Breakaway 22 Mackenzie #2
65%

22 Mackenzie #2

—¿Sabes? —murmuro—. Creo que estás tan concentrado en todas tus partes malas que se te olvidan las buenas.

Él sonríe a medias.

—¿Qué buenas? Soy una decepción como hijo, trabajo en algo que no me llena, no puedo anotar un puto gol y a veces me cuesta mirarme al espejo sin derrumbarme.

—También eres buena persona —replico—. Eres inteligente, por eso trabajar en uno de los bufetes más importantes de Alaska, y eres un jugador increíble. Solo cometiste un error que...

—Doparme y atiborrarme a ansiolíticos no fue un error —dice con amargura—. Fue una elección. Y elegí mal.

Supongo que mi cara de sorpresa es evidente.

—Sí —añade—. Ahora ya lo sabes. Eso es lo que soy.

—Lo que eras —lo corrijo con suavidad—. Y, llevados al límite, seguramente todos haríamos lo impensable. Creo que deberías dejarte ayudar, si no es por mí, por otro. Pero... puede que yo quiera intentarlo.

Me observa en silencio durante unos segundos.

—Me odiarás cuando te destroce.

—No lo haré.

Creo que me sería imposible odiar a Grayson Abbott. Yo nunca podría odiar a alguien roto que intenta reconstruirse.

—Te he tratado fatal. No puedes ser tan masoquista.

—No es masoquismo. —Me encojo de hombros—. Más bien es esperanza.

—¿Esperanza? —resopla—. Esta conversación se está volviendo rara de cojones.

Esbozo una sonrisa.

—Y también quiero algo a cambio.

Grayson me atraviesa con sus ojos negros. Esta noche parece extrañamente relajado, a pesar de todo lo que acaba de decir. Como si, sin pretenderlo, se hubiera quitado un peso de encima.

La luz tenue de la pista (ya que no encendí todos los focos al llegar) dibuja sombras sobre su rostro angular y marca su mandíbula.

Tengo que tragar saliva para recordarme dónde estoy.

—¿Qué quieres, Reed? —murmura peligrosamente cerca.

¿En qué momento se ha acercado tanto?

—Pídeme lo que quieras —insiste.

Me muerdo el labio sin pensar y su mirada se desvía hacia él durante una fracción de segundo.

—Quiero que me ayudes tú también.

—¿A qué?

«Tienes que dejar de torturarte. Yo ya lo he hecho».

—A dejar de sentirme culpable. A dejar de pensar que avanzar está mal.

Grayson frunce el ceño.

—¿Y cómo puedo ayudarte con eso?

Su aliento cálido roza mis labios, creando un contraste perfecto con el frío de la pista.

Trago saliva antes de contestar.

—¿Podrías besarme, Gray?

Por un instante, el mundo parece detenerse mientras espero su respuesta. Yo nunca le he pedido algo así a un chico (sin contar aquel estúpido intento con Theo de ponerlo celoso) y el miedo a que me rechace empieza a volverse casi tangible.

—Qué vergüenza —murmuro con las mejillas encendida—. Olvida que...

De repente, se acerca aún más y su respiración roza mi boca cuando vuelve a hablar.

—Si empiezo esto contigo, Mackenzie... no sé si voy a poder parar.

—Entonces no pares.

Sus ojos se oscurecen.

—Qué idea tan horrible —dice antes de estampar sus labios contra los míos.

Esta vez, no es el beso hambriento de su casa. Este es más lento y consciente, como si se estuviera tomando el tiempo de conocerme de verdad, de memorizar cada reacción.

Cuando su lengua encuentra la mía, enredo los dedos en su cabello y tiro con suavidad. Un gruñido grave vibra en su garganta y el sonido me enciende por dentro.

Entonces el beso cambia. Se vuelve más profundo, más exigente. Grayson desliza las manos hacia mis caderas y tira de mí con firmeza hasta sentarme a horcajadas sobre él. Sus muslos, anchos y firmes, sostienen mi peso mientras sus manos suben por mis costados.

Le muerdo el labio inferior, provocándolo, y él responde de inmediato, devolviéndome el mordisco con mucha menos delicadeza y apretándome contra su cuerpo con más fuerza.

La necesidad entre nosotros crece demasiado rápido. Empiezo a moverme sobre él casi sin darme cuenta, buscando aliviar un poco la tensión que se acumula entre mis piernas. Con cada roce, pequeños gemidos escapan de mis labios.

Grayson deja caer la cabeza hacia atrás y cierra los ojos, como si estuviera luchando por disfrutar y mantener el control al mismo tiempo.

—De verdad que vas a acabar odiándome —jadea cuando vuelve a inclinarse sobre mí.

—No va a pasar.

—Eso lo dices ahora porque estás cachonda. —Acompaña sus palabras con un agarre firme en mi culo—. Pero ya veremos qué piensas cuando todo esto se enfríe.

—No te voy a odiar... —gimoteo contra sus labios—. Y te necesito. Te necesito mucho...

