Breakaway 17 Grayson
46%

17 Grayson

La melodía de mi móvil es lo primero que me despierta por la mañana. Pero no es la alarma, sino una llamada entrante.

Me tenso de inmediato al pensar que puede ser mi madre o, peor aún, mi padre, dispuesto a recordarme una vez más la gran decepción de hijo que soy.

Pero no, es solo Theo. Aunque no sé si eso me alivia o me preocupa.

La última vez que hablamos no terminó demasiada bien y, siendo sincero, pensé que no volvería a querer saber de mí.

Si yo fuera él, no habría llamado. Pero ahí está su nombre, iluminando la pantalla.

Me recuesto sobre la almohada, respiro hondo y contesto.

—¿Vas a seguir ignorándome, capullo? —No respondo—. No puedes hacerme ghosting , pedazo de imbécil.

—No te estoy haciendo ghosting —digo al fin—. Simplemente he estado muy liado con...

—Y una mierda —me corta—. Vete con ese rollo a tu madre, pero conmigo no.

Suspiro, y el silencio que sigue en la llamada es ensordecedor.

Lo cierto es que sí, he estado ocupado con el trabajo, los entrenos y la maldita terapia, pero no tanto como alejarme por completo de mi círculo de amigos.

Sin embargo, en mi defensa, diré que no he encontrado las fuerzas para volver a verlos.

Y menos a Theo, teniendo en cuenta lo que le dije la última vez.

A veces, cuando no puedo dormir, mis propias palabras resuenan en mi cabeza, recordándome la mierda de amigo que fui.

«Que soy».

—Lo siento —murmuro.

—¿Eso es todo? —pregunta. De pronto, un ruido irrumpe en la llamada, obligándome a apartar el teléfono de la oreja—. ¡Abuela, cuidado! —grita, perforándome los tímpanos.

—¿Todo bien?

—Mi abuela, que se ha empeñado en comprarle a Kurt una cinta de correr y está intentando montarla.

—¿Al perro? —pregunto, y casi sin darme cuenta, se me escapa una sonrisa.

—Dice que tiene sobrepeso. Pero no me extraña, lo atiborra a jamón cada vez que puede.

Kurt es un perro sin raza que la señora Westfield recogió de la calle cuando Theo era solo un crío. A simple vista, está bastante despeinado y parece un saco de pulgas, pero ella se ha encargado de convertirlo en el chucho más feliz del mundo.

—¿Cómo lo va a poner en una cinta de correr? —inquiero, saliendo de la cama y dirigiéndome a la cocina—. Tiene como cincuenta años, le va a dar algo.

—¡Eso le he dicho yo! Pero ya sabes cómo es mi abuela, nunca escucha.

—Mira quién fue a hablar —digo entre risas.

Theo se ríe al otro lado de la línea y algo cálido se me instala en el pecho. Es esa sensación de familiaridad, de saber que, por mucho que haya pasado el tiempo, puedes volver a hablar con ese amigo como si nada hubiera cambiado.

—Oye, el sábado es el cumpleaños de McGarry y vamos a reunirnos para hacerle una fiesta. Deberías venir.

—¿En el campus?

—Sí, en casa.

La forma en que lo dice está cargada de nostalgia. Ahora Ronan y Finn viven con otros compañeros en la que solía ser nuestra casa, nuestro refugio antes de que todo se fuera a la mierda.

—¿Y qué pasa con tu abuela?

Aunque hace semanas que no hablo con Theo, Easton se ha encargado de mantenerme al tanto de su situación. Por lo que sé, ha tenido que marcharse de Canadá y volver a Anchorage por una temporada para cuidar de ella. No sabemos exactamente qué le pasa, pero parece que está enferma.

—Está mucho mejor —murmura—. Puedo dejarla sola un fin de semana.

—¿Seguro?

—Ya sabes que es un hueso duro de roer.

—Vale —concedo al fin—. Supongo que me apunto. —El silencio vuelve a colarse entre nosotros, y con él, las palabras que tengo tanto miedo de pronunciar. Aun así, termino hablando—: Y que sepas que lo siento. Por lo que te dije en la graduación —añado—. Yo no...

