23 Grayson #3
—Puedo pedir un taxi.
—Con esta tormenta no va a venir ninguno. Además, no pienso arriesgarme a que os matéis por el camino.
Mackenzie se queda pensativa unos segundos.
—Bueno, entonces...
—Ni termines —la corto.
Ella suspira.
—No quiero molestarte.
—No molestas. —La frase me sale más rápido de lo que esperaba.
Me paso una mano por la nuca, calculando bien lo que voy a decir a continuación—.
Quédate esta noche, yo dormiré en el sofá y mañana temprano te llevo a tu residencia para que te cambies antes del trabajo.
Luego, desde allí, podemos ir juntos al bufete.
Se queda observándome en silencio. Parece estar dándole muchas vueltas. Demasiadas.
—No sé... —murmura al final.
—Reed, hay una tormenta de la hostia ahí fuera.
—Pero...
—Te quedas.
Ella vuelve a mirar hacia la ventana, luego a Mac, que está intentando morderse la cola, y luego a mí otra vez.
Finalmente, suspira.
—Está bien.
No sé por qué, pero siento una pequeña descarga de satisfacción.
Entonces, Mackenzie baja la vista hacia su vestido. Está algo húmedo, y algunos mechones de su cabello todavía siguen mojados.
—Creo que debería cambiarme —dice—. Estoy empapada.
—Espera aquí.
Corro a mi habitación y rebusco en el cajón de los pijamas, que está hecho un puto caos. Entre tantos pares sueltos, finalmente cojo unos pantalones de franela y una camiseta vieja del equipo.
Cuando vuelvo a la sala, se los tiendo.
—Toma, tu pijama por una noche.
Ella lo sostiene entre las manos y eleva una ceja.
—Esto me va a quedar enorme, Grayson.
—Pues es lo que hay, Reed. No tengo ropa tamaño minion —la pincho.
Intenta darme un golpe en el brazo, pero lo esquivo fácilmente, haciéndola enfadar más.
Un rato después, sale del baño cambiada.
La camiseta, como era de esperar, le queda como un vestido corto, y los pantalones le cuelgan de la cintura. Se ha remangado los bajos para no pisarlos y sus calcetines asoman por debajo.
Me quedo mirándola más de lo que debería. Porque, joder, así, con mi ropa, parece tan... mía.
—¿Qué? —pregunta al darse cuenta de que la estoy devorando con la mirada.
—Nada.
—No pongas esa cara.
—Solo pensaba que... —Me aclaro la garganta—. Estás muy sexy con mi ropa.
Ella abre los ojos, sorprendida.
—¿Sexy?
—Sí.
Suelta una risita y se deja caer en el sofá.
—Eso sí que no me la esperaba. ¿Cómo voy a estar sexy? Mírame, parezco un saco de patatas.
Yo me siento en el otro extremo mientras Mac intenta subirse también. Después de tres intentos fallidos (porque sus patitas son extremadamente cortas), termina trepando torpemente y acomodándose entre nosotros.
—Estás sexy, Mackenzie. Te lo aseguro —declaro—.
De hecho, me están entrando muchas, pero que muchas ganas, de repetir lo del otro día en la pista.
—Sonrío con chulería cuando desvía la mirada y se le sonrojan las mejillas—.
Me encantaría bajarte los pantalones y follarte aquí mismo.
Pero con mi camiseta puesta. Eso me pondría muchísimo. ¿A ti no?
Sigue sin mirarme, hasta que, de pronto, levanta la vista y nuestros ojos se encuentran. Tiene los labios entreabiertos y la respiración algo agitada, como si también hubiera dejado que su mente se fuera por el mismo camino que la mía.
A la mierda. Voy a hacerlo. Voy a...
Y Mac nos interrumpe, ladrando e interponiéndose entre ambos de un salto.
—¡Venga ya! —exclamo. Mackenzie se echa a reír—. Me parece que se ha puesto celoso.
—Puede ser... —canturrea ella, acariciándolo. Por supuesto, el muy capullo está encantado—. Por cierto, deberíamos cenar algo.
—Sí —concuerdo—, porque me muero de hambre.
—Podríamos cocinar un...
—O podríamos pedir a domicilio.
Sus ojos se iluminan.
—¿Te gusta la comida china?
—Claro.
—Entonces tallarines.
—Pues tallarines será.
Hago el pedido mientras Mac intenta morder el cordón de mis pantalones de pijama. Cuando termino, Mackenzie ya está mirando el catálogo de películas disponibles en la tele.
—¿Qué quieres ver?
—¿No has tenido suficiente Disney por hoy?
—Nunca es suficiente Disney —declara. Se detiene sobre uno de los títulos—. Zootrópolis , ¿la has visto?
—Joder, claro, cada noche antes de dormir —ironizo
Ella ignora mi comentario y pone la película con una sonrisa de oreja a oreja.
Cuando llega la comida, colocamos las bolsas de cartón en la mesa baja y comemos en el sofá, compartiendo los noodles mientras Mac intenta convencernos de que le demos un poco poniendo su mejor cara de cachorrito hambriento.
Al terminar, nos tapamos con la manta. Mackenzie se recuesta poco a poco contra mí mientras la película avanza.
Al principio intenta mantener las distancias, pero al cabo de un rato su cabeza termina apoyada sobre mi hombro.
Antes de que lleguemos a la mitad de la película, noto cómo su respiración se vuelve lenta y regular.
Se ha quedado dormida, con la mejilla apoyada en mi camiseta y un mechón de pelo cayéndole sobre los ojos.
No me muevo, porque por primera vez en mucho tiempo, siento que la casa está llena. Y no quiero arruinarlo despertándola.