Breakaway 19 Grayson #2
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19 Grayson #2

—Soy intolerante a la lactosa —continúa, aunque no sé para qué me lo recuerda, porque nunca se me olvidó—. Y me encantan los perros. A ti también, ¿verdad? Me lo contaste aquella vez en la pista...

Hace un año, sí. Cuando colapsé.

—¿Y las uñas? —pregunto.

Mackenzie frunce el ceño y baja la mirada a sus manos.

—¿Qué le pasa a mis uñas?

—Nunca he visto a alguien que cambie tanto de color —confieso—. ¿Es alguna manía?

—Ah, eso... —duda, avergonzada—. Es una tontería. No te rías, ¿vale? —Asiento—. Las pinto según cómo me siento. Verdes cuando estoy contenta, azules cuando estoy triste, moradas, que son mis favoritas, cuando estoy muy feliz... ¿Me sigues?

—Hoy están negras —señalo.

Vuelve a mirarlas, pero esta vez no sonríe.

Me inclino un poco más sobre el respaldo del sofá, acortando la distancia.

—No creo que sea una tontería —digo en voz baja—. Creo que es algo muy tuyo. Uno de esos detalles que alguien recordaría siempre.

Levanta la mirada muy despacio.

—¿Tú lo recordarías? —pregunta. Está tan cerca que su boca queda a escasos centímetros de la mía. Su respiración es cálida e irregular—. Lo que te he contado. A la Mackenzie de verdad.

Trago saliva.

—Creo que la Mackenzie de verdad es mucho mejor que la que enseñas al resto del mundo —susurro.

—¿Y tú? —Sus ojos no se apartan—. ¿Cómo es el Grayson de verdad?

«Un puto desastre».

—No te conviene.

—¿Y todavía sigue intentando alejarme? —Se inclina ligeramente hacia mí hasta que su aliento roza mi boca.

—Por tu bien, deberías hacerlo —murmuro.

—Ya te dije una vez que no siempre vas a poder espantar a todo el mundo.

—Y yo te dije que luego no dijeras que no te lo advertí.

Sin pensarlo, me inclino sobre el respaldo por completo y la beso.

No es un beso suave ni dudoso. Es directo, salvaje, cargado de toda la tensión que lleva acumulándose demasiado tiempo. Su mano sube a mi nuca al instante, acercándome más, mientras la otra se aferra a mi camisa.

—Te vas a arrepentir, Reed —jadeo.

—Seguramente —gime contra mi boca.

—Esto es una mala idea. —Ya le estoy quitando el jersey.

—Pésima —concuerda, desabrochándome la camisa.

—No soy quién crees que soy —susurro entre beso y beso—. No conoces al verdadero Grayson.

—Me interesa el que está aquí ahora.

Mackenzie

Grayson rodea el sofá sin apartar los ojos de mí hasta que me alcanza.

Cuando se tumba encima, su peso me aprisiona contra los cojines y su boca encuentra la mía con una urgencia que me roba el aliento.

Me besa como si llevara semanas conteniéndose, como si cada segundo lejos de mi boca hubiera sido una tortura.

Tiro de su camisa con demasiada fuerza y uno de los botones sale disparado, rebotando contra el suelo.

Él sonríe contra mis labios, pero la sonrisa se le borra cuando sus manos descienden por mi cintura.

Me hace girar y termino de rodillas, apoyada contra el respaldo del sofá.

Hundo los dedos en la tela cuando lo siento detrás de mí, deslizando su rodilla entre mis piernas, obligándome a abrirme para él.

—Nos vamos a arrepentir muchísimo de esto —repite.

Su voz es profunda, grave, y aunque sacude mi cuerpo como una corriente eléctrica, no puedo concentrarme plenamente en el placer porque mi mente se llena de recuerdos que no quiero. La fiesta de Halloween, el alcohol, Sean... La culpa me aprieta el pecho y me siento sucia.

Las manos de Grayson recorren mi vientre con lentitud, explorando cada centímetro de piel que descubre.

De pronto, se cuelan bajo la cinturilla de mis pantalones y rozan la tela de mi ropa interior.

Cuando sus dedos encuentran el punto exacto y comienza a acariciarme, un gemido se me escapa sin permiso.

