15 Grayson
Faltan exactamente dos minutos para que acabe el partido y vamos perdiendo.
Lo teníamos todo ensayado: las jugadas, los pases, lo que hacer y lo que evitar. Y aun así, el marcador sigue en nuestra contra.
El estadio está lleno hasta los topes y la marea de aficionados de Northbrook ruge el nombre del equipo.
Las voces de los comentaristas retumban en mis oídos mientras me deslizo hacia la portería contraria y, aunque me fastidia admitirlo, no puedo sacarme a Mackenzie de la cabeza.
Ese trajecito con purpurina le sentaba de maravilla y le hacía unas curvas de infarto.
De hecho, casi me empalmo en mitad del show de las animadoras porque me dio por ponerme a imaginarme cosas, pero, por suerte, los nervios del partido lo impidieron.
Mackenzie estuvo increíble sobre el hielo. Yo, en cambio, siento que estoy haciendo el ridículo. Soy el capitán, debería estar dando mucho más, y no lo estoy haciendo.
Jadeando, con las pulsaciones disparadas, sigo patinando.
El aire frío me corta la cara mientras avanzo y el chirrido de las cuchillas sobre el hielo se mezcla con el bullicio del público.
Un defensa rival se me echa encima por la izquierda, veo su sombra alargarse sobre mí y noto el impacto en el hombro, pero mantengo el control del disco.
Lo protejo con el cuerpo, girando sobre mis talones, mientras siento la tensión en los gemelos y en la mano que sostiene el stick .
Easton, que juega de delantero, ya está en posición después de desmarcarse de los defensas rivales. Lo veo levantar el stick apenas un par de centímetros, lo que significa «pásalo». En ese instante, un hueco minúsculo aparece entre las piernas del defensa que me presiona, y sé que es ahora o nunca.
Aprieto los dientes, flexiono las rodillas y lanzo.
El mundo parece detenerse un instante. El público contiene la respiración, el aire vibra y el hielo cruje bajo mis patines.
El disco se desliza hacia Easton y él lo atrapa sin perder velocidad, lo conduce pegado al stick y esquiva al portero en un quiebro sorprendente.
Cuando dispara, el disco vuela y golpea la red justo en el momento en que el pitido final suena y el estadio estalla en un rugido ensordecedor.
Victoria.
A mi alrededor, mis compañeros se lanzan hacia Easton y lo derriban sobre el hielo entre vítores mientras el confeti cae como una lluvia brillante.
Lo hemos conseguido, y debería estar eufórico, extasiado de felicidad, pero, de pronto, todo empieza a sentirse distante, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo hasta convertirlo en un murmullo distorsionado.
Mis pulsaciones no disminuyen, mi respiración no se estabiliza, al contrario, todo se acelera, desbocado, acompañado de un pitido agudo que me taladra los oídos.
Las animadoras celebran con los chicos, aunque sus figuras se ven borrosas y apenas las distingo.
Parpadeo, intentando enfocar, mientras busco a Mackenzie desesperadamente entre el caos.
Por un instante, creo que me está dando otro ataque, como aquella vez en la pista cuando ella me ayudó. Pero no, esto es distinto.
Un pinchazo en el pecho me atraviesa de repente, expandiéndose hacia las costillas y cortándome la respiración de una forma seca y brutal. Mierda, algo va mal. Muy mal.
Cuando por fin distingo la silueta de Mackenzie, ella también me está mirando desde la distancia, como si hubiera percibido antes que nadie que algo no encaja.
Quiero levantar el brazo y llamarla, pedir ayuda, decirle que me cuesta respirar, pero mi cuerpo no responde.
Mis extremidades pesan y siento los músculos rígidos bajo la equipación.
Intento inhalar, llevar algo de aire a mis pulmones, pero sigo sintiendo que me ahogo.
Mi visión empieza a oscurecerse por los bordes, cerrándose como un telón, y de pronto, siento cómo me desplomo sobre el hielo.
Lo último que veo antes de que el mundo se apague a mi alrededor es a Mackenzie patinando hacia mí a toda velocidad.
Cuando abro los ojos, una punzada en la sien me obliga a cerrarlos de golpe.
Respiro hondo y lo intento otra vez. Parpadeo despacio, y lo primero que distingo son los cables conectados a mi cuerpo y las luces blancas del techo, tan brillantes que amenazan con provocarme una migraña.
