Breakaway 27 Grayson
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27 Grayson

Me duele la cabeza y tengo un regusto amargo en la boca. Intento abrir los ojos, pero los párpados me pesan una barbaridad. Inspiro hondo, despacio, intentando ordenar las ideas.

Los flashbacks de la noche anterior empiezan a aparecer en mi mente en ráfagas intermitentes. El champán. La discusión con mi padre. Salir del local dando un portazo. Después... nada. Un borrón negro sin sentido.

Hasta que aparece Mackenzie.

Me lamo los labios resecos al mismo tiempo que recuerdo cómo la besaba, el calor de su boca y su respiración contra la mía. Y luego, vacío otra vez.

Joder, ¿hemos vuelto a follar y no me acuerdo? Porque ya sería mala suerte. Haberme acostado con ella una vez y no recordarlo ya es suficiente tortura como para añadir una segunda a la lista.

Un cosquilleo en el abdomen me hace estremecer y, esta vez, consigo abrir los ojos.

Por suerte, el día está gris. La habitación sigue en penumbra, envuelta en una luz suave que no me atraviesa el cráneo como un cuchillo. Aun así, me incorporo despacio, colocando un brazo detrás de la cabeza y conteniendo las tremendas ganas que tengo de vomitar.

La mano de Mackenzie descansa sobre la parte baja de mi abdomen, peligrosamente cerca de mi entrepierna.

Bajo la mirada sin querer y me doy cuenta de que estoy empalmado.

No sé si por el desfile de imágenes que acaba de cruzarme la cabeza o porque a veces los tíos nos despertamos así sin motivo, pero joder... estoy tan cachondo que casi duele.

Tampoco ayuda que ella esté dormida sobre mi pecho, con una pierna enredada en mi cintura, llevando solo una camiseta de tirantes y unos pantaloncitos ridículamente diminutos.

Trago saliva para deshacer el nudo en mi garganta, agarro las sábanas con fuerza y respiro hondo.

No quiero despertarla, pero tampoco quiero irme.

De hecho, no quiero irme nunca. Si por mí fuera, me quedaría aquí todo el día, con ella pegada a mí.

La besaría sin prisa, le haría el amor y luego la haría reír.

Intentaría compensar, de alguna forma absurda, el numerito que debí montar anoche.

Porque estoy bastante seguro de que, en cuanto abra los ojos, me va a echar a patadas.

El pensamiento debería empujarme a levantarme de inmediato, pero no lo hace. Me quedo un rato más, quieto, escuchando su respiración acompasada, sintiendo el peso de su cuerpo contra el mío. Memorizando cada pequeño detalle de ella.

El problema es que, poco a poco, el cansancio vuelve a pesarme. Y justo cuando noto que estoy a punto de quedarme dormido otra vez, sé que tengo que moverme.

Con cuidado, deslizo mi mano hasta su muñeca y la aparto de mi abdomen. Después, muy despacio, retiro su pierna de mi cintura.

Mackenzie se remueve. Me tenso al instante, pero por suerte, no se despierta, solo suelta un pequeño suspiro, como un gemido suave, y se gira para seguir durmiendo.

Ahora, su mano se aferra a la almohada en lugar de a mí, y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no inclinarme y acariciarle la mejilla.

Para no besarla. Para no volver a meterme en la cama y olvidarme de todo por un rato.

Cuando por fin me pongo en pie, lo primero que siento son las náuseas. Cierro los ojos un segundo hasta que se me pasa, y después bajo la vista. Sigo con el traje de anoche.

La americana está tirada a los pies de la cama, arrugada como si alguien la hubiera lanzado sin mirar.

Los botones superiores de mi camisa están desabrochados, pero eso no lo hice yo.

O no lo recuerdo, al menos. De los zapatos no hay ni rastro.

Ah, y mi móvil está tirado junto a la puerta, con la pantalla completamente reventada.

Fantástico.

Echo un vistazo alrededor mientras intento recomponerme.

Hay libros abiertos sobre el escritorio, apuntes subrayados en mil colores, y una bolsa de deporte medio abierta de la que asoman unos patines perfectamente cuidados.

En la pared y en las puertas del armario hay un montón de fotos: competiciones, amigos, momentos congelados en el tiempo... Mackenzie sale en todas ellas.

En la mesilla, en un marco pequeño color morado, hay una foto de ella con Alex, Montana y Hailee. Los cuatro sonríen a la cámara en un día soleado.

Me obligo a desviar la mirada.

Sobre la cama, veo una sudadera enredada entre las sábanas, como si Mackenzie hubiera luchado con ella en mitad de la noche hasta quitársela. Sonrío sin querer, porque suena a algo que, sin duda, haría ella.

Con cuidado, me acerco a la ventana y aparto un poco la cortina. Desde aquí se ve parte del campus, extendiéndose bajo el cielo gris. Veo edificios modernos, caminos húmedos llenos de charcos y algunos estudiantes caminando con cafés en la mano. Es domingo, así que todo está bastante tranquilo.

Muy lejos del caos que tengo en la cabeza.

De repente, escucho un gemido suave a mis espaldas. Me giro de inmediato.

Mackenzie se mueve bajo las sábanas, frunciendo el ceño mientras se despierta poco a poco, ajena todavía a que estoy de pie en mitad de su habitación, observándola como un puto idiota.

Y algo me dice que, en cuanto abra los ojos del todo... se acabó la calma.

