Breakaway 18 Mackenzie #3
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18 Mackenzie #3

—Como para olvidarlo. Montaste un drama digno de película.

—Oye, tenía trece años y un futuro prometedor —protesta.

—Tenías trece años y lloraste en el vestuario durante veinte minutos.

Theo chasquea la lengua.

—Detalles sin importancia. El caso es... ¿qué pasó después?

—Que volviste a jugar.

—Exacto. —Se reclina en la silla plegable y la manta se le resbala hasta la cintura—.

Y mira a Easton después de su lesión. Todos decían que su rodilla no volvería a ser la misma, que no podría jugar al mismo nivel y bla, bla, bla.

—Hace un gesto con la mano—. Y ahora míralo, jugando para el equipo de sus sueños y marcando goles como si nada.

—Ya —lo interrumpo. Apoyo los codos en las rodillas y miro el suelo un momento—. Pero lo mío es más jodido. Ya no es solo físico —añado, señalándome la sien—. Es que también estoy mal de aquí.

El silencio se instala entre nosotros. Dentro de la casa se oye música y alguna carcajada lejana, pero aquí fuera solo está el crujido de las sillas de plástico y el viento frío moviendo las ramas desnudas de los árboles del jardín.

—Es como si... —resoplo—. Como si últimamente no supiera quién soy.

Theo frunce ligeramente el ceño.

—¿Cómo que no sabes quién eres?

—Como si no recordara al Grayson que jugaba al hockey.

Ese tío que se levantaba a las seis de la mañana para entrenar antes de clase.

El que no se perdía un partido ni aunque tuviera fiebre.

El que sabía exactamente qué hacer cuando tenía el disco en el hielo.

—Niego con la cabeza—. No sé dónde está ese tío ahora mismo.

Theo se queda mirándome unos segundos. Luego estira la pierna y me da un pequeño golpe en la rodilla con la suya.

—Vale, voy a decir algo muy profundo ahora mismo.

—Miedo me das.

—Ese tío sigue ahí —declara.

—Claro.

—En serio. —Se incorpora un poco en la silla—. Gray, llevas jugando al hockey desde que tenías, ¿qué?, ¿seis años?

—Cinco.

—Cinco. Exacto. No desapareces de repente después de dieciocho años porque hayas pasado una mala racha.

—No es una mala racha.

—Vale —corrige—. Una racha de mierda.

No puedo evitar soltar una pequeña risa por la nariz.

—Eso suena más preciso.

—Mira —continúa—. Ahora mismo estás hecho polvo. Te han suspendido, estás en terapia, te sientes como si te hubieran arrancado media vida. Lo pillo, ¿vale? —Se encoge de hombros—. Pero eso no borra quién eres.

—No lo sé, tío.

—Pues yo sí. —Me señala con el porro—. Sigues siendo el mismo imbécil que me gritaba cuando fallaba tiros en los entrenamientos.

—Porque fallabas muchos.

—Y sigues siendo el mismo idiota competitivo que rompió un stick contra el hielo porque perdimos un partido amistoso en primero.

—Fue culpa del árbitro.

—¡Era un amistoso!

Me quedo callado. Theo da otra calada y me pasa el porro.

—Lo único que pasa —dice—, es que ahora estás perdido. Y cuando uno está perdido, no significa que haya desaparecido. Solo significa que todavía no ha encontrado el camino de vuelta.

Miro el cielo otra vez. Las estrellas siguen ahí, brillando como si nada.

—Joder —murmuro—. ¿Desde cuándo te has vuelto tan filosófico?

Theo sonríe.

—Desde que estoy fumado envuelto en una manta de estrellitas.

Sonrío y niego con la cabeza.

—Gracias —digo después de un rato, cuando el silencio ya no pesa tanto—. En serio, tío. Necesitaba esta charla. Y después de... —Inspiro hondo—. Después de la cagada monumental que te dije el año pasado, no sé cómo sigues siendo mi amigo.

Él se encoge de hombros.

—Yo también te hablé mal —admite—. Estaba cabreado de cojones contigo.

Y no exagera.

En la fiesta de graduación, completamente borracho, Theo me acorraló cerca de la piscina y empezó a soltar todo lo que llevaba meses guardándose.

Que cómo podía ignorarlos así. Que parecía que nuestra amistad me importaba una mierda.

Que el hockey había sido siempre lo único que realmente nos unía y que yo lo estaba tirando por la borda.

Que si seguía así acabaría solo. Y sin hockey.

Y que tal vez me lo merecería.

Yo, que estaba aún más borracho que él y algo colocado, respondí de la peor manera posible. Le dije que, si alguien sabía lo que era quedarse solo, ese era él, porque desde que sus padres se habían matado en un accidente de coche... había estado solo.

Easton tuvo que sujetarlo para que no me partiera la cara allí mismo.

Aunque, sinceramente, no lo habría culpado.

—No iba en serio, Theo —repito, igual que le dije el otro día por teléfono—. De verdad que no. —Levanto la vista hacia él—. East y tú sois mi familia. Siempre.

—Lo sé. Lo mío tampoco iba en serio —añade—. Volverás a jugar.

Resoplo por la nariz.

—Eres muy optimista.

—No. —Me señala con un dedo—. Te conozco.

Te recuperarás de lo que sea que tienes ahí dentro.

—Se toca la frente y luego señala la mía—.

Y volverás al hielo con nosotros. Ahí es donde perteneces, Gray —dice finalmente.

Su tono es tranquilo y seguro, como si fuera un hecho irrefutable—.

Recuérdalo la próxima vez que vuelvas a sentirte perdido.