21 Mackenzie
Acabo de compararme con una niña de ocho años.
Bueno, acabo de comparar mi camel spin con el suyo. Y menos mal que el resultado ha sido favorecedor para mí, porque si no habría terminado hundiéndome en la miseria.
Llevo de mal humor desde que salí de casa esta mañana.
Para empezar, Easton vino anoche de sorpresa a pasar el fin de semana con Hailee, y me despertaron de buena mañana (un sábado, aún por encima) con sus gemidos y los golpes rítmicos del cabecero contra la pared.
Luego descubrí que no tenía café y que me había salido un grano en la barbilla, y además, no encontraba mis calentadores favoritos (he tenido que ponerme los viejos, descoloridos).
Para rematar, cuando salí a la calle para ir hasta el rink, decidió ponerse a nevar en plan ventisca.
Fantástico comienzo de día.
Y ahí no acaba todo.
Al llegar al rink, descubrí que no tendría la pista pequeña para mí sola.
El entrenamiento de las peques, que se suponía que habían cambiado a la tarde, seguía programado para la mañana.
Así que entré al hielo y me pasé diez minutos enteros repartiendo conos por el perímetro para separar mi zona de la suya.
¿Diez minutos? Sí. Porque, por supuesto, las muy capullas no dejaban de moverlos de sitio.
Pueden parecer adorables, con sus moños, sus trenzas perfectas y sus mallas rositas, pero en realidad son pequeños demonios con cuchillas en los pies. Gracias a ellas el hielo está lleno de risitas y chillidos exasperantes.
El frío se cuela por las mangas de mi chaqueta de entrenamiento mientras la música de mi playlist suena amortiguada a través de los auriculares. Cojo la botella de agua apoyada en la valla y bebo un poco.
He terminado por hoy.
He practicado la coreografía una y otra vez, en bucle, y sigo fallando la última combinación. Y lo peor es que cada repetición parece ser más pésima que la anterior: cada vez encuentro un error nuevo. El eje del salto se me va, la entrada queda torpe, o aterrizo medio segundo tarde.
El caso es que he decidido dejar de torturarme y ponerme a practicar acrobacias simples mientras escucho música. Y todo parece ir bien, hasta que dos demonios rubios con coleta y purpurina en las mejillas irrumpen en mi lado de la pista.
—¡Ey! —exclamo, casi atragantándome con el agua.
Una de las ladronzuelas sale disparada con uno de mis conos entre las manos, riéndose a carcajadas mientras se desliza por el hielo con sorprendente estabilidad. Se lo lanza a otra niña, que lo atrapa como si fuera parte de un juego secreto.
En segundos están pasándoselo entre ellas como si fuera una pelota.
Su entrenadora se lleva una mano a la frente, con cara de estar considerando seriamente la jubilación anticipada. Luego sopla el silbato.
—¡Chicas! ¡Dejad eso!
Pero nadie le hace ni caso.
Las pequeñas siguen deslizándose por la pista, con el cono naranja pasando de mano en mano entre risas, mientras el eco del silbato resuena por todo el espacio.
Yo aprieto la botella de agua entre las manos y contengo las ganas de estrangularlas.
Casi un cuarto de hora después, cuando creo que ya se han divertido bastante (y también porque su pobre entrenadora parece al borde del colapso), me deslizo lo más rápido que puedo y les arrebato el cono.
Por supuesto, protestan, me sacan la lengua y me dedican algún que otro insulto que niñas de su edad no deberían conocer.
Con todos los conos recogidos, me dirijo hacia la salida. Repito mi rutina de siempre: quitarme los patines, secarlos, guardarlos en su funda y meter todo en la mochila.
Antes de subir las escaleras, guardo en el almacén los conos que cogí prestados. Luego, subo al piso superior y cruzo el pasillo que separa ambas pistas, dejando la grande a la derecha y la pequeña a la izquierda.
Al pasar frente al ventanal que da a la pista grande, me detengo un momento a observar a los demás patinadores.
Ahí está Riley, la nueva pareja de Sean.
Va vestida completamente de negro, salvo por unos calentadores azul eléctrico que destacan sobre sus mallas. Su larga coleta pelirroja se agita mientras gira sobre sí misma en un scratch spin perfecto.
Cuando termina, Ariana le aplaude desde el borde de la pista.
Ariana decidió que no renunciaría ni a mí ni a Sean cuando, después de graduarse, Sean le dijo que no pensaba volver a Fairbanks. Que se quedaba aquí, en Northbrook, dedicándose al patinaje.
Con eso presente, nuestra entrenadora hizo lo único que podía hacer: seguir entrenándonos a los dos. Y encontró la pareja perfecta para Sean en cuestión de semanas
Lo que significa que, si ella y Riley están aquí... Sean no puede andar muy lejos.
—Ey, Kenzie.
Como si lo hubiera invocado.
Aparto la mirada del hielo y me giro despacio.
