distingo al rector, tan serio como siempre, aunque al borde del llanto, y a la entrenadora Catherine y a las animadoras.
El ataúd ocupa el centro de la sala, pero no me he atrevido a mirarlo desde que llegué.
Llevo casi una hora evitándolo deliberadamente, fijando la vista en cualquier otra cosa: en el suelo, en los asistentes, en las coronas de flores, en la mano de Mackenzie aferrada a la mía...
En todo, menos en esa maldita caja de madera de pino.
Una pequeña foto Polaroid se cuela en mi campo de visión.
Es evidente que tiene varios años, ya que los bordes están ligeramente amarillentos y el papel algo arrugado.
En la imagen, una pareja sonríe a la cámara en un selfie improvisado.
La chica tiene las mejillas sonrojadas y enseña una hilera de dientes perfectos al sonreír.
El flequillo rubio le cae desordenado sobre la frente, tapándole los ojos azul turquesa.
El chico, que lleva el pelo engominado hacia atrás y una americana verde que combina con el vestido de ella, le besa la mejilla.
Es una foto de graduación. Y ese es Hotchner, sin duda.
Aunque no tendrá más de diecisiete o dieciocho años, sería imposible confundirlo.
Me pregunto quién es ella y empiezo a teorizar en un intento desesperado por mantener la mente ocupada, hasta que descubro algo escrito con rotulador negro en una esquina, sobre el borde blanco de la fotografía.
Entrecierro los ojos y me inclino para leerlo.
Los pétalos de una rosa, colocada casi en medio, me tapan parte de la visión, pero logro descifrar la fina caligrafía.
«Abernathy High School. Graduación del 88». Un poco más abajo, escrito con lo que parece rotulador más reciente, se lee: «Ojalá nunca me hubieras roto el corazón. Descansa en paz, amigo. Gina».
Gina. Su gran amor.
Vuelvo a evitar el ataúd a propósito y recorro la sala con la mirada, buscándola.
Finalmente la encuentro en una esquina, abrazándose a sí misma y con la cabeza gacha.
Un hombre alto y corpulento la rodea por los hombros, y un chico de no más de veinte años (idéntico a ella) le acaricia la espalda mientras su cuerpo tiembla sin control.
Aparto la mirada cuando ella se gira y rompe a llorar en brazos de su marido. Me parece un momento demasiado íntimo para invadirlo.
Mackenzie me aprieta la mano justo en ese instante.
No sé si se ha sobresaltado por el llanto que ha quebrado el silencio, o si intenta decirme que sigue aquí; o, más bien, que yo sigo aquí, que también puedo romperme en sus brazos si lo necesito, como acaba de hacer Gina.
Pero lo cierto es que no creo que vaya a llorar, y no sé muy bien cómo sentirme al respecto.
Todos tenemos en la cabeza esa imagen de los funerales que nos venden las películas: gente llorando desconsolada, abrazos y palabras entrecortadas.
Pero aquí solo hay rostros serios, miradas vacías o perdidas en un punto fijo, y silencio.
No hay lágrimas ni lamentos, más allá del de Gina.
Me costó entenderlo al principio, hasta que caí en la cuenta de que la mayoría seguimos procesando lo ocurrido.
« Shock emocional», lo llamó Mackenzie esta mañana, mientras me ayudaba a anudarme la corbata.
Me dijo que es un estado en el que el cerebro no termina de asimilar la realidad, en el que todo queda suspendido en una especie de entumecimiento, como si nada hubiera pasado.
Y eso es exactamente lo que me ocurre, estoy cada vez más convencido.
De eso, y de que la vida puede cambiarte para siempre en cuestión de horas, de segundos incluso.
Una ventisca, una carretera mal asfaltada, y todo lo que eras desaparece sin dejar rastro.
Para quien se va debe de ser fácil, supongo.
Pero los que se quedan viven condenados a convivir con la pérdida, con los recuerdos y con todas las posibilidades que ya nunca llegarán a cumplirse.
Hotchner ya nunca me verá recuperado. Nunca me verá volver a jugar. Nunca volveremos a compartir un partido, ni a tomar batidos, ni a hablar de chicas. Ni de nada.
Porque yo sigo aquí, y él ya no.
Sigo respirando. El mundo sigue girando y, dentro de unos meses, todos habrán retomado sus vidas, porque se supone que eso es lo que hay que hacer.
Pero yo no me siento capaz. Hay algo en mi interior que se ha quedado detenido, anclado en ese instante.
Como si una pequeña parte de mí se hubiera muerto con él en ese accidente.
Inspiro hondo y, por fin, me obligo a mirar el ataúd. Es exactamente lo que esperaba, ni más ni menos. Una caja de madera. Una simple caja de madera que se está llevando a uno de los pilares más importantes de mi vida. Todo lo que fue una persona, reducido a cuatro tablones.
—¿Estás bien? —pregunta Mackenzie.
