Breakaway 20 Grayson
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20 Grayson

El rink está vacío. No hay nadie en las gradas, no se escucha ni un murmullo, ni el golpe seco de otro stick contra el disco. Solo somos yo, el hielo y esa constante sensación de angustia que no quiere abandonarme.

—¡Joder! —estallo cuando vuelvo a fallar el tiro. Doblo el stick sobre la rodilla hasta que cruje y se parte en dos. Luego lanzo los restos al hielo y niego con la cabeza—. Paso. Esto es una puta mierda —gruño, girando sobre los patines y encarando la salida.

—Ya da igual que pases o no, porque acabas de cargarte el stick —dice Hotchner, rodando los ojos—. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Jugamos al parchís?

—Juega a lo que te salga de las pelotas, Hotch. Yo me voy a casa.

No avanzo ni dos metros cuando el entrenador me alcanza. Me pasa el brazo por los hombros y me obliga a inclinar la cabeza, como si volviera a tener diez años y me hubieran pillado copiando en un examen.

—Vamos —dice, y empezamos a patinar alrededor de la pista.

Por supuesto, sé perfectamente lo que viene ahora: la charla. La misma charla de siempre sobre la misma mierda de siempre que, según él, no puedo superar.

—¿Qué hemos hablado sobre la frustración en la pista? Tienes que...

—Aprender a gestionarla, sí —recito de memoria—. No funciona, Hotch.

—¿Lo has intentado de verdad? Porque creo que no. —Señala con la barbilla el stick roto, abandonado sobre el hielo.

El rink vuelve a quedarse en silencio. Estiro el cuello de la camiseta térmica, tiro de la cremallera y entierro la nariz en la tela, evitando su mirada.

Son casi las siete de la tarde y la pista del campus está vacía, aunque sé que hace nada estaba entrenando el equipo.

Han vuelto a pulir el hielo, pero todavía se distinguen algunos surcos y marcas de patines en ciertas zonas.

Además, Hotchner lleva el chándal azul marino que siempre se pone para los entrenos.

La chaqueta se le ajusta a los hombros anchos y los pantalones le quedan algo flojos; si no fuera por los centímetros extra que le dan los patines, el dobladillo arrastraría por el hielo.

Respecto a lo que acaba de decir... la verdad es que no, no lo estoy intentando mucho.

Tampoco he probado en serio ninguna de las otras cosas que me sugirió la terapeuta, como escribir frasecitas motivacionales en pósits y pegarlas en el espejo o llevar un diario sobre el hockey, sobre cómo me hace sentir.

La primera no la he hecho porque me parece una gilipollez, y la segunda porque no sabría qué escribir.

De hecho, el diario sería bastante corto: «Me hace sentir como una mierda». Fin.

Si Theo se enterara, me cortaría los huevos por no estar siguiendo los consejos de mi terapeuta, pero es que, en serio, me parecen una pérdida de tiempo.

—Parece que no quieres mejorar, chico, y...

Aprieto los labios, pero no levanto la vista.

¿Que si quiero mejorar? Joder, depende del día.

A veces me muero de ganas de volver a ser yo. Me quema por dentro querer sentirme bien otra vez sobre el hielo, querer notar algo que no sea este vacío constante. Otros días solo quiero atiborrarme a pastillas, quedarme K.O. y olvidarme de todo durante unas horas.

—Salir a correr está bien. Que hagas deporte fuera del hielo...

Salir a correr es lo único constante en mi vida desde hace meses.

Corro durante horas, hasta que los pulmones me arden y las piernas apenas me sostienen.

Es un agotamiento dulce, de esos que te dejan satisfecho, como cuando terminas un partido reventado pero sabes que lo has bordado. Además, así duermo sin pastillas.

—¿Me estás escuchando? —pregunta Hotchner, dándome una colleja suave en la nuca.

Suelto un quejido y trato de apartarme, pero me bloquea el paso con su cuerpo sin esfuerzo. Hotch es alto y robusto, y aunque ya roza los cincuenta, todavía conserva la fuerza y el físico de cuando jugaba al hockey.

—¿Me quieres soltar? —protesto.

Él se ríe y los ojos azules se le achican.

—Cuando empieces a prestar atención.

Intento escabullirme otra vez, pero me atrapa con el antebrazo, sujetándome firmemente contra su costado.

—Que tocahuevos eres, Hotch.

—Cuéntame por qué tienes la cabeza en otra parte —dice, pasándose una mano por la barba recién afeitada—. Ya sé que últimamente vives en tu mundo, pero hoy estás a años luz de aquí.

—Solo estoy cansado. Llevamos meses haciendo lo mismo y no consigo encajar un solo gol.

—Pero tu resistencia ha mejorado.

Resoplo.

—Sí, bueno, a tu lado no hace falta tener mucha.

Hotchner frena en seco y las cuchillas de sus patines levantan una nube de escarcha.

