18 Mackenzie
—¿Por qué no te haces un perfil en Tinder?
Suspiro pesadamente y dejo caer la bolsa con los patines al suelo, junto a mis botas, que aún conservan el frío de la pista, ese frío que se te queda metido en los huesos incluso horas después de haber terminado de entrenar.
—Ya sabes por qué, Montana —respondo sin entusiasmo mientras me dirijo al salón.
Cada paso me recuerda que hoy he entrenado más de la cuenta.
Las piernas me pesan, los hombros me duelen y estoy agotada.
Lo único que quiero es darme una ducha caliente, prepararme un chocolate espeso (de esos que dejan bigote al beberlos), meterme en la cama y poner mi película Disney favorita.
Nada más, nada menos. Pero, al parecer, mis amigos tienen otros planes para mí.
Aun así, cuando veo los enormes cuencos de palomitas y los refrescos que traen Alex y Hailee, me aferro a la esperanza de que, al menos, la parte de la película sí vaya a cumplirse.
—Tienes que olvidarte de él, Kenzie —insiste Montana, dejándose caer a mi lado en el sofá—. Hay todo un mar de hombres por explorar.
—Pues yo soy más de piscina que de playa —replico sin mirarla, estirando las piernas y apoyando la cabeza contra el respaldo.
Por supuesto, no digo en voz alta que ese «tienes que olvidarte de él» retumba en mi cabeza con más doble sentido del necesario. Porque... ¿quién «él»? Sean, claramente. Ese es el «él» al que se refiere mi amiga.
Mi mente traicionera, sin embargo, ha pensado en alguien muy distinto. Alguien de cabello oscuro y ojos negros que se niega a abandonar mis pensamientos, por mucho empeño que ponga en expulsarlo.
El entreno de hoy lo he pasado con la cabeza en las nubes, más concentrada en nuestro último encuentro que en la coreografía que Ariana diseñó para mí.
No podía dejar de pensar en cómo su mano rozó la mía dentro de su coche cuando ambos intentamos bajar la calefacción al mismo tiempo.
En lo íntimo que fue estar en su apartamento, como si el mundo se hubiese reducido a cuatro paredes y a una cercanía peligrosa, o en lo increíblemente bien que le sentaba el traje.
Por eso necesitaba distraerme al llegar a casa.
Por eso ansiaba silencio, rutina y algo familiar.
Pero en cuanto vi a estos tres esperándome fuera de la pista, supe que mi sábado por la noche no iba salir según lo planeado.
Al menos, esta vez, no aparecieron con dos botellas de vodka dispuestos a arrastrarme a una fiesta.
—Solo por si se te había olvidado —comenta Alex, llevándose un puñado de palomitas a la boca—. Sean ya está con otra.
—Gracias por recordármelo —ironizo—. No sé qué haría sin ti.
Alex se encoge de hombros y sigue masticando, como si no acabara de remover algo delicado.
Por supuesto, hace semanas que sé que Sean está con otra.
Amaia Romero, una estudiante española de intercambio.
Y no es que me duela descubrirlo, lo que duele es que me lo recuerden cuando ya he aprendido a convivir con la idea.
—Aun así, es obvio que no te supera —añade Hailee, siempre cuidadosa con el tono, como si temiera que me fuera a romper.
—Sí, Amaia es igualita a ti —concuerda Montana.
Yo también lo había pensado. El mismo pelo castaño, los mismos ojos marrones, la misma piel morena y, me atrevería a decir, casi la misma estatura.
Como si Sean hubiese intentado reemplazarme con una versión ligeramente distinta de mí.
Solo que Amaia, por el motivo que sea, parece hacerlo feliz.
Yo, en cambio, he conseguido arruinar todo lo que habíamos construido en seis años.
¿Y la peor parte? No me siento ni la mitad de culpable de lo que debería.
—¿Y qué sugerís que haga en Tinder? —pregunto, robándole un puñado de palomitas a Hailee—. ¿Me abro un perfil y empiezo a quedar con tíos? ¿Para qué?
—¿Divertirte? —propone Alex.
—¿Conocer gente? —añade Hailee.
—¿Echar un polvo? —suelta Montana.
Le lanzo una palomita que esquiva con facilidad y que termina perdiéndose entre los pliegues de la manta que nos cubre. Ella se ríe, satisfecha, convencida de que ha dicho justo lo que pensaba todo el mundo.
—No quiero echar un polvo —digo—. Bueno, sí —me corrijo, suspirando—. Pero no con un idiota al que solo le interesa metérmela y luego ignorarme por completo. Quiero otra cosa, ¿sabéis?
—¿Un novio? —pregunta Hailee con cautela.
Niego con la cabeza enseguida.
—No, joder. Después de lo de Sean, un novio es lo que menos necesito. Quiero... No sé. Alguien que esté ahí, supongo. Pero sin promesas, sin expectativas absurdas. Sin sentir que estoy repitiendo el mismo patrón.
—No te sigo, Kenzie —dice Alex—. ¿Quieres un amigo? ¿Entonces nosotros qué somos?
Podría parecer ofendido, pero lo conozco demasiado bien y, por la ligera curva de su sonrisa, sé que está bromeando. Aun así, la pregunta se me queda clavada más tiempo del necesario, porque ni siquiera yo tengo claro qué es exactamente lo que estoy buscando.
—A ver, es evidente que quiero sexo —digo al fin.
