Breakaway 18 Mackenzie #2
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18 Mackenzie #2

—Ha sido todo obra de Finn —responde—. Yo llegué veinte minutos antes que tú y solo traje las cervezas. Bueno, y el sentido del humor, el carisma...

—Cállate, joder —protesto, dándole un golpe en el pecho—. Por cierto, ¿dónde están Finn y McGarry?

Theo no contesta. Solo sonríe y se deja caer en el sofá, coge una cerveza y le da un trago largo, satisfecho, como si todo estuviera yendo exactamente según lo planeado.

No pasan ni dos minutos cuando escucho la puerta de la entrada abrirse para luego cerrarse con un golpe seco.

—Hora del plato fuerte —murmura mi amigo.

Ronan McGarry entra primero, hablando antes incluso de cruzar el umbral, con una caja de pizza en cada mano.

—¿Para qué necesitamos tantas pizzas si solo estamos tú y yo? No será...

Se queda a media frase cuando nos ve a Theo y a mí plantados de pie en medio del salón. Finn Howard aparece detrás de él, más tranquilo, cargando con otro pack de cerveza.

—¡Sorpresa! —exclamamos Thedore y yo al unísono.

—Vale, espera. ¿Qué cojones hacéis aquí? ¿Y qué es eso? —pregunta señalando la televisión—. ¿No salía a finales de mayo?

—Eso pensábamos que dirías —comenta Theo—. Pero ahora es tu regalo de cumpleaños.

Finn deja las latas sobre la mesa.

—Sí, no sabes la de mierdas que le debo a mi hermano por ayudarme a conseguirlo

McGarry lo mira, y luego nos mira a nosotros, desconfiado. Finalmente, deja las cajas también sobre la mesa y empieza a quitarse la chaqueta.

—Sois unos cabrones increíbles —dice con una sonrisa enorme—. ¿Y dónde está Easton?

—No ha podido venir —explica Theodore—. Pero te manda saludos y pide que te emborraches a su salud.

McGarry se deja caer en el sofá, coge la primera lata de cerveza y se la lleva a los labios para darle un trago.

—Habrá que hacerle caso, entonces.

La música del juego sube de volumen, las demás cervezas empiezan a abrirse y, por primera vez desde que crucé esa puerta, el nudo en el pecho se afloja un poco.

Quizá no sea tan mala idea haber vuelto.

—Hailee tiene un culo espectacular.

Casi escupo el vodka.

—Como Easton se entere de que le miras el culo a su novia, te mata —le digo—. Y dejaría que lo hiciera con gusto.

—No le miro el culo a Hailee —se defiende Theo. Le da una calada al porro, deja escapar el humo despacio hacia el aire helado y luego me lo pasa—. Ya no —añade—. Pero puede que lo hiciera un par de veces antes de que saliera con East.

—Se lo voy a contar.

Theo me da un golpecito en el pie con la punta de sus Converse.

—Chivato.

Estamos sentados en las sillas de plástico plegables del jardín trasero. Nadie recuerda muy bien de dónde salieron ni quién fue el primero en traerlas, pero ya es tradición acabar aquí después de cualquier fiesta.

La primera vez fue a finales de segundo. Aquella noche terminamos los tres (Easton, Theo y yo) hablando durante horas y, de alguna forma, la conversación acabó girando alrededor de Julia Sinclair, la profesora de prácticas con la que Theo perdió la virginidad en décimo curso.

Esta noche también hemos acabado aquí. Sin East, pero con un porro en la mano. Eso nunca cambia.

El aire gélido de enero me hace estremecer.

Mi aliento sale en pequeñas nubes blancas cada vez que respiro y empiezo a arrepentirme de no haber traído una chaqueta más gruesa.

Theo, en cambio, está en su salsa. Se ha envuelto en una de las mantas de Hailee que quedó olvidada aquí una de las veces que se quedó a dormir con Easton, y con lo enorme que es (hombros de defensa y metro ochenta y pico de tío) la mantita de estrellas le cubre apenas hasta el pecho.

Se ve ridículo. Y muy gracioso.

—¿Qué crees que diría el entrenador si nos viera ahora mismo? —pregunto, imaginándome la cara de Hotchner.

Theo se endereza en la silla, carraspea y saca pecho. Con voz grave, imita:

—¿No os da vergüenza? ¡Westfield! —No puedo evitar soltar una carcajada—. Seguro que ha sido idea tuya.

—Y lo ha sido —admito.

Aunque la verdad es que yo tampoco puse demasiada resistencia. Cualquier cosa que me ayude a dejar de pensar durante un rato es bienvenida.

Le doy otra calada al porro y cierro los ojos un momento. Esta noche, el cielo está despejado y las estrellas brillan con claridad.

—¿Cómo está tu abuela? —pregunto devolviéndole el porro.

Theo tarda un poco en responder.

—No está mal, pero tampoco está bien. —La respuesta es más escueta de lo que esperaba—. Le han hecho como un millón de pruebas y aún no saben qué tiene.

—Joder... ¿ Y cuándo vuelves a Canadá?

—En dos semanas. No puedo alargarlo más si quiero jugar la Frozen Four este año.

—Es genial que hayáis clasificado. —Me trago la amargura, porque de verdad me alegro por ellos—. Ojalá pudiera estar ahí.

—Ojalá —dice Theo—. Pero tranquilo, lo estarás pronto. ¿Has sabido algo de la suspensión?

—Hablaron hace poco con mi terapeuta. Creo que le han pedido que escriba un informe para saber si estoy capacitado mentalmente para volver a jugar al hockey. —Resoplo—. Yo qué sé. Una mierda.

—Confía en Hotch, escribe un diario o lo que sea que te hayan recomendado en terapia, no te saltes sesiones, y todo irá bien.

Theo lo dice como si fuera la cosa más sencilla del mundo.

La teoría me la sé. Me la repiten todos: mi terapeuta, Hotch, mis amigos... El problema es la práctica. El miércoles, por ejemplo, tenía terapia. Y no fui. Me inventé una excusa de mierda y mandé un correo rápido antes de que me diera tiempo a pensarlo demasiado.

Y, ayer por la tarde, como cada viernes, tenía que haber ido a entrenar con Hotch. Pero tampoco fui. Simplemente, no encontré las fuerzas para fingir que puedo volver a jugar al hockey como si nada.

—Todo irá bien, Gray-Gray —repite Theo, dándome un pequeño empujón con el hombro.

Le doy otra calada al porro y suelto el humo hacia el cielo oscuro.

—¿Te acuerdas de aquella vez en octavo? —continúa—. Cuando me rompí la muñeca en un partido y pensé que no volvería a jugar nunca.

Sonrío, porque esa historia es imposible de olvidar.