13 Mackenzie
—Sean y yo lo hemos dejado —balbuceo con la lengua pastosa por el tequila—. Bueno, no —me corrijo—. Él me ha dejado a mí.
—Menudo gilipollas —murmura Anya mientras nos sirve a todas otro chupito.
—Sí —concuerda Cara—. Solo un gilipollas... No, espera —se interrumpe—. Solo un gilipollas ciego —matiza—, dejaría a un pibón con tanto talento como tú.
Anya y Lizzy asienten, respaldándola en silencio. Yo no me muevo, porque si lo hago, seguro que me mareo. Y porque, aunque ellas intentan levantarme el ánimo, yo sé la verdad, sé que la que metió la pata fui yo. La que traicionó fui yo. La que se merece estar sola... también soy yo.
—Que le jodan, tía —dice Cara—. Ve y enróllate con Gray.
—Sí, está buenísimo —la apoya Lizzy, con una sonrisa pícara—. Seguro que lo hace de maravilla en la cama.
Seguro. Y ojalá me acordara.
—No, chicas —intervengo—. ¿Sabéis qué es lo que quiero hacer? —pregunto antes de vaciar el chupito de un trago—. ¡Bailar!
—¡Sí! —exclaman las tres al unísono.
Nos levantamos tambaleándonos, agarradas unas a otras para no caernos, y bajamos las escaleras del reservado en el que nos colamos. La pista está llena, los cuerpos se mueven al ritmo de la música y las luces de colores se mezclan con el humo y los destellos neón de los carteles.
Anya se abre paso entre la multitud con seguridad, como si la pista fuera su reino.
Lizzy y Cara la siguen, y yo voy detrás, agarrada a su mano para no perderme.
Cuando llegamos al centro, donde están los chicos, Anya se lanza a los brazos de Theodore, que la recibe con una sonrisa.
Luego la pega a su cuerpo y se mueve con ella al compás, susurrándole algo que la hace reír, mientras las luces parpadean y el ritmo de «I Am Blue» retumba en nuestros pechos.
Y entonces, siento que alguien se pega a mi espalda. Su aliento cálido roza mi cuello y me deja paralizada unos segundos. La música, el calor de la pista y el alcohol me nublan la mente, pero el cosquilleo que me recorre la nuca no tiene nada que ver con eso.
—Ni se te ocurra besar a otro esta noche —susurra Grayson, con la voz ronca y también algo pastosa.
Un calor intenso me sube a las mejillas y se apodera de mi bajo vientre. Todo mi cuerpo parece envuelto en llamas, y no sé si es por el tequila o porque simplemente él está ahí, demasiado cerca.
Despacio, me giro para enfrentarlo. Sus ojos oscuros brillan con deseo. Ladea la cabeza y recorre mi cuerpo con la mirada, midiendo cada reacción mía, y entonces, sus manos se posan en mi cadera.
Quiero corresponderle, pero el momento se rompe cuando alguien más se interpone y unas manos desconocidas se agarran bruscamente a la tela de mi vestido. Me tenso enseguida.
— Ciao, bella —dicen en italiano a mis espaldas—. Questo è il tuo ragazzo?
Me quedo quieta como una estatua. No he entendido ni una palabra de lo que ha dicho, pero el tono que ha usado y la manera en que me mira lo dicen todo.
Gray sigue pegado a mí, con sus manos firmes en mis caderas, mirando al intruso como si quisiera despedazarlo. Pero él solo parece divertirse con la situación.
— Perché non lasci questo idiota e vieni con me? Possiamo divertirci un sacco...
Parpadeo, completamente confundida.
—No... no te entiendo. Lo siento —balbuceo, apartándome un poco y agachando la mirada.
Él no se inmuta. Al contrario, se acerca aún más, sonriendo con descaro, y me agarra del brazo intentando acercarme a él.
Mi instinto me hace pegarme automáticamente a Grayson, buscando su seguridad. Él tensa su agarre y aprieta la mandíbula.
—Mira, imbécil —gruñe—. Non parlo italiano , pero como vuelvas a tocarla te reviento la puta cabeza. ¿Capito?
El italiano se ríe, confiado y respaldado por sus amigos, y vuelve a acercarse, ignorando la advertencia.
Grayson no se lo piensa dos veces y aparta al tipo de un empujón, haciéndolo retroceder varios pasos.
Lo siguiente sucede tan rápido que apenas puedo procesarlo.
Un segundo están discutiendo, gritándose, y al siguiente los italianos y varios chicos del equipo que han tomado partido por Grayson, se lanzan unos contra otros con una rapidez que me deja anonada.
Se oyen gritos, insultos, golpes y el sonido de vasos rompiéndose contra el suelo.
Cara me encuentra y se agarra a mi brazo con fuerza, como si temiera volver a perderme en medio del caos. La siento tirar de mí hacia atrás, intentando alejarme de la pelea.
—¡Mackenzie! —grita Anya en la distancia, pero su voz se pierde entre los empujones y los gritos de los chicos.
Lizzy la coge de la mano e intentan venir hacia nosotras, pero un empujón las hace retroceder y de repente ya no las veo; han sido arrastradas hacia el otro extremo de la sala por la masa de gente.
No puedo evitar que me recorra un escalofrío. Todos estamos dispersos, y el descontrol es total.
En apenas unos minutos, dos hombres con el uniforme de seguridad aparecen.
Son altos, con chaquetas negras y cara de pocos amigos, y no dudan en empujar a todos los implicados hacia la salida.
Los italianos comienzan a maldecir, lanzando insultos que no alcanzo a entender del todo.
