Breakaway 26 Grayson
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26 Grayson

—Es la octava copa de champán que llevas —gruñe mi padre.

No sé si es por el alcohol o por su voz, pero algo en mi estómago se revuelve.

—Pocas me parecen —respondo, arrastrando las palabras—. Si me disculpas, voy a por la novena.

Doy un paso y el suelo se inclina ligeramente bajo mis pies. Antes de que pueda perder el equilibrio, mi padre me rodea los hombros con el brazo y me endereza con un gesto que, desde fuera, parece casi paternal.

Desde dentro, no lo es.

—Compórtate —murmura, sin perder la sonrisa de cara a los demás—. No estás en un bar cualquiera.

Alzo la vista.

La sala brilla bajo la lámpara de araña. Todo lo que veo es cristal, mármol y luces cálidas. Trajes oscuros de marca, relojes caros, conversaciones en voz baja sobre clientes, casos, cifras... Hombres que llevan años compitiendo entre ellos y que ahora fingen caerse bien.

Me da asco.

—Relájate. —Me suelto de su agarre—. No voy menos borracho que cualquier de tus colegas.

—Estás dando un espectáculo.

—¿En serio? ¿Dónde está el escenario? —ironizo.

La mirada de mi padre se endurece. Así, con el ceño fruncido, los ojos oscuros y el cabello negro peinado hacia atrás, se parece tanto a mí que desvío la vista enseguida.

—No es el momento para tus jueguecitos, Grayson. Después de lo del hockey, lo último que necesitas es arruinar tus oportunidades en el bufete.

Aprieto la copa con fuerza, porque es eso, o reventársela en la cabeza.

—Ya tardabas —digo con amargura, bajando la mirada al champán—. Pensé que igual hoy te ahorrabas el comentario, pero ya veo que no.

—No es algo que se pueda ignorar fácilmente.

—Me desplomé en el hielo, Edgar —espeto—. No dejé de jugar porque me apeteciera.

—Te desplomaste porque no supiste parar.

Levanto la mirada de golpe.

—¡Porque tú no me dejaste parar! —murmuro con exasperación.

—Excúsate lo que quieras. Cúlpame a mí si eso te hace sentir mejor. El caso es que el resultado es el mismo —responde—. No estás jugando.

—Estoy intentando volver.

—Ya —dice, y la media sonrisa burlona que asoma en sus labios me hace hervir la sangre—. Una pérdida de tiempo, si me preguntas.

Resoplo, pasándome una mano por el pelo.

—Entonces menos mal que me importa una puta mierda tu opinión.

—Di lo que quieras, pero no has sido capaz de sostener una carrera deportiva profesional. Lo mínimo es que no fracases aquí también.

Doy un trago largo al champán, intentando ahogar esa sensación que siempre aparece cuando estoy con él. Es una sensación desagradable, de esas que se te meten bajo la piel y te recuerdan que no eres suficiente. Que estás fallando en todo. Que no mereces nada bueno.

—Tranquilo —murmuro—. Haré lo posible por no decepcionarte otra vez.

—Eso espero.

El ruido de la sala vuelve de golpe. Las voces, las risas... Todo es demasiado abrumador.

Necesito salir de aquí.

—Disfruta de la fiesta —digo a regañadientes, dándole la espalda.

Avanzo esquivando gente, conversaciones vacías y miradas que no me interesan. Paso junto a un camarero y cojo otra copa sin pensar.

El pasillo que conduce hacia la salida está vacío.

—¡Eh! —me llama una voz—. ¿Adónde vas?

Levanto la vista y me encuentro con Natalie. Está impecable, con su vestido verde oscuro y el pelo recogido en un moño sencillo.

—A casa —respondo.

Ell frunce el ceño.

—No puedes conducir en este estado.

—Lo que no puedo es quedarme ni un minuto más aquí.

—Pero...

—Estaré bien, Nat.

No le doy tiempo a responder. Salgo del local, me subo al coche a trompicones y arranco sin mirar atrás.

