14 Mackenzie
—¡¿Que hiciste qué?! —exclama Montana, ojiplática, al otro lado de la videollamada.
—Estoy flipando —añade Alex. Hailee, que está sentada a su lado, asiente—. ¿Cómo se te ocurre, Kenzie? ¿Estás tonta o qué?
Me encojo de hombros sin saber qué responder.
Estoy sentada en la cama king size del hotel, con mi pijama de corazoncitos, el pelo hecho un desastre y una mascarilla de pepino endureciéndose sobre mi cara mientras le cuento a mis amigos la cagada monumental de anoche. A mi lado, Cara duerme profundamente.
—No sé en qué estaba pensando —admito—. Supongo que todavía iba un poco achispada y... me dejé llevar.
—Y tanto que te dejaste llevar —ironiza Montana.
—En el momento no me pareció tan mala idea —me defiendo. Al otro lado, los tres inclinan la cabeza al mismo tiempo, como un comité de evaluación muy decepcionado, y se acercan a la cámara—. ¿Qué? —protesto.
—¿Qué? —repite Hailee—. ¡Pues que no puedes escribirle a tu ex!
—¡No le escribí! —protesto enseguida—. Él me escribió a mí. Yo solo... le respondí.
—¿Y qué te dijo exactamente? —pregunta Alex.
Respiro hondo y les repito, por tercera vez, la misma cantinela.
—Contestó a la foto que subí a la historia y me dijo que estaba muy guapa.
Los tres asienten, esperándose lo peor.
—¿Y tú qué le dijiste? —insiste Montana.
—Gracias. Ya está —respondo con indiferencia.
Por cómo me miran, está claro que no se creen ni una palabra. Me conocen demasiado bien, para mi desgracia.
—¿Nada más? —pregunta Hailee, entornando los ojos.
—Bueno... —murmuro, jugueteando con un hilito suelto de la sábana—. Puede que añadiera un emoticono de esos sonrojados.
—¡Mackenzie! —me regaña Alex.
—Y también... —trago saliva—. Le dije que lo echaba de menos.
Hay un segundo de silencio abismal.
—Decidido, eres tonta —espeta Montana.
No sé qué me llevó a contestar al mensaje de Sean. No sé si fue el enorme vacío que Grayson acababa de dejar en mi interior, lo patética que me sentía o las ganas que tenía de escuchar algo bonito, de sentirme validada... aunque volviera a venir de la última persona de la que debería buscarlo.
El caso es que, cuando entré en el dormitorio y mi móvil se iluminó con la notificación, apagué el cerebro y simplemente contesté.
—Todavía no os he contado lo peor —anuncio.
—¿Hay algo peor que contestarle a tu ex? —pregunta Hailee, horrorizada.
—¡¿Lo llamaste?! —inquiere Montana, incorporándose de golpe—. Por Dios, Kenzie, dime que no lo llamaste.
—No lo llamé —la tranquilizo. Estoy loca, pero tengo límites—. Y ni siquiera tiene que ver con Sean.
Eso los hace reacomodarse en el sofá, acercándose a la pantalla como si estuviera a punto de revelarles el chisme del año.
—¿Y bien? —presiona Alex.
Trago saliva e intento mentalizarme.
—Besé a Grayson. —Los tres se quedan congelados—. Bueno, en realidad, él me besó a mí —aclaro—. Yo solo le seguí, y luego...
—¡¿Y luego qué?! —gritan al unísono.
—Luego nada —respondo, chafando su entusiasmo en un segundo.
—¿Cómo que nada? —protesta Alex—. ¿Cómo puede haber nada después de un beso con Grayson Abbott?
Me dejo caer sobre la almohada.
—Pues eso, nada de nada. Se volvió a encerrar en su muralla, se puso en plan «soy un iceberg emocional» y me dijo que me olvidara del beso. Como si jamás hubiera pasado.
El silencio que sigue a mis palabras pesa incluso en la distancia. Montana es la primera en romper el hielo.
—No me puedo creer que nunca esté ahí cuando te pasan las cosas interesantes.
Hailee y Alex fruncen el ceño y la miran como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Interesante? —repite mi amigo, incrédulo—. Creo que liarse con Abbott es lo último que Kenzie necesita ahora mismo.
—Ni caso —dice Montana, agitando la mano como si quisiera espantar una mosca—. Os habéis besado, ¿y qué? Está bueno, es normal. Por mí, como si quieres volver a acostarte con él. Eres un mujer soltera y empodera...
—¡Montana! —la corta Hailee de inmediato, dándole un codazo en las cotillas.
—¿Qué?
De repente, la expresión de Hailee se vuelve demasiado seria.
—Soltera, empoderada y todo lo que tú quieras —concede—, pero lo que Mackenzie necesita es sanar y centrarse en ella, no meterse en un carrusel emocional con Grayson.
—Me mira fijamente, y en sus ojos azules puedo leer una ligera advertencia—.
Gray es genial, de verdad, pero también carga con mucho.
Y no sé hasta qué punto eso te haría bien.
Y eso es algo que, por desgracia, yo ya sé. El único chico capaz de hacerme sentir algo de verdad es, irónicamente, el mismo que parece destinado a romperme en pedazos. En tantos, que dudo que pudiera recomponerme ni aunque me pasara la vida intentándolo.
Grayson
Cinco segundos para marcar, eso es todo lo que tengo.
