23 Grayson
Nunca pensé que estaría nervioso antes de una cita.
Y mucho menos si esa cita consiste en ir a ver un musical de Disney con...
¿quién, exactamente? ¿Una excompañera de clase?
¿Mi compañera de trabajo? ¿Una amiga? ¿La chica que lleva más de un año ocupando la mayor parte de mis pensamientos?
Sí, esa última opción suena bastante acertada.
Pero, por supuesto, eso es algo que Mackenzie no sabe.
Después de lo que pasó en la Frozen Four, me obligué a cortar todo contacto con ella.
Más que nada porque aquella noche en Nueva York (esa en la que, en un impulso increíblemente estúpido, la besé) me hizo darme cuenta de lo lejos que podría llegar todo si la dejaba entrar de verdad en mi vida.
Y eso, desde luego, era lo último que ella necesitaba.
Quizá en su momento me odiara por desaparecer, pero la salvé. La salvé de mí mismo.
Pasé los siguientes meses torturándome en silencio, viendo vídeos de sus competiciones, cotilleando su perfil en redes sociales y hasta preguntándole a Hailee (muy sutilmente, o eso me decía a mí mismo) por ella.
Bueno, vale, quizá escribirle borracho después de una de mis recaídas para pedirle el número de Mackenzie porque quería, y cito textualmente, «oler su pelo», no fuera exactamente sutil.
Pero todo salió bien. Hailee me pasó el número y, por suerte, la parte del mensaje en la que decía lo de olerle el pelo como un jodido psicópata estaba tan mal escrita que no logró descifrarla.
Desde ese día he tenido guardado el número de Mackenzie. En alguna recaída posterior, con las letras bailándome en la pantalla del móvil, pensé en llamarla. ¿Para qué? La verdad es que ni yo mismo lo tenía claro. Solo sabía que oír su voz me calmaría, me ayudaría a volver a la realidad.
Por supuesto, nunca la llamé.
Eso habría sido incluso más creepy que lo del pelo.
«Hola, Reed, ¿qué tal? Cuánto tiempo, ¿no? Mira, estoy completamente drogado y esperaba que pudieras contarme algo, lo que sea, porque tu voz es algo así como una nana para mí. Háblame de tu forma de cocinar lentejas, vamos».
Sí, definitivamente me habría denunciado.
El caso es que ahora todo eso que llevo meses evitando (dejarla entrar en mi vida, intentar protegerla, como intento proteger a todo el mundo) parece haberse ido un poco por la borda.
Porque desde que decidí quitarme una carga de encima y contarle algunas cosas anoche, no ha parado de intentar inmiscuirse y, como dijo ella misma, de intentar ayudar.
Irónico, además, que ni siquiera haya tenido que llamarla yo.
Lo hizo ella. Esta misma mañana, cuando salí a correr. Tuve que parar para poder seguirle el ritmo a la conversación porque me estaba quedando sin aire.
Me habló de todo. Me llamó y me habló de todo, justo como yo habría deseado un par de meses atrás.
Me preguntó qué pensaba ponerme para el musical y le dije que era una sorpresa. Se enfurruñó inmediatamente, porque, según ella, debería llevar algo amarillo para ir a juego con el vestido de Bella.
También me contó que Easton había preparado tortitas con huevos y bacon para Hailee, para Montana y para ella, y que incluso había hecho caritas en las tortitas usando los huevos y las tiras de tocino. A la de la cara enfadada le puso mi nombre.
Luego me dio las gracias por haber corregido aquel pequeño error en su salto y me dijo que, gracias a mí, había tenido una idea. Le pregunté, intrigado, cuál era, pero respondió, usando con retintín mis mismas palabras: «que era una sorpresa».
Hablé con ella durante horas, hasta que tuve que colgar porque necesitaba darme una buena ducha.
Durante toda la llamada, Mackenzie no mencionó ni una sola vez lo que había pasado entre nosotros en la pista. Yo, en cambio, lo tenía muy presente. Demasiado presente. Tanto que, ya bajo el agua caliente de la ducha, entre un flashback y otro de sus gemidos, acabé corriéndome pensando en ella.
Supongo que podría añadir eso a la lista de cosas creepy que hago cuando se trata de Mackenzie.
Pero, siendo sincero, estoy bastante seguro de que ella también ha fantaseado conmigo alguna vez.
Además, peor es el jersey mostaza que me he obligado a ponerme. Me lo regaló la abuela de Theo hace como cinco Navidades. Me queda un poco apretado y tiene una tacita de chocolate con malvaviscos bordada en medio, pero es lo único amarillo de todo mi armario.
Por supuesto, no pienso hacer semejante ridículo gratuitamente, así que me he puesto una gabardina negra por encima que tapa bastante bien la horterada de jersey.
Los nervios llevan apretándome el estómago desde que salí de casa, como si fuera un adolescente de catorce años en su primera cita con la chica que le gusta. Y creo que es porque no quiero cagarla. No quiero que todo ese rollo de «tú me ayudas, yo te ayudo» salga mal.
No quiero hacerle daño.
Por una vez, quiero sanar en serio. Mackenzie ha conseguido que lo desee de verdad, y no quiero que ese sentimiento desaparezca de un plumazo.
«A ver cuánto te dura...»
El pensamiento se esfuma tan rápido como llegó en cuanto la veo salir por la puerta de su residencia.
