24 Mackenzie
—Estás loca.
Ariana me mira como si realmente creyera que he perdido la cabeza. Lleva mirándome así los últimos diez minutos, desde que le dije que quería cambiar el programa libre para el Mundial.
—Si me dejaras, aunque fuera, enseñarte...
—¡No! —me interrumpe, llevándose las manos a la cabeza.
De tanto que lo ha hecho desde que empezó esta conversación, su moño, antes pulcro e impoluto, está ya medio deshecho—.
Es una locura, Mackenzie. Estamos a un mes del campeonato.
No puedes llegar ahora y decir que quieres un programa nuevo.
¡Y encima uno que no he supervisado ni aprobado yo!
—¡Por eso quiero enseñártelo! —insisto—. Te aseguro que merece la pena. Te va a encantar, Ari. Es perfecto para mí, para...
—Para que fracases y te vayas directa al último puesto —sentencia—. Porque eso es lo que pasará. Puedes despedirte del Mundial como sigas adelante con este sinsentido.
—Si sigo con tu programa tampoco llegaré al podio.
El silencio que se instala entre nosotras es pesado.
La pista está casi a oscuras. Solo quedan encendidos algunos focos altos que proyectan círculos de luz sobre el hielo, como pequeñas islas blancas en medio de la penumbra.
Afuera ya es de noche; la luna se cuela por los ventanales del fondo del rink y tiñe el hielo con un brillo azulado.
El eco de nuestras voces rebota en las gradas vacías.
Hace frío. Siempre hace frío aquí, pero cuando el pabellón está vacío, el aire parece aún más cortante.
Ariana suspira, cruzándose de brazos.
—Explícame entonces —dice al fin, más cansada que enfadada— qué demonios has hecho.
Trago saliva.
—El programa no funciona —admito—. No me siento dentro de él. Y sigo fallando la última combinación. Estoy... forzándolo todo.
Ella no responde, solo me observa con cierta confusión.
—He hecho otro —añado en voz más baja—. Uno nuevo.
—Por favor, Mackenzie, dime que al menos no has cambiado también la música.
No puedo evitar sonreír un poco.
—Sí.
Ariana deja caer la cabeza hacia atrás.
—Dios...
—He escogido «Lose You To Love Me».
El nombre queda suspendido en el aire frío de la pista.
Cuando vuelve a mirarme, algo en su expresión ha cambiado. Ya no es puro enfado, ahora también hay curiosidad, aunque intente esconderla.
—¿La de Selena Gomez?
Asiento.
—Refleja todo por lo que he pasado. —Me encojo de hombros—. La ruptura con Sean, dejarle ir, aprender a patinar sola... —Mi voz se quiebra un poco—. Creo que este programa habla de eso. De encontrarme a mí misma otra vez.
Ariana me estudia en silencio durante unos segundos que se me hacen eternos. Finalmente, resopla.
—Esto sigue siendo una locura —murmura. Se aparta unos pasos hacia la valla—. Pero adelante, enséñame lo que tienes.
Mi corazón da un salto de alegría.
—¿En serio?
—No te emociones —dice levantando un dedo—. Solo quiero ver exactamente qué desastre estás planeando.
Patino hacia el centro de la pista. El hielo cruje suavemente bajo mis cuchillas mientras me impulso.
El pabellón está completamente en silencio ahora, salvo por el zumbido lejano de las máquinas de refrigeración y el eco de mis propios movimientos.
Ariana conecta el altavoz pequeño que usamos para entrenar, y un segundo después, las primeras notas de la canción llenan el rink. El sonido rebota en las gradas y se expande por la pista.
Cierro los ojos un instante, respiro hondo y empiezo.
Los primeros movimientos son lentos, casi contenidos. Deslizamientos largos, bordes profundos que dibujan arcos amplios sobre el hielo... Mis brazos se abren hacia el cielo siguiendo el ritmo de la música, como si estuviera, por fin, soltando algo que llevaba demasiado tiempo guardando en silencio.
La canción empieza a crecer poco a poco.
Hago un giro rápido, enlazando con una secuencia de pasos que corta el hielo en líneas rápidas. Ariana no dice nada, solo me observa con atención desde detrás de la valla.
El estribillo se acerca, y con él el primer salto. Tomo velocidad, me mentalizo y me impulso hacia arriba. La rotación es impecable. Caigo sobre el filo de la cuchilla en completo equilibrio y sigo deslizándome sin perder el flujo del programa.
Ahora la coreografía se vuelve un poco más compleja. Hago un giro sit spin bajo, luego una transición rápida hacia la diagonal de saltos. Y, por último, una combinación muy parecida a la que siempre fallo en el otro programa.
Con esta, aterrizo con un ligero, casi imperceptible, desequilibrio, pero sigo en pie. El impulso me arrastra hacia el siguiente tramo de pasos mientras la canción llega a su parte más serena.
