11 Mackenzie #2
—Toma, toda tuya.
Él la examina y arquea una ceja.
—Gracias, pero no los necesito con Hailee.
—Son de Theo —aclaro—. Dice que no le caben en la maleta.
—Déjame adivinar —comenta Easton, cruzándose de brazos—. Ha vuelto a llenarla de mierdas innecesarias.
—No son innecesarias —protesta Theodore, que por suerte ya se ha vuelto a vestir, aunque sigue medio encorvado.
Easton sonríe, divertido.
—Claro, como aquella vez que metiste una sandwichera.
—¿Y qué? Me gustan los sándwiches calientes. En los hoteles el pan siempre está blandengue y las sandwicheras que tienen no calientan una mierda.
—Lo siento, tío —dice East finalmente—, pero yo tampoco te los llevo. Paso de que alguien los vea y se lo cuente a Hailee. No quiero líos. Además —prosigue—, seguro que si sacas tus mierdas de la maleta, les puedes hacer hueco.
—¡Pues nada! —protesta Theo, fingiendo indignación—. Lo haré a pelo. Si en nueve meses sois tíos, será culpa vuestra.
—Y si pillas una venérea, te lo recordaremos por el resto de tu vida —le contesto, ganándome una mirada asesina de su parte.
Él niega con la cabeza, sacudiendo su mata de pelo rubio, y le arrebata la caja a Easton.
—Trae, voy a ver si se los encasqueto a McGarry. Pero que sepáis que sois unos amigos de mierda.
—Qué dolor —bromeo, llevándome una mano al pecho—. Justo en el corazón.
—Gilipollas —me espeta antes de salir por la puerta.
Easton me lanza una sonrisa antes de seguirlo.
—Voy a decirle que se los llevo yo antes de que se ponga a acosar a McGarry. Y tú... ¿todo bien?
Sé que no se refiere al viaje. Habla del hockey, de mí, de si estoy realmente bien o si voy a volver a colapsar.
—Todo bien —miento.
Él me observa unos segundos, claramente poco convencido, pero asiente y se marcha.
Cuando me quedo solo, la culpabilidad vuelve a hacer acto de presencia. Podría haberle hecho el favor a Theo, sí, pero eso habría significado sacar la caja que ya tuve que meter a presión en el último momento para poner la suya en su lugar.
Y no puedo volar sin mis pastillas.
No puedo jugar sin ellas.
No son vitaminas ni relajantes musculares, y desde luego no están en la lista de cosas que debería estar tomando.
Pero son lo único que mantiene mi cuerpo en pie, lo único que me permite seguir el ritmo, aguantar los golpes, las caídas y las horas interminables sobre el hielo.
Me sostienen el cuerpo, sí, pero me nublan la mente.
Aunque de eso ya me ocuparé más adelante.
No estoy orgullosos, debo decir. Ni de esto ni de en lo que me he convertido.
Sobre todo, porque antes no era así. Antes, cuando me ponía los patines, sentía que podía con todo, mientras que últimamente, ando por el filo del precipicio.
Y vivir así, joder... no sé si me está destrozando o empezando a resultarme demasiado cómodo.
Quizá la segunda, porque al menos, cuando me tomo las pastillas, mis músculos reaccionan y mi cerebro se apaga.
Y esa voz molesta, la que me repite constantemente que, haga lo que haga, jamás será suficiente, por fin se calla.
—¿Listo, Gray-Gray? —pregunta Theo desde el marco de la puerta, trayéndome de vuelta a la realidad. Asiento—. Pues vamos, el entrenador ya está esperando en el autobús.
Echo un último vistazo a mi habitación antes de coger la maleta y la bolsa con la equipación.
Frente a la pista, el enorme autobús del equipo nos espera.
Dejamos el equipaje en el maletero y subimos mientras el entrenador pasa lista, como en el colegio. A su lado, Catherine, la entrenadora de las animadoras, revisa su cuaderno con cara de concentración. Si ella está aquí, las chicas no deben andar muy lejos.
El viaje hasta el aeropuerto de Anchorage va a ser largo y, como lo último que me apetece es pasar horas al lado de alguien con quien tenga que fingir entablar una conversación, camino hasta el fondo del autobús, hasta la penúltima fila de asientos, y me dejo caer junto a la ventana.
Afuera ya ha oscurecido, y la noche es mi momento favorito para viajar.
Me pongo cómodo, me coloco los cascos y apoyo la cabeza contra el cristal frío. Luego, reproduzco una canción al azar de mi lista.
«Should I Stay or Should I Go» empieza a sonar y los acordes de la guitarra llenan el silencio.
Cierro los ojos, intentando disfrutar del momento, pero ni con el volumen al máximo consigo asilarme del murmullo que empieza a extenderse unos asientos más adelante.
Las risas, las voces agudas, el perfume dulzón...
Las animadoras acaban de subir al autobús.
A muchas las conozco. A otras, sinceramente, no sabría ni ponerles nombre.
