27 Grayson #2
Miro la tele, congelada justo en el momento más absurdo de la escena.
Cuando Mackenzie me llamó esta tarde para preguntarme si quería pasarme por su piso a ver una película, tardé unos segundos en responder.
Más por sorpresa que por otra cosa. Después de cómo había acabado la noche anterior, estaba convencido de que necesitaría tiempo, o de que directamente no querría verme en una temporada.
Pero allí estaba, invitándome a su casa, como si, de algún modo, siguiera creyendo que merecía la pena estar cerca de mí.
Obviamente, acepté. Lo que no imaginaba era que acabaría viendo una película de princesas Disney.
Cuando me propuso ver Enredados , pensé en otra cosa, la verdad. Una comedia romántica de esas con tensión sexual, discusiones ridículas y un final donde los protagonistas acaban liándose a escondidas.
Pero no.
Resulta que es una película de dibujos animados sobre una chica con trece kilómetros de pelo y un ladrón demasiado guaperas.
—Venga, admite que te estaba gustando —dice ella, girándose hacia mí con una media sonrisa—. Te vi sonreír con el camaleón.
—¿Pascal? —Enarco una ceja—. Vale, sí, el bicho tiene su punto. Todo iba bien, de hecho, hasta lo de la escalada suicida.
—Pues a Mac le ha encantado —dice, señalando al perro.
Mac está tumbado sobre la alfombra, completamente relajado, con un jersey de lana verde que Mackenzie le compró en una tienda de «ropa vintage para perros».
No tengo ni idea de qué demonios significa eso, pero el cabrón está adorable.
Y Mackenzie parecía tan feliz poniéndoselo que no me atreví a chafarle el momento.
—Debería haberlo dejado en casa —murmuro—. Ahora se va a querer quedar a vivir aquí.
Y no le culpo.
Desde que llegamos, ha sido la estrella de la casa.
No solo para Mackenzie, también para Montana.
Mimos, trocitos de jamón, fotos... demasiadas fotos.
Montana incluso llamó a Hailee para enseñárselo.
Y claro, ella estaba con Theo y con Easton en un japonés, probando no sé qué alga rara, así que ahora ambos saben que tengo perro y que estoy en casa de Mackenzie, lo que significa que tienen munición para vacilarme durante semanas.
—Es irresistible —dice ella, encogiéndose de hombros.
La miro y frunzo el ceño, porque no sé si habla del perro o de mí.
—¡La cena! —exclama, levantándose de un salto en cuanto suena el timbre.
Voy detrás de ella hasta la puerta. Cuando abre, un repartidor le entrega dos bolsas de papel que huelen increíblemente bien. Mackenzie le da las gracias, cierra con el pie y, sin perder tiempo, me hace un gesto con la cabeza.
—Vamos.
La sigo mientras atraviesa el pasillo y volvemos al salón.
Una luz cálida envuelve toda la estancia gracias a las guirnaldas que cuelgan de las paredes. El sofá está medio invadido por mantas desordenadas y cojines de todos los tamaños y colores, lo que no hace más que volverlo aún más acogedor.
En una de las paredes, hay varias fotos pegadas con cinta transparente, y entre todas ellas, hay un buen puñado de cuadros de todos los estilos.
Me quedo mirándolos un segundo más de la cuenta mientras dejamos la comida sobre la mesa.
—Montana los pinta —dice Mackenzie—. Cuando se estresa.
Asiento, todavía observando los trazos.
—Pues el estrés le sienta de puta madre.
Ella suelta una risa y luego se deja caer en el sofá, dando una palmada en el sitio a su lado para que me siente.
—Venga, abre esto antes de que me muera de hambre.
Y, sinceramente, no hace falta que me lo repita dos veces.
Abro mi caja y empiezo a devorar la pasta carbonara.
Huele a gloria, y sabe incluso mejor. Mackenzie tiene ravioli al pesto, y no puedo evitar reírme mientras se pelea con un ravioli con demasiada salsa y un tenedor de plástico que no está dispuesto a colaborar.
El ravioli se le escapa una y otra vez, y ella frunce el ceño, contrariada.
Y claro, me quedo mirándola más de lo que debería.
Las mallas rosas que se ha puesto le sientan de maravilla.
Lleva el pelo castaño recogido en una coleta alta, aunque ya está tan deshecha que varios mechones caen sueltos alrededor de su cara.
Está guapísima. Sobre todo con mi sudadera.
Se la presté antes, cuando dijo que tenía frío (aunque la calefacción seguramente esté a tope).
Le queda enorme, por supuesto; tanto, que le cubre los muslos y le cae por los hombros.
Suena ridículo, pero por un segundo me planteé no lavarla nunca. Solo para que siga oliendo así. A ella.
—¿Qué? —pregunta al pillarme mirándola.
—Nada —respondo rápidamente, apartando la vista—. Que la cena está buenísima.
