19 Grayson
El lunes salgo de la oficina completamente agotado. Trabajar para Murphy me exprime hasta la última gota de energía y, aunque intento mantenerme a flote con un café cada dos horas, el cansancio mental se acumula sin remedio.
Estoy a punto de marcharme cuando unas uñas largas, de manicura francesa impecable, irrumpen en mi campo de visión.
Levanto la mirada y me encuentro con la melena pelirroja y la sonrisa ladeada de Natalie. Sus labios, pintados de carmín, se curvan de forma familiar mientras empieza a enroscar mi corbata alrededor de su dedo juguetonamente.
—Creo que la fotocopiadora ha vuelto a estropearse —murmura en voz baja.
Son casi las seis de la tarde y la oficina está prácticamente vacía. Por supuesto, solo es una excusa para que volvamos a montárnoslo en la sala de la fotocopiadora.
—¿Sabes que este traje te sienta de maravilla? —continúa Natalie, apoyando una mano en mi pecho y empujándome despacio contra el enorme ventanal a mis espaldas—. Aunque me gustaría más verte sin él.
Sus labios húmedos rozan mi cuello y el calor se extiende al instante bajo mi piel.
—Podríamos... —Mi frase muere a medio camino.
Mis ojos, traicioneros, se desvían hacia el exterior.
Afuera, varios pisos más abajo, distingo a la morena en la acera.
Mackenzie sigue aquí. Está luchando por abrir un paraguas rojo tan llamativo que podría verse desde el otro extremo de la calle y, por cómo golpea el suelo con la punta de su bota, parece frustrada.
Entonces me doy cuenta de que está nevando.
Los copos de nieve caen densos, empujados por el viento, y como su abrigo no tiene capucha se le enredan en la melena caoba, humedeciéndola, despeinándola y volviéndola indomable.
Vuelve a golpear el suelo con el pie.
—¿Gray?
La voz de Natalie me arrastra de vuelta a la realidad. Sus manos ya están desabrochando mi cinturón, pero su mirada confusa busca la mía.
Frunce el ceño cuando no le contesto.
—¿Pasa algo?
—Mejor lo dejamos para otro día, Natalie.
No me molesto en darle más explicaciones, y ella tampoco me las pide. Lo nuestro siempre ha sido simple: pasar un buen rato, sexo sin ataduras y cero complicaciones. Y Natalie está perfectamente conforme con eso.
Aún con el ceño ligeramente fruncido, su mirada se desvía hacia la ventana.
—¿La de prácticas? —pregunta con un deje de sorpresa—. ¿También te la estás tirando a ella?
—Claro que no —respondo enseguida.
—¿Estudia en tu uni, no? ¿La conoces?
—De lejos —digo, cogiendo el abrigo del respaldo de la silla—. Su amiga sale con un amigo mío. Nada más —miento. Miento como un cabrón.
—Es mona —comenta Natalie con naturalidad. Me ha seguido hasta el ascensor y está retocándose el maquillaje frente al espejo—. ¿Cómo se llama? ¿Melissa?
—Mackenzie —la corrijo.
—Mackenzie —repite mientras guarda el pintalabios en el bolso. Las puertas se abren y sale disparada—. Preséntamela algún día —dice con una sonrisa. Sale del ascensor antes de que pueda responder—. ¡Hasta mañana, Gray!
Cuando Natalie sale a la calle, se detiene un segundo junto a Mackenzie y la saluda con una sonrisa rápida. Mackenzie parece sorprendida por el gesto, pero le devuelve el saludo antes de que Natalie continúe su camino, alejándose por la acera con paso decidido.
Cuando yo salgo unos instantes después, Mackenzie sigue exactamente igual, con la melena enmarañada, cubierta de copos de nieve que ahora también se adhieren a la felpa de su abrigo y enzarzada en una lucha desesperada con el dichoso paraguas.
—¿Necesitas refuerzos? Parece un tipo duro.
Pega un brinco, sobresaltada, y el paraguas se le escapa de las manos. Una ráfaga de viento lo arrastra calle abajo.
—¡Mierda! —exclama, y su frustración es tan evidente que parece al borde del llanto—. ¿Se puede saber a qué ha venido eso? ¡Mira lo que has hecho!
Vale, está frustrada.
Y guapísima, joder.
También lleva los labios pintados de rojo, pero en ella el color resulta más suave, más natural. Sus pestañas, sea por lo que sea que les ha hecho, se ven largas y densas, enmarcando unos ojos marrones, enormes y brillantes.
Trago saliva.
—Solo quería ayudarte, Reed —digo esbozando una sonrisa—. No es culpa mía que estés teniendo un día de mierda.
—¿Y tú cómo sabes eso? —pregunta cruzándose de brazos.
No lo sabía, lo suponía, pero ahora me lo acaba de confirmar.
—Son las seis y media, aún sigues aquí y todavía te quedan treinta minutos caminando hasta la parada del bus —empiezo—.
Esta mañana Murphy te estaba echando la bronca porque usaste hojas cuadriculadas en vez de rayadas para escribir su lista de cosas que hacer.
Está nevando —añado—, y acabas de perder tu paraguas.
Que, por cierto, era tan feo que daba miedo verlo. ¿Sigo?
Mackenzie abre y cierra la boca varias veces, pero no le salen las palabras. Al final, suelta un suspiro y agacha la cabeza.
—Gray... —murmura, tan bajito que el ruido del tráfico casi se lo traga—. ¿Puedes...?
