Breakaway 12 Mackenzie
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12 Mackenzie

—No me creo que estemos en Nueva York. ¡Mira qué vistas! —exclama Cara, señalando las enormes ventanas de nuestra habitación.

Desde la planta catorce, la ciudad se extiende ante nosotras. Central Park, un mar de copas verdes que se mecen bajo el sol de la mañana, ocupa casi toda la visión. Los rayos de sol se cuelan entre los árboles y tiñen el parque de tonos dorados, mientras abajo, ya se nota el bullicio de la ciudad.

Hemos volado toda la noche, y con la diferencia horaria, aterrizamos en Nueva York sobre las nueve y media de la mañana.

Estoy tan cansada que apenas puedo mantener los ojos abiertos, y lo único que quiero es ponerme el pijama, hundirme bajo las sábanas y no despertar hasta pasado mañana.

Pero, por supuesto, Cara no comparte mi plan y quiere salir a explorar, tomarse un café gigante y llenar el móvil de fotos.

—¿Tiene que ser hoy? Tenemos más días —murmuro, dejándome caer sobre la cama.

—Hay que aprovechar el tiempo —responde—. Vamos, ponte algo bonito.

Estoy a punto de protestar, de decirle que pienso salir en chándal, pero al final me muerdo la lengua y me quedo callada. Más que nada porque tiene razón. Si voy con estas pintas, las fotos quedarían fatal, y ya que estamos aquí, habrá que hacer las cosas bien.

Abro la maleta y saco un conjunto que todavía no he tenido ocasión de estrenar.

El corazón se me encoge un poco cuando lo veo, porque fue un regalo de Sean, pero es tan bonito que no podía dejarlo en el armario cogiendo polvo.

Se trata de una blusa color vainilla y una falda-pantalón a cuadros del mismo color.

Voy a combinarlo con unos calcetines altos y mis botas favoritas.

Encima, me pondré un abrigo largo y cálido, de esos que casi te hacen olvidar el frío.

Porque sí, aunque estemos en abril, Nueva York todavía no se ha deshecho del todo del clima invernal.

En el baño, mientras me visto, pienso en llamar a las chicas, pero al comprobar la hora, recuerdo que en Northbrook deben ser las seis y media o siete de la mañana.

Cuando me miro en el espejo unos minutos después, lo que veo no me desagrada. Sin embargo, en lugar de echarme un poco de rímel y salir, acabo sentándome en la taza del váter, móvil en mano, y abriendo Instagram casi por inercia.

Sean todavía no ha borrados las fotos conmigo, y no sé si eso me alivia o me duele más. Yo tampoco he borrado las suyas, aunque cada vez que las veo me prometo hacerlo. Me fijo en que ha subido una historia y, contra todo sentido común, presiono el icono.

Es una foto de anoche. Está con sus compañeros de piso, todos alrededor de una mesa, riendo, mientras uno de ellos sopla las velas de una tarta.

Sin poder evitarlo, se me forma un nudo en la garganta cuando recuerdo que fui yo quien le ayudó a elegir el regalo para ese chico.

Ese día fuimos de compras al centro, y yo insistí en que nos pusiéramos jerséis a juego.

Después de recorrernos casi todas las tiendas, acabamos cenando perritos calientes en un puesto callejero, muertos de risa mientras recordábamos anécdotas del instituto.

Y ahora él sigue con su vida, y yo aquí, intentando que no se desmorone la mía.

—¿Estás lista, Kenzie? —pregunta Cara al otro lado de la puerta.

No, no lo estoy. En realidad, querría quedarme en la habitación y llorar hasta vaciarme por dentro, pero como sé que eso no serviría de nada, me seco las lágrimas con el dorso de la mano, respiro hondo, me pongo un poco de brillo de labios y salgo.

—Lista —digo mientras giro sobre mí misma—. ¿Qué te parece?

—Me parece que nos van a quedar unas fotos increíbles.

Cara también va preciosa. Se ha puesto unos vaqueros ajustados, un jersey granate que, además de combinar con su pintalabios, resalta el tono pálido de su piel, y se ha dejado el pelo suelto.

Enganchadas del brazo, bajamos a recepción.

Como si fuera una mala broma del destino, allí está Grayson, apoyado en el mostrador mientras habla con el recepcionista. En cuanto levanta la vista y nuestras miradas se encuentran, siento que el aire se me queda atrapado en la garganta.

Él se queda quieto, observándome fijamente. Sus ojos oscuros no se apartan de mí ni un instante mientras Cara y yo pasamos por su lado. Ella parlotea sin parar, como siempre, y yo hago lo posible por que no se note lo mucho que me tiemblan las piernas.

Al cruzar la puerta giratoria, aún siento su mirada clavada en mi espalda, tan intensa que me pone la piel de gallina.

Además, para rematar, me siento fatal porque, aunque este conjunto precioso me lo regaló Sean, lo que de verdad me ha gustado es que Grayson me haya visto llevándolo.

—¿No os sentís sexys y empoderadas bailando esta canción? —pregunta Lizzy, una de las chicas del equipo, cuando terminamos de repasar la coreografía.

—Yo siempre me siento sexy y empoderada —responde Cara, y no puedo evitar sonreír.

Después de recorrernos media Nueva York, hacernos un millón de fotos y pagar una cantidad absurda por unas tostadas con huevo y aguacate en un brunch hipster , volvimos al hotel y dormimos una gloriosa hora antes de que la entrenadora aporrease nuestra puerta y nos ordenase estar listas en diez minutos para ir a la pista.