Algo en mis palabras termina de romper la poca distancia que aún mantenía.

Sus manos se deslizan bajo mis leggings con urgencia, y cuando por fin me toca, el contacto me arranca un suspiro tembloroso.

Me aferro a sus hombros mientras continúa acariciándome, trazando movimientos circulares sobre mi clítoris. Su ritmo lento cambia a uno más intenso al tiempo que introduce dos dedos en mi interior.

Aprieto los muslos y dejo escapar un jadeo.

—Eres perfecta —murmura en mi oído—. Siempre me sacaste de quicio por lo mucho que me gustabas.

El placer crece, extendiéndose por mi cuerpo hasta hacerme perder el hilo de todo lo demás.

—Ojalá lo recordara —gruñe en voz baja—. Ojalá recordara cómo gemías mi nombre aquella noche. —Sus labios rozan mi cuello—. Hazlo ahora. Di mi nombre, Reed.

El placer me nubla la mente y las palabras se quedan atrapadas en mi garganta. Aun así, consigo susurrarlo.

—Grayson...

—Mírame.

Me doy cuenta entonces de que tenía los ojos cerrados. Cuando los abro, me encuentro con sus pupilas dilatas, tan oscuras e intensas que se confunden con sus iris. El sudor le cae por la frente y todos los músculos de su cuerpo parecen tensos bajo mis manos.

—Gray... —gimo cuando su pulgar roza un punto que me hace estremecer.

Noto lo duro que está debajo de mí, cuánto esfuerzo está haciendo por no perder el control. Así que deslizo la mano bajo sus pantalones de chándal y lo toco también.

Grayson se queda inmóvil durante un segundo, con la mandíbula apretada y la respiración entrecortada.

—Lo siento... —susurro, pensando que he ido demasiado lejos.

Empiezo a retirar la mano, pero me detiene.

—Ni se te ocurra parar ahora —dice con la voz ronca.

Y entonces vuelve a besarme.

Al tiempo que el ritmo de sus dedos se intensifica, yo aumento el mío, deslizando mi mano de arriba a abajo por su erección, perdiéndome en cada gemido que consigo arrancarle.

El placer empieza a acumularse en mi bajo vientre, y por la forma en que Grayson aprieta los dientes y tensa el abdomen, sé que él también está cerca.

—Más rápido —gruñe.

Obedezco y apoyo mi frente contra la suya. Muevo las caderas, frotándome contra su mano en busca de alivio. En toda mi vida solo había sentido algo parecido con un chico, con Sean, pero nada de lo que experimenté con él se acerca a esto. A la forma en que mi cuerpo responde cuando Grayson me toca.

—Me pones tanto —gime—. Seguro que nunca has hecho algo así, ¿a qué no? Seguro que nunca te habían hecho dedos en una pista. —Niego con la cabeza, incapaz de formar una frase coherente—. ¿Y te gusta? —Asiento—. ¿Te gusta que sea yo quien te haga sentir así?

Vuelvo a asentir mientras un escalofrío me recorre la columna. La mano de Grayson se desliza hasta mi cuello y me sostiene con firmeza, como si supiera exactamente cuánto puedo soportar.

—Dilo.

—Me gusta... —susurro.

—¿Cuánto?

—Mucho.

Su lengua roza mi labio inferior.

—¿Alguna vez has estado tan mojada?

Niego con la cabeza. Estoy tan concentrada en él que apenas soy consciente de nada más.

—¿A ti te gusta? —pregunto con un hilo de inseguridad.

—Me encanta —jadea—. De hecho, me está costando mucho no correrme.

—A mí también —admito, y él sonríe antes de darme un pequeño mordisquito en el labio.

—¿De verdad? —murmura.

—Sí...

—Casi me dan ganas de parar —dice en voz baja—. Solo para verte suplicar por más.

—Grayson... por favor...

Intento mover las caderas, pero él me sujeta con firmeza en el sitio.

—No —espeta—. Te correrás cuando yo decida.

—Gray... —gimoteo—. No aguanto más.

—Entonces más rápido.

Hago lo que me pide y aumento el ritmo de mi mano, buscando llevarlo al límite también. Él deja escapar un gemido ronco.

—Joder... así. No pares.

—No voy a parar.

La tensión crece hasta que apenas puedo respirar.

—Me voy a correr... —murmuro.

—Yo también.

Y cuando finalmente llegamos al orgasmo y nos corremos a la vez, todo se vuelve difuso por un instante.

Me derrumbo sobre su pecho, respirando con dificultad, con la cabeza apoyada contra su hombro mientras el eco del placer aún recorre mi cuerpo.

Nos quedamos así unos segundos, intentando recuperar el aliento. Entonces, en un gesto inesperadamente íntimo, su mano busca mi mentón y levanta mi rostro.

Nuestras miradas se encuentran y me besa otra vez.

—Prométeme que no vas a odiarme —murmura—. Y yo prometo intentar no romperte.

—Lo prometo.