Breakaway 13 Mackenzie #2
31%

13 Mackenzie #2

Tengo que recordarme cómo se respira porque, si no estoy loca (o todavía borracha), juraría que he visto su mirada posarse un segundo de más sobre mis labios.

—Si me acompañas... —consigo decir, con la voz más estable de lo que esperaba—. Solo pensaré que eres un caballero.

Él asiente, despacio.

—Perfecto, justo lo que soy. Vamos.

Sin esperar respuesta, empieza a caminar por la acera húmeda. Yo lo sigo, intentando ignorar cómo el frío me pellizca las mejillas y cómo su cercanía, a pocos pasos, me calienta la piel de una manera que prefiero no sobrepensar.

Caminamos durante varios minutos en silencio, pero es un silencio diferente al de antes; más tranquilo, más relajado.

A medida que avanzamos y vamos dejando calles atrás, comienzo a entender por qué a Nueva York la llaman «la ciudad que nunca duerme».

Mires donde mires, hay vida. A mi derecha, una fila interminable de gente espera para entrar a un diner que huele a café barato y fritura.

A la izquierda, un saxofonista toca en la esquina a cambio de unas monedas, y su melodía, arrastrada por el viento, flota entre las luces de neón de los carteles de los locales.

Hay taxis y coches pitando, sirenas a lo lejos, risas, pasos, conversaciones en diferentes idiomas.

Todo vibra.

Es tan distinto a Fairbanks que me abruma. Allí, a estas horas, lo único despierto sería algún reno en mitad del bosque. Aquí, hasta los edificios parecen tener vida.

Grayson mete las manos en los bolsillos y suelta un suspiro que se pierde en el aire helado.

—¿Adónde vas? Es por aquí —le indico, señalando hacia la izquierda cuando él se para frente a un paso de peatones.

—Por aquí llegaremos antes —responde—. Es un atajo.

—Pero Google Maps dice...

—Que atravesemos toda esa avenida, lo sé —me interrumpe, girándose apenas—. Pero te estoy diciendo que por aquí se llega antes. ¿Vas a hacerle caso a ese trasto o a mí?

No me da tiempo a responder porque el semáforo se pone en verde y él ya está cruzando al otro lado.

—Espero que sepas lo que haces —jadeo, casi sin aliento, cuando por fin lo alcanzo.

Seguimos dejando avenidas y cruces atrás, yo, embobada, deleitándome con cada pequeño detalle, y Grayson con la cabeza gacha y el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera perdido en sus propios pensamientos.

—¿Ya habías estado en Nueva York? —pregunto, aunque creo sé la respuesta.

—Un par de veces.

—¿Con el equipo?

Niega con la cabeza, y yo me quedo esperando una explicación que nunca llega.

Cuando entramos en un parque y seguimos su sendero iluminado, me debato entre continuar hablando (intentando sacarlo de su caja hermética) o quedarme callada.

Probablemente lo segundo sería lo más sensato, porque Grayson no tiene pinta de ser de los que se abren y te cuentan su vida.

Pero esa curiosidad irracional que siempre me despierta, esas ganas insoportables de saberlo todo y derribar cada uno de sus muros, me empujan a abrir la boca.

—Siempre he querido visitar Nueva York —murmuro. No se gira, pero distingo una ligera sonrisa en su perfil.

—No me digas —responde sin mucho entusiasmo.

—Mis padres nunca pudieron costearse viajes grandes —añado—. Todo lo que ganaban lo invertían en mis clases de patinaje. Y bueno, gracias a las competiciones pude viajar un montón. Es solo que... —trago saliva, buscando las palabras— me habría gustado que hubiese sido con ellos.

—¿Y por qué no?

—Era caro, y además no tenían a nadie que se hiciera cargo de la pescadería.

En cuanto las palabras salen de mi boca, Grayson gira la cabeza y sus ojos se clavan en los míos.

—¿Tus padres tienen una pescadería?

—Fish and Giggles —respondo—. El mejor pescado de Fairbanks.

—Por eso la beca, entonces.

Me sorprende que lo sepa, porque no creía que me hubiera estado prestando tanta atención.

Casi llegamos al final del parque, solo nos queda rodear una pequeña fuente.

—Muy observador, Abbott —comento, divertida—. Aunque la beca no cubre el alojamiento, ¿sabes? Por eso...

—¿Por eso eres una listilla insufrible? —se burla, con ese tono que pretende ser ácido pero que, al final, suena peligrosamente cercano a una sonrisa.

—Por eso me esfuerzo tanto —digo—. Porque, si perdiera mi beca, todos sus años de sacrificio habrían sido para nada. Y yo... —me detengo un segundo, dudando si seguir—. Yo quiero que estén orgullosos de mí. En los estudios y en el patinaje. En todo.

Grayson me mira durante un tiempo que se me hace eterno.

Hay algo diferente en sus ojos, algo que no sé nombrar.

Tal vez es la forma en que me observa, tan directo, tan serio...

o quizá ese tono gris oscuro que sustituye al negro y que solo aparece cuando me mira a mí.

Sea lo que sea, me atraviesa y me cala bien hondo en el pecho.

Él carraspea, rompiendo el momento, y vuelve a caminar. Lo sigo en silencio hasta salir del parque; los rascacielos nos envuelven de nuevo y la luz cálida de la panadería de la esquina me recuerda que ya estamos cerca del hotel.