Breakaway 16 Mackenzie
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16 Mackenzie

Mi peor pesadilla tiene nombre y apellidos: Murphy Carver.

Solo llevo una semana trabajando para él y ya se ha encargado de demostrarme dos cosas: que muchos abogados estirados viven, efectivamente, con un palo metido por el culo, y que es perfectamente capaz de convertir mi día en un infierno con solo un correo electrónico.

Como el que acaba de llegarme hace cinco minutos.

La frase, simple y concisa, ocupa la pantalla de mi portátil y, aunque no son más que palabras, no puedo evitar sentir que se está burlando de mí.

[email protected]

Pásate un momento por la cafetería de la esquina y tráeme un americano. Con poco azúcar, no te olvides. Gracias, Mackenna.

¿Existe una forma más humillante de recordarme que le importo un bledo, tanto yo como mi trabajo en el bufete? Sé que a los becarios no suelen prestarles demasiada atención, pero enviarme a por café y equivocarse con mi nombre ya roza la indecencia.

Con un suspiro malhumorado, cierro el portátil, me pongo el abrigo y salgo de la oficina a paso acelerado, asegurándome de que los estúpidos tacones que me puse para causar buena impresión (y porque quedaban de lujo con mi falda de tubo) resuenen por todo el espacio abierto.

Por supuesto, a nadie parece importarle que la chica de prácticas camine como un dibujo animado echando fuego por las orejas.

Como son solo las doce del mediodía, la cafetería está abarrotada y tengo que soportar casi treinta minutos de cola para conseguir el dichoso americano.

Cuando por fin regreso, bien protegida del frío de enero bajo mi abrigo de pelo, voy repasando mentalmente todas las formas posibles (y bastante gráficas) de cortar a Murphy en pedacitos diminutos.

El café me quema la mano, pero estoy tan furiosa, tan ensimismada en mis pensamientos, que ni siquiera lo noto.

Del mismo modo que no veo a la persona que se cruza en mi camino al doblar la esquina hacia los ascensores.

—¡Lo siento! —exclamo, alarmada, cuando ya es demasiado tarde y todo el café termina derramándose sobre su camisa blanca—. ¡Ay, madre! —continúo, presa del pánico, mientras él suelta un gemido y yo intento arreglarlo soplando, como si eso fuera a servir de algo—. Lo siento, lo siento, lo...

—¿Mackenzie?

Me quedo congelada al reconocer esa voz. Su voz.

El mundo parece detenerse durante un segundo.

No puede ser. Después de tantos meses sin verlo, de convencerme una y otra vez de que ya era parte del pasado, aparece delante de mí como si nada.

Mi estómago da un vuelco tan brusco que casi duele, y el recuerdo de todo lo que intenté enterrar, regresa de golpe.

Había imaginado muchas veces cómo sería volver a encontrarme con él, pero ninguna de esas escenas se parecía a esto.

—Grayson...

—¿Qué haces aquí?

—Trabajo aquí —respondo, conteniendo el impulso absurdo de enseñarle mis credenciales—. Bueno, no trabajo exactamente —me corrijo—. Estoy haciendo las prácticas del último semestre. ¿Y tú? ¿Tú... trabajas aquí?

Después de la Frozen Four, hace ya casi un año, no volví a saber de Grayson. Regresó al campus tras las vacaciones de primavera, se mantuvo al margen de todo y de todos, casi siempre refugiado en la biblioteca, se graduó y desapareció.

La primera vez que volví a oír su nombre fue el mes pasado, poco antes de Navidad.

Easton vino desde Canadá a visitar a Hailee y le comentó que estaba pensando en pasarse por el piso de Gray para hacerle una visita.

Por lo que entendí, ahora tiene su propio apartamento y vive solo, apartado del mundo.

—Creo que es evidente —contesta—. ¿Qué iba a hacer aquí si no? ¿Pasear?

—No tienes que ser un borde, ¿sabes? Solo te he hecho una pregunta.

—Después de tirarme una taza de café hirviendo encima —replica, señalándose la camisa empapada.