Me deslizo sobre el hielo a toda velocidad, esquivando a la defensa contraria, flexiono las rodillas (que protestan por el esfuerzo), aferro el stick con más fuerza y tiro.
El disco vuela, supera al portero y se cuela en la red justo cuando el entrenador da por terminado el entrenamiento. Mis compañeros estallan en vítores y vienen a felicitarme. Entre ellos está Theo, que me da un par de palmadas en la espalda mientras se arranca el peto naranja.
Me quito el casco porque necesito aire, porque me estoy asfixiando.
La cabeza está a punto de estallarme, varios puntitos blancos me nublan la vista y me arde cada músculo del cuerpo.
El dolor es tan intenso que tengo que apretar los dientes para no soltar un gemido cuando salgo de la pista y me dejo caer en el banco, junto al entrenador.
Él me lanza una mirada rápida, pero no comenta nada, solo abre su libreta y se pasa los siguientes diez minutos repasando, una vez más, las tácticas del partido de mañana.
Yo respiro hondo, intentando que el mundo deje de girar.
Mañana es el gran día, la semifinal de la Frozen Four, y en el estado en el que estoy, no debería ni ser capaz de levantarme de la cama, pero las pastillas mantienen mi cuerpo en marcha. No vivo, que es distinto, sino funcionando, como un autómata programado para patinar.
«Solo hasta que pase la Frozen Four», me repito. Después dejaré esta mierda.
O, al menos, eso es lo que intento creer, porque cada día tengo más claro que mi fuerza de voluntad no es tan firme como pensaba, que mis demonios están empezando a tomar el control.
—¡A las duchas! —ruge el entrenador, sacándome del trance—. Frotaos bien el culo y descansad, que mañana nos espera un día largo.
Como ya es costumbre, me detiene antes de que pueda seguir a los demás.
—¿Todo bien, Gray? —me pregunta, escudriñándome con la mirada.
Sé exactamente por qué. Está buscando la más mínima señal de alarma, cualquier cosa que me delate y le indique que he cruzado un límite y que no debería jugar.
Pero llevo tantos años blindado, reprimiéndome y ocultándole mis emociones a los demás, que nadie puede leer nada en mi mirada que no sea oscuridad o indiferencia.
—Todo bien, Hotch —respondo mientras asiento—. Voy a lavarme bien el culo. Y a asegurarme de que Theodore también lo hace —añado en tono de broma, aunque la pequeña carcajada que dejo escapar me provoca un pinchazo en el pecho.
Joder, estoy hecho polvo.
Hotchner me deja ir, pero soy muy consciente de que no ha reído mi gracia y de que su mirada grita que no me cree. Simplemente, no puede probarlo.
Atravieso el pasillo a toda prisa, cruzo el vestuario y me deshago de la equipación sin pensarlo demasiado.
Me meto bajo la ducha y dejo que el agua me golpee la espalda, en silencio.
No tengo ganas de hablar con nadie. Con que el entrenador haya notado que estoy jodido es suficiente, no necesito a mis amigos intentando descifrar mi mierda también.
Cuando salgo, me despido con un gesto de cabeza y un gruñido que apenas suena humano, aunque supongo que ellos lo interpretan como un «hasta luego».
En cuanto pongo un pie fuera del rink, el frío de la tarde neoyorquina me recibe con entusiasmo. El sol empieza a ocultarse tras los rascacielos, y aunque aún quedan un par de rayos que intentan calentar la ciudad, no lo consiguen.
Me ajusto el gorro, me pongo los cascos y reproduzco en aleatorio mi playlist de siempre, esa que uso cuando necesito evadirme del mundo un rato.
Mientras camino, esquivando charcos y a los transeúntes que corren de un lado a otro, intento no pensar en mañana.
En que ganar o perder lo supondrá todo. En que quizá no esté preparado.
De hecho, intento no pensar en nada. Mi mente es agotadora, y cuando el efecto de las pastillas empieza a desvanecerse, su voz vuelve a torturarme, a recordarme que no soy suficiente, que no llegaré, que me van a descubrir.
Es tan insoportable convivir conmigo mismo, que la única manera de hacerlo últimamente es apagándola.
De pronto, «Snow» de Red Hot Chili Peppers se corta en seco, interrumpida por una llamada entrante.
Micaela.
Mi día ya estaba siendo una mierda, pero hablar con mi madre es la guinda del pastel.
Mientras el teléfono sigue sonando, me planteo seriamente rechazar la llamada, fingir que no la he visto y continuar como si nada.
Sin embargo, termino contestando, porque sé que si no lo hago insistirá hasta el cansancio para soltarme la basura que tenga que contarme, esa que borraré de mi memoria en cuestión de segundos, como todo lo que tiene que ver con su vida y que no me importa.
—Hola, mamá —saludo sin entusiasmo. Me cuesta hasta hablar.
—¿Grayson? —De fondo se escuchan voces, risas y música—. ¿Grayson, me oyes?
—Te oigo. —«Por desgracia»—. ¿Necesitas algo?
—Es que... —Se escucha otra carcajada—. Sobre el partido de mañana... ¡Ya voy, Angie! —grita de repente—. Sobre...
—Mamá, arranca.
—Sí, sí —responde—. Lo que intento decirte, cielo, es que finalmente no podremos ir al partido mañana. Debíamos volar hoy a Nueva York, pero a tu padre le ha surgido algo importante y...