—Tranquilo, Gray-Gray —me corta con suavidad—. Sé que no iba en serio.

Asiento aunque no pueda verme.

—Bien —digo.

—Bien —responde él.

Como si quisiera dar por finalizada nuestra conversación, el timbre resuena por todo el apartamento, interrumpiéndonos.

—Te tengo que dejar, tío —digo, mirando la puerta con recelo. No espero a nadie—. Nos vemos el sábado.

—Nos vemos —se despide—. Cuídate, capullo.

Cuando abro la puerta, no es un repartidor de correos desorientado o un vecino tocapelotas con quien me encuentro, sino con Mackenzie, enfundada en tantas capas de ropa que no sé cómo puede caminar.

Además, no creo que sus enormes botas de esquimal ayuden mucho, pero al menos hoy no lleva esos ridículos tacones que seguro que le estaban moliendo los pies ayer.

Hoy parece más ella.

—La estación de esquí no es por aquí —suelto, echándole un vistazo divertido a su gorro con pompón—. Prueba dos calles más abajo, Reed.

—Muy gracioso —ironiza ella, abriéndose paso hacia el interior de mi apartamento como si también viviera aquí—. Hace un frío de muerte, ¿sabes? Esta semana van a bajar mucho las temperaturas.

—¿Y has decidido venir aquí porque...?

—Café con leche sin lactosa. —Levanta una bandejita de cartón que sostiene dos vasos de plástico con tapa—. Como sé que ayer no empecé con buen pie, he pensado que podría devolverte el favor. Lo de la camisa ya es otro tema —añade—, aunque si quieres dármela puedo llevarla a la tintorería.

Parpadeo varias veces, intentando asimilar quién está en mi salón y por qué.

—A ver si lo he entendido bien —comento, cerrando la puerta para reunirme con ella—. Me has traído el desayuno y quieres pagarme la tintorería porque... ¿te invité a un café? Y de hecho, ni siquiera te invité a ti, invité al idiota de Murphy.

—Me gusta ser agradecida.

—Y seguro que cotilla.

—¿Perdón? —pregunta, frunciendo el ceño.

—Hailee —contesto, y su expresión la delata—. Fue a ella a quien le sonsacaste mi dirección, ¿a que sí?

—En realidad, no tuve que sonsacársela —responde con una sonrisilla—. Me la dio casi al instante.

Vale, tengo que dejar de contarle cosas a Easton si no quiero que toda mi vida acabe en conocimiento de su novia y sus amiguitas.

—Gracias por el café, supongo —murmuro, aceptándolo cuando me lo ofrece—. Pero no tenías por qué. No me debes nada.

—Lo sé —admite, pero el rubor en sus mejillas me indica que oculta algo más.

—Suéltalo —le digo.

—¿El qué?

—Vamos, Reed, no tengo todo el día.

Ella se muerde el labio inferior, visiblemente nerviosa.

—Había pensado que quizá podrías acercarme al trabajo. Ya sabes, compañerismo y esas cosas.

—Vamos, que quieres usarme de taxi.

—¡No! —exclama de inmediato—. Es que desde donde me deja el autobús hasta la oficina tengo que caminar casi media hora, y normalmente no me importaría, pero hoy hace tanto frío que...

—Vale —la interrumpo, y ni yo me creo que haya accedido.

—¿En serio? —pregunta, igual de sorprendida.

—Espera aquí mientras me ducho. Ponte cómoda —digo señalando el sofá.

Ahora que me fijo, el salón también está hecho un desastre, así que debo estar dando una imagen pésima.

Y no es que me haya importado con ninguna otra chica.

Las pocas que he traído aquí estos meses solo tenían una cosa en mente, y en cuanto acabábamos, se marchaban sin más.

Sin embargo, con Mackenzie es diferente.

Me habría gustado que mi apartamento estuviera ordenado, que no reflejara el completo caos que soy.

Si ella lo nota, por lo menos no dice nada, simplemente se sienta en el sofá y empieza a tomarse su café.