—¡Ha sido un accidente! —me defiendo—. Y créeme, yo estoy en más problemas que tú.

Por un instante, su expresión se suaviza y sus ojos negros parecen perder filo.

—El capullo de Murphy, ¿a que sí? —Asiento—. ¿Americano con poco azúcar? —Asiento de nuevo. Grayson pone los ojos en blanco—. No le lleves nada a ese imbécil. Tiene dos piernas perfectamente funcionales, que vaya él a buscarlo.

—Es mi jefe —digo, como si eso lo justificara todo.

—¿Y? No eres su esclava.

—Para ti es fácil decirlo, eres parte de la plantilla. Yo solo soy la de prácticas, y necesito que me escriba un buen informe.

Grayson suspira y me recorre con la mirada. A pesar del abrigo, que es extremadamente grande y acolchado, me siento como si estuviera desnuda. Han pasado muchos meses, pero todavía sigue provocando el mismo efecto en mí.

—Sirviendo cafés no llegarás muy lejos —dice al fin, metiendo las manos en los bolsillos de su traje—. Si quieres un buen informe, demuéstrale lo que vales.

Me rodea y pasa por mi lado sin decir nada más. Quiero contestarle, decirle algo, cualquier cosa, pero ya es demasiado tarde, porque acaba de salir del edificio.

Lo observo a través de las enormes cristaleras mientras cruza la calle, con las manos hundidas en los bolsillos y la cabeza gacha.

El día está gris, y los pocos rayos de sol que logran colarse entre las nubes plomizas parecen incapaces de alcanzarlo, como si caminara envuelto en una sombra constante.

Como si todo a su alrededor existiera en blanco y negro.

Cuando entra en la cafetería, lo pierdo de vista.

Ese pensamiento me devuelve al momento presente. Joder, Murphy debe de estar preguntándose dónde demonios está su americano.

Podría volver atrás, enfrentarme otra vez al frío y tragarme, con suerte, otros treinta minutos de cola. O podría hacerle caso a Grayson y sugerirle al capullo de mi jefe (con toda la amabilidad de la que soy capaz) que mueva el culo y vaya él mismo a por el café.

Me gustaría decir que elegí la segunda opción.

Pero, por supuesto, aquí estoy de nuevo, atrapada en una dichosa cola que parece interminable.

Entre las cabezas de la gente, distingo la cabellera negra de Grayson. Está a punto de llegar al mostrador y, aunque quizá no debería hacerlo, aprovecho que lo conozco y me cuelo disimuladamente, ganándome un par de miradas de reproche por parte de varios ejecutivos trajeados.

—¿Otra vez aquí? —pregunta cuando lo alcanzo, mirándome de reojo.

No sé por qué, pero algo en su tono me dice que ya sabía que volvería. O quizá sea la sonrisa de medio lado que asoma en sus labios.

—Me sabía mal no llevarle el café —respondo encogiéndome de hombros. Luego me fijo en su bebida—. ¿Chocolate caliente?

—Con leche sin lactosa.

—¿Eres intolerante?

—¿Qué clase de conversación es esta, Reed?

En eso tiene razón. Yo tampoco sé muy bien por qué parecemos dos vecinos incómodos buscando algo de qué hablar en el ascensor.

—Es que yo también lo soy —digo finalmente.

Grayson asiente sin demasiado entusiasmo, como si la información le importara lo mismo que el tiempo que hace ahora en Hawái. Entre la tensión flotando en el ambiente, avanza cuando llega su turno.

—Cóbrame lo suyo también, por favor —le pide a la cajera, señalando el café entre mis manos.

Lo miro sorprendida, porque no me esperaba eso

—¿Por qué?

Él se encoge de hombros.

—Si vas a ser la chica de los cafés, por lo menos no te dejes el sueldo en ellos —contesta con simpleza—. Considéralo un favor.

Grayson

Mi día ha sido una mierda. Aunque eso es algo a lo que ya estoy acostumbrado. Últimamente, casi todos lo son. Algunos peores que otros, pero ninguno especialmente bueno.