—Obviamente, es comida italiana.
Cenamos viendo el resto de la película. Comentamos escenas, nos reímos más de lo que esperaba y, en algún punto, dejo de intentar resistirme y admito que me está gustando.
Cuando empiezan los créditos, me estiro en el sofá.
—Vale —digo—. Le doy un sólido tres sobre cinco.
Mackenzie se gira hacia mí, escandalizada.
—¿Un tres? ¡Pero si es una película de cinco estrellas!
—Ya te dije que soy más de Toy Story .
—Una cosa no es incompatible con la otra —replica, cruzándose de brazos—. Pero a ver, señor crítico, ¿qué más te gustaba de pequeño?
—El hockey —respondo primero, por inercia.
—Eso no cuenta, es obvio. Dime algo que no sepa.
Suelto una risa.
—Vale... —Empiezo a desenterrar recuerdos—. ¡Ah, sí! Hubo una época en la que me obsesioné con los dinosaurios. Quería ser arqueólogo y todo.
—¿En serio? —pregunta, acercándose un poco más.
Asiento.
—Luego vi E.T. y decidí que sería astronauta. Estaba convencido de que había extraterrestres en Marte y que algún día vendrían a buscarme.
—Eso suena bien.
—Espera, que mejora. Más mayor, con unos catorce o quince años, me dio por querer irme a California con mis tíos. Dejar el hockey y hacerme surfista.
—¿Surfista? —repite, divertida.
—Sí, creo que esa idea apareció justo después de perder un partido.
—Me quedo un segundo en silencio, muy consciente de lo que acabo de decir.
Y de lo fácil que resulta contarle todo a ella—.
Mi madre me dijo que no valía para el hockey —añado—.
De mi padre... bueno, era lo normal. Pero escucharlo de ella...
— Niego con la cabeza—. Era un crío que acababa de jugar con el tobillo recién salido de un esguince.
Hice lo que pude, y ahora lo veo claro. Pero en ese momento...
—¿Te sentiste mal?
—Me sentí como una mierda. Todo lo que quise ser, Kenzie —murmuro—, siempre implicaba irme lejos de casa. Triste, ¿no?
Por primera vez desde que empezó la noche, Mackenzie no está sonriendo. Me mira en silencio, atenta, como si una pieza importante del rompecabezas que soy acabara de encajar en su cabeza. Como si, por fin, entendiera algo real de mí. Algo de por qué soy como soy.
Me paso una mano por la nuca, incómodo de repente.
—No hace falta que pongas esa cara —murmuro—. Tampoco es para tanto.
—Sí lo es. —Su voz es suave, pero firme—. Ahora todo tiene sentido.
—¿El qué?
Se encoge un poco dentro de mi sudadera, acomodándose antes de responder.
—Que te exijas tanto. Que te tomes el hockey tan en serio. Que no te guste fallar... No es solo por el deporte, ¿verdad? Es por ellos.
Suelto un suspiro.
—Creo que siempre ha sido por ellos.
—Pues que sepas que ni tu madre ni tu padre definen lo que vales.
—Ya, bueno, ojalá fuera tan sencillo.
—No, en serio —insiste—. Puede que ese día no jugaras tu mejor partido.
Puede que tuvieras catorce años y un tobillo mal.
Pero eso no borra todo lo demás. Eres un buen jugador, Grayson, y no tienes que demostrárselo a nadie más que a ti mismo.
—Hace una pequeña pausa y luego añade, con una sonrisa—: Además, seguro que te habría ido fatal como surfista.
—Gracias por la confianza.
—De nada —responde, encogiéndose de hombros—, para eso estoy. —Se queda en silencio un segundo, como dudando, antes de continuar—. Si te hace sentir mejor... yo tampoco soy muy diferente, ¿sabes?
Alzo una ceja.
—¿Ah, no? ¿También querías dejarlo todo e irte a hacer surf?
Niega, divertida.
—Mis padres no son como los tuyos. Por suerte, nunca me han dicho que no valgo para algo. Al contrario, siempre me han apoyado en todo. —Baja un momento la mirada—. Pero aun así, siempre me he exigido muchísimo. Demasiado.
—¿Por qué?
—Por miedo a decepcionarlos, supongo. A no estar a la altura de todo lo que esperan de mí. Al final es un poco lo mismo, ¿no? Tú porque te hicieron sentir que no eras suficiente, y yo porque tenía miedo de dejar de serlo.
—Vaya parejaza —ironizo.
—Bueno —dice con una sonrisa suave—, al menos nos entendemos.
Asiento, porque en eso tiene razón. Nunca había sentido que alguien me entendiese, hasta que apareció ella.
Mackenzie juega distraídamente con la manga de mi sudadera antes de añadir, más bajito:
—No tienes que ser perfecto, Grayson. Ni yo tampoco. Solo suficientes para nosotros.