—Sí... —susurro, echando la cabeza hacia atrás para ofrecerle mi cuello.

No desaprovecha la invitación. Sus labios recorren mi piel con besos húmedos y calientes, su lengua dibuja caminos ardientes mientras sus dientes presionan lo justo para hacerme estremecer.

Sé lo que está haciendo: me está marcando.

Siempre he dicho que odio los chupetones, pero me arqueo contra él, excitada ante la idea de que deje su huella en mí.

«A Sean no le dejabas hacerlo».

Sacudo la cabeza para acallar la voz e intento concentrarme en Grayson, en su cuerpo y en su lengua explorando mi cuello.

«Falsa».

Me muerdo el labio y clavo las uñas con más fuerza en el sofá. Siento su erección dura y firme presionándose contra mi culo, y su respiración cada vez más acelerada.

—Inclínate —me ordena en un murmullo ronco.

Obedezco, apoyando mi pecho sobre el respaldo del sofá mientras respiro con dificultad.

Con la mano libre, Grayson me baja los pantalones hasta los muslos.

El aire frío de la habitación contrasta con el calor de su cuerpo.

El sonido húmedo de sus dedos moviéndose dentro de mí se mezcla con mis jadeos y con el inconfundible susurro de su cremallera al bajar.

Cuando se introduce en mí, apenas la punta, mis muslos reaccionan por instinto y se cierran con fuerza. Todo mi cuerpo se tensa.

—Así no puedo —murmura contra mi oído, y por primera vez soy consciente de la presión que estoy ejerciendo.

—Lo siento —susurro, temblando, avergonzada y excitada a partes iguales—. No sé qué me pasa.

«Claro que lo sabes».

Grayson deposita un beso en mi hombro y su pulgar traza círculos lentos sobre mi clítoris, arrancándome varios jadeos.

—Relájate, Reed —susurra con suavidad, pero siento que no puedo.

Las lágrimas se acumulan en mis ojos. Entonces, se me escapa un gemido. Pero no de placer.

Grayson se detiene al instante, todavía dentro de mí, pero congelado. Sus ojos buscan los míos con rapidez.

—Si quieres que paremos, lo hacemos.

Las palabras me golpean como un balde de agua fría. Quiero que siga, quiero dejarme llevar, pero no puedo ignorar la sensación de culpa que me consume. Mi cuerpo reacciona, pero mi mente grita que esto es un error.

—No... no puedo... —susurro, apenas audible.

Él se aparta con cuidado, dejándome espacio. Me visto de inmediato.

—Lo siento... —digo con la voz entrecortada, mirando al suelo.

—Tranquila, da igual —responde él—. No pasa nada.

Me quedo plantada en el sofá, sin saber qué hacer. Grayson me observa, como debatiéndose entre hablarme, consolarme o simplemente no decir nada. Cualquiera de esas opciones habría sido mejor que la que elige finalmente.

—Quizá es mejor que te vayas.

Siento que el corazón se me hunde y la vergüenza me quema las mejillas. Me siento usada y vacía.

Respiro hondo y avanzo hacia mi abrigo con la cabeza gacha y con las lágrimas amenazando con desbordarse.

Grayson me acompaña hasta la puerta, pero no dice nada. Solo me observa mientras me pongo el abrigo.

—Oye... —comenta de repente, frunciendo el ceño, como si estuviera luchando con algo que no quiere decir—. No te preocupes, en serio. No habría sido buena idea.

—Ya —susurro.

—Nos vemos, Reed. —Y así, con esas palabras tan frías y al mismo tiempo llenas de peso, me despacha.

Salgo a la calle y me golpea el frío de inmediato.

La nieve cae densa, pegándose a mi abrigo y enredándose en mi pelo.

El viento me azota la cara y, por un instante, todo lo que siento es frustración y humillación.

Frustración porque Sean sigue con su vida mientras yo sigo atascada, perdida sin él.

Y humillación porque Grayson no ha dudado ni un segundo en echarme cuando no le he dado lo que quería.

El último autobús ya ha pasado. Mis botas crujen en la nieve mientras sostengo el teléfono temblando de frío y marco su número sin pensar demasiado.

Después de tres tonos, contesta.

—¿Sean? —pregunto con voz la quebrada—. ¿Puedes venir a buscarme?