Giro la cabeza con cuidado y me topo con la pantalla del monitor cardíaco.
Genial, estoy en el hospital. Y eso ni siquiera es lo peor.
Lo peor es que Hotchner está ahí, de pie junto a mi camilla, con los brazos cruzados y el rostro teñido de una decepción que me resulta demasiado familiar.
—Lo siento, Hotch —murmuro con la voz áspera y pastosa.
La lengua me pesa, la garganta me arde y me muero de sed. Él no responde, simplemente se limita a observarme como si fuera el mayor fracaso de su carrera.
En silencio, mete la mano en el bolsillo, saca el móvil y me muestra la pantalla.
Reconozco la imagen al instante, porque soy yo, desplomado sobre el hielo, rodeado de un montón de paramédicos.
Justo encima, en letras grandes, el titular dice: Grayson Abbott, jugador estrella de Northbrook, se desploma sobre el hielo en plena celebración de la Frozen Four.
¿Lo han llevado al límite? ¿Conocía su entrenador su condición?
Aparto la mirada y dejo de leer.
—¿Querías destacar? —pregunta Hotchner con la voz helada—. Enhorabuena, porque lo has conseguido. Lástima que haya tenido que ser así. —Suspira—. Estás fuera del equipo, Grayson.
Sus palabras me atraviesan como un puñal.
Fuera del equipo. Fuera del hockey y del hielo. Fuera de lo único que siempre me ha mantenido a flote.
No, esto tiene que ser una pesadilla demasiado realista.
—Vancouver... —consigo decir, casi sin voz.
—Han llamado, sí —me corta sin contemplaciones—.
Tú contrato con los Titans no está anulado, está suspendido temporalmente.
Consideran que lo del dopaje y el consumo desmedido de ansiolíticos se debe a problemas de inestabilidad mental, así que han decidido mantenerte fuera del hielo y enviarte a terapia hasta que te recuperes.
En tu estado actual —hace un gesto vago hacia mí, haciendo aún más evidente mi terrible condición—, eso no será cuestión de meses.
Será bastante más. Así que no cuentes con jugar al hockey después de graduarte.
Trago saliva.
—Y ahora dime —continúa—, ¿por qué? ¿Qué lleva a un jugador prometedor a destrozarse la carrera de esta manera? Porque la prensa aún no lo sabe. Creen que te desmayaste por agotamiento, pero tarde o temprano se enterarán, Grayson. Todos se enterarán.
—No lo sé —admito—. Solo sé que no estoy bien, Hotch. De aquí —añado, señalándome la sien—. No estoy bien, ¿entiendes? No puedo... No...
Las apalabras se quedan atascadas en mi garganta y empiezo a hiperventilar. Noto cómo se me disparan las pulsaciones al tiempo que el monitor comienza a pitar y la falta de aire vuelve a asfixiarme.
Hotchner se acerca de inmediato y me agarra por los hombros, obligándome a mirarlo.
—Respira, chico —me pide con firmeza—. Mírame y respira.
Y entonces, me derrumbo.
Me lanzo contra su pecho y rompo a llorar, soltando de golpe todo lo que he estado conteniendo durante meses. Él me rodea con los brazos y me sostiene con fuerza.
—Lo siento mucho, entrenador... —jadeo con la voz quebrada—. Yo solo quería que se callara...
—¿Quién?
—La voz —susurro—. Esa puta voz que no para de recordarme que no soy suficiente. No sé cómo hacer que se calle. Ayúdame... —suplico—. Ayúdame, Hotch.
Soy un manojo de temblores entre sus brazos. Le empapo el hombro de lágrimas y saliva, pero aun así, no se aparta.
—Volverás a jugar —me asegura, apretándome con más fuerza—. Te recuperarás y volverás a jugar. Te lo prometo.
—Sí... —murmuro, asintiendo, aunque no sé si me lo creo. Ahora mismo no me siento un jugador capaz, sino un niño asustado y perdido, aferrado a lo más parecido a una figura paterna que ha tenido nunca—. Ayúdame... —susurro de nuevo.
—Tranquilo, Gray. Estoy aquí.
—Vaya, ¿interrumpimos algo? —pregunta de pronto una voz burlona que conozco demasiado bien—. ¿Volvemos luego, tortolitos?
