Breakaway 14 Mackenzie #2
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14 Mackenzie #2

—Ya, como siempre —espeto. Las palabras me queman la garganta, pero por dentro ya no siento nada. Estoy acostumbrado—. Tiene que hablar con otro cliente en una de esas fiestas pijas que tanto os gustan, ¿no?

—Grayson, eso no... —intenta excusarse, pero el sonido de las copas chocando la delatan—. Está haciendo contactos, y ya sabes lo importante que es eso.

Muchísimo más importante que venir a ver a tu hijo jugar por primera vez en diez años.

—Lo pillo, mamá —respondo. A lo lejos distingo el hotel, y pensar en las pastillas que me esperan en la habitación me hace acelerar el paso—. No te preocupes, de verdad. No esperaba más de vosotros.

—Grayson...

—Ya hablaremos —la corto y cuelgo.

Sus palabras siguen machacándome cuando atravieso las puertas del hotel, sin música, porque ya ni siquiera eso me calma.

Estoy cruzando el vestíbulo cuando el ascensor se abre y Mackenzie sale de él.

Va vestida con un chándal, lleva el pelo recogido en una coleta y una bolsa de deporte y otra de patines colgando del hombro.

Hotchner nos dijo que las animadoras entrenarían después de nosotros, así que supongo que va hacia el estadio con Cara, a la que he visto esperando en la entrada.

Al pasar por mi lado, noto cómo Mackenzie se tensa, aferrando con más fuerza el asa de la mochila mientras me esquiva la mirada. Una punzada de molestia me atraviesa, pero me obligo a continuar.

El ascensor de los huevos, por desgracia, aún huele a ella, y todavía puedo verla dentro, entre mis brazos, besándome, gimiendo... Es demasiado, así que decido usar las escaleras. Prefiero subir veintidós pisos andando antes que revivir ese momento en el que su boca buscaba la mía.

Cuando por fin llego a mi habitación, dejo caer la bolsa de la equipación en el suelo y me desplomo sobre la cama, sin encender la luz.

Abro el segundo cajón de la mesilla y rebusco hasta encontrar el estuche gris.

A simple vista parece un neceser cualquiera, pero en realidad guarda la única solución a mi propia tortura personal.

Con las manos temblorosas, cojo el bote de pastillas blancas, las que necesito ahora, las que acallan mi mente, y me tomo dos...

o tres, ni lo sé. Cierro los ojos y me recuesto sobre la almohada, esperando a que hagan efecto.

Poco a poco, la voz en mi cabeza empieza a apagarse y me dejo arrastrar hacia un sueño dulce y profundo donde solo veo una melena castaña y unos ojos color oliva mirándome con una atención que nunca he merecido.

Mackenzie

Subir a la azotea del hotel para desconectar después del entreno, me pareció una buena idea. Pero la paz duró, porque mi madre decidió llamarme para su habitual interrogatorio de tercer grado en cuanto crucé por la puerta.

—No, mamá, no se me ve el culo con el uniforme —repito por tercera vez, conteniendo la risa—. Y sí, tenemos pompones.

—Mándame muchos vídeos —insiste ella, con ese tono que mezcla emoción y orgullo y que siempre le sale cuando hablo sobre patinaje.

—Tranquila, le pediré a la entrenadora que grabe unos cuarenta —bromeo. Aunque, siendo realistas, seguro que serán más. Sé que mis padres habrían dado lo que fuera por ver el partido en directo, pero como les toca trabajar, quiero que tengan un buen surtido de vídeos míos.

—Cuídate, cariño, y rómpete un pie en el hielo —dice mamá, usando la frase de siempre para desearme suerte—. Te quiero.

—Yo también te quiero.

—Y estoy orgullosa de ti —añade—. Los dos lo estamos.

Le doy las gracias y cuelgo, sintiendo cómo empieza a formárseme un nudo en el estómago.

Ahora están orgullosos, sí... pero si supieran lo que hice, si supieran que Sean y yo ya no estamos juntos y que no tengo pareja para la próxima temporada, quizá cambiarían de opinión.

Y eso duele, porque lo único que he querido desde siempre es demostrarles que todo lo que han invertido en mí, todos sus sacrificios, han valido la pena.

—Si vas a saltar, por mí no te cortes —dice una voz a mis espaldas, sobresaltándome.

Me giro enseguida, topándome con Grayson. Está ahí, con las manos en los bolsillos, mirándome con una media sonrisa divertida. En serio, este chico y sus malditos cambios de humor van a volverme loca.

—No tenía pensado saltar, pero ahora que estás tú aquí, quizá sea una opción —respondo, desviando la mirada hacia el borde de la azotea.

La altura impresiona, aunque no tanto como las vistas.

—Podemos saltar juntos, si quieres —comenta, dejándose caer a mi lado.

Suelto un bufido y hago el amago de levantarme, pero él es más rápido, tira de mi muñeca y me obliga a sentarme otra vez.

—¿Qué quieres, Grayson? —espeto, incapaz de ocultar mi molestia.

—Compañía y buenas vistas —responde sin mirarme, con la mirada perdida en el océano de luces de la ciudad—. ¿Es eso mucho pedir, Reed?

—¿Te recuerdo que hace menos de veinticuatro horas no querías que volviera a acercarme a ti?

—Yo no dije eso —replica—. Dije que...

—Como si lo hubieras dicho —lo corto—. Es exactamente lo mismo, y además...

—¡Shhh! —exclama de pronto, señalando al cielo—. ¿Has visto eso? Pide un deseo.

—¿Un deseo?

—Para la estrella fugaz —dice, como si fuera lo más obvio del mundo—. Pídele algo, Reed. No seas sosa.

—Mira quién fue a hablar, el rey de la fiesta en persona —ironizo y, por primera vez, se gira hacia mí.

Y ahí está. No sé si es por la altura, por el frío o por el maldito vértigo emocional que me provoca, pero el aire se me queda atrapado en la garganta.

Sus ojos, que podrían pasar por unos cualquiera, guardan un cansancio y un dolor tan grandes que, aunque intenta esconderlos bajo ese brillo juguetón del que tanto presume, no lo logra.

Al menos, conmigo no.

—¿Todo bien? —pregunto sin poder evitarlo.

—Todo lo bien que puedo estar teniendo en cuenta que mañana juego uno de los partidos más importantes de mi carrera —responde, encogiéndose de hombros—. Pero bueno, sin presiones, ¿no?