25 Grayson
—¡Tiempo! —exclama Hotchner, deteniendo el cronómetro—. Trece segundos —me informa—. Nueva marca personal.
Patino hacia él con la respiración todavía agitada y la adrenalina recorriéndome las venas después del sprint de línea a línea que acabo de hacer. El sudor me cae por la frente y me lo limpio con el dorso de la mano antes de pasármela por el pelo húmedo.
Hoy Hotchner me está dando caña.
Nada más llegar, hicimos un calentamiento brutal: vueltas al rink a toda velocidad, cambios de dirección, arranques desde parado... Después, control del disco entre conos, protegiéndolo con el cuerpo mientras él me metía presión con el stick .
No me ha dejado ni un segundo para respirar. Hasta ahora.
Hotchner deja caer varios discos sobre el hielo y los señala con la cabeza.
—Venga, cinco seguidos. Quiero ver ese disparo.
Asiento, aunque en el fondo ya sé que no va a funcionar.
Cojo el primer disco, avanzo y, tras detenerme frente a la portería, coloco el stick en posición. Lanzo, pero el puck se estrella contra el poste.
El segundo tiro se me va alto. El tercero, hacia la derecha. El cuarto vuelve a golpear el poste, y el quinto... El quinto lo lanzo con rabia, pero termina estrellándose contra la valla.
Aprieto la mandíbula.
Recojo otro disco, pero se me escurre entre las manos temblorosas. Suelto una maldición y me dejo caer sobre el hielo. Me quedo mirando los focos del techo, respirando con dificultad, como si el aire no terminara de llenarme los pulmones.
A mis espaldas, escucho al entrenador acercándose. Se tumba a mi lado, con las manos detrás de la cabeza. Durante unos segundos no dice nada, pero finalmente decide romper el silencio.
—A ver, ¿la has vuelto a cagar con Mackenzie?
Resoplo.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Se gira ligeramente hacia mí.
—Pues tienes cara de que algo malo ha pasado.
—No ha pasado nada.
—Entonces deja de patinar como si estuvieras intentando castigarte.
—No estoy haciendo eso.
—Claro que sí —responde sin dudar.
Aprieto los labios y contengo las ganas de mandarlo a tomar por culo.
—Mackenzie está bien. No ha pasado nada, en serio —digo al final—. De hecho... —Cierro los ojos un segundo—. Ella es lo único que está bien. El domingo fue increíble. Y el lunes... —Niego con la cabeza—. Joder, todo parecía empezar a cobrar sentido, Hotch.
—¿Y entonces?
Las palabras me oprimen el pecho.
—Mi padre viene mañana —espeto.
—¿Aquí?
—Sí, Murphy ha organizado una cena con varios miembros del bufete. Socios, clientes... toda esa mierda.
—Ya. —Otro silencio—. ¿Y qué es lo que te ha dicho exactamente?
Suelto una risa amarga.
—Lo de siempre. Que espera que me comporte, que no haga comentarios fuera de lugar y que no le haga quedar mal.
—Clásico de Edgar Abbott.
—También que no se me ocurra mencionar el hockey, porque claro, eso ya se acabó para mí.
Hotchner resopla, negando con la cabeza.
—Ese hombre tiene un talento especial para decir justo lo que no hay que decir.
—No es talento, es costumbre. —Me paso una mano por la cara—.
Y lo peor es que una parte de mí sigue reaccionando igual, como si fuera un niño otra vez.
Sé que no debería afectarme así, que no tiene sentido, pero es escuchar su voz y...
se me bloquea todo. La cabeza. El cuerpo.
Aquí. — Me golpeo suavemente el pecho—. Todo.
—Claro que tiene sentido, Grayson.
Giro la cabeza hacia él.
—No.
—Sí —insiste—. Te has pasado la vida intentando ser suficiente para alguien que ya había decidido que no lo eras.
Eso no se borra porque cumplas años. —Sus palabras se quedan flotando entre nosotros—.
En el hielo eres otro —continúa—. Aquí no hay padre destructivo, ni bufete, ni mierdas.
Solo tú y el juego. Pero en cuanto dejas que él se meta en tu cabeza... —señala la portería— pasa esto.
—¿Fallo?
—Te rindes —corrige.
—No me rindo, es solo que no creo que toda esta mierda sea únicamente culpa del capullo de mi padre —admito—. Llevo meses sin anotar un gol.
—Porque dejas que todo lo malo te bloquee.
Me quedo en silencio. No puedo discutirle eso.
—¿Sabes qué veo yo, Gray? —añade—. Veo a un tío que tiene nivel de sobra para meter esos cinco tiros sin despeinarse, pero que está demasiado ocupado escuchando la vocecilla de su cabeza diciéndole que no vale.
—Joder, Hotch...
—Y luego está ella —dice de pronto, bajando un poco el tono.
Frunzo el ceño.
—¿Mackenzie?
—Sí, la chica por la que, según tú, has pasado de estar hecho polvo a ver musicales de princesas y escribir diarios.
Suelto una risa breve.
—No lo digas así.
—¿Así cómo? —Sonríe de lado—. Suena bastante bien.
Niego con la cabeza, pero no puedo evitar que algo se me afloje por dentro.
—Con ella es distinto, creo.
—Ya lo sé.
—No siento... —busco la palabra— ruido.
—Entonces no la mezcles con esto.
—¿Cómo?
—No dejes que tu padre te joda también lo de Mackenzie. Porque lo va a intentar, aunque no sea a propósito. Te pone en mal estado y tú solito haces el resto.