Me separo del entrenador y levanto la vista. Theo está apoyado contra el marco de la puerta, con el pelo todavía algo húmedo y esa sonrisa traviesa que nunca abandona del todo su cara. Sin embargo, la preocupación que asoma en sus ojos verdes lo delata.
—¿Podemos pasar? —pregunta Easton a su lado, asomando la cabeza con cautela.
El entrenador asiente mientras se dirige hacia la puerta.
—Cinco minutos. Necesita descansar. —Girándose hacia Theo, añade—: Y nada de gilipolleces, Westfield. No quiero que nos vuelvan a echar de un hospital.
—Aquella vez no fue culpa mía, fue la...
Hotchner se marcha antes de que pueda terminar la frase, dejándome a solas con las dos únicas personas en el mundo cuyo juicio no podría soportar. Ellos se quedan quietos, mirándome sin saber muy bien qué decir, y entonces me doy cuenta de que lo que temía es cierto.
—¿Quién más lo sabe? —pregunto, con la vergüenza quemándome por dentro.
—Solo Hotch y nosotros —responde Theo mientras Easton cierra la puerta—. Lo presioné como una hora para que nos lo contara. Dijo que había sido agotamiento, pero no nos creímos una mierda.
—¿Y los demás? —digo, refiriéndome al resto del equipo.
—Creen lo mismo que todo el mundo —dice Easton, dejándose caer en una silla junto a mi cama—. Que fue por cansancio. Y eso es lo que seguirán creyendo.
—¿Y cuando se enteren de lo de la suspensión del contrato y la puta terapia?
—¿Y qué? —interviene Theo—. Di que es estrés, agotamiento mental o algo así. Muchos deportistas van a terapia o se toman un tiempo.
—Muchos deportistas no la han cagado como yo.
—Es que eres gilipollas —dice Easton sin dudar—. Gilipollas por completo.
—Gracias por los ánimos —ironizo—. Da gusto tenerte como amigo.
—Por eso te digo la verdad, porque soy tu amigo. ¿A que sí, Theo? ¿A que es gilipollas?
—Muy gilipollas —confirma Theo—. Gilipollísimo .
—Esa palabra ni siquiera existe.
—Me la acabo de inventar —replica—. Y no estás en posición de objetar nada ahora mismo, gilipollas.
Genial, debería fingir otro desmayo para que los saquen de aquí.
—No sé qué cojones voy a hacer ahora —admito al fin, completamente perdido.
—Dejar de ser un gilipollas —dice Theo. Intento y alargar el brazo para darle, pero el dolor y los cables me lo impiden.
—Vas a hacer todo lo que te digan y vas a volver a jugar —añade Easton—. Como siempre, tío. Como antes.
«Como antes», dice. No creo que pueda volver a existir un antes después de esto. Lo ocurrido me ha marcado. Para siempre.
—Por cierto, Mackenzie está fuera y quiere entrar —dice Theo de repente, y todas mis alarmas se disparan al oír su nombre—.
Yo pensaba que solo estabais follando, pero que lleve dos horas sentada en esa silla de mierda del hospital, sobreviviendo a base de barritas y bebidas energéticas, me dice que hay algo más.
—No hay nada —lo corto—. Y no me la estoy tirando. Fue solo una vez.
«Mierda».
—¡Lo sabía! —exclama Theo, señalándome con el dedo mientras Easton me mira con los ojos como platos—. Sabía que había pasado algo entre vosotros...
—No hay nada —repito—. Y ni se te ocurra contar esto, porque serás tú el que acabe en una camilla.
—¿Con Mackenzie? ¿En serio? —interviene Easton—. De todas las tías del campus, ¿tenías que tirarte a la amiga de mi novia?
—Pasó antes de que Hailee fuera tu novia. Y además, no tiene importancia.
—Pues ella parece bastante empeñada en verte —insiste—. Creo que... le preocupas.
Y una mierda. Le dejé bien claro que no intentara salvarme. Si de verdad cree que puede hacerlo, es más ingenua de lo que pensaba.
—Que no entre —digo—. Decidle que me he dormido, lo que sea. Pero que no entre.
—¿Seguro? —pregunta Theodore, frunciendo el ceño.
—Seguro —respondo—. Quiero a Mackenzie Reed fuera de mi vida.