Giro la cabeza despacio y trato de enfocarla. Tiene la mirada clavada en nuestras manos, y de no ser porque me fijo, ni si quiera me habría dado cuenta de lo fuerte que estoy apretando.
—Hotch habría odiado esto, ¿sabes? —Recorro la sala con la mirada una vez más—. Las caras largas, el silencio... No le habría gustado.
—Ya...
No dice nada más, pero tampoco hace falta.
Sé que no sabe qué decir. Porque, ¿qué demonios se le dice a alguien que acaba de perder a un ser querido, más allá de un «ya», de un «todo irá bien» o de ese «él querría que fueras fuerte» que suena vacío incluso antes de pronunciarlo?
No la culpo, yo tampoco sabría qué decir.
Que esté aquí es más que suficiente.
Intento aferrarme a ello, porque sé que es temporal. En cuanto termine el funeral, se alejará de mí definitivamente. Y me lo merezco. Después de cómo la traté, es lógico que no quiera volver a verme.
«Pero sigue aquí».
A veces me pregunto qué habré hecho tan mal para perder a Hotchner y tan bien para haberla conocido a ella.
Descarto volver a mirar al ataúd casi al instante (sé que no podría contener las náuseas) y en su lugar, fijo la vista en Easton y en Theo.
Easton está frente a mí, al otro lado del ataúd.
Lleva el traje negro impecable, pero el rostro pálido lo delata.
Hailee le rodea la cintura con los brazos y él apoya la barbilla sobre su cabeza, con la mirada completamente perdida.
No parece Easton, aunque al que más me cuesta reconocer es a Theodore.
Él, que siempre está riendo, soltando alguna broma a destiempo o llenando cualquier silencio, ahora parece vacío.
Como una carcasa sin nada dentro. Ni rastro de la chispa que tanto lo caracteriza.
En algún momento, casi sin darme cuenta, el murmullo bajo sustituye al silencio del tanatorio, las sillas se mueven y la gente se pone en pie.
El ataúd desaparece de la sala y, como arrastrados por una fuerza invisible, todos lo seguimos hacia fuera.
Intento mantenerme cerca de mis amigos cuando trasladamos el ataúd al cementerio.
El aire es más frío de lo que esperaba y el cielo está encapotado, cubierto de nubes grises que amenazan con tormenta.
Caminamos en fila, despacio, hasta el lugar del entierro. Nadie habla, lo único que se escuchan son nuestros pasos amortiguados sobre la nieve y algún carraspeo aislado.
Cuando llegamos, ya está todo preparado. El cura, el agujero, la tierra removida y las cuerdas.
Me quedo atrás mientras el cura comienza el oficio. Mackenzie no suelta mi mano en ningún momento, e internamente se lo agradezco, porque creo que ese pequeño contacto es lo único que me mantiene anclado a la realidad.
En cuanto el ataúd empieza a descender, algo dentro de mí se tensa. Observo cómo baja lentamente, cómo desaparece poco a poco, hasta que queda ahí abajo, en ese hueco absurdo que pretende contener toda una vida.
Alguien dice unas palabras antes de que empiecen a cubrirlo de tierra, pero no presto atención.
Podrían ser importantes, supongo, pero me dan igual.
Todo me igual ahora mismo, lo único que ocupa mi mente son ideas sueltas, ideas de cómo voy a superar este bache, a sobrevivir a este dolor que me desgarra el pecho sin morir con Hotchner en el intento.
Odio hablar en público, pero ahora mismo hay unos veinte pares de ojos mirándome con atención, dispuestos a escuchar mi discurso improvisado.
Estamos todos repartidos por la cocina, con botellines de cerveza en la mano, apoyados en muebles o sentados donde podemos. Nadie ha puesto música, como solíamos hacer en las fiestas o reuniones del equipo. Solo hay conversaciones bajas, alguna que otra risa apagada y un vacío imposible de ignorar.
Easton está junto a la encimera sosteniendo una cerveza intacta entre sus manos.
Hailee no se separa de él; lo abraza por la espalda y de vez en cuando le da algún beso en la mejilla.
Theo está sentado en uno de los taburetes de la isla central y, para mi sorpresa, Montana está sentada a su lado.
Llevan un buen rato hablando entre susurros.
No sé de qué, pero es la primera vez que la veo mantener una conversación decente con él.
—Eh... —empiezo, rascándome la nuca—. No soy muy bueno con estas cosas.
—Algunos sueltan una risita breve, más por inercia que por otra cosa.
Miro mi botellín de cerveza un segundo antes de continuar—.
Hotchner... Hotch es... ¡Joder! —me interrumpo, frustrado—.
Era —corrijo con amargura—. Hotch... ya sabéis cómo era.
Siempre encima de nosotros, siempre pidiendo más, queriendo que explotáramos nuestro potencial.
Y, al mismo tiempo, siendo el primero en echar el freno.
El primero en preguntarte si estabas bien cuando nadie más lo hacía—.
Levanto la vista y los miro a todos—. Para muchos de nosotros, Hotchner fue más que un entrenador.