Sería estúpido seguir obviándolo—. Pero no quiero a alguien que solo me quiera por el sexo.
Y tampoco quiero a alguien que me quiera para mucho más que eso y se empeñe en llevarme a citas o en salir a pasear agarraditos de la mano —continúo, atropellándome un poco—.
Aunque... quizá eso sí me gustaría. O a lo mejor solo me gusta el sexo casual.
¡Ay! —gimoteo, y escondo la cara entre las manos—. No sé lo que quiero, esa es la verdad.
Estoy completamente perdida. Como si, desde que Sean salió de mi vida, por mucho que lo intente y me empeñe, fuera incapaz de encontrarme a mí misma. Como si él se hubiera llevado consigo una parte de mí, y la que queda no supiera sostenerse sola, ni hacerse valer por sí misma.
—Creo que hay una película que habla justo sobre esto —comenta Hailee en voz suave.
El intercambio de miradas que comparte con Montana y Alex me deja claro que, después de ver el caos que es mi cabeza y la ansiedad que me provoca siquiera intentar ponerle nombre a lo que siento, han decidido cambiar de tema.
— ¿Vidas pasadas? —pregunta Alex.
Hailee asiente.
—Sí, he pensado que podríamos ver esa. A lo mejor arroja un poco de luz sobre tu situación —sentencia, dándome un codazo amistoso.
Y eso espero, porque ahora mismo, ni siquiera yo sabría por dónde empezar a buscarme.
Grayson
El timbre se está burlando de mí. No literalmente, claro, eso sería preocupante, pero definitivamente parezco gilipollas plantado aquí afuera.
Doce minutos, ese es el tiempo que llevo en el porche de mi antigua residencia, incapaz de llamar a la puerta.
Theo no ha parado de llenarme el móvil de mensajes preguntándome que dónde cojones estoy, cuando lo que no sabe es que estoy más cerca de lo que se imagina, pero no me atrevo a dar el paso.
En realidad, no me atrevo a volver a verlo y que, en lugar de la sonrisa de cachondeo que siempre tiene en los labios, me reciba con una expresión de reproche.
Aunque, después de lo que le dije, me merezco eso y más.
Podría darme un puñetazo en toda la cara y yo le pediría que me diera un segundo, solo para asegurarme de que quedamos en paz.
Alargo el brazo para pulsar el timbre, pero la puerta se abre antes de que llegue a rozarlo.
—¡Por fin! —exclama Theodore—. Pensaba que te ibas a quedar ahí toda la noche.
—¿Cómo sabes...? —me interrumpo al instante, muy consciente de la respuesta—. ¿Llevas todo este rato detrás de la puerta?
—Espiándote por la mirilla, sí —confirma—. Y joder, menuda cara de mierda tenías. Parecía que ibas a cruzar la puerta de un tanatorio en vez de venir a una fiesta.
—Eres imbécil, ¿lo sabías? —gruño.
—Yo también te he echado de menos, Gray-Gray.
Sonríe, se pasa una mano por el pelo (que bajo la luz amarillenta del porche parece más castaño claro que rubio) y me abraza, dándome un par de palmadas en la espalda. Me fijo en que tiene el pelo más largo de lo habitual, como si llevara meses sin pisar una peluquería, y tampoco se ha afeitado.
—Easton no ha podido venir, tiene partido este fin de semana —dice mientras entro y cierra la puerta.
Me quito el abrigo y lo cuelgo en el perchero de siempre, con el que nos tropezábamos borrachos y que, sorprendentemente, sigue exactamente en el mismo sitio.
—Tampoco es que esto esté muy animado para una fiesta —comento, extrañado, al seguirlo hacia el salón y darme cuenta de que la casa está en completo y absoluto silencio.
—Va a ser una fiesta tranquila. Solo nosotros, McGarry y Finn, tres paquetes de cervezas y Battle On Ice: Legend.
—¡Una polla! —exclamo—. ¿Ya ha salido? Si anunciaron el lanzamiento para el treinta de mayo.
—El hermano de Finn tiene un amigo que tiene un primo que trabaja como desarrollador en el estudio de Battle On Ice —explica, encogiéndose de hombros—. Le ha pasado un código de acceso anticipado.
Cuando llegamos al salón, me doy cuenta de que está exactamente como lo recordaba, y al mismo tiempo, no lo está en absoluto.
El sofá sigue siendo el mismo monstruo de tres plazas que sobrevivió a demasiadas resacas y siestas compartidas, ahora cubierto de cojines mal colocados y una manta que alguien ha tirado ahí sin ningún tipo de cuidado.
En la mesa baja de café hay cajas de pizza apiladas unas sobre otras (un par ya abiertas dejando escapar el olor a queso y pepperoni), bolsas de patatas, frutos secos esparcidos en cuencos que no combinan entre sí y una fila de botellines de cerveza alineados esperándonos.
En una esquina del salón, junto a la tele, hay una neverita azul abierta de par en par, llena hasta arriba de hielo y latas, y en el suelo, apoyadas contra el mueble, hay dos cajas más de cerveza y una botella de vodka.
La televisión ocupa casi toda la pared, encendida y mostrando el menú principal de Battle on Ice: Legend . La música del juego suena baja pero constante y dos mandos descansan sobre la mesa, perfectamente colocados.
—Os lo habéis currado, ¿eh? —digo, repasando el salón con la mirada.