Estoy valorando seriamente la posibilidad de echar a correr (incluso sin zapatos) antes de que me vea, cuando ella se revuelve una vez más y se lleva una mano a la cara, apartándose el pelo con torpeza. Parpadea un par de veces, medio adormilada.

Yo no me muevo. De hecho, creo que ni siquiera respiro.

En cuanto sus ojos se abren del todo, yo soy lo primero que ve.

Durante un segundo, ninguno de los dos dice nada. La confusión en su mirada es evidente.

—Hola... —balbuceo con la voz ronca.

La expresión de Mackenzie se transforma por completo. En un parpadeo, pasa de la confusión al enfado, y luego a la decepción.

Y joder, no sé por qué me duele tanto.

Me obligo a reaccionar, a hacer algo, lo que sea, y lo primero que se me ocurre es agacharme para recoger la americana del suelo.

—Yo... —Me aclaro la garganta—. Siento lo de anoche. Lo que sea que pasó. No... no estaba bien. —No responde—. Debería irme —añado apresuradamente mientras me dirijo hacia la puerta.

—No.

Su voz me llega alta y clara.

—¿Qué?

—Que no te vas —dice, incorporándose en la cama. —. No después de lo de anoche.

Me quedo quieto, con la americana en la mano.

—Mackenzie...

—No —me corta—. Me debes una explicación, Grayson. Ayer estabas... —Traga saliva, como si las palabras le pesaran—. Estabas fatal. Podías haberte matado con el coche. ¿Eres consciente de eso?

Bajo la mirada, avergonzado, porque sí, ahora que el alcohol ya no me nubla los sentidos, soy muy consciente de la estupidez que hice.

—Lo siento —murmuro.

—Apareces aquí —continúa ella—, completamente borracho, diciendo cosas sin sentido. —Niega con la cabeza—. ¿Qué demonios te pasa?

Aprieto la tela de la americana entre los dedos.

—Mi padre, eso me pasa.

Mackenzie frunce el ceño y se cruza de brazos, esperando una explicación.

—Vino a Northbrook por una cena con Murphy y con el bufete, pero acabamos discutiendo.

—No entro en detalles. No hace falta. Pero sigo hablando—: Siempre es lo mismo.

Mi padre siempre encuentra la forma de meterse en mi cabeza, de hacerme sentir como una mierda.

Y ayer... volvió a conseguirlo. Me destrozó otra vez, bebí más de la cuenta, hice el idiota y te decepcioné. —Mirándola fijamente, añado—: Perdón.

Mackenzie no responde; parece que intenta procesar todo lo que acabo de soltarle de sopetón. Su postura se relaja un poco, aunque la tensión sigue ahí, aferrada a sus hombros.

—Lo entiendo —dice finalmente—. Y gracias por contármelo.

—Duda un instante, como si estuviera eligiendo bien las palabras—.

No sé lo que es tener un padre así —añade—.

Pero sí sé lo que puede hacerte tu propia cabeza.

Aun así... —empieza, y me temo lo peor—.

No me gustó verte así. No me gustó cómo estabas, ni lo que hiciste.

Y, por supuesto, no me gustó que quisieras acostarte conmigo para olvidar.

No pienso ser el polvo de consolación de nadie.

Esa última frase me atraviesa el pecho.

—Mackenzie, yo no...

—No soy uno cualquiera de tus ligues —remata.

—Lo sé —la interrumpo, dando un paso hacia ella sin pensar—. Joder, claro que lo sé. No eres eso. Ni de lejos. Estaba desesperado —admito—. Y tú... —Dudo un segundo, pero ya estoy demasiado metido como para echarme atrás—. Tú eres lo único que siempre me calma.

El silencio que sigue es casi asfixiante. Los ojos de Mackenzie buscan los míos, como si intentara decidir si creerme o no.

—Eso no lo arregla todo —dice al final.

—Lo sé.

—No quiero volver a verte así —susurra. Algo en su voz se quiebra, pero es casi imperceptible—. No me gusta. Todo iba bien. Síguete dejando ayudar, ¿vale? Por favor...

—Lo haré. —Sueno desesperado, pero ya me da igual—. En serio, lo haré. Solo... no dejes de intentarlo.

Asiente.

—Luego hablamos —dice, apartando la mirada y señalando los apuntes sobre el escritorio—. Tengo que seguir estudiando o voy a suspenderlo todo.

Casi sonrío, porque es una exagerada. Me extrañaría que no se graduara con honores.

—Te dejo estudiar, entonces.

Me quedo ahí un segundo más, sin saber muy bien qué hacer o qué decir.

Antes de cerrar la puerta, pregunto lo más estúpido que se me ocurre.

—Oye, solo para que quede claro, no follamos, ¿no?

Mackenzie no se gira, pero la sonrisa de medio lado que se forma en sus labios la delata.

—Seguro que esto te habría encantado.

—No sabes cuánto, Reed.

—¡Acaba de usar su pelo para escalar una puta torre! ¿De verdad te parece normal?

—Es romántico —protesta Mackenzie, sin apartar la vista de la pantalla.

—¿Romántico? No sé cómo no se ha partido el cuello.

—Porque es una película de Disney.

—Claro, todo es rosa, todo son sonrisas y nadie se rompe nada.

—Y el público objetivo son niños, así que sí, cero cuellos partidos.