El Madison Square Garden es enorme e imponente. Los focos bañan el hielo con una luz blanca e intensa, y las pantallas gigantes (junto con toda la decoración para la semifinal) ya están instaladas, dándole al lugar ese aire de evento importante donde todo parece más grande de lo que realmente es.

Las chicas me enseñaron la coreografía en cuanto llegamos, algunos movimientos básicos de animación y, en resumen, me dijeron que todo iba de proyectar energía positiva, sonreír y mover un poco las caderas. Y tenían razón: fue mucho más fácil de lo que esperaba.

En cuanto al traje, que yo temía que fuera incómodo, terminó siendo monísimo y sorprendentemente práctico.

El conjunto consiste en un top de manga larga con el logo del equipo, los Artic Lynx, estampado en el centro, y un pantalón largo, brillante y cubierto de purpurina que llevaba integrado un culotte corto del mismo material.

El culotte queda ajustado y visible, mientras las perneras largas se abren ligeramente al moverse, dejando ver destellos de piel.

Un efecto atrevido y elegante que funciona estupendamente bien.

Además, también me han dado un lazo a juego para la coleta, completando el look .

—¿Me estás mirando el culo, Theodore Westfield? —pregunta de repente Anya, cruzándose de brazos en medio de la pista.

Sigo su mirada y me encuentro con Theo, totalmente equipado, con el stick en un mano y el casco bajo el brazo.

—¿Cómo iba a hacer yo eso, Anya Green? Si soy todo un caballero.

Anya pone los ojos en blanco, pero se les escapa una sonrisa sin querer.

Yo doy un giro rápido sobre mis patines, rezando para que Theo no repare en mi presencia, y me deslizo hacia un grupo de chicas que están hablando con la entrenadora.

Desde la última vez que lo vi (cuando, borracha perdida, le supliqué que me besara para ver si Grayson se ponía celoso), no hemos vuelto a hablar.

Y mejor, porque si él menciona ese episodio, creo que podría desmayarme sobre el hielo ahora mismo.

Cuando pienso que he conseguido pasar desapercibida, escucho su voz a mis espaldas, resonando por toda la pista.

—¡Ey, encanto! ¿No saludas?

Me detengo en seco, levantando un pequeño salpicón de escarcha, y me giro muy despacio. Respiro hondo, sin poder creerme que esto esté pasando.

«Vamos, actúa normal».

—Hola, Theodore —saludo cuando llego a su lado.

Él todavía no ha entrado al hielo. Está apoyado contra la valla, como si fuera un gato perezoso al sol y, detrás de él, sus compañeros empiezan a llegar para su turno de entrenamiento.

—No sabía que ahora eras animadora —comenta.

—Es solo temporal, estoy sustituyendo a Bethany.

Él frunce el ceño, claramente sin saber de quién hablo.

—¿Qué pasa? —pregunto, arqueando una ceja—. ¿Solo conoces a las rubias del equipo o qué? —bromeo, porque su historial con las rubias es tema conocido en la universidad.

—Qué va, Anya es pelirroja y créeme, la conozco muy a fondo —responde, y sus ojos bajan descaradamente por sus piernas mientras ella charla con unas compañeras.

Yo niego con la cabeza; no tiene remedio—.

Y a ti también te conozco —añade—. Así que dime, Mackenzie Reed, ¿te vienes esta noche de fiesta?

—¿He oído fiesta? —pregunta Lizzy, deslizándose hacia nosotros como un cohete.

—Has oído bien —confirma él.

—Entonces me apunto.

—Yo también —dice Cara, apareciendo a mi lado—. No sé a qué, pero yo también.

—A salir de fiesta esta noche —explica Theo—. Va casi todo el equipo.

Y, sin pensar, pregunto lo más estúpido que podría haber dicho.

—¿Grayson también?

—¿Por qué? ¿Vamos a protagonizar otra escena de celos, encanto? Porque esta vez seguro que sí me rompe las piernas.

—¿Escena de celos? —pregunta Cara, mirándonos igual de confundida que Lizzy.

—Nada, una tontería —me apresuro a responder.

No sé si ha colado, pero ellas se miran, se encogen de hombros y lo dejan pasar.

—¡Westfield! —ruge de repente el entrenador Hotchner desde una de las gradas, donde ya tiene al equipo reunido a su alrededor—. ¡Deja de ligar y trae tu culo aquí! ¡Ya!

—¡Sí, señor! —responde Theo, haciendo un saludo militar. Luego, se vuelve hacia nosotras y nos regala una última sonrisa—. Nos vemos luego, chicas.

Las tres lo observamos mientras se aleja, pero mientras la mirada de Lizzy y Cara sigue clavada en Theodore (que se ha parado un momento para lanzarle besos al aire a Anya), la mía recorre la estancia casi con desesperación, buscando a otro jugador.

Y entonces lo encuentro.

Grayson está al lado de Easton, terminando de ponerse la equipación.

Todavía no lleva la camiseta, solo las protecciones negras que se ajustan a su torso como si estuvieran hechas a medida.

Cuando tira de una de las cintas para ajustarla y se le marcan las venas de la mano, siento cómo una especie de descarga eléctrica me recorre todo el cuerpo.

Y no puedo evitar imaginar lo que sería que esa mano se apoyara en mi cadera y...

—¿Abbott y tú? —Cara interrumpe la película que mi mente calenturienta estaba a punto de montarse.

—No digas tonterías —suelto de inmediato.

—¿Seguro? Porque si no estás bien con Sean puedes contármelo. Soy experta en resolver problemas con novios idiotas.

Aunque, en este caso, la idiota soy yo.

—No hay nada que hablar, en serio —sentencio—. Sean y yo estamos en nuestro mejor momento.