25 Grayson #2
La veo acelerar poco a poco. Los músculos definidos de las piernas se le marcan bajo los leggings con cada impulso o cambio de peso. Es imposible no fijarse. Imposible no seguir cada línea, cada curva y cada giro de cadera cuando cambia de dirección.
Pero no es solo eso, también es su cara. La forma en que cierra los ojos un segundo entre cada transición.
Cuando llega al estribillo, sus movimientos se vuelven más amplios y más seguros, y cuando está a punto de terminar, culmina el programa con una nueva combinación.
Es casi idéntica a la anterior, pero en esta el inicio es más lento y controlado.
También ha cambiado el segundo salto, que ahora aterriza sin problema.
El sonido de las cuchillas cortando el hielo cuando se detiene resuena en el silencio que deja la música.
Mackenzie se queda quieta, de espaldas a mí, tratando de recuperar el aliento. Cuando se gira, me mira como si realmente necesitara escuchar mi opinión.
Me separo de la valla y patino hacia ella.
—Es... —Me paso una mano por el pelo—. Joder, es una pasada, Mackenzie.
Ella me observa con los ojos muy abiertos.
—¿Sí?
—No, en serio —afirmo, acercándome un poco más—. Es diferente, mucho mejor que la anterior.
—La he cambiado entera.
Sonrío.
—Ya lo he visto.
—Después de nuestra última charla en la pista, estuve pensando.
—Se desliza sobre el hielo hasta quedar a escasos centímetros de mí.
Con la altura que gano gracias a los patines, me siento enorme frente a ella—.
Fallaba porque no sentía el programa como mío.
No sentía lo que estaba bailando. — Se encoge ligeramente de hombros—.
Me di cuenta de que no importaba cuánto entrenara, iba a seguir fallando.
—¿Por qué?
—Porque no era mía, Gray.
La miro en silencio.
—No conectaba con nada —añade—. Ni con la música, ni con los movimientos... ni conmigo.
Tiene sentido.
—Y ahora sí.
Ella asiente.
—Ahora sí. La canción y la coreografía cuentan algo. —Se muerde el labio inferior un segundo. Y, joder, eso no ayuda en nada a mi autocontrol—. Pero también me da más miedo —admite.
—¿Por qué?
—Porque si fallo, será enteramente culpa mía.
Niego con la cabeza.
—Claro que no.
—Sí.
—No —repito—. Si fallas, fallas. Pero esto... —Señalo la pista—. Esto es lo que tenías que hacer.
—¿Y si no es suficiente?
—¿Para qué?
—Para ganar. —Baja la mirada—. No puedo volver a decepcionar a mis padres.
La observo un segundo. Que se sienta así, que se hable así, me provoca un malestar extraño en el cuerpo.
—No creo que estén decepcionados contigo. —Como ya no me importa sonar más o menos cursi, añado—: Creo que sería imposible estarlo. Yo sí que podría quejarme —continúo, y consigo arrancarle una sonrisa tímida—. Llevo meses sin marcar un gol. ¡Estoy desesperado, Reed!
Ahora se ríe con fuerza.
—Tú me ayudaste a mí —dice—, así que creo que lo justo es que yo te ayude a ti.
—Hotchner ya lo ha intentado todo —resoplo—. Simplemente, no puedo anotar. Estoy bloqueado.
—¿Tienes puck y stick ? —pregunta alzando una ceja.
—No, pero en el almacén hay.
—Ve a por ellos.
—¿Ahora?
—Ahora.
Decido no discutir, aunque empiezo a pensar que se ha vuelto completamente loca.
Vuelvo unos minutos después, stick en mano y con la cabeza todavía a mil revoluciones.
—Vale, entrenadora —digo—. Ilumíname.
Mackenzie se acerca, toma el disco de mi mano y lo planta sobre el hielo, a unos cinco metros de la portería.
—Estás pensando demasiado, Gray.
—Gracias, no lo sabía —ironizo, deslizándome hacia allí.
—Cada vez que tiras, seguro que lo calculas todo, que te frenas.
—Puedes seguir enumerando lo obvio, Reed.
—Ahí está el problema —continúa ella, ignorando mis comentarios—. Cierra los ojos.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Cierra los ojos —repite—. Así será más fácil.
—Ni de coña.
—Grayson...
Hay algo en su tono de advertencia que me hace obedecer.
—Ahora imagina el movimiento —susurra—. No el gol, solo el movimiento. No pienses en fallar, ni en marcar —añade con voz suave—. Solo lanza.
—Mackenzie, no...
—Tira —insiste.
—¿Con los ojos cerrados?
—Confía, Grayson.
Inspiro hondo, aferro el stick con fuerza con ambas manos, cojo impulso y golpeo el puck . El sonido seco contra la red llega medio segundo después.
Abro los ojos y me quedo paralizado, sin poder creérmelo: ha entrado. El puto disco ha entrado.
—No jodas —murmuro, todavía intentando asimilarlo.
Mackenzie sonríe.
—Vamos, prueba otra vez. —Recoge el disco y me lo entrega.
Todavía creo que ha sido pura suerte, pero cuando repito la acción, esta vez con los ojos abiertos, vuelvo a marcar.
Suelto una risa incrédula.
—Vale, eso ha sido... —No tengo palabras—. Joder, Kenzie, ha sido increíble. Me merezco alguna recompensa.
—¿Recompensa? —pregunta, cruzándose de brazos.
—¿Qué gano si lo logro de verdad? —propongo—. Si anoto en un partido.
Mackenzie finge pensarlo.
—¿Sentirte realizado?
—Yo tenía otra cosa en mente —replico, dando un paso hacia ella.
Sonríe un poco, pero no se aparta.
—Claro... —murmura—. Pero tienes un pequeño problema.
—¿Ah, sí?
Asiente, bajando un segundo la mirada al hielo antes de volver a mirarme.
—Primero tienes que recuperarte del todo —dice con calma—.
No vas a poder volver a jugar hasta que te vuelvan a habilitar el contrato, y eso no va a pasar hasta que estés al cien por cien.
Así que —continúa, encogiéndose ligeramente de hombros—, cuando vuelvas a jugar, y solo si anotas...
—Se le escapa una pequeña sonrisa—. Entonces podrás pedir la recompensa que quieras.
La miro fijamente.
—¿La que quiera?
—La que quieras.
El silencio se alarga un segundo. Y entonces, lo suelto.
—Quiero un beso. Delante de todo el mundo.
Mackenzie parpadea, y luego se ríe un poco, evidentemente nerviosa. Sus mejillas se tiñen de rojo enseguida.
—Eso es... es una tontería. No lo dices en serio.
Lo peor de todo es que sí lo digo en serio. De hecho, la imagen se me cuela en la cabeza sin permiso: el ruido de la grada, el hielo, ella delante de mí...
Suena tan bien que, si ya estaba esforzándome por mejorar, ahora voy a poner el doble de empeño.