13 Mackenzie #3
—¿Y tú qué? —pregunto, aprovechando que antes pareció, aunque fuera por accidente, abrir una rendijita en su muralla—. Estoy segura de que tus padres no limpian pescado. A ver... déjame adivinar. —Levanto un dedo, concentrada—. ¿Escritora superventas y cirujano plástico?
Él niega, pero no se queja. Eso ya es una victoria.
—Vale, no. Entonces... —chasqueo los dedos—. ¡Ya sé! Modelo retirada que ahora tiene su propia marca de ropa y cardiólogo exitoso. ¿Voy bien?
Grayson suelta una risa muy pequeña (muy suya, muy contenida) mientras sacude la cabeza. Y, sorprendentemente, no parece molesto. Parece... ¿divertido?
—Empresaria hotelera y abogado —responde al fin, con un deje de ironía.
—Vaya, suena... caro. —Él sonríe, expulsando el aire por la nariz—. Por eso decidiste estudiar derecho, ¿no? Para seguir los pasos de tu padre —continúo—. Supongo que lo admiras mucho.
—Bueno, yo no usaría la palabra admirar —comenta—. Digamos que más bien intento estar a la altura de sus expectativas. Ya sabes, cumplir y toda esa mierda.
—Y si tu madre y tu padre tuvieran una pescadería —pregunto, sin saber de dónde me sale el valor—, si no tuvieras que cumplir las expectativas de nadie y pudieras hacer algo que te hiciera sentir orgulloso, ¿qué harías?
En cuanto termino, me doy cuenta de que me he pasado. No con mala intención, pero la pregunta es demasiado íntima para alguien que vive protegido tras muros de hormigón emocional. Aun así, la sorpresa en su rostro me deja claro que he tocado un tema delicado.
Los minutos pasan mientras camino a su lado y finjo no mirarle de reojo. Cuando ya estoy convencida de que no va a responder, finalmente habla. Pero no para lo que yo esperaba.
—Ya hemos llegado —dice, señalando hacia delante.
El hotel aparece a unos metros, enorme y elegante, como una barrera física que remata la barrera emocional contra la que me acabo de estrellar. Porque sí, me he estampado de lleno contra el dichoso muro.
Cruzamos la recepción en silencio, un silencio incómodo que parece crecer a cada paso, y subimos al ascensor. Pulso el botón de mi planta y me apoyo contra la pared fría de metal, intentando regular mi respiración. Como si todo lo de fuera (y todo lo de dentro) no me hubiese afectado lo más mínimo.
Las puertas se cierran y el ascensor empieza a subir. Pasan unos segundos en los que solo escucho el zumbido del motor, hasta que siento la mirada de Grayson clavándose en mi perfil.
Intento ignorarlo, mantener los ojos al frente y fingir que su presencia no me altera. Pero al final, inevitablemente, giro la cabeza.
Nuestras miradas se encuentran, y el aire del ascensor, de pronto, se vuelve asfixiante.
Grayson da un paso hacia mí, despacio, y cada centímetro que acorta entre nosotros es un latido que me retumba en el pecho. Cuando ya está prácticamente sobre mí, su mano sube hasta mi mejilla, rozándola con una suavidad que contrasta brutalmente con la intensidad de su mirada.
Y entonces, sin darme tiempo a pensar, su boca encuentra la mía.
El beso es firme y urgente, una mezcla de todo lo que ninguno de los dos ha querido (o ha sabido) decir en voz alta esta noche.
Le rodeo el cuello con las manos mientras él me pega a su cuerpo, como si temiera que pudiera desvanecerme en cualquier momento.
Sus manos se deslizan por mi cintura y rozan la piel justo debajo del borde de mi vestido.
Involuntariamente, se me escapa un gemido, y ese sonido, mi sonido, le arranca un gruñido bajo que me sacude entera.
De repente, el ascensor emite un pitido y la puerta empieza a abrirse.
Grayson se separa de mí como si alguien tirara de él hacia atrás. Tiene la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, y los labios aún hinchados del beso. Parpadea una vez, dos, como si la realidad tardara en volver a enfocarse.
Cuando mira a su alrededor, al pasillo vacío, y luego vuelve a mirarme a mí... algo en su expresión cambia. Su mandíbula se tensa y sus ojos recuperan ese negro oscuro, frío y distante, como si estuviera reconstruyendo a toda prisa el muro que un minuto atrás había dejado caer.
—Nunca más —escupe, como si las palabras le quemaran en la lengua.
—Pero...
—No va a volver a pasar nunca más, ¿entendido?
Se lleva las manos a la cabeza y suelta un bufido, típico de quien se está peleando consigo mismo.
Y entonces, sin previo aviso, golpea el panel de botones con el puño.
El ruido seco me atraviesa entera. Me sobresalto y me hago pequeña contra la pared, incapaz de controlar el temblor que me recorre.
Grayson parece recordar de golpe que sigo aquí. Me mira, solo un segundo, pero en ese tiempo tan corto alcanzo a leer la culpa, la rabia y el miedo contenidos en su mirada.
Me agarra del brazo y me saca del ascensor. Sin decir una sola palabra, pulsa el botón de su planta y su figura se queda allí, rígida y en tensión, mientras las puertas se cierran frente a mis narices.
Me quedo temblando en el pasillo, y no sé si por el susto, por la adrenalina, por la excitación o por las tres cosas a la vez. Lo único que tengo claro es que este chico con sus cambios de humor, sus contradicciones y su maldito muro, va a volverme loca.