Pero Mackenzie no me pasa desapercibida.
Me incorporo casi sin pensarlo, como si mi cuerpo actuara por instinto.
No es una ilusión, está ahí de verdad, detrás de una rubia que no para de hablar.
Lleva una sudadera enorme, tan grande que le cubre casi hasta las rodillas, y un pantalón de chándal flojo, como el mío.
Tiene el pelo suelto, un poco despeinado, y ni una gota de maquillaje.
Nunca la había visto así: tan natural, tan humana.
Y no sé qué hace aquí, ni por qué cojones estoy empezando a ponerme cachondo.
«Joder, respira».
Cambio de postura y me giro hacia la ventana, intentando concentrarme en cualquier otra cosa que no sea ella, pero, para mi mala suerte, su vocecita de niña buena me llega enseguida.
—¿Grayson? —pregunta.
«Si la ignoras, igual se pira».
—¿Gray? —insiste.
No, no va a irse.
Reuniendo la poca paciencia que me queda, me doy la vuelta y la encaro. No me quito los auriculares, solo bajo el volumen.
—¿Quieres algo? —pregunto, y sueno justo tan borde como pretendía sonar. Sigo medio empalmado, y ahuyentarla me parece la mejor estrategia ahora mismo.
—¿Te importa que me siente?
Estoy a punto de decirle que ni de coña, pero, antes de que pueda abrir la boca, se desliza en el asiento a mi lado.
Echo un vistazo al resto del autobús, comprobando, por desgracia, que todos los demás asientos están ocupados.
Genial. Simplemente maravilloso.
Y, por supuesto, el espacio no ayuda. El autobús es estrecho, y yo soy jodidamente grande, así que su rodilla, su muslo, su cadera, ella entera , acaba pegada a mí.
Aprieto los dientes, tanto que me duele la mandíbula, y me recoloco disimuladamente el pantalón.
—No había más sitios —dice de repente, como si también notara lo incómodo que es todo esto.
—Ya... —respondo con la voz ronca, girándome hacia la ventana, a ver si así pilla la indirecta.
Pero no, por supuesto, no la pilla.
—¿Estás nervioso? Es un partido importante y...
—Estoy cansado —la corto, señalando los auriculares.
—Vale. —Se cruza de brazos, resoplando—. Solo intentaba ser amable.
—Pues no lo intentes. Si querías charlar, haberte sentado con Cara.
—Yo no... —empieza, pero se detiene a media frase y sacude la cabeza—. ¿Sabes qué? Da igual.
La dejo con su mal humor y vuelvo a lo mío.
Las canciones han avanzado y me he perdido unas cuantas de mis favoritas. Estoy a punto de buscarlas en la lista, cuando algo me golpea en la pierna.
Me giro, molesto.
Mackenzie está medio doblada sobre sí misma, revolviendo en el bolsillo de su pantalón, en el suelo, entre los pliegues de su sudadera. Parece un puto minion hiperactivo.
—¿Puedes parar? No estamos en clase de salsa.
—No encuentro mis cascos.
—Problema tuyo.
Me fulmina con la mirada, pero, al menos, se queda quietecita. Yo sonrío, satisfecho, y me vuelvo hacia la venta.
—Me cago en... —murmuro entre dientes al sentir un nuevo codazo.
Cuando veo venir otro golpe, estiro el brazo y la inmovilizo, pegándola al asiento, y luego hago lo primero que se me ocurre: le tiendo uno de mis auriculares.
Ella lo mira y frunce el ceño, pero lo acepta.
—Deja ya de dar vueltas —gruño, soltándola y volviendo a mi posición.
Sin mirar qué canción está puesta, subo el volumen. Entonces, empieza a sonar una que no reconozco.
—¿Te gusta One Direction? —pregunta Mackenzie, sorprendida.
—¿Qué coño es eso?
—¡Pues los que están cantando! —exclama con una sonrisa—. La banda de chicos que nos enamoró a todas de adolescentes.
Enciendo la pantalla del móvil y leo el título: «They Don´t Know About Us».
—Ni idea. El puto Theo habrá vuelto a meter una de sus canciones en la lista. Joder —resoplo—, ya sabía que no era buena idea pasarle el enlace.
Voy a cambiar de canción, pero ella me detiene sujetándome por la muñeca.
—Déjala —susurra—. Me gusta.
Me quedo mirándola unos segundos, sin saber muy bien qué hacer. Su mano sigue ahí, tocándome, y eso no ayuda en absoluto.
—Bueno, pero solo para que te calles —concedo finalmente.
—Como una tumba, lo prometo.
Pongo los ojos en blanco y me recuesto en el asiento, intentando no mirarla. Fracaso miserablemente, por cierto, porque se me escapan un montón de miradas curiosas.
Además, sigo empalmado.
Y acabo de fijarme en que hoy lleva las uñas del mismo tono azul que el del equipo.
Y no es justo lo guapa que está sin maquillaje.