Sé que tiene razón, y eso me jode.
—Tengo miedo de cagarla, entrenador —admito en voz baja—. De que él venga, me remueva todo... y acabar volviendo al pozo en el que estaba.
—¿Crees que eso puede pasar?
Asiento.
El hielo cruje ligeramente cuando Hotchner cambia de postura.
—Estás avanzando mucho, ¿no?
—Supongo.
—Has vuelto a entrenar en serio.
—Sí.
—Has conocido a una chica que, aparentemente, te gusta.
—Eso creo.
—Y has venido hoy aquí a darlo todo, a pesar de que seguramente te apetecía una mierda aguantarme. Eso no lo hace alguien que está a punto de recaer —concluye—. Lo hace alguien que está peleando.
Trago saliva.
—No lo parece cuando fallo cinco tiros seguidos.
—¡Son solo tiros! —repone—. No toda tu vida. —Se incorpora y golpea el hielo con el stick —. Y otra cosa, Gray. No tienes que demostrarle nada a tu padre.
Suelto una risa amarga mientras me pongo en pie.
—Eso es fácil decirlo.
—Va en serio. A quien sí tienes que demostrarle algo es a ti. Y, sinceramente, creo que ya lo estás haciendo.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros por un instante, pero no me resulta incómodo. Es un silencio reconfortante, de esos que ofrecen un breve respiro para asimilar y reflexionar tras una conversación profunda.
—Cinco tiros más, vamos —dice Hotchner, lanzándome un puck que acaba de recoger del suelo.
—¿Y si vuelvo a fallar?
—Entonces tiras otros cinco.
Tomo aire, acepto el disco y me coloco frente a la portería. Esta vez, cuando lanzo, no escucho la voz de mi padre, solo el golpe seco del puck al salir disparado.
Mackenzie ya está esperándome en la pista cuando llego. Está sentada en uno de los bancos, concentrada en atarse los patines.
—Se te va a cortar la circulación como aprietes más —digo por encima de su hombro.
Ella pega un respingo y se queda a medio nudo mientras se gira para mirarme.
—Un patín firme es mejor que un tobillo roto —responde, dándole un golpecito con los nudillos a la carcasa rígida del patín que le sujeta el tobillo sin ceder ni un milímetro.
Pongo los ojos en blanco, pero no añado nada. Me siento a su lado en silencio, dejo caer la bolsa de deporte al suelo y empiezo a ponerme mis patines.
No sé en qué momento sentarme a su lado ha dejado de ser algo corriente y ha pasado a ser... esto. El leve roce de su rodilla contra la mía cuando se inclina hacia delante y el olor a algo dulce (seguramente su perfume) que no soy capaz de borrar de mi sofá ni de mi ropa, me están volviendo loco.
Me obligo a concentrarme en los cordones.
Cuando Mackenzie me citó aquí a las doce de la noche, no supe qué esperar.
No dijo mucho, solo me mandó un mensaje corto, directo, pidiéndome que viniera y que trajera los patines.
Eso fue todo. Bueno, y también añadió un emoji de un corazón morado que me dejó completamente trastocado.
¿Cómo cojones me lo tengo que tomar? ¿Es amistoso? ¿Va más allá? ¿Intentaba ligar conmigo?
Ridículo, muy ridículo sobrepensar un emoticono. Y aun así, lo hago.
Estoy a punto de preguntarle sobre ello, cuando se levanta, da un par de saltos para comprobar el equilibrio y me hace un gesto con la cabeza para que la siga hacia la pista.
Debe de estar de buenísimo humor, porque se ha puesto una camiseta térmica morada y unos calentadores a juego.
Además, las mallas que lleva deberían ser ilegales.
Se le ajustan como una segunda piel, marcando cada línea de sus piernas cuando se mueve, cuando flexiona las rodillas ligeramente para impulsarse hacia delante.
Por supuesto, no ayuda que yo sepa exactamente lo que hay debajo de esa tela ni que ahora mismo esté imaginándomelo.
La sigo sin rechistar, intentando parecer normal mientras mi mirada desciende descaradamente desde sus caderas hasta su culo, donde se detiene un segundo de más.
La pista, por supuesto, está vacía. La luz tenue que cae desde los focos crea reflejos irregulares sobre el hielo.
Mackenzie se detiene en el centro y gira sobre sí misma. Luego, me mira.
—Tengo algo que enseñarte.
Parece tranquila, pero hay algo en su postura (en cómo mantiene los hombros firmes y en cómo sus dedos se tensan) que me dice que esto le importa más de lo que quiere admitir.
Me apoyo contra la valla, cruzándome de brazos.
—A ver, sorpréndeme.
Ella asiente, respira hondo y deja el móvil en el suelo junto al borde de la pista. Después patina hasta el centro otra vez y me pide que pulse el play .
Los primeros acordes de una canción que no reconozco llenan el rink.
Mackenzie empieza a moverse. Las cuchillas de sus patines rasgan el hielo mientras se desliza hacia atrás. Tras un cambio de postura, levanta los brazos con delicadeza, se impulsa y gira en el aire. Aterriza con un equilibrio impecable.
No puedo apartar la mirada.
Cuando gira, lo hace con una fluidez que me deja impresionado. Ya no veo tensión en sus movimientos, ni ese fallo que siempre aparecía en su última combinación en la coreografía anterior.
Esta vez, me da la sensación de que no hay grietas, de que todo encaja.