11 Mackenzie
—¿Quiere cambiar de pareja?
Ariana asiente, y lo hace con tal convicción que no deja lugar a dudas.
—¿Y cuándo te lo dijo? —pregunto, aunque creo que ya sé la respuesta.
—El miércoles. No se quedó a entrenar, solo me dijo que quería una nueva pareja. Tú tampoco viniste, y el jueves y el viernes no aparecisteis ninguno de los dos. Así que dime, ¿qué ha pasado?
«Que soy una mierda de persona».
—¿Has intentado hablar con él?
—Sí, pero no quiso escucharme. —Suelta un suspiro frustrado y niega con la cabeza.
Parece a punto de tirarse de los pelos—.
¿Qué hago yo ahora contigo, Mackenzie? —continúa—.
Ya teníamos una rutina, las coreografías pensadas, estábamos puliendo los puntos débiles...
Aunque no lo creas, la próxima temporada está a la vuelta de la esquina.
¿Qué quieres que haga? ¿Presentarte al Grand Prix con otra pareja? No funcionaría, y lo sabes.
Por supuesto que lo sé. Patinar en pareja no es solo cuestión de técnica. Es confiar ciegamente, moverte al mismo ritmo que el otro, sentir su respiración, anticipar cada movimiento. Si uno falla, el otro cae con él.
Y nadie me entiende mejor sobre el hielo que Sean.
—¿Qué hacemos, entonces? —murmuro con un hilo de voz.
Ariana aprieta los labios. Hoy, su coleta perfecta y su maquillaje de revista no logran disimular el agotamiento que se refleja en sus ojos.
—Habla con Sean —dice al fin—. Intentad arreglar la absurda pelea de enamorados que hayáis tenido. Mientras tanto, cancelamos los entrenamientos de esta semana y probablemente de la próxima. Te escribiré para confirmarlo.
Sus palabras me atraviesan como una cuchilla helada.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—¿Qué voy a hacer? —repite con sarcasmo—. Intentar encontrarte una pareja que no sea completamente inútil, a ver si aún tenemos una mínima posibilidad de no hacer el ridículo en el Grand Prix.
—Ariana...
—Mackenzie —me corta en tono firme—, sea lo que sea que haya pasado, ordena tus prioridades. O seguís jugando al matrimonio enfurruñado, o volvéis a patinar. Aclaraos.
No hay nada más que decir, así que asiento en silencio. Ariana recoge su botella de agua, se da media vuelta y sale de la pista sin mirar atrás. Yo me quedo junto a las gradas, como una idiota, viendo cómo su silueta se aleja, y con ella, las pocas fuerzas que me quedaban para seguir en pie.
A mis espaldas, la pista de hielo brilla bajo la luz fría de los focos. Si pudiera hablar, estoy convencida de que estaría burlándose de mí.
«Tantos años de esfuerzo, tanto sacrificio... para tirarlo todo por la borda por un polvo», me susurraría.
«Patética».
«Tienes lo que te mereces».
«Zorra».
«Menuda decepción de hija».
Las palabras imaginarias me perforan el pecho una a una. Agarro el asa de la mochila con tanta fuerza que lo nudillos se me ponen blancos. Necesito salir de aquí, y rápido, antes de que la presión en el pecho se vuelva insoportable.
El viento helado me golpea el rostro apenas cruzo las puertas del rink. Camino deprisa, con la cabeza gacha, y aunque el frío me corta la piel, no me molesto en coger ni los guantes ni la bufanda.
Ariana quiere que hable con Sean, pero no puedo hacerlo. Después de lo que pasó, no puedo mirarlo a la cara, pedirle que recapacite y que vuelva, aunque solo sea para patinar conmigo, y que haga como si nada. Sería egoísta, y rastrero.
Y él me mandaría a la mierda.
Y tendría razón.
Además, en el fondo, hay una parte de mí que respira aliviada.
Esa parte diminuta que siempre vivió a su sombra, que se sostuvo a base de apoyarse en él, que se medía según su ritmo.
Esa parte quiere saber quién soy sin Sean.
Quiere comprobar si sigo siendo capaz de mantenerme sobre el hielo sin sus manos sosteniéndome.
Estoy tan perdida en mis pensamientos, tan desconectada de la realidad, que no veo venir a la chica que se cruza en mi camino hasta que chocamos de lleno y el golpe me saca el aire de los pulmones.
—¡Joder! —exclama ella, llevándose una mano al pecho—. ¿Estás bien, Mackenzie?
Levanto la cabeza y me encuentro con el rostro de Cara Davis. Su pelo rubio platino, tan liso y claro que parece de cristal, está recogido en una trenza infinita que le llega casi hasta la cintura. El aliento le sale en pequeñas nubes de vapor y tiene las mejillas coloradas por el frío.
—Lo siento, Cara. Estaba en las nubes —balbuceo.
—Tranquila —dice en tono despreocupado—. Menuda mañana llevo, tía.
No pregunto a qué se refiere, y tampoco hace falta. Con Cara, el silencio dura menos que un suspiro.
—Resulta que a Bethany —empieza, enganchándose a mi brazo mientras empezamos a andar.
Su energía arrolladora contrasta brutalmente con mi cansancio—, no se le ocurrió nada mejor el sábado que pillarse un pedo monumental y saltar desde el segundo piso de su residencia —me explica—.
Y claro, se ha roto la cadera. ¡Crack! —Hace un gesto exagerado para enfatizar la palabra—.
Completamente fracturada, Kenzie. ¿Y qué ha pasado?