Lleva un vestido de lana amarillo oscuro, del color del trigo, con unas botas altas, una bufanda de todos los colores del arcoíris, un abrigo negro y una boina a juego.
Seguramente, si cualquier otra chica vistiera así ni me habría fijado (y eso que el atuendo es bastante llamativo), pero en Mackenzie sí.
No sé si es la forma en que se le enreda el pelo en la bufanda o cómo se le ilumina el rostro cuando me ve, pero no puedo dejar de mirarla hasta que sube al coche.
Es raro verla así vestida. Todo lo que conocía de ella hasta ahora eran blusas sobrias, faldas plisadas o de tubo, jerséis apagados o ropa de entrenar.
Pero me gusta.
En cuanto termina de abrocharse el cinturón, me mira y asiente, como diciendo «estoy lista».
Enarco una ceja y se me escapa una sonrisa.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunta, mirando alrededor, como si buscara qué es tan gracioso.
—Sí que te tomaste en serio lo de vestir de amarillo —comento, divertido, señalando su vestido.
—He tirado la casa por la ventana, sí —admite—.
¿Es demasiado? La bufanda definitivamente es demasiado —reconoce—.
Pero no encontraba mi favorita, otra está sucia y otra se la he prestado a Hailee, así que Montana tuvo que dejarme una de las suyas.
La más extravagante que encontró, claro.
Aunque también tiene amarillo. Mira. —Señala una pincelada amarilla perdida entre todos los demás colores.
De repente, sus ojos reparan en mi jersey, que se entrevé bajo la gabardina abierta—. ¡Tú también vas de amarillo!
Se me escapa una pequeña carcajada al verla así, tan emocionada por un simple color.
La Mackenzie a la que estoy acostumbrado es distante y reservada, siempre metida en sus libros o en el hielo.
No sabía que pudiera brillar tanto.
—¿Sorprendida?
—Pues sí —dice sin tapujos—. No pensé que tuvieras ropa de más colores que negro, blanco y gris.
—Muy graciosa —ironizo—. Y dale las gracias a la abuela de Theodore, supongo —digo, arrancando el coche para salir del campus.
—¿Es uno de esos famosos jerséis?
—¿Famosos? —Frunzo el ceño—. ¿Cómo...?
—Easton también tiene varios, ¿no? Un día Hailee le obligó a enseñarle su colección entera por videollamada.
Fascinante, la abuela de Theo y sus jerséis del terror haciéndose conocidos.
—Es uno de esos jerséis, sí. Y créeme, no quieres uno. Pican de cojones. —Vuelvo a mirar su ropa—. Aunque cada vez que te veo creo que mi jersey no está tan mal. De verdad te has lucido, Reed.
—Pues todavía no has visto lo mejor —dice con una sonrisilla.
Saca las manos de los bolsillos del abrigo justo cuando freno en un semáforo y me enseña las uñas. Las tiene pintadas de amarillo y blanco, y sobre ellas hay dibujadas figuritas de la película.
—¿No son increíbles? Montana me las hizo esta mañana. ¡Casi tres horas! Le debo una muy grande. Pero es que la ocasión lo merecía —continúa—. La Bella y la Bestia es mi clásico Disney favorito.
—Yo era más de Toy Story —admito—. Y, además, creo que ese candelabro me está mirando mal.
Señalo el pequeño Lumière pintado en una de sus uñas. Ella lo mira y suelta una carcajada.
Creo que podría acostumbrarme a su risa.
—Puede que este le quedara un poco torcido, sí.
—¿Un poco? Tiene cara de querer matar a alguien.
Ahora sí, yo también me río con ella. Y me sorprende gratamente, porque ya no recordaba lo que era reír así, sentir cómo te vibra el pecho con esta intensidad.
Durante unos segundos seguimos riendo mientras el semáforo cambia a verde.
Arranco de nuevo y conduzco en silencio, aún con esa sensación cálida instalada en el pecho.
—Oye, Reed.
—¿Sí?
—Gracias por venir conmigo.
Me mira de reojo
—Gracias a ti por invitarme.
Esboza una sonrisa tímida y se acomoda en el asiento, mirando por la ventana mientras tararea muy bajito la melodía de una canción.
Mientras conduzco, con su voz suave llenando el coche, me doy cuenta de algo.
Esta es la primera vez en mucho tiempo no estoy pensando en todo lo que podría salir mal.
—¡Ha sido increíble!
Cruzamos las puertas dobles del teatro y, aunque salimos a la calle, Mackenzie sigue hablando sin parar de lo maravilloso que le ha parecido el musical.
Está nevando mucho más que cuando llegamos. Los copos caen sin piedad, arremolinándose bajo un viento frío y afilado. Mackenzie deja a medias lo que estaba diciendo sobre Bella para esconder la cara entre los pliegues de su bufanda.
Segundos después, una ráfaga fuerte nos golpea de frente, empujando la nieve hacia nosotros. Ella levanta las manos para protegerse, y yo me coloco delante casi sin pensarlo, tapándola con mi cuerpo y llevándome toda la ventisca.
Me mira, sorprendida, pero no dice nada. Ni tampoco protesta cuando le paso un brazo por los hombros y la acerco a mi costado.
—Vaya manera de nevar —comenta mientras avanzamos por la acera.