Durante los primeros veinte minutos creo que conduzco sin rumbo, pero cuando veo el desvío en la rotonda, lo entiendo.

Siempre he sabido adónde iba.

Sí voy a casa, pero no a la mía. A la de Mackenzie. Porque, ahora mismo, verla es lo único que puede calmarme.

Mackenzie

Decidí estudiar Derecho por si me iba mal con el patinaje. A veces, creo que fue una buena decisión, otras, como ahora, solo quiero abofetear a la Mackenzie del pasado y preguntarle en qué narices estaba pensando.

El subrayador se me escapa de los dedos por tercera vez.

No es que esté cansada, es que llevo demasiado tiempo mirando la misma página sin procesar ni una sola palabra.

Apoyo la frente en la mano y dejo escapar un suspiro.

Afuera, la lluvia golpea las ventanas con insistencia, como si quisiera abrirse paso hasta el interior del apartamento.

Miro la hora en el móvil; pasada la medianoche.

Debería irme a dormir. O a entrenar. Pero con la noche infernal que hace, lo último que me apetece es cruzar el campus para terminar empapada.

Decidida a acabar el maldito tema de una vez, me levanto para ir a la cocina a por el tercer café de la noche.

Justo entonces, llaman a la puerta.

Frunzo el ceño y salgo al pasillo.

Montana asoma la cabeza desde su cuarto. Lleva el pijama de colores que le regalé por Navidad, tiene el pelo revuelto recogido en un moño despeinado y una mascarilla rosa chicle cubriéndole la cara.

—¿Has oído eso?

Vuelven a llamar, esta vez más fuerte, y las dos intercambiamos una mirada.

Hailee no está aquí. Se fue el jueves a Vancouver a ver a Easton y, a menos que hayan discutido y haya cogido el primer vuelo de vuelta, es imposible que sea ella.

Otra tanda de golpes me hace dar un respingo.

—Vale... esto está empezando a dar un poco de miedo —murmuro.

Vuelvo a mi cuarto, me pongo una sudadera sobre la camiseta de tirantes del pijama y regreso al pasillo.

—¿Algún antiguo ligue del que tengamos que preocuparnos?

—Hay un par de desquiciados, sí —dice Montana, agarrando un paraguas del paragüero de la entrada como arma improvisada—. Pero ninguno sabe dónde vivo.

—Pues a lo mejor se han enterado.

—Cállate.

Nos quedamos frente a la puerta, paralizadas, sin saber muy bien qué hacer.

Cuando vuelven a llamar, me encojo en el sitio.

—Lenny, si eres tú, siento lo que dije sobre tu aliento. ¡Pero lárgate! —grita Montana.

La miro, confundida, pero ella niega con la cabeza y me devuelve una mirada que dice que es mejor no preguntar.

Llaman otra vez.

—¿Y si avisamos a seguridad? —propongo.

—Ja —resopla Montana—. Para cuando lleguen, ya estaríamos muertas.

—¡Montana!

—¿Qué? En las películas siempre pasa. Dos universitarias buenorras, solas, de noche...

—Ya, pues no...

Otro golpe. Y luego una voz ronca que al principio no reconozco, pero que me atraviesa en cuanto la identifico.

—Ábreme, Reed...

Abro sin pensarlo.

—¿Grayson?

Está empapado. Tiene el pelo oscuro pegado a la frente, la camisa arrugada y los ojos vidriosos. El olor a alcohol es tan fuerte que casi me marea.

—Joder —susurra Montana a mi lado—. Este sí que es un ligue interesante.

Grayson intenta decir algo, pero apenas vocaliza. En cuanto da un paso, se desploma sobre el suelo y suelta un gruñido.

Intentamos levantarlo entre las dos, pero pesa demasiado, y en el pésimo estado en el que está, hace poco por colaborar.

—Vale, esto no estaba en mis planes de esta noche —bufa Montana.

—Ayúdame a meterlo dentro.

Entre tropiezos, conseguimos arrastrarlo hasta el baño. Lo sentamos en el borde de la bañera.

—Gray, mírame —le digo, inclinándome frente a él.