Quince minutos después, reaparezco duchado y presentable, vistiendo uno de los trajes negros que me compré cuando empecé.

—Vamos —digo, y ella se pone en pie de inmediato.

En el coche, lo primero que hago es encender la calefacción.

Mientras arranco, me fijo en que sus uñas han vuelto a cambiar de color.

Moradas, ahora son moradas, y algo dentro de mí se muere por preguntarle, por saber por qué tanto cambio, pero la parte más sensata me mantiene callado.

Al fin y al cabo, ya bastante jodido es que esté llevando a Mackenzie al trabajo cuando hace menos de un año me prometí que no volvería a involucrarla en mi vida.

No, no voy a preguntarle por las uñas, ni tampoco si sigue patinando o por qué decidió ponerse reflejos.

No es de mi incumbencia.

—¿Cómo van los entrenos? —pregunta ella, trayéndome de vuelta a la realidad—. Hotchner...

—Hailee es una bocazas —comento—. Porque seguro que eso también te lo ha contado ella, ¿no?

—Fue Theo, en realidad.

Agradezco tener que estar pendiente de la carretera y que no pueda ver mi cara de asombro.

—¿Has hablado con Theodore?

—Le pregunté por ti. —Se me atasca el aire en la garganta—. Pero solo un par de veces —aclara con una sonrisa—. No te emociones.

—Tranquila, estoy acostumbrado a tener fans. —O, al menos, lo estaba antes de echar a perder toda mi carrera—. ¿Guardas una foto mía en tu cartera?

—Eres idiota —murmura ella, desviando la vista hacia la ventanilla.

No puedo evitar sonreír de lado. No es la mejor de las sonrisas, pero creo que es la única real en meses.

—Los entrenos van bien —murmuro después de unos segundos de silencio—. Hotchner es un grano en el culo y no me da tregua, pero sé que lo hace por mi bien. Creo que tiene muchas esperanzas puestas en mí.

—Eso es bueno, ¿no?

—Supongo, aunque se va a llevar una decepción.

Mackenzie me observa de reojo, y por la forma en que frunce el ceño, parece que mi comentario la ha descolocado.

Pero, piense lo que piense, no dice nada al respecto.

Y lo prefiero así, porque paso de explicarle por qué creo que Hotchner se va a estrellar conmigo y el desastre en el que me he convertido desde que me desplomé sobre aquella pista de hielo.

—¿Tú...? —empiezo, pero me muerdo la lengua antes de terminar la pregunta.

—¿Yo qué?

Resoplo, frustrado. Las ganas que tengo de saber más de su vida no son normales.

—¿Tú sigues patinando?

Mackenzie relaja el gesto al escuchar la pregunta.

—Sí, claro. Pero ahora patino sola.

Asiento. No hace falta que me explique más, porque para ambos es bastante obvio el motivo. Y, una parte de mí, esa que intento mantener al margen todo lo posible, se alegra de saber que no ha vuelto con Sean.

—¿Y qué tal te va?

Se encoge de hombros y desvía la vista hacia la ventanilla.

—Bueno, podría irme mejor. —Suspira—. Me estoy preparando para el Mundial y aunque creo no lo estoy haciéndolo tan mal... No sé, a veces siento que no llego al nivel.

—¿El Mundial? —Suelto un silbido—. Joder, no está nada mal, Reed.

—Me fue bien esta temporada y clasifiqué. Mi entrenadora está segura de que puedo conseguir el podio, pero...

Empieza a arrancarse pielecillas de las uñas, concentrada en ese pequeño gesto nervioso, y como no quiero ser el responsable de tal carnicería, decido no preguntarle nada más.

Los siguientes segundos que pasamos detenidos frente a un semáforo, la observo mientras mira por la ventanilla, con la barbilla apoyada en una mano y el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera repasando en su cabeza cada salto y cada giro equivocados.

Quiero decirle que la entiendo, que sé cuánto quema la decepción, porque yo mismo llevo tiempo persiguiendo un deporte que ya no sé si me pertenece.