—Repite eso, niñato engreído —dice girándose hacia mí con una media sonrisa.

—¿Ofendido, viejo?

—Cuando tú cagabas en pañales, yo jugaba en la NHL —responde sin perder el tono desafiante—. Vamos, te echo una carrera —me reta—. Ida, tocar la valla y vuelta. El que llegue primero gana.

Por primera vez en mucho tiempo, la adrenalina me cosquillea bajo la piel.

—¿Estás seguro, Hotch? No quiero herirte el ego. Dicen que la crisis de los cincuenta es bastante mala y...

—No vas a ganar —asegura, colocándose a mi lado—. Pero si, por algún milagro lo haces, no tendrás que contarme por qué tienes la cabeza en otra parte.

Entorno los ojos.

—¿Y si ganas tú?

—Entonces me cuentas qué chica te tiene así.

—¿Cómo...?

Su sonrisa se ensancha.

—Me encantaría saber de ella.

Niega con la cabeza, divertido, y se coloca en posición. Yo hago lo mismo. En este instante, no somos entrenador y jugador; somos dos tipos a punto de competir por puro orgullo.

Y no pienso ser yo quien pierda.

—Se llama Mackenzie —confieso—. Estudiamos juntos, pero ella se gradúa este año.

Hotchner asiente despacio antes de darle un sorbo a su batido, observándome por encima del borde del vaso.

—¿Rubia o morena?

Alzo una ceja.

—¿Acaso importa?

—Más de lo que crees.

Resoplo, clavando la mirada en la mesa.

—Morena.

Hotchner deja escapar una risita, como si acabara de confirmar una teoría absurda que llevaba tiempo en su cabeza.

—Qué será lo que tenéis en este equipo con las morenas... Primero Easton, ahora tú...

—A Theo le van rubias.

—A Theo le va cualquiera —replica, y tengo que darle la razón.

El diner en el que estamos huele a azúcar y a grasa caliente.

Es uno de esos locales temáticos anclados en los años cincuenta, con sus suelo ajedrezado en blanco y rosa pastel, sillones de vinilo que pasan del azul al verde menta y mesas redondas con borde cromado que reflejan las luces de neón del techo.

Un viejo jukebox decora la esquina junto a una pared cubierta de fotos, recortes de periódicos antiguos y trofeos de hockey del equipo local.

Las camareras, con vestidos cortos estilo pin-up y delantales diminutos, se deslizan entre las mesas con bandejas cargadas de comida.

Tomo la cereza roja que corona mi batido de plátano y me la llevo a la boca. Hotch ya casi ha terminado el suyo, pero no me sorprende. Él siempre lo hace todo más rápido que yo; comer, patinar, superar las cosas...

—¿Y? —insiste, volviendo al tema de conversación—. ¿Lo de esta chica es en serio o solo estás aburrido?

«Buena pregunta».

—Cuéntame más de ella —continúa sin darme tregua—. Tengo curiosidad.

Reprimo las ganas de darle una patada bajo la mesa.

Sin duda, desentonamos en el local: dos jugadores de hockey grandes como excavadoras, sudados y enfundados en chándales de entrenamiento, sentados entre grupos de chicas adolescentes que comparten patatas fritas y familias con niños. A todo eso, hay que sumarle los colores pastel, claro.

Pero Hotchner me aseguró que aquí sirven los mejores batidos de Northbrook y, por ahora, no tengo nada que discutirle.

—¿Y qué quieres saber? —pregunto al fin, derrotado, dejándome caer contra el respaldo del sillón.

—Lo que quieras.

Me quedo pensándolo un segundo. ¿Qué sé realmente de Mackenzie Reed? Además de que cometí un estúpido desliz con ella hace un año y desde entonces no he conseguido sacármela del sistema.

—Es patinadora —acabo diciendo.

Las cejas de Hotchner se alzan de inmediato.

—¿Ah, sí?

—Sí, y muy buena. —No añado que he buscado vídeos de sus competiciones en YouTube más veces de las que admitiría en voz alta—. Quizá la recuerdes, vino con nosotros a Nueva York. Estaba con las animadoras.

—Demasiadas chicas con pompones y purpurina. Llegado cierto punto, todas me parecían iguales.

—Sí, claro, y tampoco es que tú seas un pervertido que se dedica a mirar a veinteañeras —lo pincho.

La respuesta me llega en forma de patada directa a la espinilla.

—¡Joder! —Recojo la pierna por reflejo, golpeando la mesa con la rodilla. Mi vaso se tambalea y parte de mi batido se derrama sobre la superficie brillante—. Mierda, mierda... —Agarro varias servilletas y empiezo a limpiar mientras Hotchner contiene la risa.

—Sigue hablándome de ella —dice.

¿Que siga? ¿Qué más puedo contar? Ah, sí.

Que tiene un exnovio gilipollas, que está buenísima, que es, con diferencia, la más lista de la clase, o que, en contra de lo que aparenta, no es esa chica segura que intenta mostrar al mundo.