Cuando la última nota se desvanece, termino en el centro de la pista, respirando fuerte, con el pecho subiendo y bajando.
El rink vuelve a quedarse en silencio.
Levanto la mirada hacia Ariana, que sigue apoyada en contra la valla. Sus ojos están fijos en el hielo que acabo de marcar con las cuchillas.
—Enhorabuena, Mackenzie. —Asiente con aprobación—. Creo que puede salir algo increíble de aquí.
Y me enorgullece oírselo decir porque, por primera vez en mucho tiempo, no patino para nadie más. Solo para mí, y para lo que la música significa.
Grayson
Mi padre tiene un don especial para amargarme la existencia.
Desde el fin de semana, todo me estaba yendo demasiado bien, y al parecer su sexto sentido le avisó de que era hora de joderme la vida un rato.
El domingo con Mackenzie fue increíble. Que se quedara dormida sobre mi pecho fue suficiente para darme un chute de energía para toda la semana.
El lunes empezó incluso mejor: llegamos juntos al bufete, nos tomamos un café y le presenté a Natalie, que resultó ser también fan de Disney y que, además, había visto el musical.
El martes, Murphy casi consigue arruinarme el día con uno de sus correos, pero Mackenzie (a quien le conté que solía salir a correr) me recomendó una ruta nueva que Hailee le había enseñado hacía un par de meses.
Está a tomar por culo, eso sí, y hay que ir en coche para llegar, pero me aseguró que las vistas merecen la pena. Me la apunté.
El miércoles fui a terapia y, por primera vez, no me pareció un absoluto coñazo. Fui incluso entusiasmado, con ganas de avanzar. Mi terapeuta alucinó cuando le dije que estaba planteándome escribir ese diario.
Y aquí estoy, dos días después, en mi hora de la comida, peleándome con las páginas en blanco para intentar poner en palabras lo que me hizo sentir la llamada de mi padre esta mañana.
Bien temprano, además. A las ocho. Supongo que quería asegurarse de que me amargaba el mayor número posible de horas del día.
El cuaderno parece burlarse de mí, como si me susurrara: «no puedes hacerlo».
En los últimos quince minutos lo único que he hecho ha sido comerme un sándwich de la máquina expendedora y dibujar garabatos en las esquinas de la página: un disco de hockey, mi número (el 20), y un intento fallido de boceto del pobre Mac.
Pero nada útil.
Nada que me permita reflejar con palabras la rabia, el miedo y la ansiedad que sentí cuando mi padre me dijo que el sábado estaría aquí, en Northbrook, para una cena de negocios con Murphy, algunos peces gordos del bufete y otros abogados que, sinceramente, me importan entre cero y nada.
Mañana tendré que volver a verlo, volver a enfrentarme a él, a su mirada de desaprobación y a sus comentarios pasivo-agresivos recordándome la mierda de hijo que soy.
«Vamos, escribe algo. Lo que sea», me digo a mí mismo.
Dejo a medias el stick que estaba dibujando, sostengo el bolígrafo con firmeza y escribo la primera línea. No pongo más que el día y la fecha, pero ya es algo.
—No puede ser tan difícil, joder.
Inspiro hondo y me lanzo.
Esta tarde tengo entrenamiento y, sorprendentemente, tengo ganas de ir. En parte, creo que gracias a Mackenzie. Me estaba sintiendo bien gracias a ella... hasta que mi padre llamó esta mañana y arruinó mi buen humor.
Dejo que la pluma fluya y escribo, escribo y escribo.
Hablo de la última vez que vi a mi padre, en Navidad. No tenía pensado volver a Anchorage, pero a mi madre se le da tan bien lo del chantaje emocional que terminó convenciéndome.
La cena fue un desastre. Terminamos discutiendo y me largué. Luego conduje sin rumbo hasta que encontré un bar abierto y me emborraché hasta casi perder la conciencia.
Fue la primera vez que pensé en llamar a Mackenzie.
Hace ya más de un mes que no tengo ninguna recaída como esa, y el pánico me oprime el pecho solo de pensar que ver a mi padre pueda provocarme otra.
Cuando lo escribo en el diario, subrayo la palabra «pánico».
Continúo hablando de lo malo, de mi infancia, de cómo el hockey me salvó y de cómo estoy intentando volver a reconectar con él. Y de Mackenzie. De su sonrisa, de sus ojos, de lo bien que me lo paso con ella y de lo mucho que quiero volver a besarla.
Hoy lleva las uñas pintadas de morado, su color preferido, así que debe de estar contenta. También lleva unos pantalones de vestir que le hacen un culo espectacular, y la verdad, no puedo evitar imaginármela sobre mi escritorio, sin ellos.
Casi sin darme cuenta, he escrito dos páginas enteras hablando solo de Mackenzie.
Y, por primera vez en todo el día, el pecho deja dolerme un poco, como si pensar en ella fuera la única forma que tengo de mantener a raya todo lo demás.