Mi mirada intenta encontrar a Grayson, y lo localiza siendo arrastrado por uno de los seguratas.
En cuanto salimos a la calle, el contraste es brutal, ya que dejamos atrás el ruido y el calor del club y nos encontramos con la noche fría y la acera mojada por la lluvia reciente.
—Será gilipollas el cara pizza —bufa Theodore mientras los italianos se alejan calle abajo, lanzando insultos al aire.
—¿Y por qué nos hemos peleado esta vez? —pregunta Easton, tirando del cuello roto de su camiseta. Menos mal que Hailee no está aquí para verlo, porque seguro que se habría cabreado.
Theo le da una palmada en el hombro y ambos se dejan caer en el bordillo de la acera, junto a Grayson, que sigue intentando calmar su respiración.
—¿Qué más da? —dice Theodore, encogiéndose de hombros—-. Estaban molestando a Gray-Gray, eso es suficiente.
Cara aparece de la nada, todavía con las mejillas encendidas por la adrenalina. Lleva puesto su abrigo, y veo a Lizzy y Anya detrás repartiendo los demás como si fueran las madres del equipo.
—No estaban molestado a Grayson —aclara Cara—. Estaban molestando a Mackenzie. Yo lo vi.
Theo abre mucho los ojos y se vuelve hacia mí con una sonrisa pícara.
—¡No me jodas, encanto! ¿Así que todo esto ha sido para defender tu honor? ¿En serio?
Me muerdo el labio, incómoda. Aunque sé que no lo dice a malas, no puedo evitar sentirme culpable. Porque puede que sí, que nos hayan echado a todos por mi culpa. Por congelarme. Por no saber reaccionar.
—Supongo... —murmuro—. Lo siento.
—Tú no tienes que sentir nada —interrumpe Grayson, ganándose nuestra atención—. Ese gilipollas te estaba molestando. Punto.
—Ya, bueno... —empiezo, sin saber qué hacer con mis manos.
—Toma, Kenzie. —Anya aparece de repente y me pone el abrigo sobre los hombros—. Antes de que te dé una hipotermia.
Me lo abrocho enseguida, agradeciendo el calor que me envuelve.
—¿Y el mío, guapa? —pregunta Theo.
Anya se lleva un dedo al mentón, fingiendo pensar.
—Creo que se me ha olvidado dentro —bromea
Lo veo colgado del brazo de Lizzy, pero no digo nada. Theo se levanta de golpe, como activado por un resorte.
—Te acompaño a buscarlo, pero antes me pillo una porción de pizza de esas a un dólar. Ven, te invito.
Anya suspira, pero sonríe y lo sigue. No dan ni cinco pasos antes de que él la empotre contra una farola y empiecen a darse el lote.
—Mejor le devuelvo el abrigo luego —dice Lizzy, que acaba de acercarse a nosotros.
—Trae. —Easton se lo quita del brazo—. Ya lo llevo yo al hotel.
—¿Ya os vais? —pregunta Lizzy—. Los demás van a buscar algo de comer, ¿no venís?
Cara me mira, preguntándome qué hacer con la mirada.
—Yo estoy cansada —admito—. Creo que me vuelvo.
—Yo me apunto a lo de la comida —dice Easton al instante, y su miradita de reojo hacia Grayson no me pasa desapercibida.
—¡Y yo también! —salta Cara, al ver la dinámica—. ¡Nos vemos en el hotel, Kenzie!
Los tres se alejan entre risas, gritos y quejas sobre qué sitio tiene las mejores patatas fritas a las tres de la mañana.
Y, de pronto, solo quedamos solo Grayson y yo.
Él sigue sentado en el bordillo, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en la carretera mojada.
La ciudad, a pesar de la hora, vibra. Hay taxis y coches por doquier, gente fumando fuera de los clubs, locales de comida rápida abiertos...
Casi parece que la ciudad respira más de noche que de día.
—Han sido muy discretos, ¿no crees? —pregunta de repente.
Tardo un segundo en entenderlo, hasta que veo a Cara y Lizzy a lo lejos, escondidas detrás de un puesto de perritos calientes, cuchicheando mientras nos espían a hurtadillas.
—Sí, muy sutiles —suspiro.
—Pues no sé qué le habrás dicho a las animadoras, pero no va a pasar —responde él, incorporándose.
—Y yo no sé qué les habrás contado tú a Theo y a Easton —replico, alzando la barbilla—, pero tampoco va a pasar.
—Yo no les he contado nada. A esos cabrones simplemente les gusta molestarme.
—Vale.
—Bien.
—Pues eso.
Un silencio espeso e incómodo se instala entre nosotros.
—¿Y ahora qué? —pregunta Grayson.
—Ahora yo vuelvo al hotel. Tú puedes hacer lo que quieras.
Él me mira con esa sonrisa ladeada que siempre me ha parecido que le da un aire arrogante.
Aunque, esta vez, también le da un brillo cálido a sus ojos negros, que ya brillaban de por sí por el alcohol.
Mi pulso se acelera sin aviso. No debería estar fijándome en su sonrisa, ni en sus ojos, ni en lo guapísimo que está.
Lleva una camiseta azul marino que le marca los hombros y los brazos, un abrigo oscuro, estilo gabardina, y unos vaqueros que se ajustan perfectamente a sus caderas.
El pelo, despeinado por el sudor y la humedad de la noche, le da ese aire de chico malo, misterioso, al que nadie en su sano juicio querría acercarse.
Y, aun así, aquí estoy.
—Si te acompaño al hotel, ¿vas a pensar cosas raras? —murmura.