—Vamos, anda —la interrumpo. No hace falta que termine la frase, porque ya sé mi respuesta—. Pero esta vez, elijo yo la música.
En el coche, no conduzco hacia el campus. En su lugar, tomo la dirección de casa, y ella tampoco dice nada.
Joder, ¿pero qué estoy haciendo?
—No puedo ofrecerte mucho más que pizza margarita y agua del grifo.
Mackenzie enarca una ceja y me observa mientras cuelga el abrigo en el perchero de la entrada. Se deshace de las botas y avanza hacia el salón (que, por una vez, está recogido) con tanta naturalidad que casi parece que esté en su propia casa.
—Qué romántico. Nunca me habían ofrecido algo así en una cita.
—¿Eso es lo que es? —pregunto desde la barra de la cocina—. ¿Una cita?
Precaliento el horno mientras ella se deja caer en el sofá y gira el cuerpo para mirarme.
La luz tenue de la lámpara de pie junto a la ventana envuelve su figura en un ambiente suave y tranquilo. Fuera, la nieve golpea el cristal en ráfagas irregulares.
—No, definitivamente no es una cita —dice al final—. Yo lo llamaría... una quedada.
—¿Quedada?
—Sí, dos compañeros de trabajo que se juntan para pasar el rato.
Su forma de decirlo tiene algo de prudente, como si estuviera intentando no cruzar una línea.
A mí, mientras tanto, la situación me resulta surrealista. Ni en un millón de años habría imaginado a Mackenzie en mi apartamento, acomodándose en mi sofá, estirando las piernas y cubriéndose con mi manta. Una manta que, con toda seguridad, después olerá a ella.
Se suponía que debía mantenerla a distancia, recordarle lo mierda de persona que soy para que no se acerque demasiado. Y aquí estoy, preparándole la cena.
—Gracias por salvarme ahí fuera —dice, señalando hacia la ventana. La nevada ha empeorado. El viento levanta los copos y los hace girar en remolinos descontrolados—. Tanta nieve no es normal —añade—. Seguro que es por el cambio climático. ¿Vemos algo?
Ya está inclinándose sobre la mesa de centro para coger el mando. Al verlo, repara en la vela que hay a su lado. Sonríe con una expresión casi sorprendida y la enciende con el mechero que descansa junto a ella. La llama parpadea, proyectando sombras cálidas y acogedoras en el salón.
Esa vela me la regaló una compañera en Navidad, en el amigo invisible obligatorio de la empresa. Había pasado meses olvidada en un cajón, hasta ayer, que con resaca y sin nada mejor que hacer, me dio por limpiar el apartamento y la encontré.
No pensaba dejarla en la mesa. Pero al final lo hice, por si acaso.
Ese «por si acaso» que no deja de asaltarme la mente desde que Mackenzie ha vuelto a mi vida. Llevar unos guantes extra al trabajo por si acaso pierde los suyos, o comprar dos cafés con leche sin lactosa en lugar de uno, por si acaso le apetece.
—¿Qué quieres ver? —pregunto mientras meto la pizza en el horno.
—¿Me hago la interesante o soy sincera?
—Sinceridad ante todo —respondo, siguiéndole el juego.
—Pues entonces te diré que quiero ver La Dama y El Vagabundo.
Me lleva unos segundos ubicar la película entre los recuerdos amargos de mi infancia, pero al final aparece. La vimos una vez en casa de Theodore, el día de su sexto cumpleaños, mientras devorábamos las galletas recién hechas de su abuela.
—Deberías haberte hecho la interesante.
—¡Oye! —protesta—. Entonces, ¿para qué me preguntas?
Me encojo de hombros.
—Curiosidad. —Me acerco al respaldo del sofá y apoyo ambas manos sobre él, a la altura de su mirada. Sus ojos se detienen un segundo de más en mis dedos antes de volver a subir—. ¿Quién iba a decir que a la empollona repelente de Mackenzie Reed le gustan las películas Disney ñoñas?
—¿Y qué esperabas? —resopla—. ¿Que me gustara Mean Girls?
—Te pegaría —la provoco.
Ella bufa.
—Para nada. No me conoces en absoluto.
Y en eso tiene razón. Todo lo que sé de ella son detalles sueltos, impresiones superficiales. Nada que me diga quién es de verdad.
—Háblame de ti, entonces.
«¿Pero qué coño dices? Cierra la boca, Grayson».
—¿Que te hable de mí? —pregunta, desconcertada—. No hay mucho que contar. No sé qué quieres saber... Tengo veintidós años. Nací en enero, así que soy capricornio, y...
—No, no, no —la interrumpo—. No quiero saber tu carta astral. Quiero saber quién eres tú. Quién es Mackenzie Reed.
El silencio que sigue es espeso. Ella baja la mirada un instante, como si buscara dentro de sí algo que no suele enseñar.
Cuando vuelve a mirarme, sus ojos marrón oliva parecen más vulnerables.
—Me gustan las pelis de Disney, sí —murmura—.
Y el patinaje artístico. Creo que, si solo pudiera usar un tipo de zapatos el resto de mi vida, usaría patines.
Mis padres tienen una pescadería, eso ya lo sabes, pero lo que no sabes es que puedo deletrear el nombre de cada pescado que venden sin equivocarme.
—Estás de coña.
—¡Para nada! —Sonríe, animándose—. Me los aprendí de pequeña. Jugaba con mi padre a ver quién los deletreaba más rápido.
Joder, está hablándome de pescados y lo único que quiero es que no deje de hablar. Tengo un problema.