Pues que nos hemos jodido todas, porque la semifinal de la Frozen Four es el viernes y necesitamos a alguien que la sustituya.
La miro sorprendida.
—¿No tenéis suplentes?
Hasta donde yo sé, las animadoras de Northbrook siempre han tenido suplentes de sobra.
—Sí, pero la mayoría son novatas. —Suspira y rueda los ojos—. Lo sé, suena horrible, pero ninguna está al nivel de animar a nuestros chicos en un partido tan importante. ¡Y encima en Nueva York! Siempre he querido ir. ¿Sabías que el novio de mi hermana es neoyorquino y que...?
—Cara, al grano —la interrumpo, antes de que empiece a contarme la historia de amor de su cuñado—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Ella se detiene en seco y me observa un instante, como si estuviera eligiendo con cuidado sus palabras. Lo cual es raro, porque normalmente habla sin filtro. Después de unos segundos, sonríe, y un brillo travieso se instala en su mirada.
—Queremos que sustituyas a Bethany. ¡No! —se corrige enseguida—. Necesitamos que la sustituyas.
—¿Perdón?
—Que vengas a Nueva York con el equipo. —Su sonrisa se ensancha—. En serio, Mackenzie, te necesitamos.
El viento sopla y se cuela entre nosotras, arrastrando las hojas secas y llenando el silencio incómodo que acaba de formarse.
La miro, sin saber si reír con ella o echarme a llorar. De todas las cosas que esperaba escuchar hoy, esta no estaba, ni de lejos, en la lista.
—No sé...
—Por favor —suplica, poniendo cara de corderito—. Ya sé que eres una patinadora de élite y que seguramente estés hasta arriba de entrenos con Sean, ¿pero podrías hacer una excepción? Serán solo unos días. Te lo compensaremos, prometido.
Bueno, en algo se equivoca: patinar con Sean, definitivamente, no va a pasar. De hecho, todos mis entrenamientos se esfumaron de un plumazo hace diez minutos.
Pero ir a Nueva York, tan lejos, con el equipo... con él. Porque, por supuesto, Grayson va a estar allí, y después de lo que pasó la otra noche, de cómo se me aceleró el pulso pensando que iba a besarme, pasar tiempo con él es justo lo que no necesito.
—Yo no soy animadora, no se me da bien —confieso—. Además, ni siquiera me sé la coreografía. Por no mencionar que tendría que faltar a un montón de clases.
—La coreografía es una chorrada para alguien como tú. En cuanto lleguemos te la enseño, y en serio, en una tarde la tienes. Y las faltas por asistencia a eventos deportivos con la universidad están justificadas.
—Pero...
—Por favor —me interrumpe en una súplica—. Por favor, por favor, por favor...
Cierro los ojos y respiro hondo. Tengo dos opciones: aceptar, ponerme uno de esos trajecitos monos con purpurina y volar a Nueva York (lo cual implica subirme a un avión con Grayson), o quedarme aquí, revolcándome en mi propia autocompasión. Pero, al menos, lejos de él.
No sé si es el shock de esta mañana que no me deja pensar con claridad o que no me he puesto el gorro y se me está congelando el cerebro, pero elijo la opción más estúpida posible.
—Vale, me apunto.
Cara grita de emoción, casi dejándome sorda, mientras da saltitos a mi alrededor.
—¡Ya verás cuando se lo cuente a la entrenadora y a las chicas! ¡No se lo van a creer! Ah, por cierto —añade, deteniéndose de golpe—, nos vamos esta noche.
—Espera, ¿qué? ¿Cómo que esta noche? No sabía que...
—¡Prepara la maleta, Mackenzie, porque te vas a Nueva York!
Grayson
—Por cuarta vez, Theo, no voy a meter tus putos condones en mi maleta.
—Pero es que en la mía no cabe nada más —protesta.
—Me da igual, tío.
—Pero...
—Además —lo interrumpo—, ¿para qué coño quieres tantos condones? Vamos a un torneo, no a un fin de semana de desfase en Las Vegas.
Theo me lanza una mirada ofendida mientras intenta, por tercera vez, colar la caja entre mis camisetas.
—No querrás desfasar tú, que tienes el espíritu fiestero de un octogenario —dice con una sonrisa socarrona—. Pero los demás queremos divertirnos.
—Lo que tú digas, pero no voy a cargar con tus condones para pollas pequeñas.
—Mi polla no es pequeña —responde al instante, con un tono tan ofendido que me cuesta no reírme.
Me enojo de hombros. Podría dejarlo estar, pero hoy me apetece molestarle un poco.
—Si decirlo en voz alta te hace sentir mejor...
—¡Serás...! —Masculla, y antes de que me dé tiempo a reaccionar, se baja los pantalones. Y los calzoncillos.
—Joder, Theodore...
—Mira, para que la aprecies bien —dice, señalándola con orgullo—. Grande y hermosa como...
La puerta se abre justo en ese instante y Easton asoma la cabeza.
—¡Joder, Theo, tápate!
—Le encanta exhibirse —comento.
Nuestro amigo, en vez de taparse, empieza a menear las caderas como si estuviera en un maldito videoclip.
—En serio, tengo una polla preciosa. Mirad cómo se mueve. —Se contonea, riéndose de su propio show .
—¡Tápate, imbécil! —grita Easton, lanzándole un cojín que le da de lleno en las pelotas.
Theo se dobla y suelta un gemido de dolor antes de caer al suelo como si acabaran de abatirlo.
—¡Hostia puta! —se queja con las manos en la entrepierna—. ¿Quieres matarme o qué?
Le paso a Easton la caja de condones.