Breakaway 14 Mackenzie #3
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14 Mackenzie #3

—Seguro que os va a ir bien. El equipo es increíble y habéis trabajado muy duro para llegar hasta aquí.

—¿Y si no es suficiente? —responde al instante—. ¿Nunca te ha pasado al entrar al hielo? Ya sabes, verte ahí y pensar que no eres suficiente, que podrías haber hecho más, que estás decepcionando a todos.

«Más veces de las que te imaginas», pienso.

—Intento llevarlo lo mejor que puedo —respondo, encogiéndome justo cuando una ráfaga de aire helado nos golpea—. Si dejara que todos mis pensamientos intrusivos me hundieran, jamás habría vuelto a ponerme unos patines.

Recuerdo perfectamente aquella vez, con once años, cuando, por primera vez, no clasifiqué en un campeonato y estuve a punto de dejarlo.

Sentía que no valía la pena seguir, que no pertenecía al patinaje artístico, que simplemente...

no era para mí. Fue uno de los momentos más miserables de mi vida, pero mis padres, que siempre han sido mis mayores fans, me empujaron a continuar. Y menos mal que les hice caso.

El patinaje saca lo peor de mí, pero también lo mejor.

—¿Tú cómo lidias con esos pensamientos? —pregunta Grayson de repente.

De todas las cosas que pensé que saldrían de su boca, esta jamás estuvo en la lista. Grayson no es de los que piden ayuda, y mucho menos a chicas que asegura no soportar.

—¿Te estás comiendo mucho la cabeza últimamente? —pregunto, y no puedo evitar empatizar con él.

—A todas horas —confiesa—. Y no tienes ni idea de lo agotador que es.

—En realidad, sí que lo sé —murmuro—. Y...

Antes de que pueda terminar, Grayson se pone en pie. Tiene la mandíbula apretada y los hombros tensos.

—Déjalo —me interrumpe—. Olvídate de esta conversación, ¿vale?

Sin decir nada más, da media vuelta y empieza a alejarse. Otra vez. Otra maldita vez lo mismo.

No lo pienso, me levanto y corro tras él. Cuando lo alcanzo, lo agarro de la sudadera y tiro con fuerza, obligándolo a detenerse.

—¡No puedes hacer esto! —estallo.

—¿Hacer qué?

—¡Esto! —exclamo, agitando las manos entre nosotros, como si así pudiera señalar físicamente el desastre que somos—.

Tienes que parar, Gray. De verdad, porque no te entiendo.

—Mis palabras salen atropelladas—. Un día me odias, pero al siguiente parece que quieres ser mi amigo.

Luego vuelves a ignorarme, o me sueltas comentarios que duelen, o me besas, o me rechazas, o...

—Mi voz se rompe un segundo—. O te sientas a ver las estrellas conmigo como si no pasara nada. ¡Y no puedo más! ¡No puedo!

Toda la frustración de las últimas semanas acaba de explotar, derramándose en forma de palabras que estoy segura de que me arrepentiré de haber dicho.

Grayson no dice nada, simplemente me mira, y parece que cada una de mis frases hubiera impactado en algún punto muy concreto dentro de él.

De repente, da un paso hacia mí y me toma por el mentón con los dedos, con una suavidad que contrasta de manera ridícula con los tenso que tiene el resto del cuerpo.

Doy un respingo, sobresaltada, pero no me aparto. Aunque quisiera, no creo que pudiera.

Los próximos segundos los pasa examinando mi rostro.

Casi parece que estuviera intentando encontrar algo, o memorizar el tono exacto de mis ojos, las pecas que tengo o el ligero temblor de mis labios.

No lo sé. Lo único que sí sé es que su aliento está empezando a mezclarse con el mío...

y quiero que vuelva a besarme. O quizá debería ser yo quien lo haga.

«¿Estás loca?»

—Eres tú la que tiene que dejar de hacer esto, Mackenzie —susurra.

Frunzo el ceño.

—No te entiendo. —Su aliento cálido me roza la boca y un escalofrío me recorre la espalda.

—Tienes que dejar de buscarme —dice con seriedad—. De perseguirme, de pensar que puedes salvarme. Porque, créeme, no puedes. Nadie puede.

—Pero...

—No —me corta en un murmullo afilado—. Deja de intentarlo, ¿quieres? Solo te vas a hacer daño.

Cierro los ojos y respiro hondo, tragándome todas las palabras que quieren salir disparadas.

Quiero decirle que no sé qué demonios me pasa con él.

Que es la única persona que ha conseguido despertar algo en mí en meses.

Que descifrarlo se ha vuelto casi una necesidad.

Que cuando lo miro, a veces veo partes de mí misma reflejadas en él, porque, aunque nunca se lo he dicho, yo también sé lo que es vivir detrás de muros que uno mismo levanta.

Quiero decirle demasiado, tanto, que al final no sé por dónde empezar.

Sus ojos carbón brillan, iluminados por las luces de Nueva York que se reflejan en sus iris.

—No siempre vas a poder espantar a todo el mundo, ¿sabes? —susurro, desafiándolo con la mirada—. Alguien se quedará algún día, lo quieras o no.

—¿Y tú vas a ser ese alguien? —pregunta, separándose unos centímetro, pero sin alejarse por completo—. Porque entonces, estás jodida.

Me mantengo firme, sin apartar la mirada. Grayson lo nota y su expresión se suaviza por un segundo, pero enseguida vuelve a colocarse su máscara de indiferencia.

—Bien, luego no digas que no te lo advertí.