23 Grayson #2
Ya es de noche. Las farolas proyectan círculos de luz cálida sobre la nieve recién caída, y las ventanas de los edificios brillan como pequeños refugios en medio del frío.
Es domingo y el tiempo no invita a quedarse fuera, así que la calle está casi vacía.
Solo quedan algunos de los asistentes al musical dispersándose y un par de parejas sentadas en restaurantes, cenando junto a las ventanas empañadas.
—El cambio climático según tú, ¿no? —pregunto.
Ella asiente desde dentro de la bufanda, y no puedo evitar sonreír.
Durante varios minutos caminamos así, pegados el uno al otro, escuchando el crujido suave de la nieve bajo nuestras botas
—¿Sabes qué es lo mejor? —dice de pronto.
—¿El candelabro agresivo de tu uña?
Suelta una pequeña risa que se pierde entre el rugido constante del viento.
—No. Que ha sido mejor de lo que imaginaba.
La miro de reojo.
—¿El musical?
Mackenzie niega con la cabeza.
—La noche.
Por un momento, no digo nada.
La nieve continúa cayendo a nuestro alrededor, silenciosa, envolviéndolo todo, y el calor de su cuerpo contra el mío se me hace raro... pero en plan bien. Muy bien. Reconfortante de algún modo.
—Sí —murmuro al final—. A mí también me ha gustado más de lo que esperaba.
La aprieto aún más contra mi cuerpo cuando giramos la esquina y lo que parece un vendaval amenaza con sacarnos volando. Bueno, al menos a Mackenzie, que se encoge y se aferra a mi gabardina como si realmente creyera que va a salir despedida en cualquier momento.
—¿Dónde aparcaste el coche? ¿En otro estado? —protesta mientras intenta no tragarse los copos de nieve que el viento nos lanza a la cara.
—Ya casi estamos. Todo sería más fácil si no estuviéramos en plena...
—¿Qué es eso? —me interrumpe de repente, deteniéndose en seco.
Frunzo el ceño
—¿Qué es qué?
—Ese sonido. ¿No lo oyes?
Mira alrededor, más confundida que yo, si eso es posible.
—Eh... no. Lo único que oigo es el viento de cojones que hace. ¿Nos vamos antes de que nos congelemos?
—¡Shhh! —exclama, llevándose el dedo a los labios—. Escucha.
Se separa de mí y empieza a retroceder sobre nuestros pasos, tambaleándose un poco por culpa del viento y de la gruesa capa de nieve que ya cubre la acera.
—Mackenzie...
—¡Viene de aquí! —dice de pronto, señalando el portal de un edificio.
Se acerca deprisa y desaparece bajo el pequeño techado que protege la puerta.
Estoy a punto de seguirla cuando la escucho gritar mi nombre.
—¡Grayson!
El corazón se me dispara y echo a correr sin pensarlo. La idea de que pueda haberle pasado algo me quema por dentro. Pero, cuando llego hasta ella, lo único que la está «atacando» es una salchicha con patas.
—¡Qué lindo eres! —dice Mackenzie, entre risas, mientras el perro salchicha, ya cómodamente instalado en su regazo, le lame la mejilla con entusiasmo.
El pobre menea la cola como si acabara de encontrar a su persona favorita en el mundo.
—Joder, Reed —resoplo, apoyándome contra la pared—. Me habías asustado.
—¿Eh? ¿Por qué? —Ni siquiera me mira. Está completamente embobada con el perro—. ¿No es una monada? ¡Nos lo llevamos!
—Ni de coña.
Levanta la cabeza y me fulmina con la mirada.
—No podemos dejarlo aquí en plena ventisca. Se congelará —murmura, acariciándole el lomo—. Míralo, Gray...
—Lo siento, pero no.
El perro me mira, ladea la cabeza y luego mueve la cola otra vez.
Sí que es adorable el cabrón.
—Creí que te gustaban los perros —dice Mackenzie.
—Y me gustan, pero eso no significa que tengamos que secuestrar a todos los que nos encontremos. ¿Y si tiene dueño?
—Lo dudo —resopla—. Si tú no lo quieres, yo me quedaré con él. Pediré un taxi y me lo llevaré conmigo a mi residencia.
—No te dejarán subir a un perro callejero sin transportín en un taxi.
—Pues iré andando. Me da igual.
—Y en el campus no aceptan mascotas.
—No me importa —responde con terquedad—. No voy a dejarlo aquí abandonado a su suerte.