Que debajo de toda esa determinación fingida hay algo frágil. Algo roto.

Casi tan roto como yo.

También podría contarle que casi me la follé y luego la eché de mi apartamento porque me entró el pánico. Pánico a que se quedara, a que creyera que podía confiar en mí, a que pensara que era buena idea mostrarse vulnerable conmigo.

«Lo hiciste por su bien», me repito por enésima vez. Aunque desde el lunes, lo único que me ha quitado el sueño por la noche es saber por qué lloraba. A pesar de que me hago una ligera idea...

«Está mejor lejos de mí», me intento convencer de nuevo.

—Le gustan las pelis de Disney —digo después de un silencio demasiado largo—. Y pintarse las uñas.

—Parece buena chica —comenta Hotch—. Lo que todavía no entiendo es por qué le gustas tú.

Le devuelvo la patada en la espinilla.

Aunque, si soy sincero, el entrenador tiene razón. Yo tampoco tengo muy claro qué demonios ha visto Mackenzie en mí. Hace tiempo que no soy más que un cúmulo de malas decisiones.

—Será por lo que le hice el otro día en el sofá —respondo, encogiéndome de hombros, como si la pregunta no me hubiera dolido ni un poco.

Hotchner arquea una ceja.

—¿Un masaje? —La sonrisa que se le curva en la boca es descaradamente pícara.

—Un muy buen masaje —respondo. Y entonces, sin saber muy bien por qué, lo suelto. Supongo que con Hotchner es fácil hablar—. Pero luego la eché de mala manera.

—¿Por qué?

Me encojo de hombros, aunque sé perfectamente la respuesta.

—No le convengo, entrenador. No así. —Me señalo de arriba abajo con una mano—. No ahora.

Durante un segundo, el ruido del local parece bajar de volumen y por primera vez escucho el tintinear de cubiertos y la música de fondo proveniente del jukebox.

—¿Tan mal crees que estás, Gray?

Resoplo.

—En un puto pozo sin fondo, la verdad. Y no quiero arrastrarla conmigo.

Hotchner me observa unos segundos, como si estuviera calibrando cuánto hay de drama y cuánto de verdad en lo que acabo de decir.

—¿Y si te dejas ayudar?

Niego con la cabeza.

—No saldría bien, créeme. La rompería por completo.

El entrenador suspira y aparta la mirada un momento. Sus dedos juegan distraídamente con la pajita de su vaso vacío y, por un instante, parece que su mente esté muy lejos.

—Yo también le rompí el corazón a una chica una vez —murmura de repente.

Vale, eso sí que no me lo esperaba.

Me inclino hacia delante apoyando los codos en la mesa, curioso.

—¿Sí?

—Se llamaba Gina —dice—. Salimos juntos en el instituto, pero el verano antes de ir a la universidad corté con ella.

—Hace una pausa corta, como si estuviera ordenando los recuerdos—.

Me entró el miedo, ¿sabes? Miedo a que lo que sentía por ella se metiera entre el hockey y yo.

Y miedo a que, si se quedaba conmigo, no pudiera darle su lugar y terminara siendo infeliz.

A arrastrarla a un pozo sin fondo, como tú dices.

Ojalá no la hubiera apartado de mí —continúa—.

Hoy en día, no hay nada de lo que me arrepienta más. Ojalá la hubiera dejado quedarse.

—¿Y qué pasó luego? —pregunto—. ¿Se vengó?

Hotch suelta una risita.

—No tanto como debería. Gina era demasiado buena, Gray. Tan buena que a veces pensaba que no la merecía.

Estoy a punto de decir algo cuando su móvil empieza a sonar y «Sweet Child O’ Mine» estalla en mitad del diner.

Hotchner resopla, saca el teléfono del bolsillo y contesta enseguida. Lo observo mientras se levanta y se aleja un par de metros, hablando en voz baja. Yo me quedo girando el vaso medio vacío entre las manos.

Cuando vuelve, tiene el ceño ligeramente fruncido.

—¿Todo bien? —pregunto, inclinando el vaso para apurar lo poco que queda por si tenemos que largarnos.

—Más o menos. —Se deja caer otra vez en el sillón—. Resulta que mi sobrina también es fan de Disney. Iba a llevarla el domingo a ver el musical de La Bella y La Bestia que han estrenado en el teatro del centro, pero mi hermana acaba de decirme que se ha roto la clavícula.

Hago una mueca.

—¿Cómo?

—Le pareció buena idea tirarse cuesta abajo con la bicicleta sin frenos.

No puedo evitar soltar una risa.

—Promete esa niña.

—Sí, mucho —ironiza él.

Luego mete la mano en el bolsillo interior de la chaqueta del chándal, saca su cartera, rebusca un momento y extrae dos entradas algo arrugadas. Las deja sobre la mesa, empujándolas hacia mí.

—¿Y esto?

—Por si te apetece dejarte ayudar.