22 Mackenzie
Me deslizo sobre el hielo, ligera, siguiendo el ritmo de la música. El aire frío de la pista me azota las mejillas y tengo las manos entumecidas porque me olvidé los guantes en casa, pero no me importa.
Las cuchillas de mis patines dibujan curvas limpias sobre la superficie helada mientras el violín crece en intensidad. Cuando la melodía se eleva, acelero, tomo impulso y salto.
Aterrizo el triple axel con suavidad y una sonrisa se me escapa antes de que pueda evitarlo, pero no dejo de patinar. Giro, me deslizo y bailo sobre el hielo como si la música tirara de mí con hilos invisibles.
Estoy a punto de llegar al último elemento de la rutina, el triple lutz con triple toe loop . Es una combinación ambiciosa, aunque también es perfecta para cerrar el programa.
Respiro hondo mientras me preparo.
Patino con más velocidad, clavo la cuchilla en el hielo y me impulso hacia arriba.
Un segundo suspendida en el aire, dos... Y entonces, pierdo el eje y aterrizo mal. La cuchilla resbala y el mundo desaparece bajo mis pies. El impacto contra la pista es seco y brutal, y el golpe en la cadera me roba el aire de los pulmones.
Un jadeo se me escapa mientras el frío del hielo se filtra a través de mi ropa.
«Has vuelto a fallar».
La música sigue sonando, pero no me levanto; me quedo tumbada, mirando el techo de la pista mientras intento ordenar mis pensamientos. Resoplo y me cubro la cara con las manos. Estaba cerca, tan cerca de completar la rutina perfecta que, por un momento, pensé que esta vez lo lograría.
Pero no.
No es una coreografía fácil, desde luego. De hecho, es bastante compleja, aunque después de casi cinco meses practicándola, ya debería ser capaz de hacerla.
«Pero no lo eres».
El año pasado sin Sean, fue duro. Pasé los primeros meses entrenando a medias, probando diferentes parejas, pero ninguna encajaba conmigo. Ninguna se movía como él. Ninguna sabía anticipar mis movimientos antes siquiera de que yo los pensara.
En julio y agosto me tomé un descanso y regresé a Fairbanks con mis padres. Fue, sin duda, el peor verano que recuerdo. Contarles que Sean y yo lo habíamos dejado (por mi culpa, aunque sin entrar en detalles) y que ya no patinaríamos juntos fue muy difícil.
No me juzgaron, pero tampoco hizo falta. Yo misma me juzgué. Me culpé por decepcionarlos, porque después de todo lo que han sacrificado para que yo pueda patinar, sentí que les había fallado. Y, de pronto, ya no sabía ni quién era. Estaba perdida sin Sean.
Al volver a Northbrook para el nuevo curso, durante uno de los primeros entrenamiento, Ariana apagó la música de golpe, despachó al patinador que acababa de emparejar conmigo y simplemente me dijo: «No necesitas otra pareja. Necesitas patinar por ti misma».
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme en su cara.
¿Patinar sola? Ya ni siquiera recordaba lo que era eso. Llevaba más de diez años patinando en pareja. Diez años con el mismo chico. Diez años con Sean. Y patinar sin él... Bueno, ¿era siquiera posible?
—No puedo hacerlo sin Sean —le dije.
Pero Ariana ni se inmutó.
—Sí puedes —respondió—. Porque no hay otra alternativa. Emparejarte no está funcionando. O patinas por ti misma, o no patinas.
El frío empieza a calarme los huesos, porque por mucha ropa térmica que lleve, he pasado demasiados minutos tirada en mitad de la pista. El motivo por el que no quiero levantarme (además de que estoy agotada) está sentado en una de las gradas centrales.
Grayson apareció cuando estaba practicando la rutina por segunda vez, alrededor de las dos de la mañana.
Me resultó extraño volver a verlo en el rink del campus a estas horas, pero supuse que vendría a uno de sus entrenamientos nocturnos, como en los viejos tiempos.
Pero no. Simplemente llegó, se sentó en las gradas y, desde entonces, lleva la última hora observándome en silencio.
Cuando empiezo a notar los músculos entumecidos, me incorporo, me sacudo los restos de escarcha y me deslizo fuera de la pista, muy consciente de que la mirada de Grayson no se aparta de mí ni un segundo.
Me siento en el banco donde he dejado apoyada la bolsa de entrenamiento y empiezo a quitarme los patines, sintiendo un alivio enorme cuando los desato y los cordones dejan de oprimirme los tobillos.
Una vez fuera, me masajeo los pies para devolverles la sensibilidad y hago una mueca al ver un poco de sangre seca en el calcetín del pie derecho.
Con una toalla, limpio con cuidado las cuchillas de los patines, retirando los restos de hielo y humedad.
Después les coloco mis guardas nuevas, de color morado, y los guardo en su funda, que va dentro de la mochila junto con la toalla que acabo de usar y mi botella de agua.
Lo último que guardo es el pequeño altavoz que había dejado apoyado en la valla de la pista.
Me deshago la coleta, dejando que mi melena caiga por mi espalda, y me masajeo el cuero cabelludo.
Cierro los ojos y respiro hondo, disfrutando de la sensación.
Cuando vuelvo a abrirlos, lo primero que veo es el pecho de Grayson.
La sudadera que lleva, toda negra, tiene una pequeña mancha de lo que parece lejía justo donde empieza el cuello.
