10 Grayson
Mis compañeros están muertos en el salón.
Theo ronca en el sofá, despatarrado, con una pierna colgando por el borde y la cara medio enterrada en un cojín.
Finn Howard está en uno de los sillones, sobando con la boca abierta llena de palomitas rancias y el cuello doblado en un ángulo tan antinatural que me dan ganas de llamar a emergencias.
Cuando se despierte, va a arrepentirse de existir.
Completa la escena McGarry, tumbado boca arriba en la alfombra, en calzoncillos, como si lo hubieran abatido.
Lleva calcetines de diferente color y, por alguna razón, tiene un bigote dibujado con rotulador negro.
Easton no está por ningún lado, lo que significa que estará en su habitación con Hailee.
La mesa está llena de vasos, botellas vacías, una pizza a medio comer y lo que parece ser un sujetador que no quiero saber de quién es. Ahora que veo el panorama, me alegro de haber vuelto temprano anoche y poder despertarme con dignidad.
Después de lo que pasó (o por suerte, no pasó) con Mackenzie, no puedo dejar de pensar en ella. Ese casi beso en la gasolinera me está consumiendo, sobre todo, porque me miró como si de verdad lo quisiera. Aunque, el verdadero problema, es que yo también quería.
Me está volviendo loco, se está acercando demasiado para su propio bien, y eso es una mierda.
Esta mañana, sin pensarlo demasiado, decidí salir a correr.
Hay pocas cosas que realmente me ayudan a desconectar, y correr siempre ha sido una de ellas.
Ya desde crío, cuando las cosas se ponían feas en casa, lo hacía.
No porque fuera valiente o maduro, sino porque era eso o explotar.
Mi padre no me gritaba, nunca levantaba la mano, pero me miraba como si cada cosa que hacía estuviera mal.
Como si decepcionarlo constantemente fuera parte de mi ADN.
Y correr me salvaba. Salía con los cascos puestos y la música a tope, y me iba lo más lejos que podía.
A veces solo daba vueltas al parque que teníamos enfrente, otras, me cruzaba el barrio sin darme cuenta.
Me daba igual adónde ir, simplemente quería huir de todo por unas horas.
El hockey también me servía para desconectar, pero últimamente ya no lo siento igual. Antes era libertad, ahora es presión, rendimiento, estadísticas y expectativas asfixiantes.
Y estoy harto.
Me he puesto la sudadera gris de siempre, esa que huele a entreno y a suavizante, y que aunque ya está un poco vieja, aún se puede usar. También llevo unos pantalones deportivos, zapatillas de correr y una gorra negra.
Me echo un vistazo rápido en el espejo de la entrada, cojo los cascos, reproduzco una canción aleatoria y salgo a la calle.
Afuera hace fresco, de ese que te despierta pero no molesta. Es temprano, y además, domingo, así que el campus está casi vacío. Hay algún que otro estudiante con resaca arrastrando los pies de vuelta a casa, pero poco más.
Empiezo a correr por la acera que bordea las residencias, siguiendo el camino de siempre. Paso firme, buen ritmo y respiración acompasada. A los pocos metros, me cruzo con un tipo en bici que parece todavía demasiado dormido. Luego paso por el campo de fútbol, y después me desvío.
Siempre me desvío.
Tomo el camino que rodea los edificios de ciencias y se mete hacia la parte trasera del campus, donde ya no hay farolas, solo un sendero estrecho de tierra, cubierto de hojas secas y ramas finas que crujen con cada zancada.
A los lados, los árboles se cierran, formando una especie de pasillo natural que a la mayoría le da pereza recorrer. A mí, me viene perfecto.
Aquí el aire huele distinto, más limpio y más puro. Mientras acelero el ritmo, miro al frente y me dejo llevar. Ya no pienso en Mackenzie, ni en el equipo, ni en mi padre, ni en nada. Solo están mis pies golpeando el suelo, el latido constante en los oídos y la música marcando el paso.
Y, por un rato, con eso me basta.
Cuando por fin llego al final del sendero, casi una hora después, el bosque se abre y desemboca en el mirador que da al campus.
Me dejo caer sobre una roca grande, áspera y fría, y me apoyo en los codos, intentando recuperar el aliento.
El paisaje se extiende a mis pies como una maqueta perfectamente estructurada.
Los edificios parecen de juguete, con sus tejados cubiertos por los restos de una nieve que ya empieza a derretirse.
La primavera está intentando abrirse paso, y la capa blanca se vuelve cada vez más fina, dejando entrever parches de hierba grisácea y charcos de barro.
Todavía no han florecido los árboles, pero a mi alrededor ya se pueden ver pequeñas briznas de hierba.
Cierro los ojos y dejo que el sudor me escurra por la sien. Quiero respirar, solo eso. Y casi parece que voy a conseguirlo, pero entonces, suena el puto móvil.
El zumbido me saca de golpe del momento, y resoplo, cansado, porque sé perfectamente quién es antes siquiera de mirar la pantalla. Aun así, lo saco del bolsillo. Supongo que parte de mí aún necesita confirmarlo.
Micaela.
Sus llamadas siempre llegan en los peores momentos, siempre cuando empiezo a sentirme un poco más tranquilo, como si tuviera un radar especial para detectar cuándo joderme la paz.
Lo dejo sonar unos segundos mientras mi dedo flota sobre el botón de colgar. Pero al final, no sé si por reflejo o por costumbre, deslizo para contestar.
—Hola, mamá —respondo sin esforzarme en sonar animado.
—Grayson, cariño, ¿cómo estás?
Su tono es suave, medido. Mi madre tiene una forma de hablar que parece cálida, pero que siempre deja una nota de juicio escondida entre sus palabras amables.
—Bien, como siempre.
—Tu padre lleva intentando hablar contigo toda la semana.
«Ya, y yo llevo toda la semana ignorándolo deliberadamente».
—Sí, lo sé.
—Deberías devolverle las llamadas, se está empezando a impacientar.
«A impacientar, no a preocupar».
—He estado liado.
—Hazle un hueco, por favor —dice, con esa dulzura falsa que solo ella sabe manejar.
En realidad, no me está pidiendo nada, me lo está exigiendo, solo que en voz baja. A diferencia de mi padre, mi madre es más sutil, pero sabe perfectamente cómo hacerte sentir que estás fallando. Mi padre lanza cuchillos. Ella los deja caer despacio, sin hacer ruido, pero te los clava igual.
—Vale —respondo sin pensarlo. Es más fácil mentir que discutir.
—Gracias, cielo. —Suspira. Luego, murmura algo sobre una reunión, que tiene que colgar y que hablamos pronto.
No le digo que yo no pienso llamarla, ni me molesto en despedirme, solo cuelgo.
El silencio vuelve a rodearme, pero ya no es el mismo. Ahora es denso e incómodo.
Me recuesto sobre la roca, apoyando la cabeza sobre la dura superficie, y cierro los ojos. El frío de la piedra se me clava en la espalda, pero no me muevo. Me quedo ahí, quieto, dejando que el sudor se enfríe sobre mi piel y con la música todavía puesta, aunque ya no la estoy escuchando.
No sé cuánto tiempo pasa. Tal vez media hora, tal vez más. Pero, por un momento, al menos uno, me obligo otra vez a no pensar.