Sean está a unos pasos de mí, mirándome con una media sonrisa. Tiene el pelo húmedo, como si acabara de salir de la ducha, y lleva la mochila de entrenar colgada al hombro. Probablemente viene de los vestuarios.
—Ey, Sean —digo, porque no sé muy bien qué más decir.
Desde que lo llamé la otra noche para que viniera a recogerme, no hemos vuelto a hablar. Y antes de eso, llevábamos meses sin hacerlo. Nuestro último contacto fue una llamada suya en Navidad que nunca contesté.
El lunes tampoco hablamos demasiado. Me limité a pedirle que pusiera mi canción favorita en el coche y a mirar por la ventanilla mientras intentaba no llorar.
Él tampoco preguntó nada.
Pero, por cómo me mira ahora (con esa mezcla de cautela y preocupación) diría que lleva días queriendo hacerlo.
—¿Estás bien?
Sé que no se refiere a esta mañana, se refiere a todo.
—Me tienes preocupado, Mackenzie —admite—. Lo del lunes...
—No volverá a pasar —contesto con rapidez. Empiezo a arrancarme una pielecilla del dedo, un gesto horrible que siempre hago sin darme cuenta cuando la situación me supera—. Fue una tontería, de verdad —continúo—. Pero gracias por venir a buscarme.
Sean frunce ligeramente el ceño y me observa durante unos segundos que se me hacen eternos.
—Estabas con él, ¿verdad? Puedes contármelo —añade con suavidad—. No me importa.
Suspiro.
—Trabaja en el bufete donde hago las prácticas —explico—. Como ahora somos compañeros, se ofreció a llevarme a casa y...
Sean arquea una ceja.
—Y acabasteis en la suya. —Lo dice con una pequeña sonrisa, más divertida que molesta—. Supongo que esas cosas pasan, ¿no?
Ahora es a mí a quien se les escapa una sonrisilla.
—De todos modos... lo siento. No tenía derecho a llamarte tan tarde. —Hago una pausa—. Y también siento... bueno, todo lo demás.
Sean niega suavemente con la cabeza.
—Sin rencores, Mackenzie. Es agua pasada —asegura—. En serio, hagas lo que hagas ahora con él, ya no es asunto mío.
—Ya, pero cuando estábamos juntos...
—Yo tampoco fui el novio estrella al final —dice, encogiéndose de hombros—.
Sí, me hiciste daño. Bastante, de hecho.
Pero yo también te hablé mal. Dije cosas que no debería haber dicho.
Y luego lo pensé durante meses. Y solo podía pensar en una cosa: qué mierda haber pasado seis años juntos...
y acabar así. Porque hasta el final fue una buena relación, ¿no? De las que valen la pena.
No puedo evitar sonreír al recordar algunos de nuestros buenos momentos: cumpleaños, citas, campamentos de verano...
—Sí —declaro—. Fue una buena relación.
Sean suspira y se pasa una mano por el pelo, que de tan húmedo que está, parece más castaño que rubio.
—¿En qué momento nos perdimos, Mackenzie? ¿En qué momento pasé a ser tan tuyo y tú tan mía que nos olvidamos de ser nosotros mismos?
Duele escucharlo.
—No lo sé —susurro en un hilo de voz—. Aunque creo que tú nunca dejaste de ser tú.
Yo sí me perdí en ti. Tanto, que ahora que no estás, no sé muy bien cómo encontrarme otra vez.
—Miro hacia el hielo—. En el patinaje, en el amor, en la vida...
Haga lo que haga, no puedo evitar sentirme culpable. Como si no mereciera...
—Mackenzie —me llama. Levanto la vista y me encuentro con su mirada—. Tienes que dejar de torturarte. Yo ya lo he hecho. No todas las historias de amor terminan con un felices para siempre —añade—. Y a veces, eso también está bien.
Las lágrimas acaban escapándose.
—¿No me odias?
Sean sonríe.
—No te odio. Nunca te he odiado. Si te soy sincero, creo que una parte de mí siempre va a estar un poco loca por ti. Fueron muchos años, ¿sabes? He estado con otras personas, pero siempre va a haber una parte de mí muy consciente de que con quien creció fue contigo.
Asiento mientras me limpio las lágrimas con el dorso de la mano.
—Joder, perdón —balbuceo—. No sé por qué estoy tan sensible hoy, pero es un alivio saber que no me odias. Y que puedo seguir adelante.
Él asiente.
—Hazlo, de verdad. Sal con Abbott si quieres.
O hazte Tinder. O hazte monja. —Se me escapa una risita.
Luego, su expresión se vuelve un poco más seria—: Pero, sobre todo, patina.
Patina sin mí. —Hace una pausa antes de continuar—.
Nunca me necesitaste. Ya eras una patinadora increíble antes de conocerme, y lo sigues siendo.
—¿De verdad lo crees?
Asiente.
—Está ahí en alguna parte, solo tienes que encontrarla.