Él levanta la cabeza despacio e intenta enfocarme.

—Mackenzie...

Se me encoge el corazón al verlo así.

—Sí, estoy aquí.

Montana abre el grifo y moja una toalla.

—Aparta —dice—. Vamos a espabilarlo. —Le pasa la tela húmeda por la cara, pero Grayson no reacciona—. Está borrachísimo —dictamina.

—Ya lo veo.

—¿Qué hacemos? ¿Lo dejamos dormir la mona en el sofá?

Dudo un segundo.

—Vamos a llevarlo a mi cuarto.

Nada más decirlo, me arrepiento, porque la sonrisa de Montana es inmediata.

Volvemos a cargar con él. Esta vez es peor, pero al final conseguimos tumbarlo sobre mi cama.

—Bueno —dice Montana—. Si necesitas algo... aspirinas, un vaso de agua, condones... estoy en mi cuarto. Me retiro de vuestro drama romántico.

—No hay ningún drama romántico.

—Claro que no —dice con una sonrisa.

Se va antes de que pueda replicar, dejándome a solas con Grayson.

El sonido de la lluvia vuelve a llenar el silencio.

—Gray...

Se incorpora lentamente, apoyándose sobre los codos. Luego, se sienta y me mira. Y hay algo en esa mirada que no me recuerda al Grayson de hace unos días, sino al de antes. Al roto.

Alarga la mano y me agarra la muñeca.

—Ven aquí. —Tira de mí y me arrastra hasta que quedo entre sus piernas.

El pulso se me dispara.

—Qué bien hueles... —murmura, aferrando en un puño la tela de mi sudadera.

Cierro los ojos un instante, sintiendo cómo sus manos acarician la parte trasera de mis piernas desnudas.

—Gray, ¿qué ha pasado?

—Te he echado de menos.

—¿Qué ha pasado? —insisto—. Para que hayas acabado así, tiene que haber sido algo muy malo. ¿Y cómo has venido hasta aquí? ¿Conduciendo? Es muy peligroso y...

Grayson no parece querer escucharme. En un movimiento rápido, me atrae hacia su cuerpo, me levanta y me sienta sobre sus piernas.

Sus manos se cuelan bajo mi ropa y se deslizan por mi cintura con urgencia.

—Todo es una mierda —susurra contra mi cuello—. Todo menos tú.

—Gray...

Él busca mis labios, y antes de que me dé cuenta, me está besando.

Es un beso torpe, pero intenso, cargado de deseo. Su lengua se enreda con la mía y sus manos tiran de mi cabello. Está tan borracho que le cuesta seguir su propio ritmo y nuestros dientes chocan en varias ocasiones.

De repente, el sabor amargo del alcohol me golpea el paladar.

Apoyo las manos en su pecho y me separo.

—Espera... —jadeo.

—Ayúdame a olvidar —murmura, volviendo a acercarse.

—No, así no.

—¿Por qué?

—Porque no es esto lo que necesitas.

Su nariz roza mi cuello. Sus manos aprietan mi culo y tengo que contener un gemido.

—Créeme, Reed, esto es justo lo que necesito.

Niego con la cabeza y lo obligo a mirarme.

—Dime qué ha pasado.

Grayson suspira, y parece que se rinde. Sabe que no va a conseguir aliviar su dolor conmigo.

—Mi padre... —balbucea, tumbándose sobre la cama—. Siempre... siempre igual...

Las palabras se deshacen antes de que consiga formar una frase coherente.

Me bajo de su regazo, rodeo la cama y me tumbo a su lado sin pensarlo.

Quiero preguntarle más, entender qué le atormenta, pero se ha quedado dormido.

Pasados apenas unos segundos, noto su enorme brazo rodeándome la cintura y su aliento en la nuca. Esconde el rostro en mi cuello, respirando lento, como si por fin hubiera encontrado algo de calma.

Me quedo quieta, escuchando la lluvia y sintiendo el calor de su cuerpo.

Y odiando lo mucho que me duele verlo así de atormentado.