En cuanto hace el amago de levantarse, la detengo.
—¿Pero cómo vas a ir andando con esta tormenta? No digas gilipolleces.
Me aparta la cara como una niña enfadada y empieza a envolver al perro con su bufanda de colores. Él se deja hacer, encantado, como si llevara toda la vida deseando recibir ese tipo de mimos.
Mackenzie, ignorando completamente mi negativa, se pone en pie y comienza a caminar en dirección contraria.
La alcanzo en dos zancadas y la sujeto por la cintura.
—Vamos a mi casa, anda. El coche está ahí delante.
—Suéltame —dice, forcejeando—. No voy a irme sin...
—Tú y el perro —la interrumpo.
Se queda quieta.
—¿De verdad?
—Sí, sí. Trae a la salchicha.
—¡Oye! —protesta, aunque sonríe—. Que se ofende.
Se queda mirándome unos segundos, como si intentara asegurarse de que no voy a cambiar de opinión.
Yo, en cambio, no puedo dejar de mirar sus labios. Me fijo en cómo sonríe, en lo feliz que parece, y en el brillo suave del gloss que lleva... que solo hace que me den más ganas de besarla.
Me inclino casi sin darme cuenta.
Y entonces... el perro se mete en medio y me planta un lametón en toda la cara.
—¡Me cago en...!
—Creo que le gustas —dice Mackenzie entre risas mientras me limpio las babas.
—Me estoy arrepintiendo de llevarlo.
—No lo dices en serio.
No, al parecer no lo digo en serio, porque casi cuarenta minutos después (conduciendo a paso de tortuga por culpa de la tormenta) estamos en mi casa bañando a la salchicha con patas.
Mackenzie ha llenado la bañera con agua templada, ha preparado una toalla e incluso ha encendido mi única vela «para crear ambiente».
Ahora estamos los dos arrodillados junto a la bañera mientras el perro chapotea como si estuviera en un parque acuático para mascotas y este fuera el mejor día de su vida.
Ladra, salta y salpica agua por todas partes.
Cuando pega un salto particularmente entusiasta, empapa el vestido de Mackenzie y parte de su pelo.
No puedo evitar soltar una carcajada mientras se aparta un mechón mojado de la frente.
—¿Cómo deberíamos llamarlo? —pregunta.
Me quedo pensándolo mientras el perro nos mira con la lengua fuera, expectante, como si él también estuviera esperando mi respuesta.
—¿Qué tal Mac?
—¿Mac?
—Bueno, lo encontramos frente a un McDonald’s —digo, recordando el que había en la acera de enfrente.
Mackenzie se queda un momento en silencio.
—Mac... —repite, saboreando el nombre—. Sí, me gusta.
Cuando el agua empieza a volverse sospechosamente marrón, lo sacamos de la bañera y lo envolvemos en la toalla.
Después de secarlo, lo llevamos a la cocina para darle algo de comer. Mackenzie cuece una pechuga de pollo que luego desmenuza mientras Mac da vueltas por el suelo moviendo la cola con alegría.
Yo la observo a ella mientras cocina, moviéndose con naturalidad entre mis cosas, como si ya hubiera estado aquí mil veces antes. Como si perteneciera a este lugar. Y, lo más extraño de todo, es que no me resulta raro en absoluto.
De hecho, mientras Mac devora su cena y Mackenzie se ríe al verlo comer como si no hubiera probado bocado en semanas, tengo la incómoda sensación de que esta escena (absurda, cálida y doméstica) se parece demasiado a algo que podría acostumbrarme a querer.
Y eso me aterra.
Nuestro nuevo amigo termina su pollo en menos de un minuto y luego se queda sentado en mitad de la cocina, claramente esperando una ración más.
—Bueno... —dice Mackenzie, limpiándose las manos con un trapo—. Creo que voy a dejar a Mac aquí contigo. Tiene pinta de que se adaptará rápido —añade con una pequeña sonrisa.
—Eso parece.
Ella mira hacia la ventana. La tormenta sigue rugiendo fuera, el viento sacude los cristales y la nieve golpea el vidrio en ráfagas intermitentes. Es imposible ver algo.
—Debería irme. Se está haciendo tarde.
La miro como si acabara de decir que piensa cruzar Alaska andando.
—Ni de coña.
—Grayson...
—¿Has visto la que está cayendo ahí fuera? —Señalo hacia la ventana—. No te voy a dejar salir con esta ventisca.