Fue como un padre. —Aprieto la botella entre los dedos y la alzo un poco—.
Así que, en su honor, hagamos lo que mejor sabemos hacer: vamos a brindar por él.
—Levanto un poco más la cerveza—. Por Hotch.
—Por Hotch —responden todos al unísono.
Doy un trago, pero, por primera vez, el alcohol no me sabe a nada.
Poco a poco, mis compañeros empiezan a dispersarse, disolviendo el círculo improvisado que habían formado a mi alrededor. Suelto el aire que no sabía que había estado conteniendo mientras me aflojo un poco la corbata.
Necesito respirar.
Movido por ese pensamiento, dejo la botella sobre la mesa y salgo sin hacer ruido.
Atravieso el pasillo, cierro la puerta con suavidad a mis espaldas y avanzo hasta el porche.
Mackenzie, que pensaba que ya se había ido, está sentada en el último escalón, con los codos apoyados en las rodillas, mirando el atardecer.
El cielo de Northbrook está teñido de naranja y rosa, y ambos crean una explosión de colores perfecta. Por un momento, me pregunto si Hotchner habrá tenido algo que ver. Si habrá pintado el atardecer solo para nosotros.
Mackenzie todavía no ha notado mi presencia, así que me quedo un segundo quieto, debatiéndome entre volver dentro o quedarme aquí afuera. Pero, a quien quiero engañar...Ya sabía que me quedaría incluso antes de sentarme a su lado.
En cuanto me instalo, se gira para mirarme.
Una punzada de culpabilidad me atraviesa el pecho al ver sus ojeras. Yo soy el responsable, yo fui el que se pasó toda la noche llorando en su cama, incapaz de dormir por las pesadillas.
—¿Crees que lo sabía? —pregunto de repente.
La pregunta llevaba demasiado tiempo dando vueltas en mi cabeza y necesitaba soltarla.
Mackenzie aparta la vista y vuelve a centrarla en el horizonte.
—Que se iba a morir —aclaro—. ¿Crees que sintió algo distinto ese día? ¿Qué... no sé... notó algo raro?
Se encoge de hombros.
—No lo creo. La muerte no avisa.
El silencio que sigue a sus palabras es pesado, pero carraspeo y me obligo a soltar lo que lleva desde ayer estrujándome el pecho.
—Lo siento.
«Por todo. Por cómo te traté. Por decepcionarte».
Bajo la vista y me fijo en sus uñas, pintadas de negro, y en los anillos plateados rodeándole los dedos. Tengo que contener el impulso de entrelazar mi mano con la suya.
—Me he dado cuenta de que siempre te estás disculpando, Gray —murmura, tan bajito que apenas la oigo—. Estamos bien, pasa algo... y de repente ya no te reconozco. Y lo siguiente que haces es pedirme perdón. —Niega suavemente—. Y eso no es bueno. Ni para ti, ni para mí.
Trago saliva.
—No, no lo es. Pero no sé qué más hacer.
—Ese es el problema —dice—. Y por eso empiezo a pensar que tenías razón sobre lo que me dijiste en Nueva York. —Por fin, me mira. Y, por primera vez, sus ojos marrones se ven más oscuros que nunca—. No puedo quedarme, Grayson.
Dicen que el corazón no duele, pero se equivocan, porque ahora mismo siento como si me lo estuvieran apretando muy, muy fuerte, dispuestos a romperlo en pedazos. Y lo peor es que no me pilla por sorpresa. En el fondo, ya sabía que después de perder a Hotchner, también la perdería a ella.
—Prometiste no odiarme —le recuerdo.
—Y tú prometiste no hacerme daño.
—Entonces, supongo que los dos hemos fallado.
Mackenzie suspira.
—Yo no te odio. —Su voz se quiebra—. Lo que estoy haciendo... lo hago por ti.
«Lo que estoy haciendo». Alejarse, a eso se refiere.
—Al principio pensé que podía ayudarte —continúa—.
Pero lo que te pasa no es algo que yo pueda arreglar.
Tienes que hacerlo tú y solo tú. No puedes depender de mí, ni de los momentos en los que todo parece mejorar para sentirte bien.
Tienes que sanar desde dentro, para ti. —Hace una pausa—. Y yo también.
Sé exactamente de qué está hablando. Yo también me he dado cuenta de lo mucho que me estaba sosteniendo en ella. Quizá nos perdimos ahí, en intentar salvarnos el uno al otro y olvidarnos de salvarnos a nosotros mismos.
—Tienes razón. —La abrazo por los hombros cuando empieza a llorar, permitiéndole sentirse segura entre mis brazos una última vez—. Voy a hacerlo —murmuro—. Voy a sanar, Mackenzie. Y sé que es egoísta pedirte esto pero, si cuando lo consiga sigues ahí...
—Lo sé —me interrumpe, y se aparta lo justo para mirarme—. ¿Tú me esperarías a mí?
Sonrío, aunque por dentro me estoy muriendo.
—Te esperaría toda la vida, Reed.