Cuando llego a casa después de salir a correr ya es de noche y, por desgracia, sé que lo único que tengo en la nevera son dos pizzas congeladas, latas de bebida energética y mantequilla caducada.

La descubrí hace un par de días cuando fui a hacerme unas tostadas, y desde entonces sigue ahí, olvidada en el mismo estante.

Debería haber hecho la compra, sí, pero cada pequeña tarea del día a día me cuesta demasiado.

Ir al supermercado, pensar qué comprar, cocinar algo decente...

todo eso requiere de una energía que no tengo.

Agotado, con los pies pesándome toneladas, me arrastro hasta el baño y me doy una ducha bien caliente.

El baño, igual que la cocina, es otra estancia que, sin duda, debería limpiar.

Pero no tengo ganas. De hecho, hace meses que no tengo ganas de nada.

Mis días se han convertido en una sucesión de horas sin sentido en las que actúo sin pensar, como un autómata programado para cumplir tareas.

Después de graduarme, pensé en irme lejos.

Quizá a California, con mis tíos, para desconectar en la playa, para pasar una temporada sin tener que escuchar hablar de hockey cada dos por tres.

Pero entonces recibí la llamada de Murphy diciéndome que me quería en su bufete.

Por supuesto, no mencionó que había hablado con mi padre, pero yo sabía que lo había hecho.

Al fin y al cabo, no fue coincidencia que, tan solo dos días después, mi padre me enviara un mensaje simple y directo: «¿Has aceptado?

Deberías, es tu mejor opción. Olvídate del hockey».

Acepté. Y también me olvidé del hockey.

Hasta que apareció Hotchner con su estúpida positividad, decidido a entrenar conmigo, a «reconectarme con el deporte» o una mierda así.

Como no me dejó muchas opciones, accedí, pero aunque llevo casi cinco meses entrenando con él, no me siento más cerca del hockey en absoluto.

No me siento más cerca de mí mismo. Si acaso, a veces siento que estoy todavía más lejos.

La terapia tampoco está ayudando demasiado. Quizá evita que me hunda más en la miseria, pero ya está. No me saca de ella, solo me mantiene a flote lo justo para no volver a recaer con las pastillas.

Todavía perdido en mis pensamientos, me pongo el pijama y meto en el horno una de las pizzas. Ni siquiera me molesto en precalentarlo, simplemente la dejo dentro y giro el temporizador, esperando que salga medianamente comestible.

Mientras espero, mi mente vuelve a divagar, pasando de toda la mierda que me rodea y que me llena de ansiedad por las noches, a la única cosa que me ha hecho volver a sentir algo en meses: Mackenzie.

Volver a verla ha sido como desenterrar un recuerdo que preferirías dejar olvidado porque traerlo de vuelta duele demasiado.

Mentiría si dijera que no está guapa, porque lo está, incluso más que antes.

Ahora lleva mechas, casi del mismo tono que su pelo, pero lo bastante caramelo como para darle reflejos cálidos a su melena.

También me fijé en el color de sus uñas, verde claro, y en el pequeño lunar que le ha salido justo debajo del labio inferior.

No debería haberle prestado tanta atención, lo sé, y me cabrea haberlo hecho, pero ha sido inevitable.

Igual de inevitable que, mientras me como la pizza, empiecen a asaltarme las preguntas. ¿Seguirá patinando? ¿Habrá vuelto con el gilipollas de Sean? ¿Me importa que lo haya hecho?

Y luego está la que más curiosidad me provoca, la que sé que se me escapará en algún momento: ¿Ha pensado en mí tanto como yo en ella cada maldito día desde la última vez nos vimos?

Porque yo sí lo he hecho.

No de forma consciente, pero sí lo suficiente como para que su recuerdo siga apareciendo cuando menos me lo espero: en medio de una conversación, cuando salgo a correr... incluso en el bufete mientras intento concentrarme en algún informe aburrido.

Y eso es lo que más me jode, que después de tanto tiempo, todavía ocupe tanto espacio en mi mente.