Tengo que echar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a la cara.
—Ya sé por qué aterrizas mal el último salto —dice.
Elevo una ceja y me cruzo de brazos, lanzándole una mirada de reproche. Lo que me faltaba, que ahora viniera a darme lecciones de patinaje.
—¿Ah, sí? ¿Por qué? Vamos, ilumíname —ironizo.
—El problema es el eje de tu cuerpo cuando estás en el aire. Inclinas la cabeza ligeramente hacia la derecha, y eso hace que tu eje se desplace y el aterrizaje se vuelva inestable.
Lo que dice tiene sentido, pero no pienso reconocérselo.
—¿Y tú desde cuando eres experto en patinaje artístico?
—No lo soy —responde encogiéndose de hombros—. De hecho, no tengo ni puta idea. Pero el único salto en el que inclinas la cabeza, es el único que no logras aterrizar. No hay que ser un genio para sumar dos más dos.
—¿Qué haces aquí, Grayson? —pregunto, cambiando el tema de conversación drásticamente.
—Algo me dijo que estarías aquí. Llámalo intuición, llámalo...
—No —lo interrumpo—. A lo que me refiero es a que no has venido a entrar. Y es obvio que no te has vuelto fan del patinaje de la noche a la mañana. —Tenso la mandíbula—. ¿Qué quieres?
Grayson duda unos instantes, como si estuviera planteándose si responder a mi pregunta o largarse sin decir nada.
Casi creo que hará lo segundo, cuando suspira y sus ojos, que parecen de un gris oscuro bajo la iluminación pobre de la pista, me atraviesan.
Solo rompe el contacto visual para rebuscar en el bolsillo de su pantalón de chándal.
Luego, saca dos papelitos arrugados con algo escrito que no alcanzo a distinguir y me los tiende.
Ahora sí lo veo claro.
—¿El musical de La Bella y La Bestia ?
—Te gusta Disney, ¿no? Eso dijiste el otro día.
«Sí, justo antes de que casi folláramos, colapsara y me echaras de malas maneras».
—Gracias, supongo —respondo, cogiendo las entradas para observarlas de cerca—. Veré si Alex quiere ir.
Grayson frunce el ceño y me las arrebata.
—No son para ti —dice—, son para nosotros.
—¿Nosotros? —Esta sí que es buena.
—Tú y yo —precisa, señalándonos a ambos.
—Sé lo que significa nosotros, pero no entiendo a qué viene esto ahora. El lunes parecías desesperado por librarte de mí, ¿y ahora quieres llevarme a ver un musical?
Resopla y noto cómo una diminuta grieta empieza a resquebrajar su paciencia.
—Mira, Hotchner no las necesitaba y me las regaló. No conozco a nadie que le gusten los musicales, ni tampoco Disney, así que pensé en ti. Eso es todo —suelta atropelladamente—. Si quieres, vamos, y si no, da igual.
—Pídeme perdón —le digo en un arrebato, y parpadeo para esconder las lágrimas y la vergüenza de pensar en la otra noche—. Pídeme perdón por cómo me trataste. ¡Me derrumbé, Grayson! Delate de tus narices, y ni siquiera te molestaste en preguntarme por qué.
—Este es mi perdón. —Señala las entradas mientras esquiva mi mirada.
Niego con la cabeza y me alejo. Mis pasos resuenan como un eco en el rink vacío.
—No me sirve. No...
—Espera, espera —me pide con urgencia, dando un paso hacia mí y sujetándome del brazo. Suspira, y esta vez sí me mira a la cara—. Perdón —murmura al fin—. Perdón por lo de la otra noche. Me entró el miedo y no supe cómo gestionarlo. Fui un capullo.
—¿El miedo? —Frunzo el ceño—. ¿Miedo a qué?
—A que te apoyaras en mí. A que creyeras que confiar en mí es una buena idea —explica—. Porque no lo es. No te conviene tenerme cerca ni cogerme cariño, Reed. Solo te haría más mal que bien.
Niega con la cabeza y se sienta en el banco, derrotado. Por un instante, parece que va a dejar caer alguna capa de ese muro que siempre lo protege, así que decido aprovecharlo. Me siento a su lado sin decir nada, indicándole en silencio que estoy aquí, escuchando.
—Mira... —empieza, pasándose una mano por el pelo—.
Desde que todo se fue la mierda con el hockey, o puede que incluso desde antes, mi vida ha sido una sucesión de cagadas.
No sé quién soy ni adónde voy. Ni siquiera tengo claro si podré sanar y salir de toda esta mierda.
—Traga saliva antes de continuar—. Y si lo hago —añade—, que ya te digo que tampoco lo tengo claro, no quiero volver a estar bien y tener esa sombra en la conciencia recordándome que arruiné a alguien por el camino.
No quiero sanar así, Mackenzie. Si sanar significa arrastrar a otra persona conmigo, arrastrarte a ti... entonces prefiero quedarme como estoy.
Sus palabras me golpean más hondo de lo que esperaba. Quizá porque no pensaba que fuera a decirlo tan de frente. O quizá porque no esperaba que fuera a ponerme a mí por delante de su propio dolor.
Si yo estuviera así de rota y apareciera alguien a quien pudiera aferrarme como a un salvavidas, probablemente lo haría sin pensármelo dos veces.
Pero Grayson no.
Y creo que eso dice mucho más de él de lo que él mismo piensa.